La herramienta del escrache y la ausencia de narrativa

Durante el último fin de semana, un grupo de periodistas publicó una investigación titulada La reacción conservadora con el objeto de exponer un entramado de lo que se denominó “la nueva derecha”, que intentó mostrar las relaciones entre grupos y personas que conforman el conservadurismo new age.


Durante el último fin de semana, un grupo de periodistas publicó una investigación titulada La reacción conservadora con el objeto de exponer un entramado de lo que se denominó “la nueva derecha”, que intentó mostrar las relaciones entre grupos y personas que conforman el conservadurismo new age. Pero lo que pretendía ser una muestra de nodos de organizaciones peligrosas de tinte fascista terminó pareciéndose más a un listado plano de instagrammers y twitteros pseudo famosos de las filas libertarias.

Así es como las repercusiones en torno al objeto de la investigación fueron desacreditadas, y la consecuencia principal importó la caída de la web donde se publicaron los datos de personas vinculadas a determinados referentes sociales y políticos.

Como es de prever en estos casos, devino una reacción de repudio generalizada ante la publicación y, del otro lado, ante el hostigamiento y las amenazas que recibieron sus creadores. El resultado, muy poco seductor: guerra de víctimas y victimarios, información lavada, fotos y datos personales de jóvenes cuya amenaza parece ser manifestarse en contra de la legalización del aborto y reunir un voluminoso número de seguidores en redes sociales. Por muchos otros, la sensación de estar frente a lo indefendible.

Es notable la gran cantidad de chicos y chicas que se encuentran cursando la escuela secundaria a los que el discurso de lo “marginal”, como contrapartida de lo políticamente correcto, los seduce. Y hoy, eso que sale del libreto, se encuentra en relación con referentes que promueven el rechazo a las banderas progresistas.

Frente a este panorama, los interrogantes son diversos: ¿No son causas de esta adhesión a discursos de tinte libertario el resultado de una falencia, de un lugar que las narrativas del progresismo y la izquierda convencional han dejado a la intemperie? Y, en esa línea, ¿cuál es el papel que juegan ciertos sectores de los feminismos contemporáneos frente al debate por la disputa de sentido común? ¿Es casual que pibes tan jóvenes hayan encontrado lugar en estos movimientos catalogados como “nueva derecha” en contexto de una efervescencia social por la legalización del aborto? ¿Habilitar el escrache mediático como mecanismo para exponer a otros no es también un modo de entrar en las lógicas de lo que se intenta repudiar? ¿Quiénes lo impulsan? ¿Qué pasa con esa herramienta cuando se juega en la esfera del progresismo?


La intolerancia como factor predominante

Hace algunos años, la lucha por la emancipación y la igualdad en acceso a los derechos se convirtió en una centralidad social contemporánea mediante los movimientos feministas. La masividad con la que se organizaron dio lugar a la discusión en todos los espacios públicos acerca de temas que requerían encontrar nuevos consensos. Así fue como ingresaron a los medios, a los hogares, a las escuelas y, como corolario, al Congreso de la Nación.

Una vez que el discurso feminista se solidificó las consignas se diversificaron. En ese camino algo en los modos de acción y comunicación se volvió intimidante para quienes no se identificaban con algunas de estas consignas. Prueba de ello es el uso del lenguaje inclusivo o la utilización del escrache como moneda corriente para exponer a otros mediante denuncias en redes, en ocasiones, sin sustento real. En el primero de los casos, la resistencia a hablar tal con la letra E como sinónimo de pluralidad, genera una reacción desmesurada en los defensores de la modificación del lenguaje. Sin desmerecer la importancia del lenguaje en la cultura, cabe decir que para muchos el modo de decir es un acto simbólico frente a otros hechos que resultan más palpables y urgentes. Sin embargo, son muchas las personas que se sienten discriminadas y, ante eso, resulta una acusación que rotula, encasilla y cancela al otro.

Algo parecido sucede con la inmediatez para exponer y sentenciar en modo de escrache a cualquier persona que se manifiesta en un sentido opuesto. Las redes sociales exacerban cualquier opinión. Y el escrache no se termina ahí: muchas veces precede a la cancelación del que dice, sin medir consecuencias

Pareciera no existir espacio para la duda y, mucho menos, para admitir la diferencia de ideas. La tolerancia no es una opción posible, y no lo es en ninguno de los polos. También en nombre de la igualdad, se grita libertad a la vez que se esconde censura bajo la alfombra.

La exigencia a la adecuación del manual de lo políticamente correcto es un requisito para ser parte. Casi como el dogma, o como la obligación de predicar la palabra de Dios, el progresismo no se queda atrás y escribe sus propios mandamientos.


Conservadores aquí y allá

Una de las personas señaladas en esta investigación, que pretende mostrar el entramado de las derechas emergentes, señala a una joven con nombre, apellido y menciona que sube fotos “con poca ropa” a sus redes sociales. Poner el énfasis en esta superficialidad es -como mínimo- un dato irrelevante cuando lo que se intenta exponer es un peligro inminente. Pero también es un acto vetusto que deja en evidencia otra forma de conservadurismo. Entonces el problema no es qué se dice sino quién lo dice, puesto que nos cansamos de objetar este tipo de comentarios cuando quienes los realizan son, por ejemplo, alguno de los personajes públicos que participan de esta “derecha new age'' o cuando estas frases se utilizan para hablar de una figura pública que afín al feminismo.

Frente a esto, ¿Qué pasa con la libertad de decir en el ámbito público que declaman los espacios plurales?, ¿Cuál es el costo de manifestarse en contra de las ideas que plantean?

Todas estas preguntas parecen tener respuestas similares si se hacen en el sentido inverso.

Utilizar herramientas corroídas, que hacen de la información un objeto punitivo a cualquier costo, deja entrever un vacío, la ausencia de una narrativa que convoque y, sobre todo, una falla de la propuesta inclusiva impulsada desde estos espacios ¿Por qué tantos y tantas jóvenes se sienten en los márgenes cuando no adhieren al discurso del deber ser? ¿Por qué los espacios que los excluyen son los mismos que se autoproclaman plurales?

Durante la pandemia vimos cómo se conformó una suerte de policía civil que tildaba casi de asesinos a aquellos se sentaban en la vereda a tomar un café. Fotos en redes a cara descubierta y hashtag que fueron tendencia. El discurso tuvo un emisor claro pero también un agente que lo sostuvo en cada esquina, apresurando la estigmatización. Allí quedó demostrado que este escenario también es propio de espacios que declaman la propia tolerancia como bandera. Desde el mismo lugar, y con la misma rapidez, se levanta ahora el dedo señalador para marcar la cancha de los que pretender correrse del límite de lo que se convirtió en el statu quo actual. El problema es hacia dónde van y quién los contiene.

Podemos concluir que el progresismo, tal y como lo conocemos, es algo que dista de atraer a las juventudes actuales. Podríamos pensar en cuándo fue la última vez que vimos introducirse en la política de manera masiva a chicos y chicas que habían quedado relegados, que venían de sobrevivir al “que se vayan todos”. Podríamos pensar en quién los convocó, en quién los hizo sentir abrazados por un proyecto que se hizo efectivo y quién los invitó a conformar una mesa plural y diversa, donde fueron tenidos en cuenta a la hora de tomar decisiones. Para recordarlo habría que retroceder en la historia casi dos décadas, habría que rebobinar los discursos, habría que buscar un correlato de aquella dirigencia política en los actores del presente. Quizás la verdadera investigación podría dirigirse a encontrar un proyecto político y social que invite a los de la periferia, a los de adentro que se están quedando afuera y a los que se van desilusionando. Pero, sobre todo, habría que disponerse a escuchar qué tienen para decir, y abandonar el paternalismo que denota esa fascinación por enseñarles todo.



Sobre la autora 

Florencia Lucione es Integrante del Colectivo Feminista por la Igualdad de Género.


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