La guerra que no fue (II)

OPINIÓN. En 1981 un grupo de periodistas con un gran bagaje informativo encima pero sin poder publicarlo en sus respectivos medios, decidió armar el suyo propio para volcar en él las noticias que la censura de la dictadura y de sus intimidados patrones no les permitía dar a conocer.


La primera parte de esta nota se puede leer Acá


Un primero de mayo algunos en la redacción se dieron cuenta que la guerra había llegado. La flota inglesa había llegado hasta Malvinas y comenzado el bombardeo de Puerto Argentino. Un día después, un submarino atómico británico había hundido, en un Mar Austral lejano y oscuro, al vetusto crucero “General Belgrano”. Centenares de marineritos argentinos habían perdido la vida. La criminal farsa de la dictadura militar comenzaba a cobrar nuevas víctimas, esta vez en la demencial aventura bélica del sur…

Jorge Fontevecchia, con ese tremendo olfato periodístico que lo caracterizó siempre, tomó una de sus resoluciones “históricas”: había que marchar al sur, a la guerra. Armar una redacción volante en Comodoro Rivadavia y de allí enviar corresponsales a todos lados.

Estaban cortadas ya todas las comunicaciones de transporte con el Sur. No había aviones. No había ómnibus. La decisión fue… alquilar autos… El todopoderoso Gordo Paladino nos consiguió un Renault 12 y una rural Falcon. Eso fue todo lo que había.

Esa tarde de mayo, gris, medio lluviosa, la caravana se puso en marcha. Delante del Renault y la rural Falcon, el Mercedes “Pagoda” dorado de Jorge. Con él al volante. A su lado Julio César Petrarca y atrás quien suscribe y Luis “Tino” Sicilia. El estado mayor…

Después de cenar en Bahía Blanca, Jorge decidió que no tenía por qué ir junto con los otros dos autos. La larguísima recta de la ruta 3 hasta el río Colorado era una tentación. Noche cerrada. Negrura total. Sólo la recta extendida ante los faros del “Pagoda”. De nada valió la prudencia de Petrarca. El “Nene” apretaba el acelerador y el “Pagoda” volaba por la ruta.

De repente, un suave borbotón de humo blanco se elevó desde el capot, el vehículo enmudeció, llevado por la inercia “carreteó” un par de centenares de metros y luego se detuvo en la banquina. Lo último que se escuchó fue el gorgoteo de las piedritas desprendiéndose de las ruedas, en sus últimos giros de agonía…

Dos de la noche.

Jorge Fontevecchia había fundido el motor del “Pagoda”…

Pese al abrigo que cada uno llevaba, el frío de mayo en pleno desierto se hizo sentir al instante luego que también la calefacción dejara de existir.

El estado mayor de la “Armada Brancaleone”  estaba en grave peligro. Como buenos soldados, comenzamos a hacer guardia fuera del auto, a la espera de que algún alma extraviada deambulara con su vehículo por la ruta a esa hora y en esa oscuridad.

Ocurrió. Un par de horas después, una “chata” con pescadores me levantaba y me llevaba hasta la entrada del pueblo más cercano. Pero desde esa entrada hasta el pueblo más cercano… había 8 kilómetros. Mientras caminaba recordé todo tipo de calificativo hacia mi persona, la de Jorge, la de los fabricantes de Mercedes y… hacia la guerra.

Pueblo desierto hasta las siete de la mañana. Me levanté del umbral del único taller mecánico para explicarleal atónito dueño, cuando llegó,  la situación. Costó convencerlo pero finalmente arrancamos con su camioncito-remolque en busca de la nave averiada.

De camino, nos encontramos con el Renault, el segundo auto de la “Armada”, detenido también en la banquina… La máquina alquilada había defeccionado.

En resumen: el mecánico hizo su ingreso triunfal al pueblo remolcando un Mercedes “Pagoda” y un Renault 12, con cinco tripulantes atribulados, muy distantes del cometido periodístico fijado y con algunas ligeras esperanzas de volver, finalmente, a la normalidad.

La rural Falcon no aparecía y no podíamos pensar en su ayuda. El héroe-mecánico reconoció su impotencia con la máquina alemana pero con la vieja técnica del alambrito recompuso el Renault y lo dejó andando en… dos cilindros…

Con el Renault remolcando al “Pagoda”, la “Armada Brancaleone” cubrió los casi mil kilómetros que distaban hasta Comodoro. Un viaje memorable y sacrificado con un paquidermo muerto y un asmático pero tenaz cadenero. No sé cómo, pero a la noche estábamos estacionándonos en la puerta del hotel. La travesía había sido completada.

Al día siguiente, el equipo de Tino partió hacia Punta Arenas, donde sería prolijamente detenido por los carabineros chilenos y acusado de espionaje… a favor de la Argentina. El equipo de Petrarca viajó a Ushuaia, al único apostadero de combate de la Marina, comandado por el cuasi desterrado almirante Horacio Zaratiegui, único oficial con diploma del Almirantazgo británico. El resto periodístico se distribuiría entre Río Gallegos y Comodoro.

Enviados de todos los medios, locales e internacionales, asediaban a un par de oficiales que eran el contacto con la prensa. El objetivo era viajar a las islas. Una meta imposible. A cambio de eso, el larguirucho capitán nos subía a un ómnibus y nos llevaba a presenciar ejercicios de artillería en las afueras de Comodoro.

Nunca había visto disparar cañones, morteros o coheteras. Pero me causó sorpresa ver los proyectiles disparados por los morteros  españoles rebotar en el terreno, sin explotar, y no llegar hasta los blancos. Después nos enteramos que se había comprado material defectuoso pagado como bueno…

Pero ya habíamos comprendido que en Comodoro nada iba a pasar. Aunque se había creado el mentado TOAS (Teatro de Operaciones del Atlántico Sur) su titular, el general Osvaldo García, ya se había vuelto a Bahía Blanca, donde tenía su sede. “Atendía” en Comodoro el almirante Juan José Lombardo, aunque ningún buque de la Armada Argentina, a excepción del “Almirante Irízar” participó en la guerra.

Viajamos a Río Gallegos. El inolvidable Oscar Meligeni y yo. Nos alojamos en el “Río Gallegos”, el mismo hotel donde se hospedaban otros periodistas y los pilotos de los Douglas A4-B, aviones veteranos de la guerra de Vietnam, varios de los cuales no pudieron tomar parte en los combates por desperfectos técnicos.

Por las noches, nos juntábamos en la sala del hotel con los pilotos y estos nos comentaban detalles de los ataques que llevaban contra la flota inglesa. Nos despedíamos hasta el día siguiente, cuando involuntariamente mirábamos su regreso de las misiones y contábamos a ver si alguno faltaba.

Poco podían hacer estos vetustos aparatos contra las modernísimas armas inglesas. Gabriela Cociffi, colega de Atlántida, le entregó a uno de los aviadores una bufanda para abrigarse “allá arriba”… Nunca volvió y Gabriela se quedó oteando el horizonte…

Unos días después, emprendimos viaje hacia el que sería nuestro destino final en la guerra, el pueblo de Comandante Luis Piedrabuena, a orillas del río Santa Cruz y a poca distancia del puerto de Punta Quilla. Poco antes de llegar, sobre el puente, un oficial, gordo e inquieto, despotricaba contra los artilleros que practicaban tiro en unos campos cercanos, a poca distancia de unos cerros, sin acertarle a los blancos.

Nos detuvimos para ver los ejercicios pero aquel oficial al mando nos hizo llamar. Allí conocí al general Ricardo Flouret, uno de los líderes más eruditos del ejército en aquellos tiempos y profundo enemigo de las acciones de la dictadura militar. Después de ordenar que nadie se moviera de allí hasta que acertaran los tiros, nos invitó a su puesto de comando.

Flouret estaba a cargo de la VII Brigada de Infantería de Corrientes,  dislocada en Comandante Luis Piedrabuena, con intenciones de pasar a las islas, intenciones que nunca se concretaron para alivio de aquellos soldaditos correntinos, con fusiles de entrenamiento y uniforme de verano. Allí mismo se encontraba el Grupo de Artillería 101, de Junín, comandado por el teniente coronel Norberto La Valle. Sus poderosos cañones Sofman de 155mm también esperaban el paso. Era la artillería ideal para contrarrestar el fuego de los barcos ingleses.

A poca distancia de allí, cerca del puerto de San Julián, operaban los Hércules C-130 y los Pucará, verdadera revelación para los ingleses, que no contaban con la participación en combate de aviones de entrenamiento. Las coheteras de los Pucará hicieron mucho daño a las naves británicas.

Volaban bajo, casi rozando las olas, y cumplían verdaderas misiones de asalto sobre navíos, equipos y personal ingleses. Los radares no los detectaban y sus ataques eran inesperados. Flouret ya me había “incorporado” y me había nombrado… “corresponsal de guerra de brigada”. De modo que yo recorría con él todo el territorio bajo su mando, entre Comodoro y Río Gallegos. En uno de esos viajes, nos reunimos con esos pilotos que nos contaban cómo volaban casi a ciegas ya que los Pucará no tenían radar y las ventanillas se cubrían con la helada agua marina.

Habíamos establecido con Meligeni (gran fotógrafo y gran compañero) nuestro “puesto de comando” en el motel del Automóvil Club, sobre la ruta 3. Todos los días llevábamos la rural Falcon (la habíamos conquistado) hasta el comando de la Brigada, donde Flouret me hacía pasar a sala de situación y analizar con él el estado de la guerra.

La actividad en la brigada era escasa… Además del estudio de los partes que se recibían de Malvinas, Flouret ordenaba todos los días ejercicios de campo. Yo conocí allí a varios oficiales que habían participado en la represión y que ahora estaban asignados a grupos comandos que recorrían la costa en busca de espías ingleses. Operación infructuosa, por supuesto, pero al menos Flouret se los sacaba de encima.

Uno de los comandos era “Quique” Guglialmelli, hijo del general Juan Enrique Guglialmelli, uno delos grandes estrategas y geopolíticos militares argentinos. Con  el enorme “Quique”, enamorado de los “rusos”, hicimos varios recorridos nocturnos por la costa del río Santa Cruz a pie y en la rural Falcon, ya incorporada al servicio efectivo de la Brigada.

El general Guglialmelli fue el único alto oficial que visitó la dislocación de la unidad que tenía, técnicamente, el principal frente de contención de una eventual invasión inglesa al territorio. Lo acompañé en la rápida inspección que hizo y escuché sus duras críticas a las acciones de la junta militar. Luego volcaría su análisis en un informe publicado en un número especial de su importante “Estrategia”, informe que tuve el privilegio de redactar. Ese informe luego sirvió de base para el conocido “Informe Ratenbach”.

La evaluación que hicieron Guglialmelli y Flouret respecto de las acciones militares, fue desalentadora en extremo. Ambos sabían que no había ningún dispositivo apropiado para presentarles batalla y ganarles a los invasores ingleses. En las islas había cuatro generales: Menéndez, Daher, Parada y Joffre, pero no había una conducción única. La Fuerza Aérea actuaba por su cuenta, el ejército otro tanto y, por cierto, la Armada sólo estaba presente con el “Irízar”.

A propósito del “Irízar”, su paso a las islas era permitido por los ingleses porque se embanderaba como buque hospital. Nunca llevó a Malvinas armamentos o equipos bélicos. Transportó alimentos y remedios. La gran polémica se desató cuando el teniente coronel La Valle pidió transportar los poderosos cañones Sofman y Lombardo se lo negó. Dos de esos cañones, finalmente, fueron transportados por sendos Hércules, para lo cual tuvieron que quitarles las ruedas y otros elementos así poder meterlos en el avión…

Unos días antes de su partida, el capitán que estaba a cargo de ese traslado recibió la visita de su esposa. Ella lo despidió cuando él embarcaba en uno de los Hércules. Pocos días después los cañones entraron en acción, obligando a los buques ingleses a permanecer a más de 25 kilómetros, mar adentro. Hasta que las naves lograron aniquilar las baterías. Allí murió también el capitán. Su esposa abandonó días después el motel del Automóvil Club, donde se había alojado.

En Buenos Aires, se seguía pensando en la guerra como en un hecho cuasi farandulesco. Grandes maratones televisivas para juntar recursos que nunca llegaban a las islas. Pedidos fantasiosos de los medios a sus corresponsales en Comodoro o en Río Gallegos. Poca información real de lo que estaba ocurriendo en las islas.

Cuando el Papa Juan Pablo II daba su misa de Corpus Christi en Palermo, yo recibí una llamada de la redacción pidiéndome que “produjera” ¡en Comandante Luis Piedrabuena! una trinchera en las condiciones de Malvinas, pusiera a soldaditos en ella y los fotografiara mirando por televisión la homilía papal… ¡Qué sabían estos ilustres imbéciles el drama que estaba ocurriendo en las islas, con los ingleses ya listos para el asalto final! ¡Soldados bajo fuego enemigo, en una trinchera llena de agua, en el árido terreno malvinense, mirando por televisión una transmisión en directo desde Buenos Aires! La enajenación total.

En la sala de situación de la Brigada, Flouret me convocó y me informó que los generales “de Malvinas”, más los de la costa, querían redactar un documento sobre el estado de la guerra y su propuesta para no rendirse. Claro está que, en mi condición de “corresponsal de guerra de brigada” yo no podía negarme. Durante toda la noche estuvimos preparando el escrito. Flouret se comunicaba con sus pares, comentaba algún párrafo y luego lo terminábamos de redactar.

Tuve tiempo de informar a la redacción que les iba a mandar el escrito y que estuvieran atentos para publicarlo.

La buena fortuna nos acompañó porque el documento fue publicado como una “separata” de la edición normal de “La Semana”. Eludió así la censura del Estado Mayor Conjunto. La repercusión fue instantánea y profunda.

Daba un crudo análisis de la situación y advertía la total desproporción  entre los soldados argentinos y los ingleses. Proponía internacionalizar el conflicto, aceptando la ayuda de Cuba, Nicaragua, Perú, Libia, China y la Unión Soviética. Libia ya había enviado sus exocet con los que la Marina armó precariamente sus Super Etendard franceses. Perú tenía toda una escuadrilla de MiGs soviéticos en San Julián, cuidadosamente ocultos a la espera de una autorización. La URSS, además de suministrar partes diarios de inteligencia provenientes de sus satélites (lanzó ocho sobre el Atlántico Sur en cuanto comenzó el conflicto) y de sus enormes Tu-95 que volaban entre Cuba y Malvinas ida y vuelta sin escalas, había hecho una oferta formal de ayuda en equipos bélicos. El embajador Serguéi Striganov se lo planteó a Galtieri con una sola condición: que los militares argentinos dejaran de entrenar a los contras nicaragüenses. La negativa del “general majestuoso” fue inmediata.

El documento de “los generales del sur”, como se lo difundió, fue desconocido por la junta militar.

Comenzaba la última etapa de la tragedia, desencadenada por la dictadura. Pese a la valentía y el coraje de los soldaditos, el cerco inglés era imparable.

Diarios Argentinos