La gran confusión

Por: Carlos Leyba

No abrigamos demasiadas esperanzas acerca de que este proceso electoral sea aprovechado por los dirigentes políticos como la oportunidad para debatir sobre el futuro deseado (prospectiva) y como llegar a él (programa) y – en ese hacer– comprometer a la sociedad en la decisión de la Nación que queremos ser y la manera de lograrlo.

Crearnos una ilusión, el trazado de un camino hacia algo apetecible. Las sociedades que no sueñan un futuro se revuelven en la maraña del pasado que más enreda cuando menos futuro ilumina.

Una ilusión es algo imprescindible para reconstruir la voluntad nacional en nuestra sociedad que hace 45 años viene barranca abajo, empujada por gobiernos militares o elegidos por el pueblo, sea de color peronista originario o radical originario, o de la mezcla desordenada de esos colores o de cualquiera de ellos pero mezclados, y de alguna manera traicionados.

Ahora –con el voto popular– se ha instalado a una nueva generación que reivindica los ideales económicos y sociales del segundo programa de J. A. Martínez de Hoz, profundizando aquellos postulados.

Lo hace luego de que los gobiernos democráticos –por decisión o molicie– continuaron, tal vez sin saberlo, el mismo camino.

¿Alguien duda que Carlos Menem profundizó la tarea de Martínez de Hoz? Eliminó o desarticuló tres de los pilares que conforman soberanía sin la cual es difícil, sino impracticable, imaginar futuro para una Nación que se niega a sí misma.

La convertibilidad fue la sustitución de una precaria moneda nacional, absolutamente precaria y por eso necesitada de un empeño vigoroso para ser reconstituida. Pero el 1 a 1 nos dejó sin moneda y nos entregó a un feroz endeudamiento que, finalmente, sustituyó trabajo nacional por importaciones financiadas: la herencia fue el nuevo desempleo estructural y los más altos índices de pobreza estructural que nunca antes habíamos sufrido. Convertibilidad es sinónimo de exclusión.

El segundo paso fue el levantamiento del sistema ferroviario. El país interior se fue desmoronando a medida que las estaciones dejaron de ser parte de un sistema vital de intercomunicación productiva y pasaron a ser arcones de recuerdos. Si alguien lo hubiera escrito, imaginado o propuesto, lo habrían tildado de loco. Pero Menem lo hizo. Con una irresponsabilidad y un silencio inexplicable destruyó un siglo de progreso que necesitaba de un apoyo y una transformación y seccionó, de manera casi definitiva, en pedazos una Nación.

Y finalmente apuntó a la destrucción de lo que quedaba del concepto “Fuerzas Armadas” destruido –ciertamente– por los jefes que la usaron para el genocidio y que necesitaba de una reconstrucción para volver a cumplir su función social.

Ninguno de los que lo sucedió, y han pasado casi 30 años desde entonces, fue capaz de reconstituir una moneda local y tampoco capaz de liberarse de la cadena de endeudamiento que es su causa y consecuencia.

Tampoco hubo quien fuera capaz de consolidar la existencia de un “territorio de la Nación”, el aislamiento, la distancia, la comunicación, la ausencia de los vasos comunicantes siguen siendo lo que consolida el progreso de una Ciudad que dispone de más de 30 mil dólares por habitante, que convive con provincias que arañan el 10% de ese nivel de ingreso que es, en todo caso, una plataforma para un mejor nivel de vida.

Y hasta la fecha seguimos con una debilidad estructural en materia de toda estrategia de preservación y defensa del territorio, una de cuyas manifestaciones es el avance descomunal del poder de los barones de la droga que ya se sospecha que participan en el financiamiento de muchas decisiones.

Lo dicho, que une el menemismo peronista con la propuesta de Martínez de Hoz, vale –en lo estructural– para todas las gestiones que lo han sucedido. ¿Cuál es la razón?

Una es que no se puede cambiar el lugar donde se vive si no hay un futuro deseado que obligue a diseñar un programa de salida.

Venimos repitiendo los mismos problemas desde hace 45 años: altísima inflación, pobreza, deuda externa, estancamiento, crecimiento de las distancias tecnológicas, desequilibrio regional, concentración, desigualdad y finalmente un combo que lo contiene todo, al que hemos llamado “la grieta” y de la que no podremos escapar en la medida que no seamos capaces de pensar el futuro deseado posible y de articular el programa que allí nos conduzca.

Hasta aquí no hay nada nuevo.  

Y no abrigamos esas esperanzas que pasan por el camino del debate, de la discusión de altura.

Los pasos hasta aquí dados por la dirigencia política en este entorno electoral están muy lejos de ello.

En primer lugar ningún “espacio” ha debatido qué país desea y, por lo tanto, por más que crean que lo tienen, no han madurado ni remotamente un programa basado en un objetivo. Tanto Sergio Massa, Mauricio Macri como Roberto Lavagna, en ese orden cronológico, han lanzado documentos cada uno de los cuales ha puntualizado 10 temas cuya esencia es un ejercicio de obviedades con las que nadie podría estar en desacuerdo.

El desacuerdo habría de aparecer toda vez que para alguno de esos ítems mencionados hubieran manifestado el cómo. Sin cómo hay deseos.

Pero esos deseos –ni sumados– constituyen una prospectiva. Es decir, un diseño de futuro deseable y consistente. No. No lo han hecho.

En segundo lugar, tan lejano de su idea de la política está ese debate que ni siquiera se han tomado el trabajo de debatir entre ellos quién es el “mejor candidato” para ejecutar ese programa y para alcanzar ese ideal de Nación.

Simplemente las candidaturas que hoy están en danza son hijas del dedazo. ¿Qué cosa es el dedazo? Un poder. Cualquiera sea este: económico, mediático, institucional.

Por ejemplo, Mauricio Macri es el candidato de Cambiemos. Nadie lo eligió. Él se señaló a sí mismo como el mejor. Es obvio que, al menos, la mayor parte de los radicales desearían que el candidato de la coalición fuera otro. Es obvio que, al menos, una gran parte del PRO desearía que la candidata a presidente fuera María Eugenia Vidal. Y a pesar de las dudas, muchas de ellas solo basadas en cálculos meramente electorales, ni remotamente a alguien se le ocurrió que la decisión del candidato sea consecuencia de una elección en una Asamblea, Convención o en la institución que represente la voluntad de los afiliados partidarios.

Macri –dueño de la pelota– decidió que es él. Algo menos democrático, imposible. La oferta del espacio Cambiemos no solo no tiene prospectiva ni programa ni tampoco un candidato que resuma la voluntad consultada de los afiliados al espacio. Usted me dirá “pero Mauricio es el líder”. Le diré, sí. Y la prueba es que se autoelige.

Pero no es menos cierto que radicales y muchos del PRO han estado bregando por una candidatura diferente. Y no hay en ese espacio nada que permite discutir democráticamente y a partir de los representantes de los afiliados, ni el proyecto de país deseado, ni el programa, ni los candidatos.

Si esto es así en el espacio que nuclea a radicales democráticos por ADN y a republicanos por convicción, como las huestes de Lilita Carrió, imagínese lo que pasa en las distintas vertientes del peronismo.

A pesar que esta nota fue escrita el 8 de junio no perdió actualidad conceptual, lo inesperado ocurrió: Macri designó a su vice y lo eligió entre las huestes de Alternativa Federal.

Le arrancó a los Federales uno de los últimos pedazos que le quedaba. La versión Miguel Ángel de la Alternativa terminó siendo Cambiemos. Dado los dos polos eligió sumarse a la barrera montada para que no llegue el kirchnerismo al poder. Fue una respuesta, ante la orfandad de Alternativa Federal, a la estrategia de CFK que trató de ocultar dentro de un simil al caballo de Troya, con tiene la cabeza de Alberto Fernandez y el cuerpo de la mayor parte de los gobernadores, a un núcleo duro de gobierno integrado por los jóvenes de La Cámpora, Axel Kicillof y los ex hombres de izquierda que encontraron protagonismo en el peronismo que tanto combatieron. Los gobernadores no son kirchneristas si es que ser kirchneristas es adherir a la ideología de La Cámpora y de Axel Kicillof. Pero los votos nacionales del peronismo los junta CFK y los gobernadores no encontraron alguien que la reemplace y, como se sabe, “nada desaparece hasta que se lo reemplaza”.  

Cristina está. Y tiene los votos. Cristina Kirchner se desafiló de hecho del PJ porque creó otro partido para salirse de esa marca. Cristina fue siempre muy anti PJ y muy antiperonista de Perón. Antonio Cafiero sufrió hasta las lágrimas cuando al pedirle apoyo a CFK para el monumento a Perón, ella lo sacó con cajas destempladas diciendo, más o menos, “para ese viejo de m… nada”. No lo quería y es de alguna manera lógico, porque ella y Néstor hicieron lo imposible para terminar con el mito Perón.

El principio que los inspiró fue, precisamente, “nada desaparece hasta que se lo reemplaza”; y la razón es que la condición necesaria para reemplazar es construir un “mito” propio del que se pueda ser el intérprete único e indiscutido. CFK nunca podría haber sido “la intérprete” del mito Perón, pero sí –y vaya que lo hizo– del mito Néstor. El lugar que ocupó en esa tarea la hizo tan preponderante que ahora, aún habiéndose ido del PJ, habiéndolos rechazado siquiera como aliados, los dirigentes del peronismo no pudieron reemplazarla. El mito Perón es el único que sobrevive, pero no está. Menem ocupó su lugar y cuando el poder se agotó por sus fracasos, desapareció. Néstor fue su inesperado reemplazo y su muerte dejó un vació que CFK ha ocupado hasta la fecha. Su mayor riesgo es competir y perder.

Las sucesivas derrotas de CFK la fueron diluyendo como intérprete y también fueron diluyendo, restringiendo al núcleo duro, el mito Néstor. Y ella se convirtió en un Mito residual que, en esta competencia electoral, se juega todo. Por eso ha dado un paso muy inteligente. Alberto Fernández habla con Clarín y como CFK habla con los petroleros; habla con los financistas y como CFK habla con la izquierda que acompaña. Pero Alberto habla al mismo nivel con los gobernadores y no como ella que les habla desde arriba. La fórmula es la mejor posible. Hasta ahora. Y además tiene el beneficio de dejar abierta la posibilidad de reemplazo. No es imposible que designe un vice en lugar de ella.

El descomunal fracaso en toda la línea de Mauricio Macri y de su equipo permanente de campaña, presidido por la pareja Marcos Peña y J. Durán Barba, lograron resucitar lo que parecía en retroceso.

Los “muros” que confinaban a CFK a estar protegida y encerrada en el 30% del electorado fiel, con el piso igual al techo, fueron derrumbados por la colosal incapacidad del “mejor equipo de los últimos 50 años”. Nadie podría haberlo hecho mejor.

Frente a esta demolición surgió la reparación de un paquete “populista” preelectoral del “ultra clientelismo” de los créditos ANSES al que todos los jubilados y pensionados son invitados por “las redes”, el subsidio de mil dólares para la compra de un auto, y el retorno del Ahora 12 sin interés en las cuotas.

Ese “populismo” clientelista para los sectores medios bajos es una reacción tardía para volver a poner algunos ladrillos en el muro derrumbado.

La copia tardía de los métodos K es una confesión de no poder pensar en otra cosa que en el corto plazo y en esta nueva norma de la política que la hace una profesión para lograr “el poder” y tratar de quedarse en él.

Una confusión enorme y dañina porque “el poder” (sustantivo) es para poder (verbo) hacer las cosas que se entienden necesarias.

Si no se tiene “prospectiva” ni “programa”, entonces, el poder es para conservarlo todo lo que se pueda.

CFK lo perdió y Mauricio está a un paso de perderlo. Por eso hace lo mismo que hizo CFK para conservarlo. Convengamos que conservarlo 12 años es mas difícil que conservarlo 4.  

Hoy Cristina es la candidata no solo de la Unión Ciudadana sino del peronismo oficial. Nadie la eligió. Se nominó ella y no solo lo hizo sino que además designó quien la habría de representar. Eligió a un operador, un hombre de los pasillos, un frecuentador del soto governo, un hombre sin votos y sin capacidad para tenerlos, sin carisma y sin trayectoria. Si por trayectoria se entiende un camino coherente desarrollado a lo largo de la vida política. Antes del kirchnerismo, Fernández, Alberto, frecuentó pasillos y ocupó sillones de todos los espacios que rondaron el poder, fue menemista con Menem cuando Menem era jefe y duhaldista con Duhalde cuando Duhalde era jefe y Kirchnerista destacado con Néstor.

Con CFK duró poco, pero digan lo que digan, compartió la violación del INDEC, el tren bala y la 125. Tres decisiones espantosas de las que nadie quiere sentirse autor.

Y no es menos cierto que fue muy crítico del pasado, de la personalidad y de la gestión de CFK.

Por las razones de trayectoria sumadas a la falta de carisma, unidas a las virtudes de operador y hombre del soto governo, no cabe duda que es un compañero de fórmula ideal. No tiene nada propio. Y a la vez una capacidad de gestionar relaciones extraordinarias.

El peso de la tarea en la que convergen Macri y Cristina que es cepillar a la Alternativa Federal, el tercero en discordia que podría complicar la llegada al balotaje de una de las dos fuerzas dominantes.

Fernández, por esas relaciones de soto governo que tienen que ver con quién financia la política, puede aplicarle una rebanada del 5% o más a la tercera vía y sumarle esos votos a CFK. No es carisma ni trayectoria sino gestión lo que ha empezado a pesar más en esta Argentina en las sombras.  

Un espacio que prometía ser una alternativa fue, justamente, Alternativa Federal. El espacio cerró sus puertas. Bajó el telón. Pichetto se fue a cambiemos y Massa se fue a CFK. ¿Podría imaginarse que, dada la convergencia previa de ambos, ambos ahora en cada extremo de la grieta pudieran ser un puente? Una tercera alternativa que rechazara a ambos extremos de la grieta no solucionaba el problema. Conformaría una isla y las islas son “grietas” no puentes. Entonces estamos ante un puente no deseado, un embarazo político inesperado. ¿Política sin protección?

En la Alternativa Federal quedaba un solo ocupante. J. M. Urtubey. Y nunca se sumó Roberto Lavagna, el candidato de Luis Barrionuevo que insistía que tenía que ser él sin que nadie lo elija. El mismo método de CFK y de MM.

Lavagna se mantuvo firme y si alguna vez quiso renunciar al juego, un dirigente sindical (Clarín) hizo correr la versión que le darían 8 millones de dólares para bajarse. De esa manera la renuncia se hizo imposible.

Lavagna por su aislamiento y el gobernador reelecto Juan Schiaretti, sin duda uno de los dirigentes de mayor volumen político del país, hicieron lo que había que hacer para demoler la Alianza Federal: el resultado fue que los dos mas importantes después de Schiaretti se fueron a los extremos de la grieta.

Juan Manuel quedó solo. Y a pesar de los consejos de su asesor de marketing Antonio Solá se sumó a Lavagna en el insólito Consenso 2030. Una apuesta al largo plazo, tan largo, que nos encontrará en el otro mundo.

Uno podría decir que el peronismo está en todos lados. Que es lo mismo que decir que no está en ninguna parte.

Antonio Cafiero diseñó la renovación, un peronismo para este siglo. Los tres mosqueteros de aquella intentona fueron Antonio, Menem y Carlos Grosso. Menem hizo puré las bases materiales del peronismo de las tres presidencias de Perón; Carlos Grosso es el cerebro político de Mauricio Macri. Antonio ya no está y en torno de la Alternativa Federal rondaban sus ideas. Pero la realidad de “la lucha por la idea” sucumbió. El peronismo según Cafiero era una mirada histórica que reivindicaba el pasado de los gobiernos de Juan Perón pero con un horizonte, en todos los sentidos, más amplio. Multiplicaba el legado de la concertación, la unidad de proyecto de Nación; y de la república, la institucionalización, que se había inaugurado en 1983.

Ahora tenemos tres para las PASO: Mauricio asociado a Pichetto, Cristina llamada Alberto y Lavagna por ahora asociado a Urtubey.

Claudio Jacquelin, del diario La Nación, señaló en Barrionuevo la paternidad de esa candidatura y mencionó que Luis es el socio de toda la vida, de todos los pactos y de todos los acuerdos, de Enrique Nosiglia cuyas relaciones son como los rayos del sol: van para todos lados pero encandilan y dejan ciegos, o en la sombra, los intereses reales.

Lavagna es un personalidad muy estructurada y de prestigio en vastos sectores. Es, sin duda, un buen candidato pero lo que no sabemos es a quién le quita los votos. Si de votantes se trata, seguramente le araña votos a Macri, pero ni remotamente a Cristina. Su función, manifiesta o latente, ha sido fulminar a la Alternativa Federal que con él en las PASO habría logrado muchísimo más que sin él. Hoy beneficia a CFK en la primera vuelta y en todo caso a Axel Kicillof para quien no hay segunda.

Sergio Massa, por ahora, ha desaparecido. Discípulo amado de Graciela Camaño, esposa y compañera de Luis Barrionuevo. En un principio fue un matrimonio, dos candidatos.

Si hacia falta demostrar que en ningún caso estamos hablando de “política” con mayúscula, es decir, de “ideas claras para construir la Nación desde el Estado”, esta es la mayor demostración.

En síntesis no hablamos de país deseado, no hablamos de programas y pareciera ser que tampoco hablamos de candidatos y personalidades definidas.

Los Barrionuevo nos llevaban a la estación Massa, que se cerró, o a la estación Lavagna. Pero si están los Nosiglia ¿no deberían llevarnos a la estación Cambiemos?

Como Alberto pasó por el menemismo y el PRO está repleto de menemistas, en una de esas tomando el Frente para la Victoria y estacionamos al lado de Cambiemos.

Nada es imposible cuando la política dejó de ser sueños, prospectiva y programas. Hoy sucumbió a la fantasía de las encuestas y a los gurúes del marketing que no tienen obligación de pensar en el futuro sino de ganar las elecciones.

La pregunta entonces es ¿elecciones para qué? ¿para elegir qué rumbo?

Pues bien, en estos días de recesión e inflación, desempleo y pobreza, vertiginosa desindustrialización y apuesta excluyente a ser un país basado en los recursos naturales, en el gobierno se nos anuncia que vamos a toda marcha a la baja del arancel externo común del Mercosur, es decir, a bajar las defensas ante la oleada gigante de las exportaciones industriales; a hacerlo estancando el tipo de cambio para ganar las elecciones y además a buscar una vía para renunciar a la soberanía monetaria como sea.

El programa del gobierno es “ganemos”. Fue el programa de CFK cuando, por las mismas razones, se anotó en el swap chino aceptando todas las condicionalidades emergentes de la superpotencia.

Y Macri lo continuó. Nada cambió. Todo es igual.

La política se ha convertido en una “gran confusión”.

De la confusión se sale razonando de manera peripatética, caminando, profundizando en nuestros problemas, en la conciencia del origen de los mismos y tratando de copiar las experiencias exitosas de los países que, en distintas etapas del planeta, han salido del estancamiento y se han encaminado en el desarrollo de sus fuerzas productivas.

Pero hay que instalarse más en lo que ellos hicieron concretamente, que en lo que ellos dicen que hay que hacer, pero que no hicieron para salir del estancamiento.

De Gran Bretaña a Estados Unidos, de Corea a China, de lo que hacen hoy los países europeos y así sucesivamente: allí donde ves progreso y mantenimiento del mismo hay una forma de lograrlo. Y no son las recomendaciones que nos proponen sino las acciones que ellos llevaron y llevan a cabo.

La “Gran Confusión” es aceptar “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”. Para eso hay que pensar un poco más. Es la diferencia entre peripatético y patético que es el nombre que corresponde al actual panorama político.

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