La encrucijada

OPINIÓN. La gran decisión histórica es lograr romper con el dispositivo de repetición de las crisis; si no quedamos condenados a la convivencia con ella y a sobrevivir, a veces mejor y a veces peor, dentro del laberinto.

La economía argentina, nuevamente, está en una encrucijada y esa situación repercutió y repercute en la política que la que la pone en esa situación. La característica saliente a esta altura, es la repetición de una tendencia a caer en la emboscada de las cuentas que no cierran. Una y otra vez, nuestro país entra en esta situación en que la relación, tipo de cambio, inflación e ingresos reales gira en un círculo parecido al infierno del Dante, “El que entre aquí que pierda toda esperanza de salir”.  Caen los ingresos fiscales y caen los ingresos de las familias, incrementando la pobreza y la indigencia.

No olvidemos de agregar en el tablero a la deuda externa, que ascendió a US$ 274.247 millones al cierre del primer trimestre 2020; y  el 94% de la deuda externa está nominada en moneda extranjera y de ese total, el 59%, se encuentra en dólares. Esta es una pesada carga que durará años, en gran medida responsabilidad del gobierno de Macri.

Las tres variables señaladas tienen una fuerte y crucial interdependencia entre sí  y, si bien no es un invento local, se logra una singularidad especial en que la clase dirigente no pueda salir de esta condena determinística, que somete a la propia sociedad, a la economía nacional y a la política que promete romper este círculo. Esta voluntad de ruptura aparece muchas veces de la mano de la acción superestructural, sin descender a los sótanos que hacen marchar a la circularidad. La política, entonces, queda expuesta a la frazada corta. Una discusión sobre un impuesto a la riqueza que involucra a once mil personas parece una frivolidad.

Algunos economistas, sobre todo desde el dogma liberal, señalan a la inflación como el principal eje del embretamiento económico (desde hace varios años nuestro país está entre los cinco de mayor inflación en el mundo).  Hoy también la heterodoxia presta más interés a este problema, dentro de un propósito cada vez más expandido en el mundo y atacado también por el virus inesperado, como el equilibrio fiscal. Esta fue también una de las principales preocupaciones del Pte. Néstor Kirchner y el superávit fiscal se mantuvo a lo largo de cinco años desde el 2003 en torno al 3,2% del PBI.

Hoy, la gravedad, agrandada por la pandemia, está dada porque la inflación sigue horadando el salario, el dólar crece en el paralelo por encima de los precios;  por eso el gobierno salió a emitir, para no secar los flujos del consumo y mantener la paz  social.

Detrás de la defensa de los ingresos están las centrales de trabajadores,  y hay desocupados en negro que no pueden ejercer presión política porque no están institucionalizados. Pero a la vez están los costos que son una variable para un empresariado que busca sostener o recuperar su tasa de ganancia. Y están los que hacen changas, los cuentapropistas, y otros. Detrás de la inflación están los más vulnerables, y la variación de costo y reposición para los empresarios, que los pone frente al abismo en el caso de las PyMEs. Detrás del tipo de cambio están los exportadores, los importadores y el Estado en función de la acumulación de divisas.  Es decir, intereses, que se despliegan sobre la puja distributiva.

El Gobierno prepara su proyecto económico y social una vez que la pandemia termine o descienda en términos de víctimas. El anticipo es que habrá un número muy alto de medidas. Ahora bien, con este escenario no hay posibilidades de construir un proyecto por fuera del círculo perverso. Es decir, no hay margen político para ponerse afuera de la prepotente determinación de las variables económicas y sociales señaladas. Pensar el gobierno de Alberto Fernández en función de un proyecto específico superador de la situación actual demandará de una acción mancomunada o deberá relegarse sólo al ordenamiento de la crisis. En lo político se traduce en un gobierno que impone un proyecto reformista o un gobierno en transición. Está claro que el signo del Frente de Todos es construir, por  lo menos, una comunidad organizada.

Es inevitable para la administración actual del Estado, la necesidad de ordenar la economía, partiendo del piso que dejará el coronavirus y de la recesión (se calcula que el PBI caerá entre el 11% y el 13% este año) y de la inflación (fue 53,8% en el 2019 y las proyecciones para este año varían entre ese número y el 38,7%).

La gran decisión histórica es lograr romper con el dispositivo de repetición de las crisis; si no quedamos condenados a la convivencia con ella y a sobrevivir, a veces mejor y a veces peor, dentro del laberinto. Parece que ninguna utopía es posible sin salir de la encrucijada.

Diarios Argentinos