La emisión que sí hay que reducir

OPINIÓN. Las consecuencias tanto por mitigación como por adaptación al cambio climático escapan a los límites teóricos que se le podrían imponer; no es un problema únicamente para cientifiques ambientales, es un problema transversal y así debe ser su respuesta.


Antes de que todo se tratara de pandemia y la crisis que amenaza con ser terrible, el incansable esfuerzo de comprometides científques y el don de la palabra de una prometedora jovencita, habían logrado que una amenaza más silenciosa ganare terreno en la esfera pública.

Esta amenaza es el cambio climático y la emisión a reducir es la de gases invernadero. Sí, es real. Sí, la acción humana lo acelera. Aún si no lo hiciera, tenemos algunos problemas de los cuáles hacernos cargo al respecto de insumos que eventualmente se agotarán, de producciones no que no podremos continuar realizando.

Resulta que hay riesgos más inminentes de lo que podemos creer en base a películas apocalípticas. Antes de que el sol se oculte tras implacable nubosidad por la contaminación o de que los polos del planeta se inviertan, el polo norte se derretirá favoreciendo el comercio en el hemisferio norte y soslayando al hemisferio sur (no sin incrementar la contaminación sobre este ecosistema fundamental para el equilibrio térmico a nivel planetario). Para focalizarnos más en el plano local, investigadores del CONICET proyectan que a partir del 2040 las lluvias se intensificarán en la región pampeana incrementado las inundaciones y generando grandes pérdidas económicas tanto urbanas como rurales; el calentamiento en la región del norte del país además del incremento en las lluvias permitirá el traspaso de la cosecha de muchos granos a esta zona pero perjudicará a los ecosistemas de bosques y selvas que actualmente contribuyen al recurso estratégico que es la biodiversidad (por ejemplo, para la genética y la industria farmacéutica); y las menores precipitaciones y el aumento en las temperaturas mínimas de la región andina afectarán el cultivo frutal que tiene lugar al pie de la montaña (materia prima de nuestro adorado vino, uno de los productos de exportación más icónicos del país).

Abstrayéndonos un poco, podemos encontrar un problema menos obvio relacionado al comercio internacional. La Organización Mundial de Comercio, de la que Argentina es integrante, es el ente que regula las relaciones comerciales internacionales multilaterales y evita situaciones de aranceles injustificados o dumping. En los tratados sobre mitigación del cambio climático que se han firmado con el transcurso de los años (el más conocido es el Acuerdo de París de 2015), se proponen metas a los países para que reduzcan la contaminación que emiten. Por supuesto, los países desarrollados enfrentan mayores responsabilidades (tanto por daños ambientales ya realizados como por las desventajas de economías no desarrolladas para afrontar estos retos). Sin embargo, estos países llevan bastante escrito sobre la necesidad de proteger sus industrias en caso de que deban cumplir con estas obligaciones ambientales, ya que productos de países emergentes, producidos con técnicas altamente contaminantes, podrían ingresar a sus mercados nacionales y extinguir sus esfuerzos por una industria nacional verde. Desde el lugar que ocupa Argentina en el mercado internacional cabe suponer que es mejor adelantarse a estos desarrollos para evitar un nuevo atraso tecnológico. Bajo este criterio, todo esfuerzo de desarrollo productivo nacional debería contemplar la sustentabilidad ambiental como una meta obligada.

Por supuesto, acarrea un problema intrínseco a cualquier propuesta disruptiva de desarrollo productivo en países periféricos y/o emergentes: una necesidad muy alta de dólares. Sin ir más lejos, el Banco Mundial estima que para que Argentina pueda cumplir sus compromisos ambientales entre el 2015 y el 2030 se requeriría una inversión de USD 338 mil millones. Considerando que en estos 5 años estuvimos lejos de recibir o impulsar inversiones verdes por USD 112 mil millones, podemos esperar que estos números se vuelvan aún más aterradores en un futuro no tan lejano como quisiéramos creer.

Las propuestas de más alcance van desde la emisión de “bonos verdes” en el mercado de capitales hasta la financiación a través de capitales privados por incentivos fiscales (como impuestos a la emisión de carbono y la exención de ellos ante innovaciones verdes, es decir, aquellas que reducirán el impacto ambiental de la producción en cuestión).

La emisión de bonos verdes en el mercado de capitales ha demostrado estar ligada a una consecuente inestabilidad financiera. Por ejemplo, en el 2017 la provincia de Jujuy emitió un bono verde para financiar un parque de energía solar con una tasa de interés considerablemente alta por la calificación riesgosa que se le otorgó. El parque no está funcionando del modo deseado y no llegará a generar en el 2022 los USD 210 millones que se deberán pagar en tal año (por ahora sólo paga intereses). Resulta que son inversiones de un plazo incompatible con este tipo de deuda. Por otro lado, el Banco de Galicia y Buenos Aires ha emitido el primer bono verde del sector privado, pero para ello recibió un crédito de USD 100 millones del Banco Mundial, contribuyendo al crecimiento de la deuda privada en dólares (en este caso, de todos modos, el banco cuenta con los activos en dólares para enfrentar la deuda). La propuesta de financiación en un sector signado por la volatilidad y el corto plazo, podría no ser la correcta para un problema que escapa fronteras nacionales y teóricas y que requiere de largos plazos de planificación.

A su vez, los impuestos por contaminación suponen medible un daño que escapa a cualquier intento de monetización; la propuesta teórica de la economía ecológica es que una producción que utiliza un recurso natural no sólo utiliza dicho recurso, sino todo el ecosistema del que forma parte y el que se verá afectado por su escasez. Por otro lado, trae aparejadas consecuencias negativas como la instalación de industrias contaminantes en regiones de mayor volatilidad política y mayor pobreza, que tengan importantes impedimentos de poder para cobrar estos impuestos. El cambio climático no se detendrá porque el aire parezca limpio en las regiones de mejor calidad de vida socioeconómica y mayor estabilidad política. A esto refiere, en parte, lo inconmensurable e irremediable del daño ambiental: escapa a un plazo corto de tiempo y a una región específica.

Hay muchos puntos de análisis que requieren estudios socioeconómicos. Las consecuencias tanto por mitigación como por adaptación al cambio climático escapan a los límites teóricos que se le podrían imponer; no es un problema únicamente para cientifiques ambientales, es un problema transversal y así debe ser su respuesta.

La pregunta obvia en este momento es ¿qué efecto tiene la crisis mundial causada por el coronavirus? La respuesta, por supuesto, no es prometedora. La caída en el PBI de países centrales y emergentes los ha llevado a soslayar sus metas ambientales, intensificando el tipo de producción que más afecta al cambio climático y que podría considerarse más barata, si no se contemplan los daños en el largo plazo. Bajo esta realidad, las protecciones comerciales en el futuro podrían intensificarse y los compromisos necesarios para reducir la emisión de carbono de nuestro sistema productivo serán aún más demandantes. Aún si la coyuntura nos demanda acción en el corto plazo, la planificación sobre el futuro no debe soslayarse, o las coyunturas por venir podrían ser igual o más dramáticas.

Diarios Argentinos