La economía de Tom y Jerry

Por: Carlos Leyba

Es importante recordar que lo esencial de la estructura del programa de Mauricio Macri, al iniciar su gestión presidencial, era la convicción que su sola presencia en el gobierno despertaría una ola de confianza en la Argentina y en el mundo. Confianza igual a inversiones.

Él imaginaba que, por su origen empresario y por la demostrada buena administración en la Ciudad de Buenos Aires, despejaría todas las dudas acerca del futuro de la Argentina. A pesar de los problemas reales que eran evidentes para cualquier observador (pobreza en expansión, exportaciones declinantes, estancamiento del PBI por habitante, altas tasas de inflación), Macri suponía su llegada al poder como una transformación milagrosa.

Sumado a ese capital personal propio de confianza, en verdad muy estimado por los sectores medios y los de mayor poder adquisitivo, él le agregaba básicamente gente de su confianza.

No olvidar que Mauricio por sí mismo no alcanzaba a ganar las elecciones y que fue el triunfo de María Eugenia (la derrota de Aníbal Fernández a manos de las parroquias del Gran Buenos Aires) el que le brindó las décimas que le hicieron ganar la elección general. Es decir, esa imagen positiva no era la de la inmensa mayoría de la sociedad sino de una porción importante y muy militante.

Aterrizaron un grupo de amigos y colegas, gran parte de ellos experimentados dirigentes del futbol en el equipo de Boca Juniors. Hubo en el gobierno un lugar para todos y cada uno. Duplicó el número de ministerios y vaya saber cuántos cargos agregó a la marea de secretarios y subsecretarios. Eran una tropa. Imposible de coordinar por una sola persona.

Entonces – siguiendo los consejos de una Consultora de organización de empresas – decidió crear una superestructura de coordinación encabezada por su jefe de campaña (Marcos Peña) y flanqueada por dos consultores devenidos en empresarios, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. Este último había incursionado en el kirchnerismo de la provincia de Buenos Aires y casi fue designado presidente del Banco Provincia, cosa que no ocurrió por unos problemitas de papeles.

El equipo –cuyos nombres es imposible recordar por la cantidad (y por la intrascendencia)– fue resumido en la frase que sintetiza toda la confianza de Mauricio en sí mismo y en sus hombres de confianza: “el mejor equipo de los últimos 50 años”.

Es decir, su equipo era lo mejor que se había juntado desde 1966. De acuerdo a esa estadística macrista, los equipos superados por el nuevo eran los equipos de la dictadura de Juan Carlos Onganía en adelante, es decir: dictadura, Perón, dictadura, democracia de 1983 hasta ahora. Quedaban arriba en la tabla, los equipos de Humberto Illia, dictadura, Arturo Frondizi, dictadura, Perón y así hasta el comienzo de la Patria.

Confianza en el jefe y en el equipo. Fue necesario aclarar que él no era una persona como las demás, ya que su inteligencia, sus ojos, su boca habían sido transferidos a, o bien estaban en, Marcos Peña, Quintana y Lopetegui. Una suerte de Gestalt.

Pues bien, después de 2 años y medio, el inventario de inversiones nos permite afirmar que en ningún momento Mauricio Macri generó la confianza que él suponía; y tampoco su equipo alcanzó la estima que él imaginaba.

La crisis de esa idea inicial afloró en toda su intensidad en el último fin de semana. Mientras veía y jugaba al futbol en Los Abrojos, en la quinta de Olivos, los funcionarios del “mejor equipo de los últimos 50 años” eran sometidos a la degradación.

Unos atravesando el amargo trago de que su cargo fuera ofrecido a terceros, que no aceptaron, y otros bajados de categoría pasando a depender de quienes fueran sus pares.

Finalmente, la inteligencia, los ojos, la voz, fueron seccionadas. Despareció Quintana. Se desvaneció Lopetegui. Y nadie sabe a ciencia cierta si Peña sólo era la voz, mientras que los ojos y la inteligencia Quintana y Lopetegui. Es decir, a partir de las declaraciones iniciales, es imprescindible que el presidente aclare por qué el mejor equipo fue achicado a la mitad (¿era demasiado bueno?) y más aún que informe quién es hoy sus ojos, su inteligencia, su voz.

Es que uno queda preso de sus palabras y estos cambios, aunque intrascendentes para algunos, obligan al presidente a que aclare por qué. Nadie se saca los ojos, ni la inteligencia, ni jibariza el mejor equipo de 50 años porque sí. Y sobre todo cuando las cosas no han salido bien.

Este recuerdo de la semana pasada puede aparentar una crítica formal y liviana. Pero no lo es.

El Presidente eligió no tener un programa para gobernar. Prefirió la propuesta de “la confianza” basada en lo que él cree sus méritos y los méritos que él cree tenían sus amigos que conformaban el equipo y – en un gesto para decirnos que estaba más allá – nos informó que tres personas eran él.

La Gestalt fue abandonada, el Equipo no era tal y la confianza no funcionó. A lo que está obligado el Presidente para con la sociedad es a formular un programa de gobierno que no ha expuesto y que tal vez no tenga, o no crea que sea necesario.

Muy bien. Pero si “la confianza” no alcanzó y además la que puede haber habido se derritió ¿qué cabe esperar?

Basarse en “la confianza” no sirvió. Y no podría haber servido nunca. Apostar a la confianza responde a unacultura capitalista primitiva que hace a concluir que, con la confianza, habrán de llover las inversiones. No es así. La estrategia de desarrollo de una economía es la estrategia de adquisición de inversiones. Hoy gobernar es captar inversiones. Por las inversiones reales se compite en el mundo con armas que se sintetizan en zanahorias. Sin ellas el capital no fluye. Cada país ensaya las zanahorias posibles. Y eso requiere un programa.

Mauricio, sin zanahorias y a base de confianza, esperaba inversiones de ampliación de las capacidades productivas existentes, explotación inmediata y generosa de los recursos naturales, y masas de recursos financieros a entera disposición.

La única zanahoria que activo es la vinculada a las inversiones financieras. En ese plano llegó al festival de tasas de interés más extraordinario que se pueda recordar. Nadie se animó a tanto. Pero, en el esquema de Mauricio, la financiación daría lugar a un tratamiento en dosis mínimas de los problemas de precios relativos y de las finanzas públicas.

La segunda prioridad era la explotación de los recursos naturales que generaría el ingreso permanente de recursos para impedir el incremento de la deuda mediante fondos genuinos. Con la excepción, a un costo de zanahoria monumental, de Vaca Muerta nada ocurrió-

Finalmente,la ampliación de las capacidades existentes que produciría el incremento del empleo urbano, no solamente no ocurrió, sino que aumentó la capacidad ociosa de la industria local mientras el déficit comercial volaba.

Programa e ilusiones.La confianza que él – y su mejor equipo de los últimos 50 años – generaba,produciría todos los equilibrios económicos y sociales requeridos. Pero no ocurrió.

A pesar de que nada de eso había ocurrido, hace un año, con el desequilibrio fiscal y de cuenta corriente más grande de la historia reciente a cuestas, Nicolás Dujovne llegó a afirmar que estaban en camino 20 años de crecimiento económico ininterrumpido, que harían duplicar el ingreso por habitante. Increíble la capacidad de negar la evidencia y por lo tanto difícil la capacidad de reparación de los errores.

Como dijo el ministro de “Cultura” del team gobernante, es “Tom y Jerry”: las correrías y los golpes no les hacen mella, “The End” y empieza la otra.

Jóvenes, globos (¿porque están globalizados?), distendidos, informales y “ordinarios”, como lo acaba de publicitar en el Planeta el impresentable “embajador” Ezequiel Sabor que demostró que está al “aire” las 24 horas y por eso saludó a la Fragata Libertad en musculosa y semi desnudo.

La estética PRO refleja la ética de negar los problemas y prometer un chapuzón refrescante.

¿Cómo estamos ahora? El riesgo país (una medida de la desconfianza de los lobos de Wall Street) por las nubes, un derrumbe de los Bonos y títulos que reflejen propiedad en la Argentina, una tasa de interés (¡tarjetas!) que opera empujando a los sobrevivientes locales al precipicio y la engaña pichanga del “déficit primario cero”, mientras la deuda externa sobre PBI alcanza niveles record y genera un déficit financiero de alto riesgo.

La encuesta de Raúl Aragón nos informa que el 66 por ciento de los argentinos no lo votaría a Macri. Pero ningún candidato tiene menos respuesta negativa. La situación pone en jaque no solo al oficialismo sino a la política.

La respuesta está en que nadie ofrece un programa. Y mientras no haya un programa no hay oferta política.

El gobierno ante la necesidad de bajar el riesgo país, despejar el miedo al default y – cuestión aparte – reducir la volatilidad del tipo de cambio, acudió al FMI. No tenía otra alternativa. Y desde el punto de vista de corto plazo la decisión lo está ayudando a capear el temporal, pero no a resolver la crisis.

Podemos despejar el default, bajar la volatilidad del mercado cambiario y aún más, desacelerar la tasa de inflación. Pero las tres cosas se pretenden lograr aumentando la deuda externa y manteniendo tasas de interés insostenibles. Puede que Dujovne cierre el déficit fiscal, pero de nada sirve si es a costa de aumentar el déficit financiero y de estancar o reducir el nivel de actividad. Hay suspensiones e incrementos de capacidad ociosa. Crecientes problemas de empleo y posibles incrementos de la conflictividad social.

Volvemos al principio. El acuerdo con el FMI no es ni más ni menos que una segunda versión del programa de “la confianza”, esta vez apoyado en la solvencia de un organismo internacional. Pero no cambia la esencia. Es un programa que “construye confianza”, pero no es una estrategia de captura de inversiones. Sin esa estrategia seguiremos flojo de dólares auténticos ganados con el comercio y la productividad. Y es muy pero muy difícil construir confianza en una sociedad que no genera trabajo productivo.

Desde 1975 la Argentina abandonó toda estrategia de desarrollo de mediano y largo plazo, fue eliminando una tras otra todas las herramientas que el mundo utiliza para crecer. Fueron gobiernos de distinto origen. Pero con el mismo modelo corto placista de la urgencia. Todos los intentos terminaron, después de momentos de auge, de la misma manera, crisis y deuda. Salir de esa mecánica de pensamiento es la primera prioridad. El programa del FMI – como muchos anteriores – calma por un tiempo. Pero no contribuye a la solución. Es creer en “la confianza” como disparador de inversiones. Y la realidad nos ha demostrado desde hace más de 40 años que ese mecanismo no existe. Por eso la economía de Tom y Jerry es la de las correrías, los golpes y nada pasa, porque es una historieta. Pero la dura realidad es bien distinta. Salir de ella obliga a un programa.

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