La economía argentina (¿post?) pandemia en la encrucijada

OPINIÓN. Atender la delicada situación social requiere desplegar toda la capacidad política y técnica para solucionar las urgencias actuales y retomar una senda de crecimiento.

El gobierno de Alberto Fernández debió enfrentar desde su inicio el clásico problema estructural de restricción externa, sumado a una elevada fragilidad macroeconómica heredada del gobierno saliente. A diferencia de las  herramientas de las que dispuso la Administración de Mauricio Macri, Fernández tiene limitada la capacidad de utilizar el endeudamiento externo y los dólares provenientes de flujos financieros internacionales para desarrollar su política económica debido la delicada situación del país en los mercados internacionales (ante la reciente reestructuración de la deuda y la negociación en curso con el FMI). A este escenario de escasez de dólares, se le sumó la pandemia.

Atender la delicada situación social requiere desplegar toda la capacidad política y técnica para solucionar las urgencias actuales y retomar una senda de crecimiento. Para esto es necesario, ya que estamos a diario usando términos médicos, no sólo realizar un buen diagnóstico sino también aplicar los tratamientos adecuados.

Para la teoría convencional, la única restricción económica es de oferta. Esto significa que una economía puede crecer hasta donde se lo permitan la plena utilización de la capacidad productiva y el pleno empleo. Sin embargo, para la teoría heterodoxa, existen otras restricciones relevantes: la demanda efectiva y la restricción de divisas.

Ambas restricciones están profundamente relacionadas. En particular, las economías como la nuestra están restringidas por el desempeño de su sector externo. Esto significa que cuando estas economías comienzan a crecer, la mayor actividad económica lleva a una creciente demanda de divisas provenientes, fundamentalmente, de las importaciones de bienes de consumo y de insumos industriales. Dado que las divisas que ingresan en el país son mayormente originadas por las exportaciones del sector primario (cuya demanda crece a menor ritmo que el crecimiento mundial), los dólares obtenidos por exportaciones no alcanzan para pagar las importaciones y las rentas de la inversión (se genera un déficit creciente en la cuenta corriente), una situación que culmina con fuertes devaluaciones. Esta pérdida de valor de la moneda doméstica produce inflación, caída del salario real y crisis económicas, aun estando lejos de la plena utilización de la capacidad productiva.

Esto cobra importancia especialmente cuando se busca llevar adelante una política de sustitución de importaciones o el desarrollo de sectores clave, como la industria básica o el sector energético (que requieren capital y tecnología importada). O simplemente, como en el caso de Argentina actual, cuando se busca volver a una senda de crecimiento con creación de empleo.

La encrucijada radica en que, por definición, una economía con las mencionadas características que tenga un plan de crecimiento es una economía que genera déficit comercial (importaciones mayores que las exportaciones). Por esto, el objetivo de lograr superávit comercial y a la vez crecimiento económico de forma sostenida en el tiempo se plantea como una contradicción. Hay excepciones, como en los momentos de aumento de los términos de intercambio (cuando se incrementa el precio de los bienes de exportación) o si se descubre un recurso natural cuya explotación no requiera demasiados esfuerzos productivos, por citar algunos ejemplos. La necesidad de financiar los déficits comerciales puede llevar (y de hecho es muy probable que suceda) a una senda de financiamiento inestable. Esto es así porque la inversión extranjera y el endeudamiento externo generan nuevos requerimientos de divisas en el mediano plazo debido a la remisión de utilidades, el pago de intereses, y la reversión de esos flujos cuando las posibilidades de ganancia se extinguen, originando así continuas y crecientes salidas de dólares.

En este sentido, el problema de la escasez estructural de dólares puede también ser abordado como un problema de financiamiento de las cuentas externas. Aunque el comportamiento de los flujos financieros externos crea inestabilidad –independientemente de las condiciones de la economía doméstica-, los déficits continuos de comercio refuerzan esa fragilidad. Estas crisis continuas por falta de dólares de los países como el nuestro restringen la capacidad de pedir prestado en moneda doméstica y generan fuerte dependencia de los flujos de corto plazo. Por lo tanto, se debe ofrecer elevadas tasas de interés para mantener el ingreso de estos flujos que incrementan los requerimientos futuros de dólares. Esta dinámica empeora la fragilidad financiera, generando crisis y un mal desempeño macroeconómico ante riesgo de cambios repentinos de esos flujos.

No es novedoso mencionar que en un mundo dominado por las finanzas, las naciones sufren una significativa pérdida de autonomía. Entonces: ¿Cuál es la dirección a tomar? ¿Prescindir del financiamiento externo? Claramente, tener un superávit comercial es un resultado deseable pues implicaría que la economía elimine una de las restricciones al crecimiento. Pero ¿cómo se llega a ese “equilibrio” de las cuentas comerciales? Una forma de lograr este objetivo es ajustar nuestra actividad económica a la disponibilidad de dólares. Es decir, producir y consumir hasta donde las importaciones pueden ser cubiertas por las exportaciones. Expresado de manera más sencilla: “vivir con lo nuestro”. Es difícil pensar en un proyecto de desarrollo, creación de empleo y mejora de la calidad de vida de la población en este camino, en particular ante tantas demandas básicas insatisfechas.  

Este camino fue el que tomó Argentina al comienzo del milenio ante el exceso de dólares resultantes de la abrupta caída de las importaciones tras la crisis económica de 2002 y la bonanza de la situación internacional, que posibilitó acumular reservas internacionales. Los gobiernos de ese entonces no quisieron o no pudieron apelar al financiamiento externo para sortear los crecientes problemas de déficit de cuenta corriente que surgieron a partir de 2010. Así, aun con aparente autonomía ante la baja dependencia de los flujos de capitales externos, la economía argentina volvió a enfrentarse con la restricción externa que limitó la capacidad de la política económica de cambiar el rumbo.

Antes de seguir, cabe aclarar que para algunos economistas una forma de reducir la dependencia de dólares es mantener un tipo de cambio competitivo (eufemismo para decir una moneda devaluada) que permitiría impulsar las exportaciones. Escapa a la intención de esta nota dar esa discusión, aunque vale señalar que existe abundante evidencia empírica que muestra que el tipo de cambio es una herramienta inefectiva para hacerlo (un país “chico” en relación al mercado internacional, ¿cómo haría para ganar mercado de los nuevos productos ofertados?), además de tener efectos contractivos sobre la actividad económica (1). Esta supuesta salida exportadora es aún más difícil de imaginar ante un mundo en recesión, con caída récord del comercio y con posibles cambios profundos en la configuración de las transacciones internacional tras la crisis generada por la Covid-19

Entonces, otro camino es obtener el financiamiento externo necesario para ganar tiempo y llevar adelante un programa económico que aumente el empleo e impulse el desarrollo industrial para reducir la dependencia externa. Para ello, la opción de ofrecer títulos en moneda doméstica se presenta como una oportunidad, que tiene la ventaja –en comparación con la deuda en divisas- de dar a la política económica mayor margen de maniobra para posponer crisis externas. Si esos activos están en pesos, los bancos centrales pueden tener capacidad de maniobra, a diferencia de lo sucedido en la década del noventa (o en los últimos tiempos del gobierno de Cambiemos), cuando el ingreso de capitales se destinó a activos en dólares.

Este margen de maniobra no es gratuito: ese tiempo ganado significa incrementar la fragilidad financiera, hasta que las políticas de desarrollo comiencen a mostrar sus resultados. Asimismo, el endeudamiento público en moneda doméstica  eleva la carga de intereses en el presupuesto, generando tensiones políticas al beneficiar a las corporaciones financieras y, además, al prender los signos de alarma de los guardianes de las “finanzas sanas”.

Sin embargo, la pérdida de autonomía no sólo es consecuencia de los programas de reformas de libre mercado que reclama la banca financiera internacional, que culpan a las políticas “irresponsables” de los gobiernos de la inestabilidad financiera, sino también de los hacedores de política económica local que las implementan, socavando así la estrategia de crecimiento.

Nadie dijo que fuera fácil. Lo que sí se puede afirmar es que atraer capitales externos vía elevadas tasas de interés, liberalización financiera y desregulación económica sin un proyecto productivo, como fue el caso de Argentina durante el gobierno de Macri, es lisa y llanamente el peor de los escenarios posibles.

También es posible concluir que, dado que la crisis financiera tarde o temprano acontece, las políticas públicas deben aprovechar al máximo posible los momentos de disponibilidad de dólares para transformar la estructura productiva. Cuando las crisis irrumpen, los dólares se van; pero quedan los puentes, las escuelas, las viviendas, las universidades, los puertos, los caminos, las represas y, sobre todo, el “saber hacer” adquirido.

No debe olvidarse que esa inversión en infraestructura, ciencia, investigación y todo aquello que permite mejorar la calidad de vida de la gente, se hace en moneda doméstica. Por supuesto, en parte, requiere importar bienes de capital o insumos, pero los salarios, los servicios y otra porción de los recursos necesarios no se pagan con divisas. No hay que olvidar que los bancos centrales de los países periféricos no emiten dólares, sino moneda nacional.


Sobre la autora: Florencia Médici es profesora e investigadora de la Universidad Nacional de Moreno.


Para una discusión más extensa ver Médici, F. (Ed.). (2017). Discusiones sobre el tipo de cambio: El eterno retorno de lo mismo. Universidad Nacional de Moreno.

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