La diplomacia económica de la UE en tiempos de crisis multilateral

Por: Julián Horassandjian

La Unión Europea (UE) es el proyecto de integración que exhibe los mayores niveles de convergencia y coordinación interestatal del mundo. Sin embargo, varios son los desafíos que ha enfrentado en los últimos años. Entre estos, ocupa un lugar destacado el Brexit y su costoso proceso de negociaciones, plagado de idas y vueltas y todavía a la espera de las condiciones que definan la futura relación entre la isla y el bloque regional. Por otro lado, el cambio de postura de su histórico aliado trasatlántico tras la llegada de la administración Trump y la creciente presencia de China, a nivel material y simbólico, no solo impactan en la esfera comercial sino también en el plano de la defensa y la seguridad. Por si fuera poco, las crisis desatadas por el COVID-19 también han colaborado, por lo menos en un primer momento, para generar un clima de inestabilidad y exhibir las grietas existentes en el interior del proceso de integración. Pero lo más paradigmático es que frente a un multilateralismo en declive, la apuesta de la Unión Europea es continuar su vocación “globalista”. Partiendo de esta base, el tejido de diversos “Acuerdos de Asociación” (como los denomina la Comisión Europea) podría ser parte de una estrategia de la UE para asegurarse su tajada en un orden internacional en transición y con múltiples focos de conflicto.


Apostando a levantar barreras

La UE exhibe la credencial de ser el bloque más dinámico en cuanto a acuerdos firmados: de los cuales su mayoría se han firmado desde los 90´s hasta la actualidad. Esta postura se refleja en términos de continuidad de una diplomacia económica que viene siendo intensificada desde la firma del Tratado de Maastricht, cuando en el mundo se observaba una visión única sobre la globalización acompañada de un liderazgo unipolar. En este momento, proliferan los acuerdos comerciales entre países y la Ronda de Uruguay da lugar a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Pero este constructo, que garantizaba normas globales para regular el comercio y sostenía una visión positiva sobre el libre flujo de bienes y capitales (léase políticas económicas de corte neoclásico), comienza a desmoronarse progresivamente cuando el centro dinámico de la economía mundial se traslada de Occidente a Oriente. La crisis financiera mundial de 2008 mostró -con mayor nitidez- la renovación de los intereses que guían las políticas comerciales y la búsqueda de acuerdos por parte de los países. La pérdida de competitividad en algunas regiones, así como el aumento en otras, ha conducido a una reevaluación de los criterios que promocionaban la globalización económica. Aunque desde el actual “norte global” las posiciones divergen.

La UE junto con China y otros países asiáticos se encuentran lejos de abrazar el proteccionismo y buscan dar un marco de certidumbre a sus relaciones diplomáticas y los negocios globales de sus empresas, tanto de capital público como privado. Pero el vaciamiento de las instancias multilaterales por parte de EE.UU. imposibilita la recomposición de un orden estable.[1] Más allá de que sea un posicionamiento iniciado desde la llegada al poder de Trump, es poco probable una versión mucho más amigable por parte de Biden, si resulta electo, a menos que pueda rediseñar el sistema multilateral de comercio acorde a los intereses de EE.UU. Lo cual sería arriesgado pronosticar porque hay nuevos (y poderosos) actores en pugna. El problema, claro está, es que no es una disputa que se defina únicamente en el plano comercial, donde EE.UU. arrastra un fuerte déficit bilateral con China[2], sino que tiene una dimensión geopolítica y de competencia tecnológica bastante acentuada. En estos términos, si la disputa inter-hegemónica agrega tensión e inhibe, por el momento, el surgimiento de bienes públicos globales, ¿Qué rol puede proyectar la UE situándose más cerca de China respecto de la promoción del multilateralismo económico y más cerca de EE.UU. en cuestiones de valores históricos compartidos?

En primer lugar, no resulta casual que la UE busque aferrarse a un orden multilateral desde donde puede proyectar su peso como bloque económico y lograr un marco de mayor previsibilidad ante las viejas y nuevas amenazas que enfrenta. Se trata de garantizar reglas de juego claras para los flujos comerciales entre las partes, en un momento donde estas reglas han empezado a socavarse con mayor frecuencia. Asimismo, esta proyección “hacia afuera” es acompañada por una metodología en la cual la Comisión Europea suele utilizar un formato común, con intereses defensivos y ofensivos pactados de antemano, y debe encargar a otras instituciones la realización de estudios de impacto a la hora de negociar tratados de libre comercio y acuerdos preferenciales con terceras partes.

Pero al analizar el relacionamiento externo cosmopolita de la UE no debe soslayarse la larga trayectoria de defensa de su sector agrícola. La Política Agrícola Común (PAC) es un instrumento que ha concentrado un porcentaje importante de los recursos presupuestarios del bloque, actualmente se sitúa en el 34,5% de la contribución de los Estados, y es, en esencia, una política proteccionista sostenida en el tiempo.

[3] Por lo que, a la hora de lograr acuerdos extra-bloque, la UE custodia los intereses de los productores agropecuarios y tiende a negociar cuotas de importación en lugar de rebajas generales de aranceles. Este modelo ha quedado demostrado en el acuerdo firmado con el Mercosur, en junio del año pasado, pero también en los que ha alcanzado la UE con Corea del Sur (2011), Canadá (2017) y Vietnam (2020). Sin dudas, se trata de socios con diverso desarrollo relativo pero se observa una coherencia bastante marcada en la defensa de intereses sensibles, así como de los que son intereses ofensivos.[4]


 

¿Más mercados para los europeos? 

Las aspiraciones globalistas de la UE representan también una apuesta a nivel geopolítico y geoeconómico. Esto es así porque las mismas están inscriptas en otros factores de orden coyuntural global que afectan cada uno de los capítulos negociados en los acuerdos: la mayor regionalización o fragmentación de las cadenas globales de valor y la actual carrera tecnológica donde Estados Unidos y China compiten entre sí por el primer puesto. Como sostenía Robert Gilpin, desde el enfoque de la Economía Política Internacional (EPI), lo que lleva a los Estados a la creación y sostenimiento de instituciones globales es, en definitiva, la búsqueda de plasmar y perpetuar su poder material: se trata de construcción de hegemonía. Cuando dichas instituciones dejan de ser funcionales a los poderes hegemónicos, debido a cambios bruscos en los equilibrios económicos internacionales, lo más probable es que sean reemplazadas. Por su parte, China ya ha comenzado a sentar las bases de un multilateralismo a su medida con la creación de espacios comunes en el sudeste asiático y a nivel global con la iniciativa de la Franja y la Nueva Ruta de la Seda.[5] Ahora bien, en un mundo de características multipolares (quizás bipolares en un futuro no muy lejano), las intenciones de una potencia de segundo orden como la UE pueden tener que ver con asegurarse su tajada en un orden mundial en transición. Por lo tanto, la diplomacia económica desplegada por Bruselas debe ser leída como pasos para asegurar la provisión de recursos naturales (estratégicos y no estratégicos) y de espacios de influencia (al menos mediante poder blando –armonización de normas y estándares- y la constitución de nuevos eslabones en sus cadenas de valor).

  

Por último, un desafío enorme para el bloque europeo es no quedar atrás en la carrera tecnológica. La UE no ha logrado constituir campeones nacionales a nivel digital ("los llamados unicornios tecnológicos") y por eso corre por detrás de China y EE.UU. En el escenario actual, la disposición de tecnología de punta se constituye como la condición sine qua non de proyección de autonomía en el tablero mundial. Por este motivo, desde los sistemas de innovación europeos y desde el propio presupuesto de la UE se viene destinando un porcentaje cada vez mayor de inversión en actividades de I+D (Investigación y Desarrollo) y en ramas propias de la Revolución 4.0.[6] La cuestión es si la estrategia de contar con un amplio abanico de relacionamiento externo favorecerá esta dinámica y le permitirá a la UE sostenerse en el “norte global”. En paralelo, cabe preguntarse si va poder defender ciertos valores que forman parte de su repertorio en el rediseño del orden mundial que está naciendo en el Asia-Pacífico. 

  

Sobre el autor: Julián Horassandjian es licenciado en Ciencia Política (UBA), maestrando en Integración Regional (FCE-UBA), investigador en CLACSO y miembro de la Fundación Meridiano.


   

REFERENCIAS

[1] https://www.dw.com/es/la-organizaci%C3%B3n-mundial-del-comercio-en-crisis-todo-lo-que-hay-que-saber/a-51633878

[2] https://www.statista.com/statistics/939402/us-china-trade-deficit/

[3] https://www.europarl.europa.eu/factsheets/es/sheet/106/la-financiacion-de-la-pac#:~:text=En%20total%2C%20la%20PAC%20representa,constantemente%20desde%20hace%20varios%20a%C3%B1os.

[4] En relación a estos últimos, la UE ha buscado llevar a cabo una reactualización de los Tratados ya firmados (Chile, Corea del Sur, México) para incorporar temas OMC plus como lo son las compras gubernamentales y los derechos de propiedad intelectual (donde las indicaciones geográficas de determinados productos son una de sus marcas registradas). 

[5] https://www.project-syndicate.org/commentary/china-aiib-multilateral-institutions-cooperation-by-xizhou-zhou-2019-09?barrier=accesspaylog

[6] https://ec.europa.eu/info/sites/info/files/research_and_innovation/strategy_on_research_and_innovation/presentations/horizon_europe_es_invertir_para_dar_forma_a_nuestro_futuro.pdf

 

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