La crisis es una piba joven

Por: Carolina Atencio

15 millones de pobres. 3 millones de indigentes. 1 millón y medio de personas desempleadas: los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de nuestro país evidencian, sin espacio para la controversia, un panorama socioeconómico complejo que se complementa con relatos en primera persona, percepciones, temores e incertidumbre sobre la política que nos importa a todos/as: nuestra vida diaria.

A esta altura del partido ya no quedan dudas oficialistas ni opositoras de que la actual gestión de gobierno no ha tenido éxito ni en reducir la pobreza, ni en mejorar la situación del mercado laboral argentino y tampoco en dar respuesta a las desigualdades entre quienes más y menos tienen que, según sus propias mediciones, se han incrementado de manera exponencial.

Pero ¿quiénes son esos millones de personas que no alcanzan a satisfacer sus necesidades de todos los días y que, en síntesis, están pagando con su propio proyecto de vida un modelo social y económico que no cierra por ningún lado? Los números nos muestran que una gran parte de esa cantidad son mujeres y muchas de ellas, mujeres jóvenes.

La brecha de ingresos entre varones y mujeres se ubicó, en el segundo trimestre de 2019, en 27%, un punto porcentual más que en igual período del año anterior. Este incremento en la brecha se acompaña de un dato que pareciera estructural: las mujeres estamos sobrerrepresentadas en los deciles de menos ingresos y subrrepresentadas en los de más. En español: ellos son más entre los que más dinero tienen y nosotras somos más entre los que menos. Estamos en la fiesta equivocada.

Desempleo. Acá también estamos complicadas. Mientras que entre los varones el porcentaje de desocupación es de 8.7%, para las mujeres es 10.8% y si miramos las cifras por grupos etarios, las mujeres jóvenes rompen récords: más de dos de cada diez mujeres jóvenes (23%) no tienen trabajo. Estas diferencias – o mejor dicho, desigualdades- entre los géneros tienen múltiples explicaciones, pero voy a concentrarme en dos que se retroalimentan y tienen una relación de causa - efecto.

En primer lugar, señoras y señores, el mercado laboral discrimina. Nos cree inferiores. Y vengan de a mil les detractores de esta afirmación. Quien diga que jamás se ha sentido “más seguro/a” al ser atendido/a en algún servicio por un varón, está mintiendo. En segundo lugar, el mercado nos excluye, queridas mujeres, por improductivas. El “mito” del costo laboral de contratar mujeres (por embarazos, lactancia y ejercicio de tareas de cuidado varias) está más vivo que nunca y nos catapulta a trayectorias laborales erráticas, laberínticas y difíciles de compensar.

Nosotras cuidamos y sostenemos la vida, todos los días, en la gran mayoría de los hogares del país. Y lo hacemos el doble de tiempo que lo hacen nuestros pares varones. Y lo hacemos gratis. Y lo combinamos con trabajo remunerado. Y nos bancamos trabajos mal pagos (quien pudiera ocupar puestos altos, que se llevan todo el día). Y lo hacemos en oficios que son culturalmente aceptados “para nosotras” (y que mal remunerados están) pero permiten conciliar entre esta combinación casi inviable que es trabajar y maternar.

Los hogares monoparentales en Argentina (aquellos donde hay una persona adulta con niño o niña a cargo) representan el 27% de los hogares en los que hay niños y niñas y de ellos, el 60% son pobres. Bastante más de la mitad de esos hogares pobres (60%), tienen jefatura femenina. En concreto: la pobreza se feminiza con la maternidad y con los cuidados. Y nosotras cuidamos. ¿O no hemos nacido para ser madres?

Las mujeres ante las crisis precarizamos nuestra vida: aceptamos trabajos que no aceptaríamos en otras condiciones (hay sobrada evidencia oficial que sustenta esta afirmación), cuidamos más y nos cuidamos menos a nosotras mismas. En una Argentina donde uno de cada dos niños/as no satisface sus necesidades más básicas, cabe preguntarse si queda resto para seguir tolerando tanta vulneración de derechos que afecta siempre a las mismas.


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