La crisis en la OMC y perspectivas para la región

OPINIÓN. La OMC no sólo necesita reformas profundas en términos institucionales, sino también adoptar una dinámica que dé cuenta de la reconfiguración de los flujos y de la gobernanza del comercio en el nuevo orden mundial.


La Organización Mundial de Comercio (OMC) recientemente ha vuelto a ser noticia en los diarios. Los últimos sucesos tienen que ver con la renuncia de su Director General, el brasileño Roberto Azevedo, un año antes de la finalización de su mandato y las postulaciones de candidatos de los países miembros para reemplazarlo en el cargo.

Sin embargo, la crisis en la OMC es mucho más antigua y cada tanto muestra una de sus facetas por medio de alguna noticia de coyuntura como, por ejemplo, las reiteradas amenazas de Trump con retirarse del organismo o la parálisis del Órgano de Apelaciones en diciembre del año pasado.

Mirando hacia atrás, unos 10 o 15 años, la OMC fue uno de los primeros organismos internacionales en reflejar la crisis del multilateralismo a raíz de los cambios recientes en la configuración de poder global. El estancamiento de las negociaciones, previo a la crisis económica global del 2008, ya reflejaba el agotamiento de un modelo de gobernanza multilateral del comercio que fue víctima de su propio éxito o, mejor dicho, de su propio “exitismo”. Un modelo poco flexible y poco atento a la diversidad, basado en la fórmula “one size fits all” que, por un lado, ha hecho posible una ampliación sin precedentes en la membresía de ese organismo, así como la extraordinaria ampliación de los temas comerciales bajo negociación y la armonización de reglas a nivel multilateral, pero, por otro lado, le ha restado capacidad de adaptación a los cambios que ya se advertían allá por principios/mediados de los años 2000. La regla del “compromiso único”, la inversión de la regla de consenso en las etapas claves del sistema de solución de controversias (para así anular la capacidad de veto de los países), la capacidad del órgano de apelaciones de ampliar el alcance y aplicación de las normas por medio de la actividad de interpretación del derecho y el mecanismo de examen de políticas comerciales (MEPC) son algunos ejemplos de ese modelo en crisis.

En ese ambiente de recetas únicas y poco margen de maniobra, y en un contexto donde hay cada vez menos paciencia y confianza en los beneficios de la cooperación internacional en términos comerciales, es necesario volver a pensar la OMC que actualmente va camino a la irrelevancia. Si algo de bien público global puede proveer un organismo multilateral como ese, es su capacidad de ser un foro de negociaciones basado en reglas mínimas consensuadas. Y eso no es poco en el mundo que se avecina.

Vale decir, es necesario bajar mucho las expectativas sobre el contenido de las agendas comerciales que, hoy por hoy pueden avanzar, y antes restablecer la confianza en la OMC como ámbito de negociaciones comerciales. Para ello, ese organismo no sólo necesita reformas profundas en términos institucionales, sino también adoptar una dinámica que dé cuenta de la reconfiguración de los flujos y de la gobernanza del comercio en el nuevo orden mundial. Además, es necesario incluir el urgente y postergado debate sobre los impactos distributivos del comercio y las exigencias de un desarrollo más equitativo y amigable con las personas y el medioambiente.

En ese camino, la figura del nuevo director general jugará un papel importante. La carrera por el puesto está en marcha hasta septiembre. Hay ocho candidatos de Arabia Saudita, Corea el Sur, Egipto, Kenia, México, Moldavia, Nigeria y Reino Unido; todos con amplia experiencia en comercio, negociaciones y OMC en sus CVs. Es probable que el proceso se defina luego de las elecciones presidenciales en EE. UU., en noviembre próximo y es importante que el o la elegida también cuente con el aval de China.

Para América Latina, la discusión no es menor. No sólo porque es sabido que para países periféricos como los nuestros, es mejor tener reglas que nos tenerlas y la cuestión en todo caso pasa por mejorarlas a nuestro favor. Pero también porque si bien históricamente es una región que posee poca influencia en la elaboración de las reglas a nivel multilateral, desde su rol periférico - en coalición con otros países en desarrollo y en muchos casos utilizando de manera hábil el derecho internacional - ha logrado algunos cambios en las reglas en favor de sus intereses, como por ejemplo la histórica “cláusula de habilitación” en la Ronda de Tokio, o el más reciente principio de “reciprocidad menos que plena” en la Ronda de Doha, para citar dos ejemplos estrechamente ligados a las cuestiones del desarrollo en el sistema multilateral de comercio.

La fuerte caída del comercio internacional en el contexto de la pandemia es un dato muy preocupante, sin lugar a dudas. Sin embargo, tarde o temprano, los flujos se restablecerán y, más importante, se reordenarán. La pregunta es cómo estará posicionada la región en ese nuevo escenario.


Sobre la Autora


Juliana Peixoto Batista. Es investigadora del Área de Relaciones Internacionales de FLACSO/Argentina-Conicet.

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