La ciudad de los conductores borrachos

La Plata en estos días es un escenario superpoblado de conductores borrachos y homicidas, parientes simbólicos de esos comerciantes que sólo se quejan de la venta ambulante.

Hacía un año que no iba al centro de la ciudad. Esta vez fui por mi segunda dosis. La primera fue en el hospital de Gonnet. Un primo me ayudó llevándome en auto las dos veces.

Por si hace falta aclarar, no tengo privilegio alguno. En enero del 2016 el macrismo me dejó sin el empleo que tenía en el Estado, y el gobierno que asumió en diciembre del 2019 no me convocó para ningún área. Simplemente me anoté casi al instante de la apertura de inscripción. Tuve suerte.

Pero el caso es que llevaba un año sin moverme del barrio, donde sólo me desplazo para algunas compras. Barbijo, alcohol, lavado de manos, ducha al regresar. Y ninguna gana de ir a La Plata de nuevo.

¿Por qué querría ir a La Plata, a su centro, o tan sólo al cuadrado platense? Hay personas con las que me encontraría con gusto, desde luego. Gente a la que quiero mucho.

Pero la ciudad como tal está al desnudo, vulnerable, y sólo tengo a mano el registro diario de conductas extraviadas por la negación y la pelotudez.

Gentes que se amontonan en bares, sin cuidados, y al sólo efecto de brindar a los gritos y sacarse fotos.

Personas que van a fiestas clandestinas. Personas que se deprimen si no van a fiestas, a brindar, gritar y sacarse fotos, en un aparente desafío «a la autoridad» digno de mejores causas.

Un gregarismo, en fin, que se retroalimenta en la imitación: otros lo hacen, y yo también. Nada nuevo, en fin, aunque en un contexto de pandemia esa actitud se vuelve peligrosa.

Porque la imbecilidad se vuelve peligrosa. Los centros urbanos se convierten en una olla apestada que se vuelca sobre sus habitantes.

Los lugares de hisopado no dan abasto, hay colas de dos cuadras y personas que esperan toda la noche. Tienen síntomas o tuvieron contacto estrecho con alguien que fue a una fiesta o a un amuchamiento, o volvió de Brasil. ¿Qué carajos tenías que hacer en Brasil? 

La Plata en estos días es un escenario superpoblado de conductores borrachos y homicidas, parientes simbólicos de esos comerciantes que sólo se quejan de la venta ambulante y los manteros, y no aceptan, no quieren ver que sus ventas bajaron porque la gente no tiene un peso gracias al macrismo. Resultado: muchos locales cerrados en calle 8. Por el contrario, calle 12, históricamente menos careta, mantiene su actividad. 

Mientras tanto, emprendimientos que se jactan de su millonaria inversión terminan colgados de la luz, a pocas semanas de haber contado con la bendición del jefe comunal, que acaba de prohibir la actividad artística y cultural, pero mantendrá abiertas las cervecerías amigas hasta las 00 hs.

Fotos platenses, en fin, que no deberían sorprender mucho. Pero la ciudad está al desnudo. 

Es la capital de la provincia, y también de la negación.


Sobre el autor: Horacio Fiebelkorn es docente y escritor.

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