La ciencia argentina da respuestas a la pandemia

OPINIÓN. Nuestros científicos y tecnólogos pusieron su trabajo al servicio de la lucha contra la pandemia, y los resultados han sido muy positivos. Aprovechemos el contexto para preguntarnos y discutir cuáles podrían ser los resultados si a futuro se abordaran con estrategias similares grandes problemáticas nacionales.


Por Nicolás Chiarante y Julieta Alcain


La pandemia de covid-19 generada por el virus SARS-CoV-2 ha monopolizado la atención de la opinión pública en los últimos meses, debido a su rápida propagación y a las fuertes medidas tomadas por la gran mayoría de los gobiernos para enfrentarla. Este virus, desconocido hasta el inicio de esta pandemia, trajo aparejada una complicación extra: su aparición nos encuentra sin vacunas disponibles ni tratamientos confiables. La principal manera de hacerle frente es la internación con soporte respiratorio y vital para aquellos pacientes que lo requieren, con la consecuente explosión de la demanda de los sistemas de salud de todo el mundo. Es por ello que la medida más extendida para intentar detener su avance, o al menos ralentizarlo, ha sido el aislamiento. En diversas partes del mundo se aplicaron versiones más rígidas o más flexibles de la ya conocida consigna “quedate en casa”. De este modo, los gobiernos apostaron a  disminuir el tránsito de personas y los contagios, de manera de proteger los sistemas de salud de eventuales colapsos. En paralelo, la medida ha servido para ganar tiempo, insumo clave para que los sistemas de investigación recabasen información sobre este nuevo virus a máxima velocidad. Porque los tratamientos y vacunas no son lo único que falta: también carecemos de información científica respecto al nuevo coronavirus contrastada a lo largo del tiempo, importante para la toma de decisiones fundamentadas. Mientras tanto, lo mejor que podemos hacer es respetar al máximo las medidas de higiene, distanciamiento social y desinfección. Mientras vigilamos que los hospitales no colapsaran, lo que colapsó fue el mercado mundial de productos médicos, de higiene, desinfección y protección personal, y no sin peculiares consecuencias.

La escasez de insumos ha sido particularmente acuciante al comienzo de la pandemia, pero al día de hoy no es un problema del todo resuelto. De repente, casi todos los países del mundo requieren equipos de protección personal, kits diagnósticos y un sinfín de productos médicos necesarios para la atención de los infectados. Es casi lógico, según la clásica ley de la oferta y la demanda que, en un escenario como este, en que la demanda excede con creces a la oferta, aquellos países (y personas) en una posición económica ventajosa, se encuentren también en una posición sanitaria privilegiada. En una suerte de juego de piratas, comienzan a aparecer incluso denuncias oficiales de vuelos cargados con insumos médicos que fueron “desviados” hacia otros países con mayor capacidad de pago. Otro cargamento, en este caso de  barbijos transportados en barco hacia Alemania, desapareció misteriosamente en las costas de Kenia. En este contexto, y para priorizar el abastecimiento interno, varios países han restringido las exportaciones de estos productos. Queda en evidencia entonces la necesidad de contar con capacidades científico-tecnológicas propias en estos momentos, en pos de independizar el país del abastecimiento externo y mejorar nuestras posibilidades de enfrentar esta pandemia.

Dos noticias dadas a conocer en las últimas semanas van en esa dirección. En primer lugar, el grupo de trabajo de la Dra. Andrea Gamarnik de la Fundación Instituto Leloir logró desarrollar un kit para la detección de anticuerpos producidos frente al SARS-CoV-2. Así, Argentina se convirtió en el octavo país del mundo en contar con este tipo de test, que si bien no se utiliza como diagnóstico precoz, permite realizar estudios epidemiológicos para sensar cómo se disemina el virus, y en función de ello desarrollar políticas sanitarias. Mediante la asociación entre los investigadores del CONICET y el laboratorio nacional Lemos se proyecta escalar la producción de estos kits de diez mil a medio millón por semana. Por otro lado, el pasado viernes se anunció un segundo desarrollo por parte de investigadores del CONICET, en este caso del Instituto César Milstein. El “Neo Kit Covid-19", producido por un equipo liderado por la Dra. Carolina Carrillo y el Dr. Adrián Vojnov, permite detectar el virus en sí, con la finalidad de conocer qué personas se encuentran infectadas, independientemente de si desarrollan o no sintomatología. A diferencia de la técnica utilizada hasta ahora (la famosa “PCR”), el NeoKit permite obtener resultados en menos tiempo y reducir los costos, además de la posibilidad de descentralizar aún más el diagnóstico gracias a que no requiere equipamiento complejo. También en este caso se apunta a escalar la producción gracias a la asociación de este grupo de investigadores con la Fundación Pablo Cassará.

Seguramente, en el corto plazo el sector científico-tecnológico nacional volverá a ser noticia. A través de la Unidad COVID, el MINCYT, el CONICET y la Agencia I+D+i se encuentran trabajando en conjunto y financiando proyectos especialmente orientados a dar respuestas a la pandemia. A los 64 proyectos recientemente subsidiados para hacerle frente a la pandemia y a otros problemas asociados, se suman ahora otros 532 con enfoque regional en evaluación. En paralelo, un sinnúmero de iniciativas se llevan adelante desde Universidades Nacionales, Laboratorios de Producción Pública de Medicamentos, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial y otras instituciones.

Desde el inicio de la pandemia, el sistema científico-tecnológico nacional se ha movilizado fuertemente para generar respuestas locales. Los trabajadores y trabajadoras del sector buscaron la manera de contribuir al abastecimiento de insumos críticos, reducir los costos y sustituir importaciones. Gracias a su trabajo, nuestro país deja de estar atado a decisiones y políticas que dependen de terceros, y ganamos soberanía sanitaria. Nuestros científicos y tecnólogos han dejado de lado sus temas de investigación o los han “reconvertido” para poner su trabajo al servicio de la lucha contra la pandemia, y los resultados han sido muy positivos. Aprovechemos el contexto para preguntarnos y discutir cuáles podrían ser los resultados si a futuro se abordaran con estrategias similares grandes problemáticas nacionales ambientales, económicas, educativas, sanitarias y muchas otras. Este debate será imprescindible para la construcción de la “Nueva Normalidad”, en la que entendamos que las respuestas científico-tecnológicas con alto impacto social surgen de una inversión y planificación sostenidas en el tiempo, tanto en tiempos de bonanza como de crisis.  


Sobre los autores 

Nicolás Chiarante es doctor en bioquímica, farmacéutico, becario posdoctoral CONICET y miembro de la Agrupación Rolando García.

Julieta Alcain es bióloga, becaria doctoral CONICET y miembro de la Agrupación Rolando García.


El lápiz verde