La changa de defender la palabra

OPINIÓN. La responsabilidad sobre cada letra y cada silencio recae sobre todos. Es innegable que los medios de comunicación y aquellos que ejercen el poder tienen una responsabilidad mayor ya que los receptores de su mensaje son incalculables.


Nada hay fuera del texto.

Jacques Derrida


Virginia Woolf y sus miedos idiomáticos, como escribió Augusto Monterroso. Virginia Woolf y sus novelas, y sus cuentos, y sus ensayos, y sus cartas, y sus diarios, y su editorial Hogarth Press.

Virginia Woolf y su fascinación por la palabra escrita. Su angustia de escritora. Sus sentimientos de mujer, siempre a flor de piel. Virginia Woolf y el feminismo. Virginia Woolf y las guerras. Virginia Woolf.

Rara Avis Editorial publicó el sábado la novedad de un libro de correspondencia entre Virginia Woolf y Victoria Ocampo que será publicado pronto.



Victoria, esa mujer que, frente a la muerte de Woolf, escribió: “Buscando una frase, no hallé ninguna que pudiera ponerse junto a su nombre” (Ocampo, 1941: 251).

No encuentra la palabra justa. La frase que le corresponda. “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”, escribió Julio Cortázar.

Defensores de las palabras. Y de los silencios.

Las letras de Victoria Ocampo se hicieron tinta, entre otros lugares, en el diario La Nación.

Ahora, más allá de disculpas y aclaraciones a destiempo, escriben en el mismo diario personas que consideran la corrección y la traducción como “changas”. (Hace un mes, en el diario La Nación, Nicolás Litvinoff publicó una columna de opinión titulada “10 ‘changas’ para generar ingresos en tiempos de coronavirus”. Entre las opciones, se lee, en el punto seis, “Pequeños trabajos online”, y sigue: “La modalidad de minitrabajos en línea constituye una posibilidad más de generar ingresos extra. Refiere a tareas acotadas como escribir o corregir textos, participar de encuestas, mirar u opinar sobre campañas publicitarias o crear data mediante clicks en sitios específicos”).

Nada nuevo puede ser dicho, pasado el tiempo, sobre lo fuera de lugar que estuvo esa columna de opinión.

Sí es importante seguir reflexionando acerca de la palabra.

Pensemos en “changa”, definida como: “Trato, trueque o negocio de poca importancia”; “Ocupación transitoria, por lo común en tareas menores”.

Changa. Corregir un texto. Podría formarse un oxímoron alegre que llene de irónica literatura al enunciado.

No solo porque corregir textos no es una changa —como escribió Nicolás Litvinoff— ya que requiere estudios, profesionalismo y actualización constante, sino porque no defender la palabra nos lleva a lo tan conocido por todos en la actualidad: la banalidad del discurso.


Porque la palabra es nuestra identidad compartida, nuestra patria en común.


Y los discursos no son solo los de dirigentes políticos.

La responsabilidad sobre cada letra y cada silencio recae sobre todos. Es innegable que los medios de comunicación y aquellos que ejercen el poder tienen una responsabilidad mayor ya que los receptores de su mensaje son incalculables.

El desinterés que se transforma en banalidad, la desinformación intencional, el uso irresponsable de cada sílaba nos lleva al descreimiento constante, a la duda de lo dicho, a la repetición insensata.

Tal como planteó Martín Kohan en una entrevista reciente, en la que declara, en relación con la libertad de expresión, que está “totalmente a favor de que los discursos circulen, y frente a los discursos con los que se está en desacuerdo, interceptarlos y ponerlos en cuestión”, soy una convencida de que es necesario poner en jaque la palabra.

Visibilizarla.

Cuestionar su uso.

Desarmarla.

Llegar hasta lo más recóndito y contemplar si es posible, luego de derruirla, todavía seguir nombrando.


Sobre la autora: Sol Mircovich es correctora de textos, miembro de PLECA - Profesionales de la Lengua Española Correcta de la Argentina.

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