La brutalidad policial no cuenta toda la historia

OPINIÓN. Lo que hay detrás de las movilizaciones de protesta en EEUU es una comunidad afroamericana que se encuentra bajo acoso económico, social e institucional de manera permanente.


En una parte de la barra de un bar en Nueva York -quizá la ciudad con mayor diversidad del mundo y de perfil progresista-, la atención de quienes ahí estábamos pasó de un juego televisado de los Yankees a la conversación de dos afroamericanas. Entre lágrimas y sorbos de cerveza, una le contaba a la otra cómo su hermano había sido abatido meses atrás a manos de un policía. La crónica detallada permitió visualizar además del dolor, las escena de vejación y agravio que marcó los últimos momentos de vida de la víctima. Un racismo que hace borrar de la mente del policía el adiestramiento en uso de la fuerza, sin que la peor brutalidad se traduzca en una sanción penal ejemplar. De acuerdo con la organización Mapping Police Violence, en los últimos años apenas el 10% de los casos en que el policía mató a un afroamericano desarmado llegó ante el juez. De ellos, la gran mayoría de los imputados fueron liberados, mientras unos cuantos recibieron sentencias de 3 o 4 años de prisión. Si algo explica los crecientes cargos a los policías involucrados en el homicidio de George Floyd, es la extensión de las movilizaciones en todo el territorio estadounidense, que por su tamaño, conflictividad y tras días de protestas, han tenido que imponerse toques de queda en 40 de ellas.

De regreso a la barra, la crónica de la mujer afroamericana avanzó junto con el juego de béisbol. Al concluir, la amiga compartió su consternación con un silencio para luego expresar su tristeza que, en pleno siglo XXI, cada salida a la calle en su condición de afroamericana conlleva la amenaza de terminar en el cementerio o la cárcel. Los que rodeábamos la interlocución estábamos en un detrás de cámaras, en contacto directo con la tragedia que persiste tras los abusos expuestos en el ciclo informativo de los telediarios. Y es que la interlocutora tiene razón doble. Por un lado, en numerosos casos de los afroamericanos ultimados por policías en el país, las víctimas tan solo jugaban en parques, iban en dirección a la tienda, se ejercitaban, comían un helado o incluso simplemente arreglaban la chapa de su casa. En términos agregados, estos y otros contextos de interacción con la policía hacen tres veces más probable a un afroamericano el perder la vida, en comparación con la población blanca. Por el otro, la iniquidad en el trato también se presenta al interior del sistema judicial. En Estados Unidos la población carcelaria se ha cuadriplicado en los últimos treinta años, pero la comunidad afroamericana es encarcelada cinco veces más que la blanca, según datos del National Association for the Advancement of Colored People.

Lo relevante aquí es que el malestar y la incertidumbre que habita en ambas interlocutoras, como en el resto de los afroamericanos, no terminará de aliviarse con mejores procedimientos policiales en el uso de la fuerza, ni siquiera con un trato equitativo ante la justicia. Esas son apenas las caras más visibles de un desafío mucho más complejo, porque los distintos eslabones del sistema social operan en una línea de conflicto hecha para imponerle barreras al bienestar de ese grupo poblacional. De acuerdo con datos públicos, son los afroamericanos quienes duplican las tasas frente a los blancos de no contar con un seguro médico -en un entramado de salud que hace prohibitivo el acceso a tratamiento y medicinas a quienes carecen de él-; en la rama educativa al margen de si provienen de una familia pobre o no, también en términos comparativos, son quienes están más expuestos a profesores con menor preparación e inscritos en salones con mayor número de alumnos, lastimando sus procesos de enseñanza. En este rubro es muy simbólico que a pesar de haber conseguido que el 90% de los afroamericanos se gradúen de estudios medio superiores, no más de 40% terminan siendo propietarios de un hogar. Este último, un porcentaje que, dicen especialistas, se ha mantenido inalterado por décadas. Ello dice mucho no sólo de la calidad, sino de la competitividad con la que se incorporan al mundo laboral.

El sistema social los excluye de las oportunidades, pero la ciudad los acaba expulsando de sus espacios físicos hacia las periferias dentro de un continuo proceso de gentrificación. En el marco de ese fenómeno, resulta llamativo caminar en Nueva York por barrios de afroamericanos, donde suelen leerse consignas de protesta por la apertura de una tienda con productos de mejor calidad, o de rechazo a la habilitación de infraestructura. Y esto se da porque en los procesos de mejora urbana o de consumo, ellos suelen no estar considerados al ser invadidos por familias blancas que los desplazan, derivado del aumento de rentas o costos de propiedades que su nivel de ingreso no puede cubrir. Por dinámicas inmobiliarias así, cientos de miles han sido expulsados de barrios céntricos de urbes ubicadas a lo largo de todo el territorio estadounidense; ubicándose Washington DC, Nueva York, Philadelphia, San Francisco y Houston entre las principales ciudades expulsoras, de acuerdo con los datos aportados por la organización CityLab.

Dadas las esferas de marginación y abuso antes expuestas, lo que hay detrás de las movilizaciones de protesta en los Estados Unidos va más allá de un reprobable desempeño policial que culminó en el homicidio de George Floyd. Este es apenas el detonante de una comunidad afroamericana que se encuentra bajo acoso económico, social e institucional de manera permanente. También, la intensidad de las multitudinarias manifestaciones deja ver que la inconformidad afroamericana hizo engrane con la guardada por otros segmentos ciudadanos hacia su sistema político. Este distanciamiento ya se había hecho patente cuatro años atrás, cuando la militancia republicana eligió a un outsider como candidato presidencial, el ahora presidente Donald Trump; mientras por el lado demócrata, la tracción popular del “extremista” Bernie Sanders terminó en parte descarrilando el éxito de la candidatura de Hillary Clinton. Ahora en 2020 lo interesante es que de mantenerse este clima generalizado de animadversión, agravado por los previsibles impactos de la pandemia y la crisis económica, la boleta de noviembre contendrá a dos insiders. Por un lado, al presidente que por motivos de su seguridad ya le lograron apagar las luces de la Casa Blanca -sin precedente desde 1889- y, por el otro, al exvicepresidente Joe Biden, uno de los protagonistas del reprobado status quo estadounidense. Resultará interesante observar los planteamientos de campaña para impulsar el cambio que exige su sociedad, desde sus respectivas limitantes.

Sobre el autor 

Virgilio Muñoz Alberich es Magíster en seguridad nacional. Especialista en comunicación estratégica. 

 

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