La Argentina y los ciclos

Por: Martín Astarita

Hay cierto consenso en que la Argentina es un país pendular, tanto en términos políticos como económicos. Este consenso viene acompañado por la frustración de entender que ese péndulo es el que impide alcanzar el tan ansiado desarrollo, o de otra manera, la posibilidad de conjugar crecimiento económico con inclusión social.

Se han ensayado distintas interpretaciones para explicar el origen de tales vaivenes. Una de las más difundidas, de carácter economicista, indica que la fuente de nuestros problemas se encuentra en el tipo de estructura productiva desequilibrada (Diamand), en la que conviven dos sectores, el primario -agropecuario -, con alta productividad y competitividad internacional, y el industrial, en gran medida ineficiente y que requiere protección para subsistir. Esta configuración estructural genera una crónica escasez de divisas que limita el crecimiento económico y da lugar a los ciclos de stop and go (pare-siga).

Los movimientos pendulares que ocurren -en términos marxistas- en el plano de la estructura, tienen su correlato a nivel superestructural (en el plano político), en el que dos fuerzas sociales y políticas antagónicas (populistas versus liberales, por decirlo de algún modo sintético) pugnan entre sí y no logran asentarse y dar continuidad a un proyecto hegemónico capaz de perdurar en el tiempo.

Este esquema explicativo, surgido para dar cuenta de la dinámica económica y política en el período de industrialización sustitutiva de importaciones (1930-1970) y que con la instauración del modelo neoliberal había caído en desuso, recobró nueva vigencia a partir de la etapa kirchnerista. La reaparición de la restricción externa en el segundo mandato de Cristina Fernández, en un contexto signado por una cierta revitalización de nuestro aparato industrial, sumado a la posterior victoria electoral de Macri en las presidenciales 2015 y ahora, de nuevo, el casi seguro retorno del peronismo al poder, ofrecen muchos de los ingredientes típicos de la etapa sustitutiva.

A partir de este diagnóstico generalmente compartido, interesa reflexionar e intentar ir más allá de la mera constatación -y frustración- de que hemos entrado nuevamente en uno de los tantos ciclos que caracterizan a la Argentina desde hace más de medio siglo.

En primer lugar, cabría preguntarse si cada una de las fases del péndulo argentino -la populista de carácter expansivo y la liberal de ajuste- funcionan a la manera de las rupturas paradigmáticas de Kuhn -recordemos que las revoluciones científicas implicaban que los paradigmas fueran inconmensurables entre sí- o si, por el contrario, existen muchos más elementos de continuidad y de mutua influencia (condicionamientos, restricciones) entre una y otra.

Algunos ejemplos de nuestra propia historia pueden ayudar a reflexionar sobre el asunto planteado. La mejor etapa del proceso sustitutivo fue entre 1964 y 1974, en la que no se registraron oscilaciones bruscas en el crecimiento del producto (según Eduardo Basualdo la Argentina estuvo en aquel momento en condiciones de superar el histórico problema de la restricción externa). Si así ocurrió fue en gran medida fruto de la maduración de las inversiones extranjeras acaecidas durante otro gobierno, el de Frondizi.

De igual modo, el ajuste neoliberal de Menem -que dejó un tendal de pobres y de desocupados- se produjo en simultáneo con una verdadera modernización tecnológica en el agro argentino -el 1 a 1 sirvió para algo más que para destruir la industria nacional- que fue una de las bases para explicar la expansión de la soja durante el kirchnerismo.

En forma más reciente, la política de desendeudamiento del kirchnerismo fue el motor fundamental -junto con la baja tasa de interés en Estados Unidos- de las dos principales políticas públicas del macrismo: el endeudamiento y la fuga de capitales. De igual forma, para adelante se puede plantear que muchas de las características que tendrá la presidencia de Alberto Fernández estarán condicionadas y marcadas por la herencia que le deja este gobierno. Sin dudas hay una serie de restricciones muy fuertes y negativas: endeudamiento, altos niveles de pobreza, destrucción del tejido industrial. Pero al mismo tiempo, ¿en qué medida lo puede beneficiar, por ejemplo, la existencia de un tipo de cambio competitivo o la mejora -a un costo social altísimo, hay que decirlo- en la ecuación energética?

Estos hilos casi invisibles que permiten conectar etapas y gobiernos que no por ello dejan de ser sumamente diferentes y opuestos permiten plantear una duda más general sobre la naturaleza cíclica que caracteriza a la Argentina. En tal sentido, el interrogante que dejamos abierto es si cada una de las fases -la expansiva y la recesiva, o en términos políticos, la populista y la liberal- del ciclo, lejos de ser dos momentos separados y autónomos -dos paradigmas inconmensurables, diría Kuhn- no son más bien etapas necesarias de un mismo y único proceso de desarrollo, contradictorio y multiforme, muy común, por otra parte, en todos los capitalismos latinoamericanos realmente existentes. En otras palabras, se abre como legítima duda si nuestro desenvolvimiento cíclico, en lugar de constituir una anomalía, no es en verdad la forma que tiene nuestra estructura social de manifestar las contradicciones intrínsecas al sistema capitalista como tal.  

En segundo lugar, queremos llamar la atención sobre las causas de la inestabilidad y la naturaleza cíclica del desarrollo argentino. Es frecuente escuchar y reclamar autocríticas a la dirigencia política. Así, por ejemplo, lo que fue una demanda casi constante al kirchnerismo tras la derrota en 2015, se dirige ahora al macrismo. Creemos que más allá de las virtudes y defectos de toda fuerza política, lo que queda muchas veces eclipsado y en un lugar relegado del debate público es el posicionamiento político de diversos sectores y organizaciones sociales. ¿A qué lector más o menos lúcido de la realidad argentina se le podía escapar en 2015 que el programa de gobierno de Macri no tenía al desarrollo industrial como una de sus prioridades? ¿Cómo es que cientos -por no decir miles- de PYMES y asociaciones empresarias que representan al pequeño capital dieron su apoyo a Cambiemos? Qué decir sobre el rol de muchos sindicalistas en aquel año de recambio presidencial.

El sector industrial, las PYMEs y los sindicatos. No son tres ejemplos aislados ni periféricos. Son sujetos centrales en cualquier modelo de desarrollo que aspire no solo al crecimiento sino también a la inclusión social. Si algo tuvo que haber quedado claro tras el fracaso del experimento macrista, es que no hay forma de alcanzar un país más equitativo si no se delinea una política de desarrollo industrial (estratégico, selectivo, planificado, que haga hincapié en determinados sectores). Sin dudas, para ello es necesario contar con un Estado activo e inteligente que promueva un desarrollo industrial de estas características. Pero no está de más recordar que el Estado es en gran medida una constelación de relaciones sociales. Su perfil y naturaleza dependerá en gran medida de los actores sociales que le den impulso y la dirección estratégica que promuevan.  


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