Khashoggi-Arabia Saudita y una relación inquebrantable

Por: Claudio Heidanowski

Hace algunas semanas un hecho inaudito sorprendía al mundo. Y es que nunca había sido vista una situación del calibre de la ocurrida en el consulado de Arabia Saudita en la ciudad de Estambul, Turquía. El 2 de octubre, el periodista de nacionalidad saudita, opositor al gobierno saudí y residente permanente de los Estados Unidos, Jamal Khashoggi se dirigió al consulado de su país, dado que necesitaba retirar documentación para llevar adelante su casamiento con una ciudadana turca. Su novia lo acompañó, lo vio entrar, pero Khashoggi nunca más salió del edificio. La prometida de Khashoggi, inmediatamente denunció el hecho ante las autoridades de Turquía y el presidente Recep Erdoğan, en persona, se puso a la cabeza del pedido de explicaciones al gobierno saudita en lo que escaló rápidamente en un escándalo internacional.

Jamal Khashoggi era un periodista crítico a la monarquía de los Saúd. Con importantes contactos dentro del sistema político saudí, ante el avance de príncipe heredero (y jefe de gobierno de hecho) Mohamed bin Salman (MBS) sobre sus opositores, decidió el camino del autoexilio. Fue así que desde 2017 Khashoggi se asentó como residente permanente en los EE. UU., dónde comenzó a trabajar como columnista del Washington Post. Sin ser un disidente, mantuvo posiciones críticas a algunas políticas de MBS e indagó acerca de los fondos casi discrecionales que manejan los príncipes sauditas, lo que finalmente resultaría ser fatal.

Tras la denuncia pública de Erdoğan, inmediatamente el gobierno saudí negó los hechos, e indicó en un primer momento que Khashoggi había salido poco tiempo después de haber ingresado al consulado. Sin embargo, las autoridades turcas difundieron las imágenes del periodista ingresando  al edificio y de su prometida esperándolo en la puerta durante horas, sin que Khashoggi volviera a aparecer en imagen. El Secretario de Estado Mike Pompeo viajó a Raid para entrevistarse con el Rey Salmán bin Abdulaziz (de 82 años) y juntos comunicaron que Arabia Saudita haría todo lo posible por saber que era lo que había ocurrido. El gobierno turco comenzó entonces a filtrar informaciones que iban dejando cada vez más en claro que Khashoggi nunca había abandonado el consulado y que había sido asesinado. Medios turcos mostraron que un equipo saudí había arribado a Estambul la noche previa al 2 de octubre, entre los que se encontraba el médico Salah al Tubaigy, Jefe de Pruebas Forenses del Departamento de Seguridad saudita y, sostuvieron además, que fuentes de inteligencia poseían grabaciones en las que se probaba que, en la propia oficina del cónsul, Khashoggi había sido desmembrado vivo antes de ser decapitado y que su cuerpo había sido sacado descuartizado en valijas diplomáticas.

En poco más de 10 días la crisis continuó con el cónsul saudí abandonando Estambul tras negar los hechos y partiendo de regreso a Arabia Saudita. Donald Trump por su parte hacía lo posible por desligar la responsabilidad saudí, o al menos, criticar su accionar con una inusitada calma (a pesar de prometer en un primer momento un “castigo ejemplar” para los responsables). Todo esto sucedía, mientras comenzaba una campaña de la prensa internacional para conocer el paradero de Khashoggi. Finalmente, y ante la presión internacional, con un papel fundamental de Erdoğan y de los medios estadounidenses, Arabia Saudita reconoció que el periodista había muerto en el consulado en Estambul. El gobierno de Riad entonces detuvo a 18 personas, incluyendo a altos cargos cercanos a MBS, señalando que el corresponsal del Post había fallecido en una pelea dentro de la sede diplomática, lo que habría sido ocultado por los intervinientes. Por otro lado, comunicaron que desconocían el paradero del cuerpo de Khashoggi, que nunca apareció.

Dentro de los varios puntos que permitió analizar la situación, los fundamentales fueron, por un lado, la visibilidad que adquirieron los límites del reformismo que encabezaba MBS, un líder aclamado hasta ese momento por Occidente, y por otro, mostró hasta dónde llega la inquebrantable alianza entre los saudíes y los estadounidenses.

MBS, nacido en 1985, fue designado por su padre, el Rey Salmán, como príncipe heredero en el año 2017. De esta manera se convirtió en el primer príncipe de tercera generación en ser puesto en el rango de heredero desde la fundación del reino tras la unificación encabezada por Abdelaziz bin Saúd (que le dio nombre al país), luego del desmembramiento del Imperio Otomano. Conocido por buscar la reforma del aparato productivo de Arabia Saudita, fuertemente dependiente del petróleo, llegó a ganar cierta popularidad en Occidente por haber disminuido el poder de la policía religiosa a la vez que permitía la instalación de cines y abolía la prohibición de las mujeres de manejar vehículos.

Como Viceprimer Ministro, Ministro de Guerra, y con su padre prácticamente retirado (quién tuvo que volver a la vida pública con los hechos de Khashoggi) es quien detenta el poder real, y pese a su imagen en Occidente, ha estado involucrado en una serie de crisis graves. Bajo su mando, Arabia Saudita, eje central del sunismo, ha combatido en una serie de guerras por delegación con la República Islámica de Irán, líder del chiismo, lo que, por ejemplo, lo ha llevado a involucrase en la guerra fratricida devenida en catástrofe humanitaria de Yemen.

Alarmado por el avance de las fuerzas rebeldes chiitas, apoyadas por Irán, MBS lanzó una feroz campaña para restaurar el gobierno de Abd Rabbuh Mansur Al-Hadi, y tras tres años de hostilidades, con el asesinato del expresidente Alí Saleh a finales del año 2017, el conflicto recrudeció. Para Naciones Unidas, 22 de los 27 millones de habitantes de Yemen necesitan algún tipo de asistencia, con 13 millones de personas afectadas por una hambruna pocas veces vista, incluyendo a 2 millones de niños que sufren desnutrición aguda. Con una población a merced del severo bloqueo impuesto por la coalición liderada por los Sauditas desde hace un año, el acceso a alimentos, medicamentos o combustibles se volvió prácticamente imposible, agravando la tragedia humanitaria con cada día que pasa. Sin esfuerzos serios por parte de la Comunidad Internacional por detener este conflicto que lleva ya cuatro años, Yemen se ha vuelto un estado fallido con una población que lucha apenas por sobrevivir, atrapada por el hambre y la guerra entre el desierto del sur de Arabia y el golfo de Adén.

Y si bien este hecho es uno de los más graves de la política exterior saudí, no es el único en el que Riad se encuentra involucrado. La Arabia Saudita de MBS encabeza un bloqueo de Qatar, que el emirato lleva más de un año sobreviviendo, apoyado en sus dólares petroleros y en su poder mediático, sin ceder ante las demandas saudíes. En esta marco, se dio la extravagancia de las autoridades de Arabia Saudita de llegar a evaluar la posibilidad de construir un canal entre la frontera de ambos países para convertir a Qatar efectivamente en una “isla”. Por otro lado a finales del año pasado se produjo un confuso episodio en el que el Primer Ministro de Líbano Saad Hariri fue “secuestrado” por las autoridades de Riad para obligarlo a renunciar por televisión desde el extranjero, aunque finalmente, tras volver a Beirut, continuó en el cargo. Este hecho provocó una crisis política en Líbano que fue aprovechado por Hezbollah para afianzar su discurso anti-saudí y casi lleva a un conflicto armado entre ambas naciones.

En el plano interno, MBS inició una “purga” anticorrupción en 2017 que terminó con 11 príncipes, 4 ministros, decenas de exministros y de líderes empresarios detenidos, en lo que fue en realidad una persecución a rivales políticos para asentar sus posiciones y volverse el hombre fuerte indiscutible del reino. En esa ocasión, el lujoso hotel Ritz Carlton de Riad se convirtió en un centro de tortura con alrededor de 2 docenas de detenidos hospitalizados luego de los interrogatorios y con la muerte del General Ali al-Qahtani, nunca del todo explicada.

Tras la muerte de Khashoggi, el foro económico “Future Investment Initiative” (conocido como “Davos del Desierto”) que se realizó en Arabia Saudita a fines de octubre, comenzó a ser boicoteado, y lo que iba a ser una reunión de los principales actores económicos, terminó en el centro de la crisis, lo que clarifica hasta qué punto fue afectada la imagen del régimen y de MBS en particular.

Sin embargo, fue el propio Donald Trump quien intentó por todos los medios bajar el tono a las acusaciones que pesan sobre el príncipe heredero. Para el presidente estadounidense la cuestión no tenía mucho para debatir, y en plena conferencia de prensa realizó un cálculo de costos y beneficios del hecho para los Estados Unidos: la vida de un residente permanente estadounidense debía evaluarse teniendo en cuenta la promesa saudí de adquirir 450 mil millones de dólares en bienes y 110 mil millones en equipamiento militar estadounidenses.

Pero esto no es sólo cosa de Trump. Desde la década de 1930, cuando se descubrieron reservas petroleras en Arabia Saudita, se da una relación prácticamente indestructible entre la familia Saúd y los Estados Unidos, que fueron preferidos por sobre los británicos para ser los socios en la investigación y posterior producción de crudo. Pero tal y como señala el analista Ezequiel Kopel, no fue hasta que Roosevelt se reunió con Ibn Saúd luego de Yalta que se selló una relación indestructible, momento en el que acordaron que Arabia Saudita proveería petróleo a los Estados Unidos a la vez que reinvertiría esos ingresos en armas y activos estadounidenses, él que garantizaría además la protección de la familia real y del país.

Distinto hechos como la oposición estadounidense a la Revolución Islámica en 1979 o la invasión a Irak de 1991 sirvieron para fortalecer esta relación, que sobrevivió tanto a la crisis del petróleo, como a la negativa en primera instancia de los servicios de seguridad de Arabia Saudita de entregar información sobre los 15 secuestradores de origen saudí que intervinieron en los atentados del 11 de septiembre. Y si bien el primer viaje de Donald Trump como presidente al exterior fue a Arabia Saudita, debe señalarse que desde Ronald Reagan, todos los presidentes estadounidenses se han reunido con el Rey saudí.

Era esperable que estas cuestiones se filtraran en la Cumbre del G-20, dónde MBS había confirmado su presencia y mucho más teniendo en cuenta que varios de los líderes europeos no comparten la simpatía ni la complacencia de Trump para con el príncipe. Sin embargo la presentación de una denuncia contra el heredero al trono, aprovechando el principio de jurisdicción universal que para parte de la doctrina argentina se encuentra receptado en el artículo 118 de la Constitución, le dio mayor visibilidad al asunto. Pese a que es improbable que la causa avance demasiado teniendo en cuenta el poco tiempo en que MBS se encontrará en el país, a la inmunidad que goza como representante de Estado y a que debe resolverse si la cuestión es un tema de competencia originaria de la Corte Suprema, el asunto se volvió cuanto menos incómodo. Es un hecho que el príncipe saudí podrá de cualquier manera participar de la Cumbre sin ningún tipo de impedimentos. Quedará con el tiempo ver si acusa o no algo de daño en su imagen tras la repercusión de esta inusual situación dada en la Argentina.

Rouvier