Juvenilia, hay que y larga noche

Por: Carlos Leyba


El horno no está para bollos. Y sin embargo la “juvenilia” de la política sigue amasando conflictos – que forman parte de la “revolución de Palermo Hollywood” – y desestabilizando, día tras día, el esfuerzo cotidiano que realiza Alberto Fernández tratando de demostrarnos que puede mantener el equilibrio.

La totalidad de los argentinos necesitamos (lo queramos o no) que la presidencia mantenga el equilibrio, y también la apariencia de equilibrio, que es la única situación física desde la cual se puede demostrar que se ejerce el control que le asigna la democracia a quien se lo ha elegido para ejercer el Poder Ejecutivo, es decir, el liderazgo colectivo.

Ese equilibrio es imprescindible, sobre todo si tenemos en cuenta que el Frente de Todos expresa – en término de votos – una suerte de Curva de Gauss. Más simplemente, la acumulación de votos del FdT la podemos simplificar en tres secciones: la primera, llamémosla originaria, es de un aporte electoral que tal vez pasa del 25% del total; la segunda, en la que se aloja no menos del 50% de los votos, que es el núcleo fuerte desde el punto de vista de los votos; y la tercera, que es considerablemente menor al 25%, que es el grupo de los que me da llamarlo “el de los colados”.

En la enorme mayoría, el núcleo duro, está el origen del poder y es la memoria peronista.

Una memoria que encabezó CFK. ¿Por qué? Se suman asociación de imágenes del pasado (candidata en lista del PJ, menemista en la primera hora), capacidad de liderazgo y verba que la acompaña (como decía Monseñor Justo Laguna, “Cristina es una chica que habla de corrido), millones de horas expuesta (para bien y para mal) – fama - protagonismo en los medios de comunicación. Por todas esas razones la que comanda la parte gorda es Cristina Elisabet Fernández. Sin Cristina no se habría aglomerado la “memoria peronista”.

La que llamamos la sección “originaria” corresponde al electorado peronista de las tradiciones provinciales, que se habría sumado a Cristina, pero lo hizo con más confianza gracias a la presencia de Alberto Fernández. Alberto, que transitó una década con encendida verba crítica contra las acciones peligrosas de Cristina - “el vamos por todo, la 125, Nisman” –, garantizaba que esos arrebatos calenturientos no habrían de repetirse. A esta sección le correspondió el manejo de la Casa Rosada y la Quinta de Olivos. No es todo pero pesa siempre y cuando haya allí ideas y fina voluntad. Admitamos que la pandemia distrae y cansa.

Al final, en el lugar de los “colados”, están las minorías activas y militantes, belicosas, de causas propias - siempre pequeñitas - que no forman parte de la cultura y de la historia peronista. El desiderátum de este poder es la norma de lenguaje inclusivo que ha merecido una gerencia en el BCRA mientras los dólares se hacen humo.

“Los colados” han aprendido que es mejor “estar” donde se reparte, que “ser” estando lejos del reparto. Es la nueva cultura del “entrismo progre” (es mejor “estar” que “ser”) que dispone de mucho espacio cultural por una larga historia de antiperonismo militante.

En este espacio vigoroso, característico de quienes sin los colados a las fiestas, se instalan y conectan con el cuerpo principal, aquellos que fueron parte de la guerrilla, la “Juventud Maravillosa” que ahora calza 70 y dispone de un muy buen pasar capitalista, lo que ha compensado generosamente antiguos sacrificios. Ellos no abandonaron la costumbre de “estar”, hasta con el Carlos Menem de las “relaciones carnales”. Recoleta para vivir, country de zona norte para el fin de semana y militancia nocturna de Palermo Hollywood.

La “Cámpora”, del mismo modo que lo hizo la Coordinadora con Alfonsín o los jóvenes de la UCD que acompañaron a Menem, se ubica en las tres secciones disponiendo de un sentido práctico extraordinario.

La pauta de ese sentido práctico es “definirse peronistas” enarbolando el nombre de Héctor J Cámpora, a quién Perón eyectó de la presidencia no por su enorme lealtad o su extraordinaria capacidad, sino por todo lo contrario. Llamarse “La Cámpora” y decirse peronistas es un oxímoron que revela un gran sentido práctico: estar donde llueva sopa.  

Esta ligera descripción de como se conformó el Frente “electoral” de Todos, contrasta con la conformación del gabinete de Fernández.

En el Ejecutivo – fuera de la Rosada y de Olivos –las líneas primeras, segundas y terceras de la Administración, están penetradas por este último sector de “los colados” y con gran presencia de La Cámpora. La síntesis es que la estructura de decisión y ejecución del Ejecutivo no se compadece con el aporte electoral (¿gobernadores, intendentes, sindicatos?)

Tal vez no en todos los ministerios, no del todo en el área económica, no del todo en la Cancillería, no del todo en Salud.

Pero lo cierto es que la “juvenilia” de los colados (funcionarios que atizan el fuego en Río Negro con las tomas urbanas o rurales que acompañan a Grabois o a sus aliados, en su irresponsable toma de una estancia formada o en la continuidad de Guernica, ausencia de reacción ante las tomas que se multiplican en todo el país, o las declaraciones de un “colado eterno” el hoy Embajador en la OEA, (UCR, Frepaso, Ari ¿qué más?) ) es un continuo amasado de bollos para ponerlos en un horno que no está para recibirlos.

Todas estas acciones y declaraciones de los “colados” protagonistas (NODIO) o las provocaciones legislativas del Senador Oscar Parrilli - inolvidable por su defensa de la entrega de la soberanía energética materializada en la venta de YPF – tienden a desestabilizar el precario equilibrio presidencial. Justamente  en esta crisis de pandemia, en la que no nos va bien; y en esta crisis económica, en la que no nos va bien; en una crisis social cuya contención le exige al propio Ejecutivo un esfuerzo extraordinario.

Los “colados” también protagonizan en el Congreso. Carlos Heller tiene a su cargo la comisión más importante de la Cámara de Diputados. Mas allá de sus méritos personales, convengamos que su potencia electoral difícilmente justifique tamaña distribución de poder legislativo. Y a su manera, algunas de sus acciones, también contribuye a “desestabilizar el equilibrio presidencial”.

En síntesis, los colados, “los miembros minoritarios” en términos electorales del Frente, tienen el protagonismo indiscutible en la generación de conflictos desequilibrantes. Pareciera que se han conjurado para erosionar la confianza en la capacidad del Ejecutivo para mantener control en la navegación de tres crisis colosales, la sanitaria, la económica y la social, en las que nos va muy pero muy mal y la perdida de la confianza inhabilita la reacción.

Siendo minoritarios en lo electoral “los colados” trabajan en el copamiento del discurso y de las “cajas”.  La última de la que tengo noticia es el proyecto de entrega, todavía no concretada, de la conducción del CFI a un miembro de La Cámpora”. Lo que hubiera sido un reconocimiento al aporte conceptual y político de  los gobernadores compartiendo con ellos la designación, pareciera que tampoco se va a materializar.

El horno no está para bollos y llama la atención la capacidad para generar problemas “no económicos”, inventados, que minan la confianza en la capacidad del gobierno.

La minan más las acciones de los aliados que las acciones de la oposición.

En todo caso la oposición o los críticos no contribuyen a forjar confianza porque – en definitiva – no aportan soluciones, sino que sostienen que “hay que” generarla y no proponen como conseguirla. Mientras que la realidad de la pandemia y de la economía achican la confianza, los aliados “colados” la minan todos los días con gestos de “juvenilia” y la oposición no propone nada concreto  y por lo tanto no genera expectativas de confianza al futuro.

Confianza que cada día es más delgada y a la que el gobierno claramente no le presta atención porque no reacciona ante los actos de demolición. No reacciona para abortar de cuajo esos embarazos no deseados que ya hemos señalado.  

Nadie imagina que el gobierno abogue por la desconfianza. Sin embargo, algunos de esos miembros, irrelevantes electoralmente, cada día le demuelen parte de los cimientos que la soportan.

Lo económico, por su parte, es un taladro que perfora lo que esta gestión ha podido acumular de confianza con el triunfo y con la inicial gestión de la pandemia.

No mina la confianza de todos, pero sí la de los que más decisiones de impacto económico toman.

El taladro económico remonta a muchos años atrás, pero, en los días que corren, la perforación ha alcanzado mayor intensidad lo que se traduce en la magnitud de la brecha entre la cotización del dólar oficial y los mercados liberados. Lo que revela niveles de creciente desconfianza en la capacidad de solventar los pagos externos.  

Detrás, de esta debilidad, está la fuga del excedente económico, un mal que se remonta a muchos años y que ha castigado por igual al futuro en los años de Cristina Kirchner y los de Mauricio Macri.

El castigo al futuro es la materia prima de la desconfianza.

Hoy, el hecho nuevo, es lo “no económico” como agente que erosiona confianza. A esos nos referimos cuando hablamos de los conflictos que genera la “juvenilia”. Son roblemas que no se resuelven por decisiones de la cartera económica. Claro que todos los problemas tienen su costado económico.

Pero el abordaje de estos problemas se dispara desde otros ámbitos a pesar que, detrás de ellos – es probable – se amontonen cuestiones sociales que arrastran la necesidad de decisiones económicas. Veamos.

Es sorprendente que el presidente no reacciones en pos de custodiar la “confianza” ante esas rupturas tan sencillas de reparar; todas ellas alentadas por miembros y aliados del gobierno.

Toma de terrenos suburbanos – ¿se puede realmente negar la participación de organizaciones sociales próximas al gobierno?; o la reivindicación de tierras, en el paraíso sureño, por auto percibidos pueblos originarios apoyados de manera expresa por organismos públicos; y la ocupación del campo y la casa de una sociedad, en la que es accionista el ex ministro Etchevere, convocada por una organización próxima a la Vicepresidente de la Nación y con la presencia de funcionarios públicos y con declaraciones de Victoria Donda que dice que la presencia del INADI, que preside, no es la presencia del gobierno. ¿Nos estamos balcanizando? Balcanizando el “poder ejecutivo” con acciones de funcionarios que se consideran políticamente independientes y autosuficientes y balcanizando por el ejercicio de la acción directa, ya no en el reclamo, sino en la ejecución: apropiaciones.

Estas “rupturas civiles” minan la confianza en la capacidad del Estado para garantizar el ejercicio de unos derechos – por ejemplo los de los actuales propietarios y ocupantes - y en garantizar, a la vez, el trámite judicial pacífico sea de las reivindicaciones de los pretendientes de usucapión o de los que alegan ser verdaderos propietarios, auto percibidos mapuches o la Señora Dolores Etchevere. Estas cuestiones alcanzan notoriedad por la alarma y es lo que esperaban sus autores produciendo hechos políticos desequilibrantes sabedores de la lentitud congénita de la reacción: una administración que reacciona tarde de modo que la reacción es un conflicto mayor.

Las tres cuestiones citadas forman parte de una trama de renuncia de la autoridad ante la “acción directa” en la que debemos incluir  la pretendida “justicia por propia mano”. Otra dimensión del mismo proceso de deterioro de “la confianza”.

En los últimos días se produjo un asesinato más a puro golpe, por parte de una multitud, y esta vez a un sospecho de una violación de una menor.

La ausencia policial, la morosidad de la justicia, el muro de silencio ante el reclamo de los más débiles y la ligereza en el trato de los poderosos, expresan el desleído de la confianza pública en lo que tiene que ver con la seguridad cotidiana y la presencia del Estado.

Desde la perspectiva social este es un mal colectivo que  expresa el desamor a lo que es común y a lo establecido como regla de convivencia. Dice Gabriel García Márquez que “el amor se aprende”. La pérdida de la confianza es el aprendizaje del desamor a lo común. ¿Somos conscientes del monstruo que estamos dejando que se construya?

¿Cómo volver a enamorarnos del bien común? Esa pedagogía se forma de los actos de gobierno. La ausencia de esos actos de gobierno es una enorme falencia cuyas consecuencias son a futuro y sin embargo repararlas en el presente es de bajísimo costo. Todo lo que es tarde es caro.

Fernández acusa morosidad en decisiones restauradoras de la confianza y aún en aquellas que no implican decisiones económicas. No hay nada que pueda contribuir más a generar un incremento de la confianza y una demostración de equilibrio que esas decisiones restauradoras que Alberto hoy nos debe y que sólo depende de su decisión enérgica que, en lo posible, sea con palabras pocas, sobrias y mansas.

Las restauraciones económicas son muy difíciles. Pero serán imposibles de lograr si el gobierno no restaura la normalidad de las reglas, el ABC de la confianza.

No se puede permitir la justicia por mano propia, ni las reivindicaciones por mano propia, por justas que fueren.

Muchas veces todas esas reacciones son consecuencia del desamparo de un Estado que no acompaña y que no da señales de real escucha.

Estas decisiones y gestos referidos a problemas no económicos, que están minando la confianza, son políticos y no requieren de otros recursos que la decisión política. ¿Dónde está esa energía política que llena los espacios?

Claro que esta restauración política implicará reordenamiento de la coalición que gobierna Fernández.

Encenderá bulla y lo más probable – si eso ocurre - es que la administración recupere la lógica de las prioridades que responde a las necesidades colectivas y a lo que la opinión pública viene señalando: empleo, pobreza, seguridad.

Justamente “el gobierno por conflictos generados por la juvenilia de “colados”” es una manera de desviar la atención del gobierno de las cuestiones principales.

El protagonismo de la “juvenilia” lo logra no por las soluciones – que nunca podrían aportar porque no está en su ADN – sino por los conflictos que sí pueden generar y generan al amparo del silencio que les regala Alberto. A nivel global, como aquí también, muchas de los conflictos de la “juvenilia” y sus causas pequeñísimas pero ruidosas, son la condición necesaria para desviar la atención de las verdaderas cuestiones de derechos humanos presentes, que son la infamia de la miseria y la pobreza de más de la mitad de los niños, causa grande que no tiene militancia y que pierde cada día su puesto en la lista de prioridades de la política.  

Por eso insistimos que la principal tarea del Presidente es la construcción de un piso de acumulación que sostenga la resolución de los enormes problemas que atravesamos, heredados y construidos. La acumulación es hija de la confianza. La confianza es la negación de la fuga y – no olvidarlo – se construye aportando zanahorias creíbles que, otra vez, requieren de confianza.  

El gobierno está muy lejos de haber encontrado el camino a la la confianza. Es una cuenta pendiente y se acaba el tiempo de oblarla.

¿Los opositores o críticos, en lo económico, han propuesto ese camino? ¿Refieren a algún camino previo exitoso que hayan transitado? Definitivamente no. El pasado no los prestigia. La oposición o los críticos no contribuyen con sus palabras a la confianza del presente ofreciendo salidas, ni a la del futuro reflejando autentica solvencia en los temas económicos.

Toda oferta sólida debe ser considerada: de proposiciones se forman los caminos.

En el escenario de los críticos la frase “hay que” es hoy la más repetida como respuesta, en los medios de comunicación, al interrogatorio que se le realiza a los más famosos colegas economistas y a dirigentes políticos y sociales. Solamente “hay que” y no avanzan un centímetro en términos de propuestas.

Que estamos muy mal no hay duda. Y que podemos estar aún peor, tampoco.

Por eso la pregunta y la generación de propuestas acerca de aquello que deberíamos hacer para salir de esta situación, es la actividad prioritaria de la Nación y a ella deberían estar abocados todos los ámbitos de reflexión.

La crítica independiente, la oposición, lo que no es oficialismo, tampoco ofrece respuestas transitables, productivas para salir de la encerrona económica actual ni permiten vislumbrar sus ideas para el futuro. Solamente un “hay que” que no es precisamente un aporte.

Pero ¿el gobierno convoca al aporte de ideas vinieran de dónde vinieran? ¿Acaso las provee? Ni lo uno ni lo otro. ¿Cómo generaremos confianza con tanta parsimonia respecto de los golpes que nos da la realidad?

Los hechos son la caída en picada de todo lo que debe subir y la suba encendida de todo lo que debe bajar. No son las acciones que esta administración ha generado, cualquiera sea la razón, las que han cambiado la dirección.

Lo que estamos haciendo, no de ahora sino desde hace muchos años, no nos está dando resultados. El PBI por habitante de 2020, medida de productividad y posibilidades de bienestar, será igual al de 1974. Desde entonces hasta hoy, el número de personas pobres se multiplicó por 20. Estancamiento exitoso en la fabricación de pobres y en la aplicación de pinzas Burdizzo al futuro.

Hemos estado sometidos a décadas de una obstinación terapéutica que, siguiendo al concepto médico, es la aplicación de métodos desproporcionados que, por el previo deterioro del paciente, no suministran beneficio alguno y prolongan, en este caso no la agonía, sino la repetición del tratamiento sine die.

Los “milagros” económicos, desde 1975 a la fecha, han sido, sin excepción, las bonanzas de consumo – el deme dos – que alentó la salvaje obstinación terapéutica del endeudamiento externo.

La política económica de la deuda externa con anclaje cambiario seguida de aliento al consumo de productos importados o con alto contenido importado, ha sido el colmo del populismo. Cada uno de esos períodos de endeudamiento y atraso cambiario, produjo la desaparición acumulada de actividades productivas garantizando así el crecimiento del déficit estructural del comercio exterior, la fuga del excedente y la maduración del default. No es serio ni honesto mencionar críticamente al populismo sin explicitar ese carácter en todas las gestiones que nos han endeudado.

La historia de la deuda externa, comenzada en la Dictadura, es la historia del verdadero populismo argentino: políticas irresponsables que generan un período de bienestar transitorio seguido de una catástrofe cuando la deuda se torna impagable.

Las voces críticas, muchas veces por haber participado, reivindican las políticas del endeudamiento. A los economistas de estas concepciones me refiero con la expresión “hay que”.

Interrogados por los medios afirman “Hay que”.

Abren una lista de deseos. Esto es lo primero a tener en claro. Se trata de “deseos”. Los “deseos” no son propuestas, consejos y ni siquiera recomendaciones, sólo “aspiraciones”. En los medios habitualmente se solazan y apoyan con mirada de profunda atención o silencios considerados al “hay que”.

¿Cuáles son esos “deseos”?. Entre los más habituales y referidos a la economía, están: “hay que reducir el déficit fiscal”, “hay que reducir la emisión monetaria”, “hay que aumentar las exportaciones”, “diseñar e implementar una política macroeconómica coherente y consistente”.

Esos deseos de “hay que” se pronuncian con gesto de solvencia y sabiduría, con el que se pretende responder a la pregunta que a todos nos moviliza: “¿frente a esta situación - cuyas consecuencias son inflación, pobreza, recesión, desempleo – qué hay que hacer, que nos recomienda, que nos aconseja?”

La traducción de la respuesta que ya listamos es, palabras más palabras menos, el equivalente a “hay que terminar con la inflación, la pobreza, en recesión, en desempleo”.

Nunca la repregunta obvia: “dígame cómo, qué haría concretamente?   Estamos consagrando la circularidad propia de las preguntas que se responden con lo que no son más que preguntas disfrazadas de deseos.

Se disparan inventarios de deseos, objetivos, condiciones, todas o la mayoría, indispensables para conformar un escenario sobre el cual pueda interpretarse la gran obra del progreso.

Pero ¿cómo se construyen esos escenarios previos a cualquier modificación de las condiciones de malestar que nos envilecen la vida cotidiana?

Los economistas y políticos del oficialismo describen, enumeran, listan lo que hicieron y los pesos asignados a cada una de esas realizaciones.

Las cifras son monumentales. Los resultados, difíciles de verificar, en general no son satisfactorios: el número de personas bajo la línea de pobreza sube, el valor monetario de la canasta también lo hace y mucho, mes a mes; los ingresos populares van por detrás y las oportunidades de trabajo declinan; y hasta se puede hilar un cierto éxodo del capital físico porque las cortinas del comercio y de la industria bajan más que suben. Ni mejora social, ni mejora económica, ni perspectivas.    

La actual situación es inédita aunque no única. Muchos países han generado situaciones similares.

No es disculpa para que los críticos del presente, que critican con razón, no superen el período infantil del “hay que”; y que de una buena vez propongan, por ejemplo, cómo terminamos con el déficit fiscal y la emisión monetaria, sin que el remedio sea peor que la enfermedad. No digan “hay que” digan como. Eso contribuiría a la confianza. Claro que si no paramos a la “juvenilia” ningún como puede construir la confianza imprescindible para poder amanecer y ambas cosas garantizan la continuidad de la noche.

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