Javier llama dos veces

En esta aguafuerte de un defensor de pibes, Julián Axat nos trae la historia de Javier, que fue apropiado y vivió de chico en la calle, hasta que las Abuelas y Madres de Plaza de mayo lo rescataron, y un día logró ingresar a trabajar en la Justicia de menores.

Un día me avisan que había alguien en la mesa de entradas que quería saludarme y si podía pasar unos minutos.

“Te lo traje para todos los pibes que defendés, es necesario que lo dejes arriba de la mesa, así cuando entran y te ven, todo va a andar bien... Vos necesitás que te respeten, mi gauchito te va a cuidar, como me cuidó a mí…”. Palabras más, palabras menos del “Pecos”, un chico de 17 años que recién había salido gracias a una apelación que la Cámara había hecho lugar. Pero la libertad le iba a durar apenas un mes, porque caería preso de nuevo por un robo violento en una casa, del que él juraba y perjuraba que era inocente.

Desde entonces el gauchito gil estuvo apoyado en el escritorio de mi despacho y todos los pibes a los que defendía, le pedían deseos. Claro que el deseo era siempre el mismo, pero a mí me aseguraba –por el solo hecho de su presencia– otra forma de encarar los casos. Lograr cierta confianza.

El gauchito imponía su respeto, rompía las distancias y la lógica del ornamento judicial.

En realidad, la persona que me enseñó a respetar el aura del gauchito fue Javier. Porque él, todos los días, le dejaba regalos. Las ofrendas. Caramelos y chocolates, que se apilaban a sus pies y nadie se comía.

Por eso, esta es la historia de Javier, no del gauchito, ni la de “Pecos”. La historia de cómo Javier, habiendo sido un pibe víctima del sistema, se transformó de un día para otro, en uno de mis colaboradores más importantes en la defensoría.


La búsqueda de Javier (primer llamado)

Javier se apareció una tarde por la defensoría a pedir trabajo. Corría el año 2009 y para ingresar a la justicia de la provincia tenías que hacerlo de la mano de un juez o funcionario de carrera importante, después de haber sido pinche o meritorio, o figurar en un listado confeccionado a medida de las influencias que integran los hijos y amigos de la “familia judicial”.

Claro que Javier estaba lejísimos de  pertenecer y entrar a hacer carrera judicial. Javi vino a mí sólo porque una Madre de la Plaza de Mayo, le comentó que un defensor de menores, hijo de desaparecidos, tenía una plaza vacante; algo que era cierto. Pero lo que no sabían era que desde la superioridad ya tenían tres candidatos elegidos para que entrevistara, y me quedase con el que –a mi criterio– fuese el mejor.

A pesar que era el titular de la dependencia, mi margen de maniobra se reducía solo a eso: elegir entre tres personas, que “otros” ya habían elegido por mí (dos eran hijos de conocidos jueces)

La historia que Javier me contó esa tarde fue más o menos la que sigue:

Se crió con su hermana Clarisa en casa de Alberto y Marta, en la localidad de Morón. Policía bonaerense de profesión, Alberto se manejaba de manera turbia, y  un día de 1977 se apareció con las criaturas. Todo el barrio murmuraba por lo bajo, de dónde habían salido. 

Javier recuerda que aproximadamente a los 11 años, gente del juzgado federal de Morón irrumpió en la casa; lo hizo junto a una señora que decía ser su abuela.

Entonces se enteró que Alberto trabajaba en un lugar conocido como “El Pozo de Banfield”. El matrimonio quedó detenido. La partida (falsa) de nacimientode Javier y Clarisa, llevaba estampada la firma del médico de policía Jorge Antonio Bergés, responsable de partos de mujeres embarazadas que dieron a luz secuestradas y hoy están desaparecidas, y sus hijos apropiados.

Pero el derrotero de los hermanos comienza cuando el cotejo sanguíneo de ADN no coincide con el de la familia reclamante, ni con ningún otro del Banco de Datos Genéticos. Y sí coincide entre los hermanos.

La situación se torna compleja para todos. Entonces, de un día para otro, pasan a vivir en casa del conocido juez que trataba de encontrar su identidad y, por algún sentimiento de culpa, les da cobijo por un tiempo.

Poco después, Clarisa es puesta en adopción, y pronto viaja a vivir con una familia a la provincia de San Juan. Javier se queda solo en casa del juez, inquieto y preocupado. Pero un día decide escaparse y viajar a San Juan, en busca de su hermana.

Con tan solo 12 años, se mete en un tren y llega a la provincia. La familia que de golpe se encuentra con Javier reclamando a su hermana, le ofrece quedarse y probar convivencia. Me dice Javi: “Nunca me adapté, yo ya tenía 13 años y no me quisieron más…”. Entonces decide volverse a Buenos Aires. Un día se escapa y hace el camino inverso que lo llevó hasta allí.

En adelante su vida va a ser una fuga. La búsqueda permanente de un lugar. No sabe a dónde ir, a quién acudir. Duerme en la calle, come en distintos lugares, se junta con pibes con los que cae preso.

Así, también conoció el llamado “circuito de menores”. Entraba y salía de los Institutos Araoz Alfaro, Gambier, de “Transito” en calle 38 de La Plata.

La antigua jueza platense de menores, Gloria Gardella, intervino varias veces en su caso. Su secretario, Fabián Cacivio (que más tarde sería juez), enseguida estableció empatía con la historia de Javier y lo ayudó como pudo.

De pronto aparecen las Abuelas nuevamente en escena. Lo sacan de las comisarías, intentan que retome la escuela nocturna. “Abuela Estela” (como le dice a Estela de Carlotto), un día lo rescató de la calle y se lo llevó a su casa hasta que cumplió los 15. Estela –como es su costumbre– es incondicional, y se convierte en su hada madrina permanente. Lo ayuda en todo.

Me dice Javi: “A los 18 me iluminó el cielo cuando me adoptó Ana (quien tiene una prima y sobrino desaparecidos). Ana conoció mi situación y se puso en contacto con Estela para interiorizarse de mi historia y sacarme el documento, porque así podría seguir estudiando… Esto dio un giro inesperado a mi vida. Con mucho esfuerzo y a los tirones, terminé el secundario de adulto y luego empecé a trabajar con mi otra Abuela, 'Adelina' (Alaye)" Desde entonces vivió a los tumbos entre la calle, las abuelas, el estudio, etc.


Javier trabajador de la justicia (segundo llamado)

Vuelvo al comienzo. Las posibilidades que Javier ingrese a trabajar a la justicia de menores eran prácticamente nulas. Medité mucho la cuestión. Hice la formal propuesta a sabiendas que salteaba a los tres candidatos que me imponían los superiores, y que las críticas a mi actitud no tardarían en llegar.

Así llegaron: me fue enviado el prontuario completo de Javier, todos los expedientes penales de menores desarchivados y atados con piolín. “Ahí tiene su candidato”, me espetaron.

Mi reacción fue doblegar la apuesta. Insistir. Y además interponer a sus  “hadas madrinas”, quienes rápidamente se pusieron en contacto con la máxima jefatura de la Procuración, logrando abrir la puerta que antes estaba sellada para personas como Javier.


*


Hace rato que me fui de la defensoría, pero Javier sigue allí trabajando. Claro que todavía busca su identidad. Esa es su lucha.

Todas las semanas le mando estas aguafuertes y se acuerda de los casos. En realidad se acuerda de las anécdotas mejor que yo, porque él las vivió desde la mesa de entradas o repartiendo los expedientes y notas. O hablando con los pibes y compartiéndoles su historia.

Es una vieja costumbre, sé que todavía le sigue ofrendando chocolates al gauchito gil que aún se conserva en una repisa. “Con ese gauchito los pibes sí que nos tenían respeto…”, me dice. Y se ríe como un niño.

 

Sobre el autor: Julián Axat es escritor y abogado.

Foto: Coti López, entrada por 56 a los tribunales de menores de La Plata.

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