Italia recorta el parlamento, y también el crecimiento de la derecha

OPINIÓN. La doble cita electoral en Italia del 20 y 21 de septiembre dejó planteadas algunas sensibles modificaciones en el panorama político, que probablemente tengan repercusiones también el el posicionamiento internacional de Roma.


La doble cita electoral en Italia del 20 y 21 de septiembre, dejó planteadas algunas sensibles modificaciones en el panorama político, que probablemente tengan repercusiones también el el posicionamiento internacional de Roma. El primer dato que se nos presenta es el resultado del referéndum constitucional sobre la composición del parlamento. La enorme mayoría de los italianos e italianas (casi el 70%) decidió apoyar la reforma que reduce el número de legisladores: los diputados pasarán de 630 a 400, y los senadores de 315 a 200. Cabe recordar que Italia es una república parlamentaria, y por ende el poder legislativo es el único que se elige por sufragio popular, mientras que el poder ejecutivo surge del acuerdo entre los partidos que logran la mayoría dentro del parlamento.

Este resultado puede ser leído como una victoria política del Movimiento 5 Estrellas (M5E), la agrupación nacida a principio de los 2000 por iniciativa del cómico Beppe Grillo y que desde entonces hizo de la lucha contra “la casta política” y el despilfarro público una de sus principales banderas. En las declaraciones post-voto, el jefe político del M5E, Vito Crimi, reivindicó la victoria en el referéndum como el comienzo de una nueva temporada de reformas, que incluirán recortes en las dietas de los legisladores y mayores limitaciones para el acceso a cargos públicos para quienes tengan conflictos de interés o embrollos judiciales. Una agenda que en la última década había permitido el crecimiento exponencial del movimiento, pero que también había signado hasta ahora sus límites: tras su llegada al gobierno en 2018, el M5E había logrado muy poco en su programa “anti-político”, lo que le valió también una fuerte debacle en términos electorales, que como veremos se reflejó también en las elecciones regionales del último fin de semana. Pero el éxito del referéndum significó una suerte de nueva inyección de confianza para el partido amarillo.

Una victoria que, sin embargo, no puede ser otorgada indefectiblemente a la campaña del M5E. Buena parte de la derecha xenófoba y soberanista participó abiertamente de la campaña por el SI, cuyo resultado redunda en un pedido de simplificación de la política italiana. Una vez más, la campaña por el NO al recorte de legisladores sostenida por la izquierda llamó a discutir conceptos complejos como representatividad, gobernabilidad, transparencia o continuidad democrática. En frente, las fuerzas que promovían el SI sostuvieron una campaña simple y fuerte: ahorro y “menos política”. Más allá de la simpleza y limitaciones del argumento económico, es muy probable que cualquier sociedad del mundo, cansada de los infinitos debates - ¿y la “grieta”? - que representa la política en el imaginario colectivo, salga a votar con cierto ímpetu en contra de su clase política si la votación es puesta en esos términos. Y mucho de eso pasó en Italia. Un electorado desganado y desencantado fue llamado a votar en un referéndum que no parecía modificar demasiado la vida cotidiana de la ciudadanía. Pero sabiendo que podía leerse como un rechazo a la política tradicional.

La decisión de redimensionar la principal institución política de Italia es acorde con su historia y con el devenir de su debate sobre organismos de poder. Desde su fundación en 1861 como Reino de Italia, la relación entre gobernantes y gobernados, entre lo que se suele llamar “el país legal” y “el país real”, ha tenido más conflictos que momentos de convivencia armónica. La progresiva debacle socio-económica vivida en Italia en el último ciclo económico global exacerbó ese rasgo sistémico. Si en 1990 el país era la quinta potencia industrial del planeta y con un crecimiento lento pero sostenido, para 2020 Italia ya está a punto de quedar afuera de la lista de las 10 economías más industrializadas del mundo, suma una deuda total del 134% de su PBI, y en los últimos años oscila entre tasas bajas de crecimiento y hasta valores negativos. Los chivos expiatorios de este proceso son varios: los migrantes, la “casta política”, la Unión Europea, el Euro... Un discurso que ha sido el principal acervo político de los partidos de mayor crecimiento en los últimos años, La Lega y el Movimiento 5 Estrellas.

El referéndum, y su éxito, puede ser leído también en esta clave, a pesar de los objetivos prácticos y fiscales con los que fue defendido. El recorte de los parlamentarios supondrá un ahorro bastante insignificante en los costos del sistema político italiano, que según un cálculo del diario económico Il Sole 24 Ore rondarían los 24.700 millones de euros anuales. Aun admitiendo las más generosas estimaciones de los promotores del referéndum, que hablan de 150 millones de euros ahorrados gracias a la reducción, sigue estando lejos del cambio copernicano esgrimido en campaña electoral. Y abre un debate espinoso para la política italiana: ¿cómo serán elegidos ahora estos legisladores?

La cuestión de la ley electoral es central en la historia política italiana. Desde el final de la segunda guerra mundial, las fuerzas sociales “sistémicas”, como la Democracia Cristiana, Liberales y Conservadores, alineadas con la visión del mundo hegemónica en Europa Occidental, defendieron con todas sus fuerzas una ley electoral que evitara que los representantes del Partido Comunista Italiano, el más grande y muchas veces el más votado del país, lograra obtener mayorías que le permitieran gobernar. Tras la caída de la Unión Soviética, la implosión del PCI, y el escándalo de corrupción que en 1992 propició el fin de todos los partidos políticos tradicionales, la sensible cuestión del sistema electoral volvió en el centro de la escena. Desde 1994 hasta hoy se promulgaron tres distintas reformas en este sentido, todas profundamente cuestionadas (la de 2005 llegó ha tomar el nombre de Porcellum, “la cochinada”, definida así por su propio creador por considerarla impresentable). Ese tema, extremadamente delicado para la discusión política italiana será uno de los de mayor conflicto y negociación. Y, tras las elecciones regionales en Veneto, Liguria, Toscana, Marche, Puglia y Campania del fin de semana, se definió una nueva correlación de fuerzas interna que tendrá probablemente efectos sobre ésta y muchas otras decisiones.

Si el M5E se puede considerar satisfecho por la aprobación del referéndum, otra historia se presenta al analizar más globalmente los comicios del fin de semana. Los seguidores del comediante Grillo se presentaron solos en casi todas las contiendas locales, y debieron limitarse a ver como las coaliciones de centro-derecha y centro-izquierda se disputaban los votos que otrora le pertenecieron. Un ejemplo lampante es el de la región Puglia: en las parlamentarias de 2018 el M5E logró el 45% de los votos, y este fin de semana no llegó al 10%. El que sacó mayor provecho de esta debacle fue el Partido Democrático (PD), principal aliado del M5E en la coalición que sostiene al primer ministro Giuseppe Conte. Hasta ahora, el peso específico de cada uno de los partidos en las decisiones de gobierno se dirimía en función de los legisladores obtenidos en 2018, año de la mejor elección en la breve historia de los 5 estrellas, y la peor de la historia del PD. Los resultados del domingo, si bien no modifican la composición en el parlamento, equilibran el peso político de los dos partidos de gobierno, dando un mayor protagonismo a la agenda del progresismo (muy) moderado del PD. Que, además, contrariamente a lo que hubiese esperado el electorado más progresista, decidió a último momento sumarse a la campaña por el SI en el referéndum constitucional, redondeando así este lunes un doble resultado positivo.

Esto se traduce en el anuncio de una revisión de la posición italiana sobre el Mecanismo Europeo De Estabilidad (MEDE), cuya discusión fue postergada y hasta hostigada por voluntad del M5E y ahora debería ya entrar en su fase de aprobación. Para la tranquilidad de Bruselas, que concedió a Italia el más importante paquete de ayudas para el post pandemia (83.000 millones de euros en subsidios directos y 127.000 en préstamos blandos). El ámbito internacional es quizás el que mayores rispideces genera entre estos dos insólitos aliados. En la agenda exterior de Italia se encuentra la difícil situación de Libia, principal punto de partida de la inmigración hacia el país y en medio de un frágil alto al fuego en la guerra civil en curso prácticamente desde 2011; la relación con Rusia, que ejerce una histórica atracción sobre los dirigentes y bases del M5E (al comienzo de su mandato Conte había inclusive anunciado su intención de generar espacios de discusión en Europa en pos de levantar las sanciones aplicadas tras la anexión de Crimea en 2014, y más recientemente protagonizó un papelón diplomático al minimizar el papel de Putin en el envenenamiento del opositor Navalny); la relación con China, con la cual el gobierno Conte, antes de la entrada del PD, firmó un memorándum de adhesión a la Belt and Road Initiative (BRI) concentrando las críticas de los demás socios de la UE y de los EEUU; además de la posición italiana en la Unión Europea, en asuntos arduos como el Brexit, las políticas migratorias y las reformas a los sistemas sociales comunitarios tras la crisis del Coronavirus. Sobre cada uno de esos temas el actual canciller del M5E, Luigi di Maio, deberá ahora conceder un mayor peso a las posiciones del Partido Democrático.

La gestión de los acuerdos entre M5E y PD a la luz de los últimos resultados asume aún mayor importancia. Las discrepancias en este tipo de coaliciones son la principal razón de la inestabilidad de los gobiernos en Italia, que en sus 72 años de historia republicana tuvo 66 gobiernos diferentes. Es decir que cada año, un mes y diez días en promedio, un gobierno italiano cae por las diferencias entre aliados. La coalición actual sabe que una disolución de la alianza en estas circunstancias llevaría necesariamente a una nueva elección general, y que los partidos de la derecha tienen todos los números para ganarlas.

Los tres partidos que conforman la coalición conservadora, La Lega de Matteo Salvini, Fratelli d'Italia (FdI) de Giorgia Meloni, y Forza Italia de Silvio Berlusconi, no han obtenido los resultados esperados en las regionales del pasado fin de semana, pero han confirmado su buena aceptación en la mayoría de los distritos. En Veneto, la región de Venecia, el candidato de La Lega, Luca Zaia, ganó con casi el 70% de los votos. Un premio a su gestión durante la pandemia, que en Veneto fue particularmente feroz, pero también una evidente señal de alarma para el liderazgo del excéntrico Matteo Salvini dentro de La Lega. Salvini, quien asumió el mando de la formación en 2013 en medio de un escándalo de corrupción que amenazaba con sepultar al principal partido xenófobo del norte de Italia, logró transformarse en los últimos años en uno de los principales dirigentes políticos nacionales. Tras las elecciones de 2018 llevó La Lega a una alianza pragmática con el M5E, con quienes compartió gobierno durante un año, para luego procurar una crisis que buscaba ir a nuevas elecciones sabiendo que se encontraba en el tope de las preferencias en todas las encuestas. La entrada del PD en la coalición de gobierno con el M5E evitó los comicios, y desde entonces Salvini fue bajando en su cotización. Su gran apuesta para este año era la de disputar la gobernación de dos regiones históricamente “rojas”, en manos de la coalición de izquierda desde hace más de 50 años: Emilia Romagna, que eligió gobernador en enero, y Toscana, que definió este lunes. En ambos casos la apuesta de Salvini no resultó, y eso pareciera haber afectado su liderazgo dentro del partido. Pero también por fuera. Porque en el tridente de la derecha italiana, si hasta ahora Salvini parecía el comandante más natural -luego de desplazar a Berlusconi en 2018-, el buen resultado de Fratelli d'Italia pone a Giorgia Meloni en condiciones de disputar ese liderazgo. El de Meloni es un partido que desciende de las tantas rupturas que vivieron los herederos del Partido Nacional Fascista en los últimos 80 años. Profundamente conservador y católico, FdI cosecha apoyos especialmente en las tradicionales familias patricias del sur, donde Salvini no logra mayores éxitos, y últimamente amplió su base electoral a sectores cada vez más jóvenes y populares. En la región Marche (otra región históricamente “roja”), el candidato de FdI, Francesco Acquaroli, estuvo en el centro de la polémica tras su participación en una celebración del aniversario de la Marcha sobre Roma que llevó al poder a Mussolini el 28 de octubre de 1922. Acquaroli ganó cómodamente el lunes.

En una posible elección nacional, según los últimos sondeos publicados en agosto, la coalición de derecha sumaría alrededor del 49% de los votos, logrando más que lo necesario para quedarse con la mayoría parlamentaria y, por ende, con el gobierno. De allí los intentos permanentes por parte de la oposición de lograr un choque entre PD y M5E que obligue a nuevas elecciones, mientras Meloni y Salvini resuelven internamente sus aspiraciones de conducir el espacio. Pero el resultado de las regionales, adonde no lograron desbancar en Toscana y Puglia como hubiesen querido, ponen un freno a su exigencia de ir a las urnas para hacer coincidir los respaldos electorales con la conducción institucional.

La próxima cita de extrema importancia para la política italiana será en enero de 2022. En esa fecha el parlamento deberá elegir el próximo presidente de la República, cargo hoy ejercido por Sergio Mattarella y que tiene una duración de 7 años. En Italia, el presidente no detiene ninguno de los tres poderes tradicionales del estado, pero se encarga de vigilarlos a todos y asegurarse que respeten la constitución. Es él que tiene la responsabilidad de llamar a nuevas elecciones si los líderes de los partidos en el parlamento no logran los acuerdos pactados o no pueden retener la mayoría. Su elección determina la dirección que tomará todo el sistema institucional, y por ende es un momento de fuerte debate político.

Mientras tanto los partidos de gobierno deberán afinar sus posiciones tanto en el ámbito internacional como doméstico. Buscarán compatibilizar agendas, pero con la presión de su electorado para obtener mayores concesiones sin romper la alianza. Algunos partidos más pequeños, penalizados por el recorte parlamentario de cara a futuras elecciones, intentarán aumentar su peso específico en las coaliciones existentes para no perder gravitación. Como es el caso de Italia Viva, del ex primer ministro Matteo Renzi, cuyo resultado electoral fue claramente decepcionante, pero que se proyecta como posible hombre clave en negociaciones de cúpulas. Y para todos vendrá pronto la adaptación al nuevo parlamento, cuyo modo de elección se vislumbra como el primer gran debate a enfrentar.


Sobre el Autor


Federico Larsen. Es periodista, miembro del Centro de Estudios Italianos en el Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata

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