Invitados a almorzar

Por: Carlos Leyba

Nadie se siente invitado si no lo es por el dueño de casa. Es él quien tiene que cursar las invitaciones.

Pensemos, las cursa y en el trayecto, desde los ventanales de la casa, se escucha “este no, aquél tampoco”. ¿Cuánta confusión surgiría? La gentileza inicial se desmorona. ¿Van o no van? ¡Qué clima!

La segunda cuestión, en materia de invitaciones formales, es que los que van llegando esperan el Menú. O si Usted prefiere ¿a qué hemos venido? Tiene, sí o sí, que haber un Menú. Y ese Menú no puede ser improvisado ni tampoco "a la Carta”. No sólo  debe ser diseñado por el anfitrión sino que debe estar preparado y podrá preguntarse por el punto o los aderezos, etc. Está fuera de toda posibilidad imaginar que, cada uno de los invitados, sentado a la mesa, pida un menú especial para él, a lo sumo algunos detalles, dejar algo en el plato. ¿Se entiende?

Estamos flojos de invitaciones y del Menú no hay noticias ¿qué almuerzo estamos preparando?.   

Las invitaciones, tras que eran pocas y claramente incompletas, tenemos problemas a partir de las quejas de Cristina que se hicieron escuchar a voz en cuello.

Del Menú no hay noticias. Antes de la pandemia, el ministro Martín Guzmán nos informó que sería presentado “por escrito”; todos suponían que la inspiración surgiría después del arreglo de la deuda y en la tensa espera cayó la pandemia. Ni deuda ni pandemia dan respiro y las promesas de almuerzo se reiteran sin llegar.

En las últimas horas y luego de varios amagues de “hablemos del Consejo Económico y Social”, aparecen trascendidos que estamos a punto de escuchar el anuncio de un Plan de Desarrollo y un conjunto de medidas que apuntan a los problemas reales de la coyuntura – que son enormes – y los que se arrastran desde principios del Siglo. Suena tremebundo y lo es.    

Pero esa Mesa, tan meneada, no arranca. Todos sabemos que sin consenso – que se forja en una mesa y con un Menú -no salimos de este drama decadente en que nos estamos despeñando.  

Las invitaciones son una necesaria afirmación presidencial.

Nadie puede arrogarse el derecho de proscribir o de incluir comensales. Si eso ocurre vamos mal.

¿Qué pasó hasta ahora? Veamos. Alberto Fernández ha realizado varias reuniones. No tomo en cuenta las referidas a la pandemia; ellas son las inevitables de la emergencia, hubiera sido suicida hacerlo solo.

Alberto convocó a la mesa del Hambre. Luego a empresarios, sindicalistas y movimientos sociales, para colectar apoyo a las gestiones de las deuda externa y la social: pura retórica.

Después una mesa de algunos de los mas importantes empresarios nacionales.

La última convocatoria fue a empresarios del llamado G6 más un dirigente sindical, para compartir el podio del mensaje presidencial del 9 de Julio.

Ninguna fue una mesa verdadera de ida y vuelta. No hubo agenda previa, ni intercambio, ni debate y obviamente ni conclusiones de acción o manifestaciones propositivas.

Todas las reuniones fueron territorio de cordialidad y consideración. Pero, atención, con muchas exclusiones.

Nada más. En síntesis, de políticas públicas ni hablar.

Sin embargo, aún con esas pocas y livianas invitaciones, Cristina las pulverizó con gas paralizante de modo que la tropa de militantes K – de todo palo – aprovechó para exponer fracturas conceptuales con los amagues de decisiones presidenciales.

“Con esos no Alberto”: ese fue el mensaje político más importante y por cierto el menos novedoso de los Kirchner en sus diversas expresiones que van de Hebe de Bonafini a Víctor Hugo Morales a las murmuraciones que erosionan por lo bajo. Ella ha expuesto su papel de “deslegitimadora”: “con esos, no”.

La última invitación, que por ausencia de materia fue sólo un tímido ensayo ceremonial, ha sido el disparador del debate del escenario político futuro: el clima “pos cuarentena” que desea forjar el kirchnerismo quien es – por ahora - la materia energética de la coalición gobernante.

La materia prima de Cristina es la “deslegitimación” del otro. Ser “otro” no requiere definirse como tal, basta con no deslegitimar al “otro”. En la cabeza de CFK  ese gaucho pasa a estar “deslegitimado”.

Un panorama complicado. Claro que del otro lado, en el macrismo, ocurre exactamente lo mismo.

Ambos “líderes” ¿son? Mauricio y Cristina necesita vivir en una escena tóxica.

Apenas aparece, en la conversación, la cuestión de la pos cuarentena, y por lo tanto del “futuro”, la llama incendiaria de la deslegitimación aparece de la mano de la Vicepresidente y se puede observar a Mauricio tirando nafta a la hoguera. Ambos nos agobian por igual.

Las invitaciones, pocas y desordenadas, de Alberto han sido incompletas. Las pequeñas y medianas empresas no están plenamente representadas por la UIA, el peso de los empresarios nacionales en la UIA esta intervenido por la presencia de muchas empresas de matriz trasnacional, las necesidades del empresariado del interior tampoco tienen plena voz en esas organizaciones. Lo mismo ocurre en el movimiento obrero.

Nuestra sociedad tiene un problema de debilidad de “representación” que  deriva del bajísimo nivel de participación en las organizaciones que asumen la representación.

Inmediatamente acude a la memoria el modo en que se han forjado las candidaturas electorales: el dedo.

El Presidente, que se ganó un lugar ex post facto, fue ungido por Cristina, que fue ungida por Néstor. Y lo mismo cabe para todos los competidores. No decimos nada nuevo.

Esto revela que listar a los invitados a la mesa presidencial es una decisión compleja y frágil.

Pero salir de esta decadencia es una tarea compleja que exige una enorme generosidad, amplitud y sensibilidad.

Esas tres condiciones no son las que caracterizan la jefatura política de Cristina y, por cierto, tampoco la de Mauricio.

Afortunadamente no son ellos los responsables de invitar y servir la Mesa.  

¿Lo será Fernández? El no puede ignorar que las inclusiones son tan definitorias como las exclusiones.

Se trata de convocar para aunar fuerzas para enfrentar el drama que vivimos. No cabe duda que deben estar presentes todos los que representen alguna capacidad para sacarnos del pantano. No hay exclusiones posibles. Son pocas las fuerzas de cada uno y sólo sumando muchas podremos inventariar capacidad de arrastre.

Nadie está en capacidad de “deslegitimar” a nadie. Primero porque la “deslegitimación del otro” está en el origen de este drama cuya raíz es la “deslegitimación” política del otro. Segundo, porque no hay ninguna posibilidad de tener “un almuerzo en paz y productivo” si no consideramos legítimos a todos los comensales.

Alberto Fernández ha ensayado, hasta ahora sin resultados, invitaciones. Lo ha hecho sin Menú y en conversaciones sin propósito programático.

La lista de invitados no es una cuestión menor y es esencial que reine un espíritu de cordialidad que, como todos sabemos es cuestión del corazón y depende del tono y de las palabras del dueño de casa.

Sin esas condiciones todo se pone más difícil.

Supongamos – en positivo - que están todos los que tienen que estar y que el clima cordial domina la escena y que está próxima la presentación del Menú. El programa.

Una nota al pie. En las últimas horas el ministro Martín Guzman ha declarado que “el programa es la administración de la crisis” y – más allá del interrogante que para todos, aquí y en el Planeta, es la pandemia – ha señalado que “ahora la pelota esta en el campo de los acreedores de la deuda externa”. Que no piensa en nuevas propuestas del gobierno. Es decir que la probabilidad de salir de “todo el default” es baja, aunque resolvamos una parte sustantiva. Eso no es un marco alentador. Cierto.

Pero tampoco podemos seguir esperando, porque todos tenemos un hambre colosal de salir y de empezar.

Necesitamos sentarnos a la mesa y ver que hay ahí para alimentar las esperanzas. Que de eso se vive. Administrar la crisis no es un programa. Seguramente Guzmán lo sabe.

Pero como todos sabemos lo que nos propongan a la mesa, depende de las disponibilidades en la despensa. Tiempos de escasez. Nada abunda.

A la mesa cordial la debe presidir espíritu de austeridad en las demandas porque será austero el Menú.

Puede ser Menú de cuatro pasos, entrada , plato ligero, en tercer lugar plato fuerte y finalmente postre: la satisfacción del futuro.

La entrada debe ser el estímulo de que vale la pena compartir la mesa. Por eso ese plato se compone de aquello que estamos dispuestos a hacer con todos y cada uno de los precios y los salarios.

En estas condiciones de economía de excepción, necesitamos un sistema de administración de modo de contener las presiones de los poderosos de ambos lados; y forjar un sistema de precios que provea la estabilidad imprescindible para que, cualquiera sea el elemento reactivador, no se lo devore la carrera de precios, salarios, los riesgos de escasez y la temperatura de conflictos. El clima que provoca el sindicato de camioneros, el clima Moyano, no es el mejor para atacar ese problema. Con esos amigos Alberto …

Hay que consolidar un clima de aguante social comprometido por dos años, de modo que sólo se privilegie el cuidado de los más vulnerables.Para el resto, rigor y espera. Pensar lo contrario es una quimera.

Pero en el plato de entrada también debe estar el sector público, la administración del Estado en todos las jurisdicciones. Ese es un hueso duro de roer. Pero es clave en cualquier esquema de confianza. El “más grande” da el ejemplo.

Un ítem: comprometer, del municipio para arriba, la congelación los cargos públicos por diez años: vacante que se produce no se reemplaza. Y también comprometer la congelación de la parte de los salarios públicos superiores al sueldo del Presidente. En esa lista están, por ejemplo, los jueces, funcionarios de la AFIP y de otros organismos cuyos salarios están asociados a la recaudación. Tal vez sean números proporcionalmente menores, pero son ejemplares. Y los compromisos siempre se tejen sobre conductas ejemplares, por lo menos, de aquí para adelante.

Si pasamos por el primer plato (el de la estabilidad), podemos avanzar al segundo porque estamos contribuyendo no sólo la calma de corto plazo, precios y salarios, sino porque estamos procurando frenar al menos parte de las causas de la expansión del gasto público: el subsidio de empleo público al desempleo encubierto.

El segundo plato, es la necesidad de recrear la moneda y el crédito. Sin moneda no hay Estado y sin crédito no hay economía capitalista, porque no se puede financiar la innovación.

Que experiencias previas no hayan sido exitosas no inhabilita la necesidad de volver a explorarlas toda vez que ambas cosas, moneda y crédito, son imprescindibles.

Las formas indexatorias (atadas a los precios generales, sectoriales, o a la cotización del tipo de cambio) han dado resultados positivos en la lucha contra la inflación y a favor del desarrollo del crédito, en otros países. Este plato no se puede eludir.

Verá el lector que en estos platos – como todo lo anterior – es la responsabilidad del Presidente la de proponer una definición para el debate. Son los organismos técnicos del Estado los que deben desgranar estos problemas.

Pero aquí también el consenso es condición sin la cual toda decisión carece de sentido. Nos queremos embarcar para navegar más allá de “la crisis”.

El plato fuerte, el de consistencia, es –  una vez conformado el programa de estabilización, austeridad pública, reconstrucción de la moneda y el crédito – lanzar la transformación productiva y territorial. Todos los programas a la vez. Tiene que ser un Menú sistémico.

Leyes que ofrezcan incentivos a largo plazo (por ejemplo, plena exención tributaria) a las inversiones en industrias productoras de bienes o servicios que sustituyan importaciones y/o generen nuevas exportaciones y que se radiquen en el interior, en regiones poco pobladas. Regionalizar, con capacidad de decisión, todos los bancos, oficinas federales (impuestos, seguridad social), etc.

Desarrollar – con la asociación con empresas líderes del mundo – programas de instalación y transferencia tecnológica para el sistema y la industria ferroviaria, naval, de la industria de la energía eólica y solar. Para esto es clave salir del default. Necesitamos tecnología de punta y financiamiento para revertir un estancamiento de medio siglo.

Potenciar “el segundo y tercer piso” de la producción agropecuaria, forestal y minera. Aprovechar la naturaleza, los proyectos de riego, apoyar la marcha al interior: reconquistar el territorio que nos legaron los mayores.  

En ese plato se incentiva la inversión, la productividad y la posibilidad exportadora. Y ayuda a generar los mecanismos de atracción para el rebalanceo demográfico.

Todo las materias del plato fuerte son una marcha hacia el interior: federalismo material.

El postre, lo que mirá al futuro,  es la estrategia para terminar de manera inmediata y definitiva con la pobreza de los niños. Es obviamente posible y tal vez sea la gran epopeya de esta generación.

Antes que termine este mandato presidencial el compromiso argentino debería ser que todos los niños, a partir de los 5 años y hasta los 14, deberían tener una cama, un baño y su desayuno antes del colegio de doble turno; y una tarde de estudio y recreación, protegidos con la seguridad de su comida y la protección que todos necesitan: en esas condiciones habrán dejado de vivir como pobres. Tan simple como eso.

Si están todos los que tienen que estar (y por cierto tiene que estar la política) esa sería una buena mesa con un Menú desplegado.

No hay manera de construir el consenso que no sea pensando el futuro. El presente es bastante tóxico para eso y el pasado no ha envenenado de decadencia.

Sólo crecer nos puede hacer mejores. ¿Fernández invitará?


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