Informalidad y precarización laboral en el sector de la industria textil

OPINIÓN. El trabajo a domicilio en la industria del vestido local existe desde fines del siglo XIX y continúa siendo fuerte en la actualidad. En base a información obtenida del Ministerio de Trabajo, entre 1986 y 1988 el 85% de los trabajadores domiciliarios de la Argentina habrían pertenecido a la industria de la confección de ropa.

Este es un mensaje para vos, para vos que fabricás o que vas a empezar a fabricar: no jugués con el hambre de los costureros, no jugués. Estamos en crisis y todos necesitamos de todos, pero pagar $30.- para que te confeccionen un pantalón de bebé es una vergüenza. Porque además tu marca no vale eso, con $30.- no se confecciona ni un trapo de piso, y tampoco vale el esfuerzo de un costurero en coser ese pantalón.

Estoy indignada porque cada día me entero que hay más gente precarizada. 

(…) Todos necesitamos comer, yo no te digo que no le pongas tu ganancia a tus prendas, no te condiciono el precio de tu venta, pero sí te pido por favor que no condiciones el precio de la costura. 

Al hambre de los costureros, NO.[1]


Este mensaje es parte de un video que Mónica Basterrechea -costurera con más de 20 años de experiencia, impulsora y referenta del Sindicato Argentino de Trabajo a Domicilio Textil y Afines[2], fundado a fines de 2015- titula “Fabricar a costa de los costureros y de su necesidad NUNCA MÁS”, y comparte en sus redes dirigiéndose a los/las fabricantes y emprendedores de la industria textil.

Entre los datos y las palabras contundentes de Mónica, se inscribe una historia de lucha contra la precarización e invisibilización del trabajo de los/las costureros/as, que se encuentra agravada por la crisis económica y sanitaria provocada por el COVID-19, y que en este escrito intentaremos deshilar con el fin de llegar a las fibras de un tejido sistémico que debe ser reparado.

El trabajo a domicilio en la industria del vestido local existe desde fines del siglo XIX y continúa siendo fuerte en la actualidad. En base a información obtenida del Ministerio de Trabajo, entre 1986 y 1988 el 85% de los trabajadores domiciliarios de la Argentina habrían pertenecido a la industria de la confección de ropa. Actualmente son casi inexistentes los estudios que cuantifican el trabajo a domicilio, tanto por la ausencia de estadísticas oficiales como por las dificultades de una medición privada por cuenta de los propios investigadores.[3]

Las/los costureras/os de nuestro país son los responsables de una variedad de tareas que refieren a la confección de prendas y calzado: abarcan desde costura, corte, moldería y diseño hasta terminaciones y control de calidad.

Según la Cámara de la Industria Argentina de la Indumentaria (CIAI), en mayo la producción de ropa cayó 68,6% interanual debido al cierre de las fábricas por la cuarentena y a la cancelación de pedidos. Esta última, asociada a la caída de la demanda de ropa, que en abril bajó 99% en shoppings (por el cierre físico) y 40% en supermercados. En GBA, la concentración del virus y la extensión de la cuarentena causaron una reducción del 72% interanual de la venta en comercios minoristas, mientras que en el resto del país (donde se aplicaron flexibilizaciones más tempranas) la caída fue del 23%, según la Confederación de la Mediana Empresa (CAME).[4]

En este contexto, coexisten dos realidades dentro de la industria: por un lado, los ingresos se concentran mayoritariamente en una pequeña porción de la cadena productiva -situación agudizada como consecuencia del desplome progresivo del sector en los últimos años, con números “en rojo”[5]; por otro, en el resto de los eslabones que componen la cadena de valor de la indumentaria argentina, se debate el acceso a derechos básicos como salario y condiciones de trabajo dignas.

Nosotras somos mujeres de 30, 40 años, que hace mucho que cosemos y nos ha desgastado el hecho de no tener beneficio alguno. Ponés todo tu conocimiento y tu rapidez, que ganas con el tiempo y el aprendizaje. Muchas de nosotras no hemos ido a escuelas, a lo sumo hecho algún curso. Pero ante la necesidad vos tratas de aprender un oficio. Yo a los 18 años tenía mi primer hijo terminando la secundaria, y todo el mundo en el diario pedía “overlockista”. Así terminé de aprendiz en un taller, que ya en ese momento funcionaba en negro para marcas de Mar del Plata,[6] sentencia Mónica Basterrechea, entrevistada para una investigación que respalda una tesis de doctorado acerca de la evolución del proceso de trabajo y las condiciones laborales en la industria del vestido del Gran Buenos Aires.

Desde el punto de vista económico, la industria textil argentina es compleja, ya que somos un país orientado al mercado interno y tener mayor o menor producción depende del consumo. Nuestra capacidad de crecimiento está limitada, y un menor volumen de producción genera costos más altos. Esto se extiende desde la producción hasta la confección. Producir en Argentina es estructuralmente caro, sumado a las cargas impositivas y a los costos de alquiler, marketing y campañas, entre otros. Con un mercado interno en crisis que ha perdido poder adquisitivo, y ante la falta de políticas de estado que regulen la informalidad y beneficien a los/las emprendedores/as, se torna cada vez más difícil llegar al equilibrio deseado. [7]

Retratar el contexto local desde lo económico nos parece fundamental para comenzar a hablar concretamente de la precarización en la industria textil, flagelo ignorado por una cultura que no observó la equidad en el intercambio entre diseñadores y confeccionistas.

Además -y casi por encima- del análisis económico, es insoslayable contemplar la parte ambiental y social de la industria textil, pues se trata de un sector atravesado transversalmente por estos ejes, que han estado desconectados ante la mirada más capitalista de la moda. Como actores de esta cadena y defensores de su reforma, es aquí donde sentamos las bases para afirmar que el camino pasa por integrar y reconectar los eslabones. Lejos de asociarse a un símbolo de esclavitud, esta industria debe operar en función de las personas y del planeta que cohabitamos.


Sobre la autora: Paula Aguirre es cordobesa. Diseñadora, cocreadora de Therapy Recycle and Exorcise y coordinadora de Fashion Revolution Argentina.


[1] Declaraciones de Monica Basterrechea a través de un video publicado en sus redes sociales el día 30 de julio de 2020 https://www.facebook.com/monica.basterrechea.9/posts/10224317175265667

[2] sindicatoargentinodetrabajoadomiciliotextilyafines.com

[3] 6 Trabajo a domicilio y organización sindical. Antecedentes y actualidad en torno al caso de las costureras argentinas, Julia Egan. Argentina, licenciada en Sociología y doctoranda en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) e investigadora del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (CEICS). Realiza su tesis de doctorado acerca de la evolución del proceso de trabajo y las condiciones laborales en la industria del vestido del Gran Buenos Aires, Argentina. https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?pid=S0718-50492019000100001&script=sci_arttext

[4] SEMÁFORO DE LA INDUMENTARIA ARGENTINA: JULIO 2020 http://www.ciaindumentaria.com.ar/camara/category/informes-sectoriales

[5] https://www.iprofesional.com/economia/291532-camara-industrial-argentina-indumentaria-indumentaria-argentina-otros-Se-desploma-la-industria-textil-argentina

[7] https://www.cronista.com/columnistas/Industria-textil-Por-que-es-cara-la-ropa-en-Argentina-20180323-0098.html Copyright © www.cronista.com



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