Inconsciente colectivo

Por: Juan Francisco Gentile


"Ayer soñé con los hambrientos, los locos, los que se fueron, los que están en prisión", escribió Charly García en 1982, en la canción que cerraba ese álbum radicalizado y hermoso llamado Yendo de la cama al living, el primero de su etapa solista, y que en trilogía con los sucesivos Clics modernos y Piano bar conforman tal vez su clímax creativo. Si se escucha aquel disco en este contexto de pandemia casi surrealista, está pleno de resonancias: encierro, soledad, tedio, temor e incertidumbre por lo que vendrá; la línea imaginaria pero infranqueable y divisoria entre un lado "luminoso" y otro "oscuro" de la sociedad. En las últimas semanas se hizo visible en la Argentina aquello que habitualmente está sumergido, fuera del campo visual. Los feos, sucios y malos. El debate en torno a las salidas de los presos y las inhumanas condiciones carcelarias, las evacuaciones de geriátricos -en uno del barrio de Recoleta estaba alojada Carmen Moreno, la madre de García-, los reclamos por la situación en los hospitales psiquiátricos, los contagios por hacinamiento y falta de agua potable en las villas urbanas. El iceberg en habitualidad muestra sólo el vértice, pero esconde la mayor parte del duro hielo bajo el nivel del agua. Esta metáfora, que fue explotada al mango como procedimiento literario en la narrativa de autores estadounidenses, con Ernest Hemingway como máximo referente del relato a través de "lo no dicho", está conectada con la idea del "inconsciente colectivo" de García: por más silenciador, aquello se filtra en sueños, pensamientos y finalmente se hace visible.

Desde que en nuestro país se afianzó el aplanamiento de la curva de contagios hay presiones por parte del establishment económico, financiero y cultural o mediático, para levantar o ablandar las restricciones de la cuarentena. En el plano político, la mira de los tiradores está puesta en el vínculo entre Alberto y Cristina, bisagra principal por la que fluye el ejercicio del poder político en el Frente de Todos. Ambas situaciones ponen en crisis hegemonía y ganancias de los sectores concentrados. Como señala el sociólogo Ignacio Ramírez en un muy interesante artículo, la "nueva normalidad", como llamó el gobierno nacional a la meta que está al final de este camino, es un terreno en disputa. El gobierno tuvo éxito en su estrategia de cuarentena temprana y logró evitar un crecimiento exponencial de los contagios. Hay divergencias respecto de cómo salir. La diatriba asoma y tomará más fuerza cada día en la medida en que la curva se mantenga controlada. Los actores del poder económico ven como una avanzada estatista el nuevo lugar que asume la política.

La caída de la economía en términos generales es un hecho y alguien va a tener que pagar los platos rotos. La puja está, y por ahora está controlada en un tira y afloje. Existen necesidades más que razonables de una vuelta a la producción por parte del sector pyme y del entramado productivo, actores que no participan de la disputa de poder directamente sino que buscan ponerse en marcha para subsistir, porque sus espaldas no bancan mucho más parate. Son sangrías que brotan incontenibles, de un modo u otro serán suturadas, drenadas u olvidadas. La clave es quién y cómo. Luego de la trágica experiencia de Cambiemos, la billetera del Estado está habitada por algo más que moscas mareadas: no tiene ahorros ni capacidad de crédito. Sólo puede emitir o ponerse creativo y buscar recursos en otros horizontes. Acá aparecen otros dos temas que alteran los nervios de no muchos, en términos cuantitativos, pero que son muñecos de bacalao cortar, y donde encuentran expresión la disputa que se viene: la renegociación de la deuda externa, acrecentada irresponsablemente por el gobierno de Macri; y el proyecto de ley de impuesto a las grandes fortunas. En el primer punto, el gobierno cuenta con un importante apoyo político interno, de la titular del FMI y de 160 economistas de renombre internacional. Tiene certeras chances de reestructurar un porcentaje importante del total de bonos a canjear o reestructurar. Al respecto, es interesante darle una mirada atenta a este informe del Centro de Economía Política Argentina, que explica por qué la oferta argentina se guarda “un as bajo la manga”. Esto, sumado a que cada vez queda más claro que el gobierno no le tiene miedo al default (en una reciente entrevista con Alfredo Zaiat en la radio Futurock el presidente lo dijo explícitamente), coloca a la Argentina en una posición de fortaleza. Es sabido: negocia mejor quien no tiene pavor al peor escenario. En cuanto al impuesto a las grandes fortunas, parece encontrar resistencias variadas, principalmente en el establishment económico y en los medios de comunicación de mayor alcance, comprometidos en más de un aspecto con esos intereses (pauta, por nombrar alguno). A su vez, dentro de alianza de gobierno parecen coexistir niveles variados de entusiasmo al respecto.

La pandemia nos enfrenta con nosotres mismes, nuestas miserias y alegrías, lo que no queremos ver. Esa lucha privada e individual se replica a nivel social y político. Aunque es lo central, no se trata sólo de salvar vidas. Administrar las tensiones crecientes en varios planos, superpuestos o relacionados entre sí, es quizás un partido tan chivo como el que se juega en terreno sanitario. En una interesante entrevista que el legislador Juan Manuel Valdés le realizó al pensador Jorge Alemán, el filósofo plantea que el capitalismo no es tanto una forma de organizar la economía como sí una máquina que se reproduce a si misma, y que en ese afán de autoreproducción, la salud, la educación, el medioambiente, quedan relegados a un lugar secundario. Si hoy ese capitalismo entra en crisis porque el mercado no puede garantizar la subsistencia frente a un virus desconocido, toma mayor protagonismo la pregunta por valores primarios y universales (la solidaridad, lo comunitario, lo colectivo como ente superior al individuo). En simultáneo emerge el rol del Estado como garante de la vida, junto a la centralidad de trabajo, dado que sin trabajadores las empresas valen cero. Lo personal se vuelve, más aún, político.

En la medida en que no se torne crítica la situación sanitaria, se va a adelantar la disputa de interpretaciones respecto de qué tipo de sociedad es la que debe venir. Esa discusión no será cordial y atravesará toda la vida, privada y colectiva, de les argentines. Los paradigmas dominantes hasta la pandemia están en crisis. Todos los días salía el sol, sí. Pero a la vez existía un transformador que te consumía lo mejor que tenés, pidiendo siempre más y más. Una máquina de reproducirse a sí misma. ¿Será el tiempo de imaginar y acaso poner en práctica otros lazos y valores, donde la vida valga más que los billetes y la solidaridad “garpe” más que el status, y la política asuma el rol organizador central al que parece estar destinada?

El lápiz verde