Hay que alejar

Por: Carlos Leyba

El mes de noviembre venía en derrape completo para el gobierno de Mauricio Macri.

El Barómetro de la Opinión Pública, que prepara la consultora Poliarquía, estaba en niveles mínimos que detectan mal humor social y escepticismo. La medición que combina 15 indicadores de áreas de gobierno, de la economía y la sociedad, se encuentra a unas décimas de la zona que la Consultora llama de “crisis”.

La Confianza de los Consumidores, que mide Poliarquía, está en los niveles más bajos del gobierno Macri; y está por debajo de todas las mediciones posteriores a la gran crisis 2001/2002.

Si bien la evaluación general del gobierno, que mide la misma empresa, tiene signos de mejora, la medición de la “capacidad del gobierno para mejorar la situación” muestra un declive importante.

Como es obvio, entonces, la estimación del Índice de Optimismo Ciudadano se encuentra en mínimos históricos.

No se trata sólo de sensaciones. La realidad material es de un peso enorme y aplica la ley de gravedad sobre las espaldas de la sociedad; y, lo que es peor, no hay nada a la vista que sugiera una fuerza que pueda levantar ese peso, aligerarlo y transformarlo en potencia de un motor de arranque.

Un pasado grave. El gobierno Macri heredó a CFK con la evidencia que, como economía, no éramos merecedores de crédito ni inversiones procedentes del exterior y habíamos sido un largo período de fuga de capitales, enorme, y una bajísima tasa de inversión que hizo de la economía heredada una economía anémica.

Un presente grave. El gobierno de Macri no logró que la simpatía ideológica o de relaciones públicas haya cambiado la lógica del capital. El criollo sigue la fuga y se ausenta esa inversión. El foráneo “toca y se va”. Pedal, bicicleta, finanzas predatorias.

La suma del pasado y el presente, hacen un futuro complicado. Y eso dicen las encuestas que miden ánimos y los números de desempleo que aumenta, de producción que cae, de inflación que baja para seguir en un nivel lejano de toda idea de estabilidad.

La Argentina sin programa es caminar al borde de un precipicio. ¿Cómo se llama? El riesgo de verse empujado al default por el miedo al default.

Ese miedo, la sola presencia electoral de Cristina, lo agiganta y la osada continuidad de Macri sólo informa que tratará que no llegue.

Pero ese tratar, lamentablemente, con demasiada ideología y poco programa, implica seguir la monserga de “energía, minería, turismo y agro” que viene a ser la traducción empresaria del lenguaje de Daniel Scioli, ¡con fe, con sol, con aire”.

Palabras escasas y propias de quienes difícilmente puedan ganar un scrabble. Nada.

Lo que necesitamos es un diagnostico serio de nuestros males y una propuesta articulada de soluciones y un compromiso de largo plazo y amplitud para llevarla a cabo: un consenso mayúsculo.

La realidad tan preocupante lo exige y el pesimismo que revelan las encuestas de Poliarquía indica que esa es la primera demanda de la sociedad. El primer bien público es un programa consensuado. Su ausencia es una carencia interior y un síntoma de debilidad social y política.

En este estado recibió la Argentina a los líderes mundiales convocados por el G20.

Los números de la economía real que conocían estos personajes y los que fueron provistos por el FMI, dan el soporte material de esta mala onda del territorio donde iban a aterrizar.

El FMI señala que 2018 tendrá una caída de 2,6 por ciento y 2019 una de 1,6. Pesos más pesos menos en estos dos años y habida cuenta del crecimiento de la población, cuando termine el periodo MM el producto por habitante será mas o menos 6 por ciento menor al de 2017; y así habrá coronado una larga decadencia de los bienes y servicios disponibles medidos por habitante.

Con el agregado, no menor, que en este período habrá aumentado dramáticamente la deuda pública por habitante y lo que es peor, la deuda externa por habitante.

Los argentinos, más bien los gobiernos argentinos, cuando están contra la pared siempre imaginan que la salvación llegará de fronteras afuera. Nunca desde adentro.

A veces una cosecha nos salva, pero porque la vendemos en el exterior y siempre y cuando el precio no nos castigue. El exterior es clave.

Y a veces nos dicen, en subsidio, “un crédito del exterior” nos salva.

La mirada hacia afuera ahora se llamó G20. Y felizmente, por lo que valga, el G20 disparó buena onda y en el oficialismo, nuevos entusiasmos de campaña.

La buena onda, más allá de los auténticos méritos gubernamentales en la administración del evento, ha sido en parte una construcción mediática, seguramente efímera, que transformó, a esa programada reunión internacional, en un cortejo de homenaje a la personalidad de Mauricio Macri.

Los medios oficialistas han tratado de proyectar a Mauricio – sólo con modestas y breves consecuencias internas –como un líder mundial por “su capacidad de convocatoria” (dicen) de tantos líderes mundiales; y por haber contribuido (dicen) a la tregua comercial de 90 días entre Estados Unidos y China. Lo más importante que ocurrió en Buenos Aires.

Dejemos la guarangada, así lo llamaría José Ortega y Gasset, a los enfervorizados editoriales y notas del periodismo oficialista. Vamos a la realidad. No fue ningún cortejo de homenaje, ni nada tuvo que ver Mauricio con la tregua.Es obvio.

Pero el mérito de repetir es que al menos confunde.

Las cosas que fueron bien generaron un entusiasmo electoral que abrevó en otras fuentes distintas que las habitualesque son las encuestas y los pronósticos de los analistas.

Encuestas y pronósticos venían con un creciente desaliento por el derrape de la imagen y de la realidad de la economía. Lo señalamos en los primeros párrafos de esta nota.

El G20 generó el entusiasmo que produce que los demás digan, sin críticas relevantes, “salió bien”.

“Salió bien” describe que algo pasó y está terminado. Sin secuelas.

Eso fue el G20: un evento que salió bien y un conjunto de cartas de intención factibles de realizarse. Cada una de ellas amerita ponderarlas en el marco de un programa, como programa no hay son un conjunto de factibles a juzgar en profundidad.

Es decir, y sin opinar acerca de ellos, para la Argentina el resultado es un listado de proyectos de factibilidad a los que les falta la decisión; y esa llevará su tiempo.

El problema PRO es que no tiene demasiado tiempo por delante y sí muchopor detrás.

Macri tiene mas historia que futuro y eso define aquello que está envejeciendo.

Rejuvenecer a Macri requiere inventarle una razón de ser para el futuro que, naturalmente, no puede ser repetir los fracasos del pasado.

El reconocimiento de esta realidad se materializó en la frase del Presidente “no haremos más pronósticos”.

Es que todo lo que pronosticaron no ocurrió. También debería decir “no haremos más promesas”. Porque ninguna se cumplió. Hacer el inventario sería una crueldad.

Sin pronósticos ni promesas, lo único que queda es presente y hechos, decisiones. Por ahí vamos.

A partir de esa buena nuevadel G20, que los llevó hasta las lagrimas, la ingeniería de Marcos Peña y J. Durand Barba avanza en usar esa plataforma para lanzar una nueva versión del PRO pero, como siempre, apelando a la que ellos llaman la filosofía “del metro cuadrado”.

En esa perspectiva, que descree de lo colectivo, no haya nada estructural ni sistémico, y se basa exclusivamente en las suertes individuales, la filosofía electoral (y de gobierno) del PRO, diseña estrategias destinadas a dar a cada uno de esos electorados discriminados, que quedan identificados por los trabajos de big data, una cuota inmediata de sus aspiraciones.

Es la explotación de la cantera de lo no colectivo, del metro cuadrado individual, en el que sobre la base de la violación del derecho a la intimidad, diseñan la estrategia electoral del PRO; y como consecuencia de ella también su política de gobierno. El carro delante de los caballos, así les va.

Por más que lo niegue (para eso hizo la nota que le dedicó Luis Majul en La Nación) el inspirador del combo electoral y de gobierno es Duran Barba.

Una cosa estructura la otra: lo electoral conduce lo gubernamental.

Por eso el PRO rechaza toda idea de consenso. Lo gobierna la idea futbolera de ganar que coincide con el comercio del consultor, y no la magna política de construir.

La apelación electoral es a los individuos ya que, en la doctrina PRO,no hay tal cosa como “la sociedad” talcomo lo pontificó, en el inicio del neoliberalismo, que habría de acabar con el Estado de Bienestar y la procura del desarrollo, Margaret Thatcher.

La ausencia de la sociedad como materia de la política, consecuentemente, deroga toda idea de programa y de largo plazo y toda preocupación por las cuestiones estructurales.

Lo electoral, que determina todo, trata de los fenómenos que descubren los big data.

En esa concepción el gobernante no tiene un rumbo, una idea de la política entendida como “tener claras las ideas para desde el Estado construir una Nación”.

No hay Nación en este marco y – en rigor – el Estado es un problema, a la manera de Ronald Regan.

Esa es la visión dominante en el PRO.

Convengamos que es difícil encontrar la visión alternativa en lo que resta de la clase política. Ahí estamos.

A los tumbos y así nos ven como una sociedad de “alto riesgo” los mismos predicadores de la doctrina que lo genera. Volvamos.

Metidos en la big data es claro que la seguridad es, ante el recrudecimiento de los delitos, la violencia y esta explosión de femicidios, sin duda un dato que está presente en la preocupación de una gran parte de la sociedad y que barre todas las clases y condiciones sociales.

Los problemas de seguridad afectan al patrón, al empleado y al desocupado. Golpean en la proximidad de la Quinta de Olivos y en la Villa: es un hilo conductor de las preocupaciones de las personas de carne y hueso que en la totalidad de su vida tienen intereses diferentes y contrarios.

Al macrismo lo gobierna una vocación adolescente por lo inmediato. Pases cortos. Resultados. Filosofía de helado, comerlo rápido antes que se derrita.

En la jerarquía de ocupaciones del PRO la cuestión estructural, que está detrás de la inseguridad creciente, no es un tema porque no figura en los big data.

Las personas tomadas de a una no piensan en esos términos, analizarlo requiere investigación, reflexión, profundizar. Eso, en la visión macrista, es para después. Ahora no.

Veamos la vinculación de la campaña electoral y las respuestas inmediatas, concretas, para alimentar el metro cuadrado. La mesa está servida para poner platos fuertes porque venimos de la buena onda del G20, algo de escucha nos merecemos. Vamos todavía.

El escenario de frágil seguridad, por cierto no elegido, se presentó en toda su crudeza en el ataque salvaje, por parte de los hinchas de alguno de los clubes en disputa, al ómnibus que transportaba a los jugadores de futbol.

La impotencia estructural de la autoridad fue consagrada por el hecho que el partido se jugará este fin de semana en la Madre Patria. Los liberados no podemos garantizar la seguridad necesaria para jugar un partido de futbol. Volver al útero materno nos da seguridad.

El G20 – con una exhibición extraordinaria de fuerzas poderosas que estaban en la retaguardia – demostró que cuando hay disposición y medios, más allá de la razón, la seguridad se puede administrar. Hubo protestas ejemplares. Y ejemplar fue también la disposición a mantener la seguridad. Quedó demostrado.

Un contraste, inseguridad futbolera con consecuencias espantosas, humillantes, denigratorias ante el mundo, por un ladoy por el otro, horas después, la demostración profesional de dominio de la escena: dispositivos aplacan inseguridad.

Con ese paradigma en la retina, el PRO lanzó una resolución que habilita, o que parece habilitar, a las fuerzas federales a disparar en determinadas circunstancias.

Lo que políticamente importa, más allá de la razonabilidad, legitimidad, sensatez que pueda o no tener la norma en cuestión, es que después de los episodios cotidianos y de los ejemplos contrastantes del futbol y el G20, el gobierno satisface a una significativa demanda transversal de la sociedad que, en una primera lectura, aprecia la voluntad de actuar. No abro juicio sobre la norma.

Simplemente digo que, otra vez, lo estructural, que está detrás de una sociedad en la que la violencia crece sin freno, no está en la agenda de la seguridad del gobierno. Lo que está es el “aquí estamos”. Nos ocupamos del metro cuadrado.

Aclaro, tampoco lo estructural está en la agenda de los críticos.

Hay otros metros cuadrados que el mismo gobierno atiende y no importan las consecuencias, sino que apunta a sumar voluntades respondiendo a la big data que les permite ubicar unos porcentajes electorales que, contrarios en algunas cosas, pueden volcarse a favor a causa de conceder en esas.

Un caso de atención del metro cuadradoelectoral lo refiere el Dr. Julio Bello, médico sanitarista de enorme prestigio académico. Nos informa que la Gobernadora María Eugenia Vidal ha proyectado y sancionado la “Ley de identidad de género en el deporte” que establece que en toda competencia deportiva cualquiera podrá participar con el “género” en el que se autoperciba, sin necesidad de documentación alguna que lo acredite.

Bastará la “autopercepción” y se prevén sanciones para quien obstaculice el cumplimiento. La “autopercepción” no puede ser discutida ni requiere complemento probatorio.

Sin embargo, por ejemplo, el Comité Olímpico Internacional estableció sanciones para las competidoras que presenten niveles masculinos de testoterona, fraude equiparables al doping.¿?

En enero pasado en Malasia en 24 segundos, en una competencia de artes marciales, una mujer transmandó al cementerio a su adversaria una mujerno trans que se había negado a competir y debió hacerlo para evitar una sanción por actitud discriminatoria.¿?

Esta es una típica norma que, más allá de su razonabilidad o no, satisface algún metro cuadrado y la captura de votos.

Otro metro cuadrado que ha promovido la Vidal: el juego on line. Poco tiene que ver con el big data de opinión. Una norma que habrá de contribuir al empobrecimiento de los mas vulnerables y cuyo fundamento es imposible de sostener con una visión de mejora de la sociedad.

Esa es la cuestión, cuando la política se construye con una visión electoral o, si se quiere, recaudatoria, se reduce a su mínima expresión y se convierte en inútil. Puede ser la seguridad, cuestiones de género, exaltación de la timba. Cada una de ellas tiene sus apasionados de metro cuadrado y satisfacerlos de a uno son votos. Vamos tras ellos. No se trata de gobernar, porque no se tiene ni rumbo ni programa, se trata de ganar elecciones. Un ciclo infernal elección, gobierno, elección y sin pensar como resolver los problemas que nos empujan hace 40 años barranca abajo.

La buena onda post G20 era un buen escenario para construir consensos sobre los temas que nos amenazan. Dale a la grieta.

Pero mis queridos muchachos PRO los mercados “admirados mercados” con la tasa de riesgo país con la que nos piensan y califican nos están avisando que el miedo tan temido no está tan lejos. Para evitarlo hay que pensar, consensuar y actuar en consecuencia. Y no repetir los mismos errores. Esa es la única manera de alejar el escenario tan temido.




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