¿Hacia una “nueva normalidad” global?

OPINIÓN. La primera reacción de la comunidad internacional frente a un virus globalizado fue caótica y descoordinada. Pero lentamente las cosas comenzaron a “ordenarse” dentro y fuera de los Estados. Mucho se ha escrito ya sobre esas primeras reacciones: soberanía clásica, repliegue del multilateralismo, ineficacia de los organismos internacionales, cierre de fronteras, piratería de insumos sanitarios…, pánico y confusión.

El 2020 será recordado por las generaciones futuras como “el año de la PANDEMIA”; el año en que el mundo casi se detuvo y comenzamos a vivir en un paréntesis entre cuarentenas más o menos administradas, aislamiento social y desborde sanitario.

La primera reacción de la comunidad internacional frente a un virus globalizado fue caótica y descoordinada. Pero lentamente las cosas comenzaron a “ordenarse” dentro y fuera de los Estados. Mucho se ha escrito ya sobre esas primeras reacciones: soberanía clásica, repliegue del multilateralismo, ineficacia de los organismos internacionales, cierre de fronteras, piratería de insumos sanitarios…, pánico y confusión.

Pasadas las primeras impresiones comenzó a asentarse cierto consenso acerca de que el coronavirus ha reforzado y acelerado tendencias que ya venían establecidas: el ascenso de China frente a la incapacidad de Estados Unidos para actuar como garante global, la dicotomía entre cooperación y competencia en el sistema internacional, un relativo incremento del rol de los Estados (o la vuelta a la soberanía en sentido estricto) mientras que aumenta su interdependencia y la necesidad acuciante de medidas globales aumentando de forma inversamente proporcional al interés de los Estados de promocionarlas. La pandemia, entonces, no es tanto un punto de inflexión, sino más bien un catalizador de procesos previos que no hizo más que acelerar las crisis y desnudar las falencias de un sistema que ya estaba herido de muerte… y ahora espera por un respirador en terapia intensiva. 

Haciéndonos eco de estas reflexiones y avizorando que llegara el 2021 sin que salgamos del todo el paréntesis impuesto a la normalidad, es necesario que empecemos a pensar en el mismo como una nueva normalidad global.

Si consideramos que la conflictividad y la competencia de poder suele ser la norma y no la excepción en la historia de la humanidad, en lugar de asombranos frente a la debacle del multilateralismo deberíamos preguntarnos que lo sostuvo de forma tan eficiente y duradera. Lo que caracterizó al mundo desde la segunda mitad del siglo XX en adelante, y especialmente después de la caída de muro de Berlín, fue un orden mundial que generaba incentivos a la coordinación de políticas, interdependencia compleja mediante,  mayormente vinculados al crecimiento económico y la expansión de los mercados. Se diseñó un sistema apalancado por normas e instituciones que lo legitimaban y generaban ámbitos de resolución pacífica de controversias. 


No era un mundo sin conflictividad pero se hizo todo lo necesario para que esa conflictividad estuviera gestionada institucionalmente.


Sin embargo, no podemos darnos el lujo de olvidar que las instituciones internacionales funcionan en tanto y en cuanto los Estados que las componen mantengan su confianza en ellas y sus intereses converjan. El SXXI se inició con una lenta pero constante decadencia de los incentivos a la coordinación de políticas y la pandemia global no hace más que ponerlo al descubierto. La cadena de causalidades es infinita y excede por mucho los parámetros de este artículo, pero pueden resumirse bajo la siguiente premisa: no existe un sistema de gobernanza global que no sea interestatal, al menos, no todavía.  La debacle del multilateralismo se explica básicamente por los bajos incentivos a mantener esquemas de cooperación, y especialmente la inutilidad de los foros de coordinación de políticas a nivel global en los últimos años, así lo demuestran las cumbres del G20, G 7/8 y los múltiples foros de las Naciones Unidas cuyas metas y propósitos dejaron de contar con el compromiso de los Estado miembros y acaso solo lograron acordar algún que otro paliativo para los urgentes problemas globales a los que nos enfrentamos.

Al inicio de la pandemia, Henry Kissinger, advertía que el abordaje estrictamente estatal que se estaba llevando acabo, no solo elevaba las tensiones poniendo en jaque al multilateralismo, sino que dejaba fuera de la ecuación la necesaria previsión del mundo post coronavirus:  no se está accionado de forma de prever la re organización mundial del mañana. Sorprendentemente, aunque no tanto, el ex secretario de estado estadounidense que supo configurar el inicio de la unipolaridad, llama hoy a sostener el Orden Liberal Internacional: “El desafío histórico para los líderes es gestionar la crisis mientras construyen el futuro. El fracaso podría prender fuego el mundo”. Su preocupación nos interesa como exponente de la deriva de la política exterior estadounidense en los últimos años. Mientras que China ha salido a construir softpower sanitario presentándose como la fuente de la solución del problema del que fue origen, Estados Unidos no hizo más que impugnar el propio sistema que hasta ayer sostenía su liderazgo.

No queremos que estas líneas suenen desalentadoras, pero si realistas, Argentina, como la mayoría de los países latinoamericanos fue una beneficiaria del sistema multilateral donde cada estado cuenta un voto, (al menos en la Asamblea General de las Naciones Unidas). Con todos sus desperfectos el orden liberal internacional construyó una arquitectura institucional capaz de brindar previsibilidad  y “seguridad jurídica” a los actores del sistema, sin la cual lo Estados con menos capacidades somos los que llevamos las de perder. Este sistema que se configuro en una distribución mundial de poder muy diferente a la actual requiere de una urgente reconfiguración, pero su pérdida absoluta puede entrañar un mundo mucho más incierto, e incluso hostil.


¿Qué nos depara el futuro inmediato en el marco global? 


Es posible observar un presente signado por la incapacidad de generar mecanismos de control de daños post pandemia. Un mundo acosado por una recesión sin precedentes, complejizado por la pérdida de la previsibilidad que otorgan las instituciones internacionales y el conjunto de normas y acuerdos que sustentaban los mecanismos de resolución de controversias: desglobalización, regionalización de las cadenas de valor, aumento de las barreras técnicas al comercio, etc. Todo lo cual decanta en un menor compromiso de los Estados con los acuerdos globales. Barry Buzan, recientemente entrevistado por un periodista argentino señaló que considera que el orden internacional que se configurara en las próximas décadas no será bipolar – al contrario de lo que muchos señalan rememorando la estabilidad del sistema de la guerra fría-, sino un mundo sin superpotencias, donde el gran problema estribara en que nadie querrá hacerse cargo de las responsabilidades de liderar el sistema.

Esta nueva normalidad puede durarnos muchos años todavía, oscilando entre esquemas de cooperación forzada y distintos niveles de confrontación en las múltiples dimensiones de la disputa de poder entre China y Estados Unidos, que sin un multilateralismo fuerte, avanzará hacia un mundo multipolar en esquemas regionales de influencia.

Desde Argentina debemos tomar debida nota de los escenarios a futuro y no solo consolidar nuestras propias capacidades -no hacerlo en un mundo que vuelve a la lógica de westafalia sería un suicidio- sino sobre todo reforzar las alianzas regionales basadas en los intereses comunes, como es el mantenimiento de Sudamérica como una zona de paz.

El mundo post pandemia puede ser un mundo mejor, sin logramos que se construya un consenso colaborativo para que eso suceda, un desafío que Argentina esta encarando con responsabilidad pero en el que todavía queda mucho por recorrer.


Sobre la autora: Mariana A. Altieri es politóloga (UBA), profesora e investigadora, y directora ejecutiva de Fundación Meridiano. 

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