Gobierno nuevo

Por: Carlos Leyba

Desde que Cristina Fernández mencionó ¿elogiosamente?, al Pacto Social - que ella atribuyó al ministro José Gelbard aunque su autor fue Juan Perón - y luego de ungir como candidato a Alberto Fernández, miembro de la estirpe dialoguista del peronismo, se formó ¿espontáneamente? el clima de que, en caso de ganar el Frente de Todos, se habría de formalizar un Acuerdo Social.

El clima venía de un terreno fértil, por un lado, el hartazgo del enfrentamiento y por el otro, la convicción de que “esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”.

Esa afirmación, que sintetiza un pensamiento compartido, fue palabra de Perón cuando volvía del exilio obligado.

Los pasos de Fernández candidato y cuando presidente electo, señalaban esa dirección. Si bien, más allá de la mención de CFK, aquél programa - que fue el legado político de Juan Perón - no ha sido visitado ni ha sido inspirador del discurso peronista desde 1975 a la fecha.

Es cierto que las reuniones de Fernández con dirigentes sindicales, empresarios y con los gobernadores, daban crédito a gobernar un “acuerdo” que, como cualquiera puede imaginar, implica la derogación de facto de la grieta.

Acuerdo y grieta son antónimos. Es obvio que el “acuerdo social” como matriz programática no es el acuerdo de unos enfrentando a otros, porque el concepto de “enfrentar” es la matriz de la “grieta”. No hay verdadero acuerdo con grieta y no hay grieta si hay acuerdo.

Vale la pena recordar que el programa del Pacto Social de 1973 surge como consecuencia del acuerdo de los partidos políticos en 1971 (excepción hecha de las ultra minorías del liberalismo y la guerrilla que, además, se autoexcluyeron del acuerdo) que dio lugar a las Coincidencias Programáticas con todas las organizaciones sociales y empresarias de 1972.

Perón concibió su gobierno como uno que habría de administrar el corto plazo con la práctica de la “concertación” como método (sin decisiones sorprendentes porque todas eran concertadas) y proponer el largo plazo, el desarrollo, con el consenso que sostiene una movilización, un espíritu de movilización, sin la cuál el clima de desarrollo no se genera.

Las Coincidencias programáticas fueron trabajadas durante dos años. El Pacto social y las Actas de Compromiso con todos y cada uno de los sectores, 1600 reuniones de concertación en todo el país para pensar el largo plazo y formular el Plan Trienal fueron los pasos de aquella etapa.

Son hoy pocos los argentinos que han vivido esa etapa y, además, los terribles acontecimientos posteriores a la muerte de Perón, han desvanecido la memoria de aquellos meses. Las estadísticas irrefutables han sido la victima de aquel genocidio y de la guerrilla: cuando las armas y la muerte son las herramientas de la discusión, la verdad desaparece.

Sin embargo el consenso, el acuerdo, no es una cuestión histórica. Es una necesidad en la vida de los pueblos y una condición indispensable cuando la decadencia de 45 años nos ha traído hasta acá. “Esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”, otra vez es imprescindible. No hay bote que avance si los remeros que lo tripulan reman en direcciones contrarias. Por eso a la idea del “acuerdo” todos la sentimos como una necesidad.

El gobierno de Alberto comenzó con “Pacto Social, congelación de tarifas y “cuidado de precios”, incremento salarial decidido por el gobierno” Todas  herramientas para contener la inflación y sus efectos. Una estrategia alejada de la ortodoxia, la que trata la inflación como fenómeno de demanda excedente. Para la ortodoxia estabilizar es “ajustar”: reducir gasto público, frenar el privado vía restricciones tributarias, monetarias o crediticias; atraso cambiario e incentivar importaciones. Apagar el “recalentamiento de la economía”.

Tenemos una economía estancada y alta inflación. Si apeláramos a la ortodoxia profundizaríamos el estancamiento sin abatir la inflación, si practicamos el atraso cambiario, no reducimos la inflación y destruimos la estructura productiva.

A la estanflación la ortodoxia la agrava. Pero la visión keynesiana ingenua, romper el estancamiento con más gasto público, es empujar un vehículo empantanado y hundirlo con entusiasmo.

Fernández ha tomado medidas de ajuste para negociar la deuda (el FMI lo celebra); y además decisiones salariales, previsionales e impositivas, “precios cuidados” y congelamiento de tarifas, buscando “poner en el bolsillo de los menos lo que le saca a los que tienen más”. Puede que sea como suena.

¿Esta es una política de enfoque sistémico o reclama verdaderos acuerdos sociales para reducir la inflación y mejorar la actividad?

El Pacto Social de 1973 llegó cuando se vivía aceleración inflacionaria y estancamiento. Pero entre 1964 y 1974 transcurrió una década de crecimiento y de destacado incremento de la productividad. Las “fallas” sistémicas eran que  el aumento la productividad no se distribuyó – bajó la participación salarial en el Ingreso – y que no hubo expansión de las exportaciones. Sin “salida” de mercado interno o exportación, el crecimiento de la productividad, empuja al estancamiento. Eso es lo que estaba ocurriendo.

La “política de concertación” heredó estancamiento coyuntural con alto desempleo e inflación, pero también aquella historia. Cuando asumió el FREJULI (peronismo, democracia cristiana, conservadores, etc.) la inflación era 80% anual y caían PBI y empleo (mayo 1973).

Mediante el Pacto Social, aquél gobierno, acordó la administración concertada de precios, suspendió por dos años las Convenciones Colectivas, incrementó los salarios en el equivalente al 20% del salario mínimo (suma fija), financió a las PYMES para el pago de los salarios y acordó leyes para un cambio estructural, industrialista y exportador.

Esas leyes fueron herramientas del Plan Trienal junto con las Actas de Concertación (verdaderos programas de producción) con el Campo, Industria Automotriz, Siderúrgica, Estados Provinciales y la “Reparación Histórica” de las provincias postergadas, etc.

No fue un programa de “control de precios” sino la concertación integral del desarrollo para desinflacionar, incluida la Reforma del Estado. Hay que recordarlo de esa manera. Muchos “interpretes” lo han jibarizado.

La situación política era compleja, pero “sin grieta”, había un compromiso leal en los partidos mayoritarios y con trabajadores y empresarios.

Sí sufría los embates de la post dictadura y de la guerrilla procurando asaltar la democracia. El presidente H. Cámpora, al igual que la guerrilla, enfrentaban al Pacto Social por ser el “programa de la burguesía nacional”. Esa crisis culminó con la renuncia de Cámpora  y el plebiscitario triunfo de Perón y su programa en marcha (64%). Ese triunfo  fue desafiado por los Montoneros con el infame asesinato de J.I. Rucci. Algo que la memoria social ha olvidado y que ha convertido, para algunos, a la infamia terrorista en heroísmo.

Los resultados de estabilidad y crecimiento en marcha, sorprendía a los adversarios. Roberto Aleman, decano de los economistas liberales, reconocía el éxito que él no había imaginado.

La crisis del petróleo nos trajo la “inflación importada”. El barril, a principio de 1973 cotizaba 1,7 dólares, en Octubre comenzó la escalada, y al terminar el año cotizaba 2,7 dólares. En 1974, 11 dólares.

La concertación, pese a ese golpe, fue lo que permitió que la inflación anual, pos crisis petrolera, a marzo de 1974 fuera de 14%.

A partir de la ausencia (junio 1974) de Perón en la Casa Rosada, el Pacto quedó aislado políticamente soportando trabas y hostigamiento. Lo principal, la neutralización política, venía de la Casa Rosada y de hasta de algunos funcionarios -  dirigentes peronistas - del equipo, que – después de la renuncia de Gelbard - siguieron en el gobierno conducidos por J. López Rega, una muestra de a quiénes respondían.

En Octubre de 1974 López Rega designa ministro a A. Gómez Morales, un ortodoxo, que desmontó Concertación. En nueve meses Gómez acabó con las reservas, provocó más inflación y detuvo el crecimiento - para él “la economía estaba recalentada” – y preparó el camino al “rodrigazo” de julio de 1975.

El Pacto Social duró 16 meses. Durante los primeros no gozó de la empatía de la Casa Rosada. Pero entonces contaba con el apoyo de Perón. En los últimos cuatro, sin Perón, fue neutralizado y hostigado por López Rega.

¿Cuáles fueron los resultados del Pacto Social del 73? ¿Qué dice una opinión del momento y de un lector que no simpatizaba con la heterodoxia del programa?

El Informe del FMI Artículo IV de  diciembre de 1974 dice que, el gobierno “detuvo radicalmente la espiral de precios y salarios mediante una política de ingresos basada en un pacto social entre el sector empresarial y el laboral … que tenía por objeto … una distribución más favorable a los asalariados y detener la inflación… En el año terminado en marzo de 1974, la tasa de inflación fue sólo de 14 por ciento, en comparación con cerca del 80 por ciento en el año terminado en mayo de 1973 …

En 1973, pese a la brusca reducción de la inflación el crédito interno neto del sistema bancario aumentó 80 por ciento … pronunciada mejora de la balanza de pagos … el producto bruto interno se recuperó alcanzando un nivel sin precedentes… habiéndose registrado un aumento considerable de las reservas netas en 1973 y en el primer semestre de 1974… En lo que va de 1974, la posición de la balanza de pagos de Argentina se ha manifestado fuerte, pese a las restricción de la importación de carne impuesta por la Comunidad Económica Europea y el encarecimiento del petróleo…”  .

Un programa de mucha administración (heterodoxia) y menos mercado (ortodoxia), necesita resultados inmediatos (inflación y actividad), consistencia técnica en la concepción y la aplicación; coherencia en el equipo y solidaridad del oficialismo. Es clave la solvencia política que hace posible las “reformulaciones”. La inflexibilidad de los que simulan ser aliados es provocadora y más dañina que las criticas adversarias. A nosotros nos pasó.

La lección del pasado es que es esencial para ésta “heterodoxia 2020” lograr consistencia técnica y condiciones políticas si es que aspira a “concertar dinámicamente” ante los desajustes que se presentarán.

Pero eso no es todo. Administrar el corto plazo sin tener una visión estratégica del futuro es como pretender proyectar una película sin telón, hacia el vacío. No se ve, no será nada.

En este punto es esencial reflexionar, por ejemplo, sobre 2030. ¿Qué esperamos de esta década que se inicia a fin de este año?

¿En 2030 habremos reinventado un sistema ferroviario que no sólo replique el diseño “embudo” de la Argentina exportadora de materias primas y que le agregue interconexiones transversales para conectar económica y socialmente todo el potencial del territorio?

Para entonces seremos 50 millones de habitantes; y si nada revolucionario hacemos, seguiremos siendo un país en un territorio no conquistado.

Cuando se nacionalizaron los FFCC disponíamos de 45 mil kilómetros  de vías (la octava red mundial). Los nombres de los próceres impuestos al sistema, acudían a la memoria de cómo se habría construido esta Patria tan generosa que, muy temprano, abrió sus puertas al trabajo y a la educación de millones de inmigrantes que sí sabían que al llegar aquí tendrían un presente inmediato.

En 1990 – 15 años después que comenzó el “industricidio” que nos ha dominado hasta ahora– Carlos Menem cometió el único “ferrocalicidio” de la historia de la humanidad. Su voluntad mezquina, la misma que inspiró a Horacio Verbistsky para “Robo para la corona”, desvalorizó más de 100 años de inversiones y liquidó pueblos a las márgenes de las vías, canceló oportunidades y le introdujo al país un costo logístico insostenible. El transporte por camión en larga distancia, en algunos casos, tiene un costo económico de hasta tres veces más que el tren, sin contar los costos sociales, ecológicos y de seguridad.

En el mundo entero el FFCC es el transporte de cargas y de pasajeros de elite. Compite con el sistema aeronáutico cuyo costo “vital” se ha tornado creciente. No hace falta poner ejemplos. Cada día miles de pasajeros viajan, desde Retiro hacia el interior y viceversa, en ómnibus de doble piso. Decadencia de servicio de calidad y seguridad.

Más allá de la falta de agregación de valor de algunos bienes, es evidente que algunas cargas son económicamente posibles en tren e impagables por camión. La universalización del camión ha sido un método de exclusión y desintegración sostenido por un lobby crecientemente poderoso. 

Debemos reflexionar sobre nuestro sistema de comunicación física, los conductos de la sangre que vitalizan todo sistema económico y social, porque es la otra cara del sistema de ocupación del territorio.

¿Qué hemos logrado en la década que finaliza? País estancado y socialmente mucho peor que el de décadas atrás. La población se ha concentrado en las grandes ciudades y el mayor crecimiento demográfico ha ocurrido en las periferias socialmente castigadas de las grandes ciudades. En esos ámbitos, la solución de todos los problemas es cada vez más difícil. Y nuestra enorme paradoja es la existencia de un territorio vacío. Pensar el reordenamiento del territorio y la “inversión” de la corriente demográfica, es una prioridad. El sistema de transporte esta indisolublemente unido a esa reflexión.

Cada año que pasa tenemos menos industria y producimos menos bienes y servicios transables; y el equipo de capital disponible físicamente para producir sufre un proceso de deterioro tecnológico visible.

No hay nuevas inversiones, no hay adecuación tecnológica, no hay fuentes de productividad.

Las cuentas bien hechas nos dicen que el Ingreso Nacional Neto disponible – lo que realmente podemos consumir o invertir sin endeudarnos – es el resultado de la suma de nuestro trabajo (salarios, intereses, beneficios, rentas) al que hay restarle, por un lado, los pagos que cada año le hacemos a los factores de producción de propiedad de los extranjeros (utilidades, royalties, etc.) y por el otro, las amortizaciones de la estructura productiva. Estamos sobreestimando “lo nuestro”.

Según la Cuentas Nacionales lo que invertimos es más que escaso para crecer modestamente, pero además hay que detraerle a esa suma exigua, la amortización del uso del “capital físico”. Olvídese de los prodigios hiper populistas de H. Larreta que marean a los turistas de la Gran Ciudad, la infraestructura de la Argentina, de la Escuela al Hospital, de las rutas a las cárceles, es la postal de una decadencia que el hábito ha convertido en costumbre. Las enfermedades silenciosas no se sienten hasta que nos agotan.

¿Cómo va a ser la población en 2030? Empezaremos la tercera década del SXXI con aproximadamente un 40% de las personas viviendo en condiciones de pobreza de ingresos, fuera de ámbitos de protección que sean capaces de compensarla o, lo que es lo mismo, con muy pocas probabilidades de tener las bases materiales y de contexto para disponer de un proyecto individual o familiar de pleno desarrollo de toda su potencial.

Una sociedad que generó 16 millones de personas con bajas probabilidades de alcanzar el pleno desarrollo personal. Pero de los menores de 14 años más de la mitad son hijos y tal vez nietos de pobres.

La dinámica social nos informa que, en las familias pobres, muchas adolescentes son madres; mientras una joven de clase media es madre a los 30 años, una de 30 años nacida en la pobreza es probable que sea abuela.

De no mediar un cambio drástico, en 2030 la mayor parte de la fuerza de trabajo habrá nacido en la pobreza sin nada que la haya compensado.

Hace 50 años los pobres eran el 5% de la población y si bien había Villas de Emergencia, eran más de tránsito que de instalación. No eran todavía ghettos de exclusión, sino estructuras de paso.

En aquellos años la tasa de desempleo rara vez superaba el 3% de la PEA y el empleo era una condición de seguridad personal y familiar. En las condiciones actuales, la dinámica de la pobreza, si nada hacemos de manera radical para cambiarla, nos proyecta a una población con baja calificación al terminar la tercera década del SXXI.

Además si no modificamos las estructuras básicas productivas del interior postergado, continuarán las migraciones internas, despoblando al interior profundo y concentrando, a los más carenciados, en la periferia de las grandes ciudades, haciendo que cada vez más argentinos le den horizontes a su vida reciclando los deshechos de los sectores que tienen mejores condiciones de vida habitacional, educativa, sanitaria y de consumo. Esa es la imagen cotidiana de la desigualdad. ¿Hasta cuándo?

Todos los países medianamente desarrollados disponen de ámbitos de reflexión, centros articulados de investigación, oficinas estatales, que exploran el presente, identifican potenciales, hacen prospectiva del futuro.

Nosotros lo tuvimos. Recuerdo el inventario de recursos que realizó el Consejo Federal de Inversiones (CFI) o las proyecciones que, sobre el futuro de todos los sectores productivos, de servicios y de infraestructura, se llevaron a cabo en el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) cuya continuación fue el INPE Instituto Nacional de Planificación Económica. En todas esas experiencias decenas de especialistas- los más calificados y de todas las ideologías - de transporte a salud, de educación a balanza de pagos, de agro a energía, proyectaban, debatían y armonizaban un diagnóstico sectorial, regional y global y se proponían metas globales, regionales y sectoriales.

A la política le cabía convertir, esa materia gris sintetizada, en objetivos y herramientas para llevarlos a cabo. Pensamiento y acción.

Tenemos por delante el año 2020 para pensar cómo podemos construir una Argentina para que 2030 no sea el país en que el 80% de los puestos de trabajo está en los servicios – como si fuésemos una sociedad de alta productividad–, que no produce bienes transables y que - por lo tanto - es una economía crónicamente deficitaria en el comercio exterior y entregada al vicio de la deuda. Un país que deje de ser soberano de una geografía vacía y sub explotada, con potencial forestal y que no proyecta una industria celulósica como la de Uruguay, que no proyecta el uso de las aguas del Paraná para regar dos  millones de hectáreas, que está dejando desaparecer industrias que pueden brindar empleo productivo, que no deja de acumular problemas fiscales como consecuencia de no generar otra alternativa de empleo que no sea el sector público.  

En pocos años el Estado ha pasado de representar el 22 % del PBI a cerca del 40%. Pero en ese tiempo lo privado se ha multiplicado en la educación, la salud y los servicios de seguridad. Nadie duda que los servicios que brinda el Estado no se compadecen con el volumen de recursos que reclama.

Básicamente tenemos un Estado que no provee a la sociedad el principal bien público del que es responsable: un proyecto de país.

Hace años que es una organización deficiente respecto de los servicios que presta al presente de la vida cotidiana. Pero es hace muchos años un “Estado ausente” en la provisión de horizontes y por lo tanto sin la mínima capacidad de formular políticas coherentes y consistentes. Un Estado pesado y débil sometido a la presión de lobby de intereses particulares.

Carlos Menem liquidó el sistema ferroviario porque no funcionaba bien. Es lo mismo que cortarle la mano a un niño porque no escribe parejito. Cristina Kirchner propuso e invirtió energías en ello, un tren de alta velocidad de Buenos Aires a Rosario: nadie que hubiera diagramado un sistema ferroviario hubiera siquiera imaginado esa propuesta como algo lógico. En la carrera de concentración urbana la mejora, cierta, del sistema ferroviario urbano fue “importar llave en mano” formaciones ferroviarias chinas, algunas de ellas pagadas al contado, sin siquiera pensar en la reconstrucción de esa industria. La suma de las incoherencias.   

Tal vez este estado de decadencia nos decida a pensar cómo querríamos ser en 2030 y a tratar de hacerlo posible y ser conscientes que mejorar el corto plazo, poner en orden la macro, es una necesidad, pero que dista años mil de ser una solución.

No hay solución de nuestros dramas estructurales sin una visión de largo plazo. No es después, es ahora.  Por una vez ¿ es mucho pedir a los que gobiernan?

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