Geopolítica de tuberías

Nord Stream 2 es el nombre con que se conoce un gasoducto que conectará Rusia con Alemania y Europa Central y del Este a través de 1.200 kilómetros por el mar Báltico.


Recientemente, Alemania y Estados Unidos emitieron una declaración conjunta en la que ambos gobiernos profesaron su apoyo firme  a la soberanía ucraniana, su integridad territorial, independencia y “camino europeo”, para luego pasar a declarar que Washington no se opondrá mediante sanciones u otros medios a la concreción del gasoducto Nord Stream 2 mientras que por su parte Berlín se comprometió  a sancionar en el nivel nacional –y a empujar por sanciones a nivel europeo- contra Rusia si dicho país intenta utilizar la energía como arma o cometer actos agresivos contra Ucrania.

Pero, ¿qué quiere decir todo esto? Para comprender mejor lo que significa esta declaración conjunta que involucra a toda una ensalada de actores internacionales y temas de agenda, podemos comenzar por explorar qué es el Nord Stream 2 (NS2) y su contexto, para luego pasar a entender su importancia, cómo entran Ucrania y Estados Unidos en la mezcla y por último ver cómo llegamos al día de hoy.

Para empezar, el Nord Stream 2 es un gasoducto que parte desde Ust-Luga, un puerto cercano a San Petersburgo en Rusia, para luego ir por el fondo marino del Báltico hasta Griefswald en Alemania. El ‘2’ en su nombre se debe a que ya existe una conexión casi idéntica, que parte desde Vyborg hasta Griefswald, llamada Nord Stream y que ya opera desde hace unos años. De completarse (y ya va un 98%) NS2 duplicará la capacidad de transporte de gas que va directamente hasta Alemania, sin pasar por ninguno de los tradicionales países de tránsito, como Bielorrusia, Polonia y Ucrania. Tan pronto como el proyecto comenzó a desarrollarse, se encontró frente a distintas sanciones desde Estados Unidos para evitar su concreción, así como un largo debate dentro de la UE sobre la ‘dependencia’ energética con Rusia y sus consecuencias.

Ahora bien, estos datos sobre el NS2 no nos dicen demasiado sin considerar el contexto más amplio de la relación energética entre Rusia y la Unión Europea. Rusia es el principal proveedor de petróleo, gas y carbón del mercado europeo, así como uno de sus mayores proveedores de uranio. El peso de esta relación comercial es de larga data (casi 50 años), al ser un papel que Rusia ha heredado de la antigua Unión Soviética. Como dato ilustrativo, en 2016 la UE importó la mitad aproximadamente de su consumo energético, pero de éste entre el 70 y el 80 por ciento del consumo de gas y petróleo.

Ahora bien, esta concentración en las importaciones de la UE por parte de Rusia es vista desde hace un tiempo como controversial, en el mejor caso, o como un dilema de seguridad en el peor. Históricamente, no fue siempre así. Como ya mencionamos, la relación energética se consolidó en tiempos de la URSS, en la guerra fría tardía, cuando Europa comenzó a encontrar el suministro ‘rojo’ como más confiable, luego de que muchas veces Noruega fallase en sus contratos por disputas laborales. Luego de la caída de la Unión Soviética, la infraestructura de extracción, refinamiento y transporte permanecieron intactas Rusia era percibida como débil y en necesidad de guía y consolidación en sus economías de mercado, por lo que desde la UE se buscó una profundización de la relación, y contratos a largo plazo con la empresas estatales rusas a cargo de la producción y transporte de gas y petróleo, Gazprom y Transneft, respectivamente.

Sin embargo,  esta oleada de influencia europea en la relación con Rusia llegó a un punto de inflexión entre los ’90 y mediados de los 2000. En primer lugar, Rusia se negó a formar parte del Tratado de la Carta de la Energía (ECT, por sus siglas en inglés), un instrumento pensado para llevar el sistema de regulaciones propio de la Unión Europea (especialmente regulaciones enfocadas en aumentar la competencia).  Para Rusia, el ECT fue visto como una amenaza a sus intereses nacionales, ya que implicaba liberalizar el mercado energético (por ejemplo, permitiendo a terceras compañías operar tramos de gasoductos). Para la UE, la negativa de Moscú era el primer indicio de la vieja potencia queriendo usar su poder contra las políticas occidentales de libremercado. En ese mismo período de tiempo, la Organización del Atlántico Norte y la Unión Europea se expandieron hacia el Este, adoptando países de la ex esfera de influencia soviética, aumentando la percepción en Moscú de que Rusia estaba perdiendo control sobre su propio vecindario.

El cambio en la percepción en el Kremlin llevó a la élite política rusa a tomar una posición más alejada de la agenda europea y más favorable a defender activamente sus intereses nacionales. Esto se tradujo en una política exterior más asertiva en su vecindario, y el sector energético no fue una excepción.

La expansión de la Unión Europea hacia el Este, con los ingresos en 2004 de Polonia, Hungría, República Checa y los países bálticos de Lituania, Estonia y Letonia, también trajo las bases para un cambio en la percepción europea del comercio energético con Rusia. Al incluir a dichos países, la UE aumentó su dependencia del gas ruso, ya que todos ellos dependen en gran medida de este país para su consumo (en el caso de los países bálticos, la dependencia es absoluta) debido a la inexistencia de infraestructura que les permita proveerse de otra fuente. No sólo estas incorporaciones aumentaron la estadística de la dependencia europea en energía, sino que se trata de países que, por historia y política interna, ven una constante amenaza en la vecina Rusia.

Estos países con una gran vulnerabilidad respecto al gas ruso combinada con gran desconfianza hacia la potencia al Este, no tardaron en marcar la agenda de la relación ruso-europea en energía como una cuestión de seguridad. Esto, pese al hecho de que la mayor parte de las exportaciones rusas de gas hacia el mercado europeo van directamente a países de la Europa occidental como Alemania, Francia e Italia, que poseen (con costos variables) más alternativas para proveerse de energía y están mejor interconectados con los mercados globales de gas. En otras palabras, la Unión Europea ha permitido que el tema energético se convierta en uno de los temas más divisorios dentro de la organización, pese a que en los hechos la ‘dependencia’ no sea tal.

A la geopolítica de la dependencia energética debemos agregar otro elemento, y es el de la infraestructura necesaria para la existencia misma de este intercambio comercial. En otras palabras, gasoductos. Miles de kilómetros de tuberías que van desde Rusia hacia los centros industriales –principalmente- de la UE, y en dicho camino pasan terceros países. Estos son los llamados países de tránsito, y por lo general la administración de los tramos de gasoducto que pasan por su territorio corre por su cuenta, lo que quiere decir que pueden cobrar una tarifa.

Aquí es donde Ucrania entra en la historia. Antes de que Nord Stream comenzara a operar, aproximadamente dos tercios de las exportaciones de gas pasaban por las rutas de tránsito ucranianas. Las tarifas a este tránsito aportaban una importante proporción de los ingresos del país, que por su parte desde comienzos del siglo se encontró en una división política sobre si pertenecer más a la esfera de la Unión Europea o de Rusia. Eventualmente, se decidió por la primera opción, desencadenando una serie de medidas rusas con intención de sancionar a su vecino. Dejando de lado los asuntos de Crimea y Donbas, cuyo análisis no nos importa ahora, lo cierto es que Rusia ha disminuido y amenazado disminuir el volumen de gas que envía por la ruta ucraniana, amenazando la importante fuente de ingresos.

Desde Estados Unidos y una no tan entusiasta Unión Europea (debido a las distintas posturas que para con Rusia se encuentran en su interior), el apoyo a Ucrania en contra de la política exterior rusa ha sido inseparable, desde entonces, de su actitud hacia todo proyecto que diversifique las opciones de exportación de gas ruso. Los gasoductos Nord Stream, al conectar Alemania directamente con Rusia, realizando un bypass a todo país de tránsito, son un ejemplo. Al disponer tanto la Unión Europea como Rusia de otra vía, Moscú queda libre de cortar significativamente el paso de gas a través de Ucrania sin afrontar costos por no cumplir contratos con la UE.

He aquí, pues el fondo del asunto relativo a la constante disputa entre Estados Unidos y Alemania alrededor del NS2 que ha sido tan súbitamente ‘solucionando’. La cuestión nunca fue sobre la ‘dependencia’ energética de la UE y su disputa con Rusia, sino sobre el tránsito a través de Ucrania. Es por esto que la declaración conjunta que marca el fin de la oposición estadounidense a un gasoducto entre un puerto alemán y uno ruso comienza pronunciando el respeto a la soberanía ucraniana.

Las sanciones norteamericanas no pudieron evitar el NS2 (simplemente, para todos los directamente involucrados –alemanes y rusos- era demasiado beneficioso) y si de todas formas hubiese sido cancelado, con 98% del progreso hecho las litigaciones internacionales abrían sido interminables. Mantener las sanciones pese a su inutilidad tampoco era una opción en Washington, y reconstruir la mermada relación transatlántica tomó prioridad, a cambio de que Berlín se comprometiera a defender a Kiev de alguna manera.



Sobre el autor: 

Agustín Rigui es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Siglo 21, colaborador del CEPI UBA. 


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