Frío y vida en común

Por: Carlos Leyba

Sin techo. Nadie duda, al menos en Buenos Aires, que ha aumentado el número de las personas que viven en la calle. Hay un censo oficial y otros cálculos que lo desafían. Al menos en la Ciudad de Buenos Aires y en otras muchas grandes ciudades del país, las cifras oficiales detectan niveles preocupantes y ni hablar de las privadas.

Como en todas las cuestiones que violan los derechos humanos, sea los definidos por las Naciones Unidas o por las Constituciones o, lo que es mucho mas importante, los que movilizan el alma por la versión mínima de la moral o de los valores, en los que alguna vez fuimos educados, no importa cuántos son. Importa que la sociedad en la que vivimos no ha podido resolver lo que, sin duda, es un escarnio. Y tal vez no ha podido porque no lo ha decidido.

No pasa sólo aquí. Pasa en todo el planeta. No es un consuelo. Es información. El Papa Francisco habla de “desechables”. Una nueva categoría que ha surgido como contraste del progreso material indiscutible que también recorre el planeta: por los datos parece que no todos caben en él. El progreso material está mal repartido entre las naciones y lo que es aún peor dentro de  ellas.

Es peor si es que somos capaces de respondernos a la pregunta, hoy totalmente fuera de moda pero vigente cada día, ¿Qué es una Nación? Hay muchas respuestas.

Pero una – al menos para mí – sigue siendo la más abarcadora, programática, generosa: “un proyecto sugestivo de vida en común”. Lo escribió J. Ortega y Gasset hace muchos años. Pero la “vida en común” es un dato, ocurre más allá del deseo o la vocación. Cuando la vida en común no es posible rige el enfrentamiento de distinta intensidad, la emigración, la opresión.

Un ejemplo cercano: después del informe de Michelle Bachelet resulta claro que en Venezuela – una mirada independiente lo afirma – la vida en común es imposible si se trata de todos los venezolanos. Presos políticos (opresión) muertes violentas (enfrentamientos) emigración (4 millones). Venezuela “una nación” en la que no está siendo posible pensar la vida en común.

No es nuestro caso. La grieta nos agobia. Es verdad. Pero no es que la vida en común no sea posible. ¿Entonces?

Es que no hay disponible un “proyecto sugestivo” para desarrollarla. Nada que aproxime las manos para caminar juntos o casi todos juntos, en una dirección “sugestiva”; y de una manera “sugestiva” para hacerlo.

El riesgo presente mayor es que la ausencia de ese proyecto sugestivo hace cada vez más difícil la vida en común. Las personas abandonadas en “situación de calle” son sólo un anuncio de una enfermedad mucho más profunda.

Pero la ausencia de ese proyecto es la responsable que la mayor parte de los dirigentes argentinos se encadene al pasado para dar razón de su existencia. O bien el encadenamiento al pasado, como razón de su existencia, hace que los dirigentes no puedan expresarse en términos de “proyecto” que es algo que se tramita desde el futuro.  La mayor parte. Las voces que se hacen oír pivotean sobre el pasado.

Lo hemos dicho muchas veces, los principales medios de comunicación, el oficialismo del PRO, una gran parte del empresariado, los empresarios extranjeros que se involucran en la vida pública, como el presidente de Fiat una multinacional radicada hace años en el país, se parapetan en la expresión “la Argentina está en decadencia hace 70 años” o más corajudos afirman “la decadencia empezó hace 90 años”. Está demás decir que no hay una sola cifra estadística oficial de la Argentina o de cualquier base de datos del planeta, que avale esas afirmaciones respecto de la economía y de la sociedad.

Simplemente es una afirmación falsa. Pero que “fundamenta” la condena a cualquier intento de construir un “Estado de Bienestar” o de pensar la economía en función social. Es una afirmación sobre el pasado que divide las aguas: todos los que sostengan – por distintas vías – la construcción de una economía en función social, en realidad para el discurso oficial, están propiciando profundizar la decadencia: dicen “ya lo experimentamos”. Dentro de ese paquete, basado en falsa memoria, viene la condena a que la Argentina pueda desarrollar una industria que, por ejemplo, sea capaz de exportar por los mismos valores que importa: lo mínimo para existir.

La idea subyacente es que la “primarización” – ser un productor especializado en explotar exclusivamente las riquezas naturales – nos retrotraerá al pasado de progreso anterior a la decadencia. Un viaje al pasado para gozar del progreso. Atención: muy cerca de esta convicción se encuentra – más allá de una dudosa capacidad predictiva – la instalación reciente de este “nuevo acceso al primer mundo” que es la firma del Acuerdo de Libre Comercio del MERCOSUR con la UE. El invento infantil de los 70 y los 90 años de decadencia han sido la introducción necesaria para que “la primarización”, que surge del Acuerdo recientemente firmado, sea interpretada como el retorno al progreso que nunca debíamos haber abandonado. Estamos en tiempos de interpretaciones más que de hechos.

Del otro lado. El otro grupo que acumula muchas voluntades electorales, medios (papel, radio, TV) importantes de comunicación, grupos sindicales poderosos, es el residual del kirchnerismo. Este grupo en el que lo propiamente K es lo más dinámico, reivindica un pasado inmediato que, por otra parte, es inexplicable. La gestión de doce años K dilapidó la mejor oportunidad económica de la Argentina en un siglo. Fue un momento de alineamiento de los astros para lanzar la gran transformación de la economía argentina. Términos del intercambio únicos. Tasas de interés únicas. Una enorme capacidad ociosa y una decisión previa que había detenido el taxi de la deuda externa. Era el momento para definir grandes proyectos capaces de modificar la matriz productiva nacional. En su lugar se agotaron todos los stocks y se produjo una extraordinaria expansión de las importaciones industriales. Al término de esa gestión se había consolidado la crisis social de la pobreza, se había profundizado la primarización exportadora y se había colocado al sector público en estado de colapso, habiendo privatizado y dolarizado - de manera escandalosa - las energías convencionales. Inexplicablemente los autores de ese desaguisado reivindican su propio pasado que, es cierto, contrasta con el de corto plazo de la actual gestión en que las cosas de la vida cotidiana son peores, básicamente porque agravaron lo heredado, y para no sufrir sus consecuencias apelaron nuevamente a la deuda externa y a los malabarismos financieros que, más tarde o más temprano, tendremos que pagar.

En síntesis ni los que hoy mandan, ni los que aspiran a mandar, tienen la capacidad o la voluntad, de anunciar un proyecto sugestivo de vida en común. Sólo apelan a un pasado que, como es obvio, primero es inexistente y que por definición no es una materia prima del futuro.

¿Solo aquí?

Muchas investigaciones económicas dan cuenta de una creciente concentración de la riqueza en el Planeta y su contrapartida una fuerte regresión en la progresividad de la distribución de los ingresos. Más bienes sobre la mesa. Pero no todos son invitados a participar de ella.

Dicho esto cinco muertes por frío ocurridas en estos días aquí, denuncian un estado de malestar que, por cierto, es anterior a estos hechos y que se mantiene y que de tanto repetirlo se ha convertido en un “estado natural”: basados en la absoluta imprecisión de las estadísticas oficiales, en nuestro país la mitad de los menores de 14 años son pobres. Una pobreza definida por el nivel de ingresos de las familias en las que viven.

Ahora bien unos pesos ganados en el mes y declarados, tal vez unos pocos pesos, hacen que otros miles o cientos de miles de niños, queden fuera de esa calificación. Pero son pobres de proximidad. O bien viven en la permanente zozobra de caer del otro lado de la línea que hemos establecido. Son de tal manera vulnerables que la pérdida de trabajo, el accidente, de uno de los que aportan al hogar, desploma al resto y lo hace cruzar la frontera. No todos están en “situación de calle” pero sí todos ellos – y son millones – están sobreviviendo en la vulnerabilidad de una sociedad que, a ellos o a sus padres o a los padres de sus padres, cualquiera sea la razón, los ha excluido, les ha impedido llegar a la mesa. No se trata nunca de auto exclusión.

Debemos ser todos conscientes – sobre todo cuando los hechos nos golpean – que la sociedad es la que excluye o incluye.

Las personas acomodadas, los sectores medios, aún los más bajos en términos de ingresos, conciben su vida como un proyecto individual porque, en esas condiciones socio económicas, un proyecto de vida propia es posible y estimulante. Aquellos que no tienen esas condiciones mínimas y están condicionados por la vulnerabilidad de la pobreza, no pueden, no están en las mismas condiciones para desarrollar un proyecto individual de su propia vida. Se dice “no es fácil salir solo de la pobreza”. Y es absolutamente cierto.

Los pobres necesitan de un proyecto colectivo que los incluya. Los proyectos individuales son el desafío del progreso individual que la mayoría de la sociedad celebra. Los proyectos colectivos son los únicos que, por definición, incluyen. No hay inclusión en lo individual. Sólo es posible la inclusión en lo colectivo.

¿Cómo se vincula el frío, las personas en situación de calle, la pobreza y la diferencia entre proyectos individuales y colectivos?

Un paso atrás. A la salida de la Segunda Guerra Mundial – cuando Occidente había sufrido la traición de sus valores con los regímenes oprobiosos del nazismo y sus familiares, la primera gran crisis capitalista mundial, el desempleo masivo, el desperdicio de recursos – surgieron sistemas políticos orientados a construir Estados de Bienestar, dentro del sistema capitalista, cuyo objetivo central era el pleno empleo y la mejora en la distribución del ingreso.

Occidente se enfrentaba a la competencia con un sistema “socialista” que había sustituido al “capitalista” por el Estado y en el que el pleno empleo no era un objetivo sino una decisión pública. Allí se había abolido el mecanismo de intermediación, que en Occidente era el “mercado”, mediante un mecanismo oficial de administración.

En los años 60 en todo Occidente - aunque se mantenían las brutales distancias de condiciones de vida entre países industriales desarrollados  y los que estaban en curso de industrialización– se habían registrado enormes progresos sociales. Uno de los elementos centrales era que se habían incorporado a la gestión pública la idea del “acuerdo” de los sectores sociales y políticos para definir los elementos básicos de la política económica (inversión, comercio, regiones) y social (salud, educación) y la herramienta de la “planificación”. La suma de ambos elementos “acuerdo y planificación” brindaban la pauta que los Estados se comprometían en “proyectos colectivos”.

El resultado fue lo que, en la literatura económica, se denomina los “gloriosos 30 años” caracterizados por una mejora incluyente de los niveles de vida y por tasas de crecimiento muy importantes, acompañadas de incrementos en la productividad y notables avances tecnológicos.

El acuerdo trascendía las naciones y se proyecto en la creación de organismos multilaterales occidentales (FMI,BM).

Los países socialistas también experimentaron crecimiento en sus economías y adoptaron, lenta y tímidamente, algunas formas más propias de las economías occidentales que las del socialismo inicial.

Esta suerte de aproximación, entre ambos mundos, la sintetizó el Premio Nobel Jean Tinbergen diseñando una “función de bienestar” similar para ambos sistemas y ensayó la idea de la “convergencia” entre ambas organizaciones de la vida social. La tesis, podemos decir, no fue demostrada y resultaba más del ánimo de buena voluntad de buscar una base de diálogo que superara la precaria etapa de la “convivencia pacífica”.

Las corrientes profundas de la historia iban en dirección contraria.

El pensamiento fundante del “Estado de Bienestar” dejó de ser el animador de las ideas económicas, sociales y políticas de Occidente; y al mismo tiempo el socialismo real implosionó a consecuencia de su incapacidad económica y a la necesidad, resistida, de suprimir las libertades básicas para poder seguir existiendo.

En las dos últimas décadas del SXX la edad de oro de los 30 años de posguerra estaba en franca extinción y el socialismo era un sistema totalitario fracasado en todos los planos.

Comenzó el ocaso de los proyectos colectivos y el dominio excluyente de los proyectos individuales ha generado muchos logros de todo tipo – una tribu de globalizados exitosos - y al mismo tiempo una enorme cantidad de excluidos, de descartados, de seres humanos a los que las sociedades no le encuentran lugar y a los que, en la práctica, ni siquiera los asiste la piedad. No la de miles de personas de buena voluntad que tratan de morigerar los padecimientos. Hay muestras extraordinarias de solidaridad. Organizaciones de personas de buena voluntad que todos los días se hacen presentes con la mirada, la palabra, el abrigo, el alimento. Claro que sí. Pero no dejan de ser “proyectos individuales” aunque generosos.

Pero no son “proyectos colectivos”. La pobreza no genera proyectos individuales y carece de sentido pensar que desde la pobreza se puedan formular proyectos colectivos incluyentes. Se puede alentar que desde la pobreza, la indignación, la violencia generada por el hacinamiento, produzca acciones colectivas. Pero no por eso serán incluyentes.

Formular proyectos colectivos incluyentes es la tarea prioritaria del Estado. Siempre. En crisis o en estados de “normalidad”.

El Estado es una maquinaria poderosa, crea y administra las regulaciones, tiene a su cargo la colecta y disposición de los recursos públicos, se supone que cuenta con la expertise para la cosa pública en todos los planos, hacia fuera y hacia dentro de los límites de la Nación. Es el Estado el responsable de los proyectos colectivos y por lo tanto el responsable de la exclusión.  

Las canchas de fútbol dando albergue a cientos de personas en situación de calle para evitar los sufrimientos adicionales que puede producir una ola de frío. Personas, de todas las edades, de todos los barrios, quizá de todos los pueblos, recorriendo las calles para brindar una taza de caldo caliente, una comida, una frazada.

¿ A alguien no le queda claro que no es así?

G.K.Chesterton, en su ensayo “El mundo al revés, dice “otra pregunta típica de la mayoría de los economistas serios de nuestra época. Todas las preguntas … están teñidas del mismo absurdo de partida. No se preguntan si los medios son adecuados para los fines; todas preguntan … si el fin es adecuado para los medios”. El mundo al revés.

En efecto, hace muchos años que, en nuestro país al menos, tenemos un ministerio que se ocupa de la economía y otro ministerio que se ocupa de lo social. Hay un implícito: la economía tiene sus propios fines y el cumplimiento de estos ocasiona males sociales que otro ministerio se ocupará de reparar.

¿Los medios son adecuados para los fines, diría Chesterton, o la economía tiene la finalidad de procurar el bienestar colectivo? ¿O ,como ese no es el objetivo, no es la razón de ser, entonces las consecuencias negativas – una vez reveladas – son atendidas por otro ministerio? ¿O es inevitable que la buena economía produzca el mal social?¿Cuál es la lógica del éxito de una economía que produce malestar social? ¿Cuál es el límite del malestar social compatible con el éxito económico?

Es momento de estas preguntas porque el sufrimiento adicional que está produciendo esta política económica que combate la inflación con recesión, que se endeuda para permitir el retorno al exterior de capitales que ingresaron por la atracción de tasas de interés que dejan rendimientos en dólares en un año que en el exterior requieren 10 años, que firma convenios internacionales, con zonas secretas, para competir - mientras nos ata de pies y manos para enfrentar a los campeones del ring – ha quedado patentizado con una breve ola de frío. Pero es bueno recordar que cuanto mas primaria es una economía es más vulnerables a los vaivenes de todo orden, del clima a la geopolítica.

La especialización es un valor tomado de a uno, pero para que un proyecto colectivo sea posible la primera condición es la “diversificación” productiva porque, por lo menos, esa es una posibilidad de una economía inclusiva.

Nos estamos alejando peligrosamente de querer formular en serio un proyecto sugestivo y si avanzamos en esa ausencia la vida en común será cada día más difícil. Que las vidas perdidas y las canchas llenas de gente de la calle nos despierten.


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