FMI, Pandemia y globalización

OPINION. Tres cuestiones dominan hoy la mesa de las decisiones gubernamentales: FMI, pandemia y globalización


Tres cuestiones dominan hoy la mesa de las decisiones gubernamentales. Cada una de ellas pone límites muy estrictos a la formulación de políticas.

Todas sumadas limitan la ambición de los objetivos y disminuye la intensidad de los instrumentos disponibles.

Es decir, vamos detrás de pocos premios para la conquista y con pocas vituallas y municiones para la expedición.

¿Qué hará entonces sustentable la política de objetivos modestos e instrumentos débiles? Esa es la gran pregunta a la política del futuro próximo.

Por un lado, es una pregunta sobre el futuro de la política como arquitectura del bien común. Por el otro es una pregunta dirigida a la política como marketing destinado a la preservación del poder.

Alberto tiene un solo tiempo para ambas “políticas” que tienen ausencia de coincidencia en los tiempos. Esa divergencia ¿erosiona las convicciones cuando lo que es urgente y lo que es necesario requieren tiempos diferentes? 

Estas tres cuestiones, FMI, pandemia y globalización, acumulan una situación de exigencia de “objetivos externos”, es decir objetivos no determinados por la autonomía de la voluntad - pero absolutamente necesarios de ser satisfechos – y de debilidad extrema de instrumentos propios; y bajísimo acceso a complementos externos, otrora disponibles con menor o mayor dificultad de acceso. 

La primera cuestión sobre la mesa es la del FMI. Es primera por la urgencia que le ha asignado el gobierno y porque de su modo de resolución depende la ejecución de la política económica diseñada, o a diseñar, por el ministro Martín Guzmán.

Hay pocas señales de esa política; todas sumadas están a años luz de conformar un diseño mínimamente adecuado para servir de guía a los actores.  OK

La cronología de la política de Guzmán, antes de la pandemia, establecía un primer paso definido por el acuerdo con los acreedores externos privados. Hoy, esa tema “ya está”. ¿Es un punto de apoyo o apenas un desplazamiento de la dificultad?

Si nos guiamos por el riesgo país o por la tasa de interés que mide MIDEN? la desconfianza de los acreedores externos privados y del acceso al crédito en dólares – claramente sólo logró el desplazamiento de un obstáculo. No es poco.       

En lograrlo, Guzmán tardo más de lo que muchos hubiéramos deseado y ese tiempo consumió una gran cantidad de reservas. En economía tiempo es dinero y esta certeza, agobiante en un país estancado y demorado en el progreso colectivo, no está asumida en ninguna de las áreas de gestión de la Administración Fernández. Es una gestión de estilo “demorado”.

El acuerdo con los acreedores es un objetivo logrado, lo que es bueno. Pero por demorado, generó consecuencias sobre la trama de las expectativas que siempre las demoras castigan.   

El acuerdo fue satisfactorio no sólo para el gobierno sino también para la mayor parte de quienes, al ocuparse de estas cuestiones, tienen opinión propia acerca de ellas. Es decir, desde la perspectiva nacional fue una solución sensata. También lo fue para los acreedores.

El saldo es una buena negociación de cancelación que sólo generó compromisos cuantiosos a cambio de nada favorable para la Nación. Evitó una crisis mayúscula. Pero eso es inevitable.

Pero, más allá de las cuentas que se hagan, fue una solución más sensata que la de Néstor Kirchner que – como recordaremos – arregló algunas perdidas de la cañería, pero dejo tantos agujeros que hicieron falta dos períodos gubernamentales para terminar de cerrarlos, lo que – por otra parte - se hizo mal y tarde.

A favor de Fernández, resolvió real y razonablemente la deuda heredada de la pésima, increíble y poco profesional, gestión de Mauricio Macri y su improvisada legión de financistas. 

Ahora nos queda la cuestión FMI como la primera pendiente en el orden resolutivo. Para tratar los acuerdos de la deuda pública con los privados y con el FMI se ha consumido el 25% de la gestión Fernández.

Durante un año la política ha estado y estará, al servicio de los acuerdos con los acreedores externos. Acuerdos por cierto imprescindibles.

En la concepción Guzmán eran necesariamente previos a la formulación del programa de política económica propiamente dicho.

La confianza inicial propia del triunfo electoral, dejando de lado el efecto pandemia, inevitablemente se deshilacha si las negociaciones, aún exitosas, sólo mejoran el panorama financiero externo sin consecuencias positivas al interior.

Traduciendo al ministro podemos pensar que, cuando él privilegió la idea de “calmar la economía”, se refería a terminar con los ruidos y gritas del exterior.

Calmar a los acreedores podría ser, para Guzmán, el primer paso para calmar la economía, fronteras adentro.

Este manejo por “tiempos sucesivos” es la definición estratégica ministerial. Esa definición exige de la audiencia y de los actores, una parsimonia, una actitud de espera que, aún sin los problemas previos de la economía más los que provocó la pandemia, pareciera muy difícil de conseguir.

La “parsimonia” no es hoy parte del inventario de ventajas disponibles para gobernar.  

Un dato, si bien menor, pero que no puede dejar de observarse, es que después de los misiles disparados por Guzmán contra el alza irreverente a 195 $ del dólar paralelo, en los últimos días y después de una baja extraordinaria, nuevamente comenzó una carrera alcista: el dólar bajó a tomar agua, dicen los cambistas.

Lo cierto es que estamos en el “tiempo FMI” de la estrategia ministerial.

Somos el principal deudor del FMI. Nuestro acreedor es un peso pesado por su gravitación en el mundo de las decisiones económicas (inversiones) y financieras (movimientos de capitales) y es doblemente pesado para nosotros, porque de la deuda que contrajimos con el organismo no quedan ni rastros de nada positivo: solo penas.

En términos absolutos nos hemos anotado la carga de una deuda con el FMI que representa hoy más de la mitad de nuestras exportaciones y, razonablemente, muchos años de nuestros posibles superávits comerciales.

Si bien es una pesada carga - que no nos ha generado nada productivo para poder soportarla, es decir, es una deuda que no ha servido para acumular capacidad de repago - no es menos cierto, vaya alivio, que esta deuda con el FMI será refinanciada a varios años y con algunos, que no serán pocos, años de gracia.

Pero ese auspicioso hecho - que Guzmán seguramente anunciará a más tardar durante el primer trimestre de 2021 - es un compromiso adicional que implica que, de nuestra capacidad de ahorro, del excedente que podamos generar y del balance externo superavitario, deberemos destinar una proporción, previsiblemente no menor, de los ahorros que podamos obtener.

Este nuevo acuerdo de pago a plazos se suma al acuerdo de pago a plazos que hemos cerrado con los acreedores privados del gobierno.

Veinte años después estamos en condiciones externas similares a las que teníamos en la crisis del SXXI pero las perspectivas externas no son tan estimulantes como las que se habrían de presentar en aquellos años.

Seamos positivos. La buena nueva del acuerdo con el FMI, que se logrará, se suma a la buena nueva del acuerdo con los acreedores privados.

La contraparte es que del excedente que se generará en los años de los acuerdos de repago - aquello que normalmente es la fuente primaria de la expansión del producto potencial, o la capacidad para producir en el futuro - deberemos destinar una suma no menor para cumplir con esos pagos. Trabajaremos para pagar las deudas. Sin duda es un progreso moral. Pero es el precio, en términos de futuro, que deberemos pagar por el dispendio del pasado.

Ambos acuerdos por las deudas externas pública y con los acreedores privados y el FMI, son la consecuencia del irresponsable endeudamiento externo y del manejo de la política económica del último período gubernamental.

¿Si eso no fue “populismo” – dólar barato, importaciones abundantes, tasas de interés pantagruélicas para los especuladores – qué es el “populismo”?

 

Acordar la manera de cancelar los compromisos “populistas” de Macri es el primer condicionante de la gestión Guzmán. O lo que es lo mismo: estamos acordando cuánto menos hay para crecer.  

La segunda cuestión, sobre la mesa de la discusión del Ministro, que limita la capacidad de decisión, es la pandemia.

Ella nos ha castigado y nos castiga en las condiciones y resultados de la preservación de la vida, de una manera considerable tanto en términos absolutos como en términos relativos.

¿Cómo nos va, cómo nos ha ido en este manejo? ¿Lo estamos haciendo bien? ¿Cómo podríamos hacerlo mejor? Hoy (jueves 12/11) somos el país undécimo en el ranking del número de muertos. Esto cambia día a día. Pero es cierto que estamos muy lejos de Estados Unidos (con 74,2 muertos cada 100 mil habitantes), Brasil (77,9), India (9,47) y México (76,42). Estos son los 4 países que están en la categoría de 100.000 y más muertos.

Pero en nuestro pelotón, el de los países que superan los 30 mil muertos pero que no llegan a 100.000, estamos en grupo con el Reino Unido (con 75, 78 muertos cada 100 mil habitantes), Italia (71,09), Francia (63,05), España (85,7), Irán (48,9), Perú (109,39), nosotros (con 77,6 muertos cada 100 mil habitantes), Colombia (67,10) y Rusia (21,98).

Si medimos hoy –jueves 12 de noviembre - un parcial de la pandemia en términos de mayor mortandad en relación al número de habitantes, ocupamos en el Planeta el séptimo lugar.

¿Qué dicen esas cifras? En realidad, muy poco ya que todas las evaluaciones adquirirán trascendencia cuando el período se cierre.

¿Qué nos dicen sobre la eficacia de nuestro enfoque? No mucho. No referimos resultados como los de Uruguay y Paraguay, a los que les fue mejor; pero tampoco como los de Chile, Bolivia o Brasil a los que les fue peor. Es difícil establecer una lógica de comparación.

Lo que sí nos dicen que la pandemia - en términos de política sanitaria, con todo lo que ella implica - es un problema que nos afecta multidimensionalmente en el presente y que lo seguirá haciendo en el futuro.

Se ha destruido capital productivo, se ha afectado profundamente la organización social, se ha debilitado en dimensiones y profundidades, que aún ignoramos, el sistema educacional y se han debilitado los horizontes y expectativas vitales que potencian el futuro de la sociedad. Todo eso es producto de la pandemia. El resultado es la evidencia que el producto potencial, lo que somos capaces de generar trabajando a pleno, es hoy menor – considerablemente menor – que lo suponíamos sería posible antes de la pandemia.

Al escenario del endeudamiento que hoy responde a las negociaciones con el FMI que – como hemos dicho – afecta la dimensión del producto potencial por mucho tiempo, se suman los efectos que, sobre la misma variable, nos ha generado y nos está generando la pandemia.

Llegados a este punto de la información que habitualmente se dispone, surge que no existe de manera contundente un protocolo de tratamiento de la enfermedad. Por lo tanto, hay una tensión entre cuidado (encierro, cierre de actividades) y necesidades. Todo en suspenso hasta la vacuna y en el entretanto la internación con riesgos y secuelas.

Debemos preguntarnos si no ha llegado el tiempo de la proactividad de la autoridad sanitaria ante la existencia de numerosas experiencias exitosas de tratamientos. Proactividad significa compartir experiencias, agilizar los estudios clínicos, rechazar o aprobar, con los protocolos de validación, las distintas propuestas y que lo que tiene alguna efectividad y máxima seguridad sea puesto a disposición de los profesionales. Veamos.

El ministro G. Gonzales García (TN, A dos voces, 11/11/20) declaró “no hay tratamiento”… sólo esperar la vacuna. ¿Es tan así?

El Dr. Fernando Polack acaba de afirmar "El plasma transforma el covid en un mal catarro", al revelar los resultados iniciales de su estudio sobre este tratamiento, que tuvo un 61% de eficacia aplicado en las 72 horas de iniciados los síntomas leves.

Por su parte el ibuprofeno inhalado es un tratamiento para personas con Covid-19 que se usa en el marco del uso compasivo ampliado en diez provincias. Desde mediados de septiembre existe el Proyecto Aire (Administración de Ibuprofeno Inhalado de Rescate en Enfermos de Covid). En  Córdoba lo aplican 121 municipios en 135 instituciones médicas públicas y privadas. La primera localidad en sumarse fue Arroyo Cabral cuya tasa de mortalidad -en comparación a otras zonas de más de 3000 habitantes que no aplican el tratamiento de rescate- era de 0% al 3 de octubre, frente a tasas de más de 1 % en municipios de la misma dimensión. La tasa de mortalidad con aplicación del tratamiento pasó a 0% en todos los municipios en que se aplicó.

El laboratorio productor ratificó que presentó el 17 de septiembre ante la Anmat el pedido de autorización para iniciar la fase II de la investigación.

El Anmat se da el lujo de una escandalosa pasividad: no actua con la celeridad y proactividad de la emergencia.

Gabriela Origlia (13/11) de La Nación intentó contactarse, sin éxito, con el Anmat. Se limitaron a responder con lo que tiene publicado en su web. A mi me pasó lo mismo, hablando con funcionarios, hace dos meses.Muy raro.

Héctor Carvallo, coordinador médico del Hospital Doctor A. Eurnekian de Ezeiza, dijo “Con el protocolo, solo tuvimos un fallecido por COVID-19”. (Infobae 2/7) En ese hospital usan Ivermectina como tratamiento preventivo en el personal de la salud, y como terapia para tratar a los diagnosticados.  En prevención combinan la Ivermectina con carragenina, que se encuentra aprobada por la ANMAT. Para los diagnosticados de COVID 19 el protocolo IDEA provee al paciente Ivermectina, Dexametasona, enoxoparina y aspirina. De los 23 pacientes internados, un solo fallecio. “La aplicación no es infalible pero es efectiva” dijo Carvallo.

Hay otras experiencias alentadoras aunque pertenecen al espacio de las “heterodoxias” fuertes como lo es la de la Ciudad de San José de Chiquitos que revela un exitoso manejo de la pandemia utilizando la versión oral de tetrachlorodecaoxide, medicamento aprobado por la autoridad regulatoria europea para su uso intravenoso en otras enfermedades.

Todo esto esta ocurriendo en la Argentina o en países vecinos. ¿El Ministerio de Salud no debería comprometerse con la definición de estos tratamientos, sea avalándolos o rechazándolos y tratar, si se quiere por omisión, de salir de la “única salida” en el respirador o la vacuna, es decir, miedo o utopía?

Y respecto de la movilidad habida cuenta de los cuidados (distancia, barbijo) hay experiencias de métodos rápidos para detectar Covid y bajar riesgos, como los que aplica la empresa Lufthansa: un método rápido, gratuito, para el ascenso o descenso de los pasajeros de sus aviones con un test in situ que permite o rechaza abordaje y descenso del avión.  

¿Estamos investigando proactivamente todas las posibilidades de eficacia y acceso? El Estados Unidos, un laboratorio de prestigio internacional ha desarrollado una droga que produce anticuerpos.

Todas estas cuestiones y muchas más – dado lo gravosa que es la pandemia para la vida, la seguridad y el futuro nacional – deberían poner a las autoridades sanitarias en una acción proactiva que – a la fecha – no existe.

La doctrina oficial es que no hay tratamientos mientras de todos lados surgen declaraciones sobre la seriedad de tratamientos ortodoxos basados en medicamentos seguros.

La proactividad es ganar tiempo y ahorrar dinero y por eso si no surge de los funcionarios de la salud esta proactividad debería ser promovida por los funcionarios de la economía.

El desafío de Guzmán no es sólo atender los efectos económicos de la pandemia, los costos sanitarios que agrega, sino también promover la “eficacia” de la política sanitaria, porque ella es determinante de la suerte de la economía. Hay mucho para hacer.

Pero, como mencionamos al inicio de esta nota, hay una tercera condicionante “heredada” sobre la mesa de las decisiones del ministro de economía. Es la cuestión de la globalización. Fenómeno multidimensional al que no son ajenas ninguna de las otras dos cuestiones. Deuda y pandemia tienen que ver con la globalización y ella también con la forma en que resolvemos los costos y la salida de la deuda y la pandemia.

El endeudamiento externo del sector público con las finanzas privadas, como estrategia de las economías en desarrollo, se instaló al mismo tiempo que la intensidad de las aperturas de las cuentas de capital acompañaba la “globalización” de las finanzas; a la que sucedió el proceso de “apertura comercial” y globalización de la economía.

La globalización introduce enormes preocupaciones acerca de la capacidad del Estado Nación para resolver como actor protagónico los problemas sobre el territorio.

Recientemente la revista griega Babylonia (20/5/20) le preguntó al gran filosofo italiano Giorgio Agamben, que ha reflexionado en esa clave acerca de la pandemia “¿Cuál cree que será la condición del Estado nación después de la pandemia?” En nuestro caso a la pandemia se suman la deuda (FMI) y los efectos de la globalización que están interrelacionados y conforman una trama condicionante de la formulación de la política económica, porque son energías que pueden debilitar la capacidad del Estado Nación para formular las políticas. 

Una breve reflexión sobre cuál es la base del progreso económico y social es requerida en este punto.

Para los economistas “ese progreso” se basa en el crecimiento de la productividad, la mejora consistente en la distribución del ingreso, el aumento del empleo y la disminución del desempleo – fenómenos que están asociados pero que no son, sobre todo en las regiones marginadas de nuestro país, idénticos.

Pues bien. si tomamos al país protagonista por excelencia de la globalización en el SXXI, que es sin duda la República Popular China, en esa Nación desde 2000 – y por cierto desde años antes – hay una consistente expansión de la productividad en casi todas las actividades económicas, con un incremento notable en lo que hace al desarrollo tecnológico. También – partiendo de 2000 – ha mejorado notablemente el Coeficiente de Gini – que refleja la mejora en la distribución del ingreso – y se ha producido una disminución sostenida de la pobreza y considerables mejoras a nivel espacial y de los niveles de empleo. La potencia China ha crecido vertiginosamente y se ha desarrollado pari passu con el proceso de globalización. Las estadísticas del Banco Mundial y distintas estimaciones lo corroboran.

Pero en ese mismo tiempo, ese proceso no se ha registrado estadísticamente en todas las naciones desarrolladas de Occidente. Enorme cantidad de trabajos vienen desnudando la creciente desigualdad allí donde la economía del Estado de Bienestar había disipado la voluntad de cambios rudos.

Lamentablemente en nuestro país estos 20 años han sido la continuidad de un fracaso de crecimiento y naturalmente un retroceso colosal en las posibilidades de desarrollo. No se trata de discutir “causalidad” sino de describir que el progreso que nos asombra de China, que emergió de décadas de atraso, no registra simultaneidad alguna con nuestra evolución. Hemos estado asociados comercialmente. Pero no se ha derivado progreso global, sistémico, alguno.

Es decir, nuestra vinculación a la globalización protagonizada por China no registra beneficios tales, que hayamos podido revertir la tendencia previamente dominante a la caída de la productividad media, al empeoramiento de la distribución personal y regional del ingreso y al aumento del desempleo y a la baja relativa del empleo.

Resumiendo, las tres condiciones previas heredadas en la mesa de la decisión, el endeudamiento y la vinculación al proceso de globalización, sumados a las consecuencias de la pandemia, implican una enorme debilidad instrumental que condiciona a pocos ambiciosos objetivos.

Todas estas cuestiones, a la vez, nos exigen una “proactividad” extraordinaria: en lo sanitario, como lo hemos pincelado, y en el tema de la globalización dónde nuestros estudios y reflexiones sobre los impactos y sus derivaciones están ausentes, donde las políticas son espasmódicas y por lo tanto probablemente equivocadas.

El gran interrogante, en este irrespirable escenario político de la grieta, es cómo podremos atravesar este temporal de condiciones negativas sin un replanteo profundo de nuestra vinculación con el proceso de globalización y sin un repensar las estrategias frente a la pandemia.

 Ambos replanteos exigen articular una estrategia de largo plazo cuya formulación carece de sentido sin un acuerdo de tanta profundidad como largo sea el plazo de realización del programa.

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