Fernández a un PASO

Por: Mariano Fraschini

De no mediar una catástrofe electoral, Alberto Fernández será el nuevo presidente de la Argentina. Tras el triunfo contundente en las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) del domingo 11 de agosto, el peronismo se encamina a retornar, una vez más, al poder político. Al igual que las experiencias de 1989 y 2003 lo hará en un contexto de similares características: crisis económica, penurias sociales e inestabilidad política. Lejos de analizar en detalle estos aspectos para nada menores, esta columna intentará dar cuenta del significado de la derrota electoral de Cambiemos en el contexto histórico político en la que esta se despliega, y del impacto de la misma sobre la región y la geopolítica internacional.

El experimento político, económico, social, cultural y psicológico de la Alianza Cambiemos ha sufrido un mazazo electoral de impredecibles consecuencias. Con muy escasas posibilidades de alcanzar una hipotética segunda vuelta, el macrismo y sus aliados comienzan a hacer las valijas y emprender la retirada. La continuidad en el gobierno de la alianza conservadora se avizora hoy como incierta, como así también la reorganización interna futura en el caso de pasar a la oposición. Paso a paso diría el DT Reinaldo Merlo.

¿Qué significado tiene la derrota del macrismo? ¿Qué impacto posee su fracaso electoral en el escenario internacional? ¿Qué consecuencias deparará para la región? ¿Se va clausurando el ciclo neoliberal o habrá que esperar las elecciones de octubre en Uruguay y Bolivia? ¿Estamos asistiendo a la culminación de la restauración conservadora en Sudamérica?

En primer lugar debemos advertir que el experimento Cambiemos se trató del tercer intento de llevar adelante una agenda de políticas económicas neoliberales en nuestro país. La novedad del macrismo no estuvo en el contenido económico, sino en las formas en las que el envase partidario fue vendido a una sociedad que compró a plazo. La característica distintiva de este nuevo intento fue que, a diferencia de la primera experiencia, en la cual fueron los militares con cobertura civil quienes protagonizaron el final de la industrialización sustitutiva, y de la segunda, en la que un peronismo “aggiornado” (para no refugiarnos en el clásico “derechizado”) le puso fin a la hiperinflación alfonsinista, en este tercer intento fueron los propios empresarios y CEOs quienes se involucraron en forma directa con la gestión del Estado. Es decir, el rasgo saliente de este tercer neoliberalismo es que fue la propia burguesía financiera (en mayor medida) y productiva (en menor medida) la que tuvo en sus manos los resortes estatales, y quien implementó una política pública en línea con los intereses financieros transnacionales. Es cierto que el complejo agro exportador y las empresas de servicios públicos también formaron parte del conjunto diminuto de sectores empresariales “ganadores” del modelo, sin embargo,la gravitación ideológica y de gestióndel “mundo financiero” en el proyecto macrista es innegable. El centro neurálgico del modelo neoliberal de Cambiemos fue darle prioridad a las “finanzas”, barriendo literalmente con todas las actividades que no fueran funcionales a esta estrategia globalizadora.

El apoyo local e internacional al gobierno de Macri muestra, en toda su dimensión, el volumen de poder acumulado en estos casi cuatro años: el gobierno de EEUU, el mundo financiero interno y externo, los medios de comunicación internacionales y locales más influyentes, los gobiernos afines de la región con epicentro en Brasil, el Fondo Monetario Internacional, “los mercados”, y un nada despreciable apoyo interno afincado en los sectores altos (aun los más perjudicados con su política anti industrial) y los sectores medios. Como ningún gobierno de la historia argentina desde 1983, el macrismo gozó, gracias a ese apoyo (con su cobertura mediática trabajando a pleno) de una tolerancia social escasamente compatible con el daño social infligido. Ni siquiera la evidente contradicción explícita entre los intereses públicos y privados de los principales exponentes del gobierno durante la gestión fueron señalados como “dilemas éticos” (PanamaPapers, política petrolera y agrícola, Correo Argentino, etc.), sino que más bienfueron vistos como parte de una lógica que escapaba a cualquier “tufillo” de corrupción política. Desde allí que elfracasode Cambiemos resulte un baldazo de agua fría para una fuerza que se presentó socialmente como una bocanada de “aire fresco” en un sistema político “perimido” y rodeada de una musculatura de apoyos nacionales e internacionales de gran peso especifico e injerencia sin par.

La derrota del PRO tiene, en ese marco, significados variados en la arena regional e internacional. Los lamentos públicos de Jair Bolsonaro escenifican como nadie la escasa gracia con que el “mundo de las finanzas” recibió la avalancha de votos opositores en Argentina. El silencio llamativo de Trump, más allá de las preocupaciones ligadas a la geopolítica en las que se encuentra inserto el mandamás norteamericano, la incertidumbre de los “mercados” por el devenir futuro de sus apuestas financieras, y los reacomodamientos de los más connotados CEOs y de los principales medios nacionales, dejan en evidencia “su” propia derrota electoral.

El triunfo del peronismo en la PASO pone en jaque la tesis, enarbolada luego de la (¿casualidad?) victoria electoral de Cambiemos, acerca de un “giro a la derecha” en la región. Luego del triunfo de Macri en noviembre de 2015, de la salida anticipada de Dilma Rousseff en 2016, de la victoria de Sebastián Piñera, sumado el giro copernicano de Lenin Moreno en 2017, la ratificación del Partido Colorado en Paraguay y de las propuestas neoliberales en Colombia, más la victoria de Bolsonaro el año pasado, los círculos académicos e intelectuales advertían sobre la existencia de un nuevo ciclo en Sudamérica. Durante los últimos tres años y medio la figura de Macri significó el comienzo de la avanzada neoliberal, y su victoria electoral en 2015 se encontró simbólicamente atada al inicio de una nueva era en el región. El triunfo de Fernández, en este marco, pone un signo de interrogación a esta, tal vez, apresurada hipótesis. Y asimismo, puede fungir como un aliciente para las fuerzas progresistas de cara a las elecciones en Bolivia y Uruguay, que se realizarán también en el mes de octubre.

A 62 días de las elecciones generales, las que “valen” según la mirada de aquellos que le “bajan el precio”a la voluntad popular, todo parece indicar que el camino del peronismo al gobierno se encuentra pavimentado. Las decisiones de último momento llevadas adelante por el gobierno (marcha del sábado incluida) sólo parecen traer aparejadas más tensión en el tejido productivo y en una sociedad golpeada por los índices inflacionarios, el aumento del desempleo y el incremento de la pobreza. Un clima de “final de ciclo” emerge en el horizonte político, y los actores protagonistas se mueven al compás de la nueva relación de fuerzas en el interior del sistema partidario. Los próximos dos meses serán testigos de un escenario novedoso para el país: la de un presidente en funciones que sufre lo que acertadamente Tomás Aguerre conceptualizó como de “manta corta”, y la de un candidato a presidente que, a pesar de contar con todos los boletos a favor, sólo triunfó en una primaria. Ni más, ni menos.    


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