Fácil de entender

Por: Carlos Leyba

La primero que hay que destacar que la reunión, dentro de la zona de exclusión tanto como fuera de ella, transcurrió en paz y que –al menos– se firmó un documento conjunto lo que significa que en algo estuvieron de acuerdo. Al menos en los papeles.

La paz incluyó un paréntesis en la llamada guerra comercial entre China y Estados Unidos lo que de continuar, según algunos expertos, habría de implicar una caída en el PBI mundial; caída que algunos la estimaron en apenas unas décimas que, por ahora y por esa causa, no se habrá de producir.

Durante el convite México, Estados Unidos y Canadá acordaron nuevas reglas para ese inmenso mercado y dieron un paso en la continuidad de ese bloque.  

Las expectativas de Mauricio Macri respecto del acuerdo UE-Mercosur deberán esperar un cambio en la concepción agraria de Francia y Polonia; y la membrecía de la OCDE seguirá en el congelador. En casa algunos firmaron cosas, nosotros no. No es esto malo para nosotros.

No ingresar a la OCDE nos deja unos grados de libertad en materia de políticas locales y el no adosarnos a un convenio de libre comercio con la UE nos permite alentar la esperanza de, algún día, poder ejecutar una estrategia de desarrollo sin atravesar las restricciones que impone un acuerdo de libre comercio con potencias desarrolladas. Esto que puede parecer malo para esta administración, en rigor, es bueno para el país. Una prorroga de cierta libertad de acción.  

Sabemos que en materia climática Estados Unidos seguirá fuera de los Acuerdos de Paris; y ahora que Jair Bolsonaro ha declarado que él tampoco respetará esos acuerdos. Y también sabemos que el “libre comercio” sin condiciones no será ya una norma ciega y generalmente aceptada.

Una de cal y otra de arena.

La falta de convicción sobre el cambio climático que es abierta por parte de unos; y práctica, aunque velada, por parte de otros, es el certificado de la continuidad del riesgo de calentamiento global.

Lo ha dicho reiteradamente el Papa Francisco: la estructura productiva derivada de la cultura de la sociedad de consumo es la principal responsable de ese riesgo. Y –claramente– no son los gobiernos, y menos a nivel universal, los que están en capacidad de diseñar las políticas de transformación y menos de ejercer el poder en ese territorio. No hay ni política ni poder global.

En la actualidad del sistema capitalista la balanza de poder visualiza dos platillos. Uno es el de las empresas multinacionales desplegadas planetariamente y el otro es el que ocupan los Estados.

Esta disociación hace que la prosecución del Bien Común, la razón de ser de los Estados,se enfrente, no pocas veces, a la prosecución de las ganancias a escala planetaria que es la razón de ser de las empresas multinacionales cuya influencia pesa, localmente, en los Estados nacionales y planetariamente en los organismos multinacionales. Una doble presión de los intereses particulares sobre los intereses comunes.

Esa disociación implica una contradicción fundamental difícil de resolver en cualquier caso y menos aún en una reunión de 48 horas entre líderes con una comprensión radicalmente distintas de la historia y del futuro.

El poder de lobby de las empresas multinacionales en defensa de sus intereses inspira políticas y manifiesta a diario ejercicio del poder. Negarlo es ingenuo. Convivimos y conviviremos con ello. La cuestiones globales como el riesgo climático o las consecuencias del libre comercio y la concentración no tienen ámbitos de resolución ética.

Sería ingenuo y aventurado imaginar siquiera que una reunión como la del G20 pudiera realizar avances tanto en el campo del riesgo climático como en el campo del riesgo social que implica la actual estructura del comercio mundial.

Justamente son las empresas multinacionales, por su misma esencia, las que abogan, presionan y forman visiones que hacen del comercio libre y del reparto del trabajo en el mundo no una consecuencia de las políticas de estado destinadas al Bien Común, sino unas inspiradas en la maximización de las ganancias realizadas de las corporaciones. Negarlo es ingenuo.

Las conclusiones del G20 no han generado avances en materia de la salud planetaria, pero en compensación tampoco se ha gestado un triunfo sin resistencia en materia de libre comercio. Hay un resquicio para la recuperación de la capacidad nacional para el desarrollo. Se trata de saber aprovecharlo. Como toda oportunidad sólo tiene beneficios si existe una concepción, un programa y una voluntad política para realizarla.

¿Nuestro país, nuestra clase dirigente, está en condiciones de desarrollar una concepción, un programa y de vertebrar voluntades?

Respecto del G20, la conclusión es que, en lo central, más allá de las declaraciones, el mundo no ha cambiado. Y difícilmente haya decepciones porque nadie sensatamente podría imaginar que el mundo habría de cambiar.

Hemos sido capaces de realizar un espectáculo y una celebración exitosa,  que se ha parecido más a una fiesta de 15 que a un casamiento. La cumpleañera un día después seguirá siendo la misma. La celebración ha sido exitosa. Pero nada cambiará, al menos, por haberse realizado esa tarea.

Habiendo vivido lo que hemos vivido debemos señalar que felizmente no hubo desmanes fuera de la zona de exclusión. La militancia anti G20 no rompió nada. La sensatez dominó el evento. Lo que da para pensar si antes de ahora los desmanes habituales no han sido actos de desprestigio provocados y realizados, por mano de obra vinculada a los servicios.

Esta vez la protesta en orden para el mundo habló de un gobierno capaz de mantenerlo. No es poco.Un éxito para el gobierno y todos hemos quedado bien. Sobre todo después del papelón del frustrado partido River-Boca, esta normalidad, sin desastres, resultó en un éxito notable. El contraste televisivo ha sido notable.

El mundo hace pocos días, millones de tele espectadores, había tomado nota del caos, de la incapacidad policial, del salvajismo de los públicos futboleros y de sus dirigentes. Era razonable esperar lo mismo en los días del G20. Felizmente no ocurrió.

Llegado a aquí no puedoevitar recordar que Mauricio Macri es esencialmente un hombre del futbol si nos atenemos a sus propias declaraciones. El periodista Sebastián Fest en La Nación (26/2/18) logró definiciones de Mauricio Macri. Fest cita a Mauricio: “Todo lo que sabe de política lo aprendió en el fútbol” … “ la política no le enseñó nada nuevo”. Y agregó, recordando a Grondona —el capo mafia del fútbol— que el Presidente Macri dijo que si Grondona “se hubiera dedicado a la política, no habría habido Perón, Evita ni Yrigoyen. Estaríamos hablando de Grondona”. El ideal de líder político de Mauricio nos ha sido revelado por un diario de oficialismo insospechable.

Pero no es el único hombre de “la política” que incursionó en el futbol o viceversa, Carlos Heller, Luis Barrionuevo, Hugo Moyano, Aníbal Fernandez, Daniel Angelici, todos ellos y otros muchos que juegan en segunda fila, como una gran parte de los funcionarios y legisladores PRO, son hombres del futbol asociados a “la politica”. Nos va mal con el futbol y nos va mal con la política. No es extraño. En ambos lados están los mismos tipos.

Sin duda son muchos menos los que vieron la Argentina del G20 que los que vieron la Argentina de Boca-River; pero, aunque menos, estas miradas podrían ser compensatoriasde aquella vergüenza y dar lugar a discursos emocionales como los que surgen de una carta publicada en el New York Times que valora nuestras calidades asociadas a lo edilicio, las carnes y los vinos.

Cabe aclarar que, antes de ahora, la gran ciudad, observada en sus lugares más cuidados, siempre ha remitido a glorias pasadas. Tal vez eso inspiró a André Malraux aquello de “la Capital de un Imperio que no fue”. Siempre impresiona. Siempre se pueden mostrar que están de pie glorias pasadas.

Dijo J. Ortega y Gasset, cada 100 km – contados a partir del centro de la gran ciudad – se empieza a constatar que 100 años pasados permanecen ahí. Que se viaja al pasado sin salir de este tiempo. Ortega señalaba esa característica propia de las sociedades coloniales.

Claro que hoy a 10 km y no 100 del centro de las grandes ciudades, cuando se vive en la decadencia, nos encontramos con la vida, ya no del siglo pasado, sino de años de los que la civilización no tendría registro si no fuera que están ahí.

La zona de exclusión del G20, así la llamaron, coincide con lo que podríamos llamar la zona de inclusión social ya que, alejándonos un poco de ella donde están los grandes hoteles, nos enfrentamos a las Villas de la exclusión social más inimaginable para quien desayuna en la Recoleta, almuerza en Puerto Madero y come en una parrilla de Palermo Hollywood. Lo que hicieron los visitantes.

Todo eso existe y también las 1600 villas alrededor de Buenos Aires habitadas por pobres, desocupados y donde se desarrolla de manera incontenible la marginalidad. Esa parte quedó fuera de la mirada del G20 y está bien que así sea.

Pero estaría mal que esa realidad, que circunda a la abundancia de pocos, no sea la materia prima excluyente para el desarrollo de la política y de los acuerdos que, para un país partido como el nuestro, constituyen la única prioridad decente. Si es que la política es, como creemos o deseamos, la construcción de una sociedad decente.

También hay que destacar el éxito del espectáculo Argentum, con el que agasajamos a las delegaciones del G20. Fue bueno y breve, lo que multiplica su bondad. Fue muy argentino y muy actual, nada impostado. Y tuvo un final emocional.

El presidente se conmovió hasta las lágrimas. No fue el único. Pero se quebró ante la comprobación que algo, que estaría siendo observado por los líderes mundiales, una cosa al menos, le había salido bien. Y es lógico.

Está acostumbrado a que todo le salga mal y a tener que rebobinar cada decisión gubernamental.

Y en el inicio de este evento, después que el Presidente de Francia fue recibido al aterrizar por los mecánicos del avión; y que además de esa ofensa tuvo que soportar el insoportable y chabacano mal gusto de Gabriela Michetti que, habiendo llegado tarde, trató de hablar un idioma que desconoce siendo esa la lengua de los que fue a recibir.

 Ante ese y otros desaguisados, es lógico que llore de alegría y que en su intimidad haya pensado ¡al fin una buena!

Le pasaron cosas, se quedó solo en el escenario mientras Donald Trump partía sin escucharlo y además recibió por parte de la vocera yanquila noticia que los Estados Unidos está contento con el discurso anti Maduro de Macri, pero que no disfrutan de las concesiones a los chinos a los que considera económicamente depredadores.

Pero además, para comprometerlo, la vocera dijo que ambas cosas las compartía Mauricio. En ese plano le pasó lo peor: tener que dar explicaciones pensando en la venganza china.

Después de todo lo complicado, eso ocurrido entre el viernes y el sábado, la noche del Colón le regaló una alegría. El llanto es entendible.

Y además es un aporte inesperado a la campaña que ya largó. Reveló que el hombre tiene corazón y que puede llorar, lo que es un síntoma de salud mental.

Digamos que, en lenguaje de campaña, Cristina armó el Bicentenario que fue una fiesta espectacular con enorme participación popular y le brindó una enorme cobertura política a pesar que las cosas no estaban bien. Horacio Rodríguez Larreta armó los Juegos Olímpicos y celebró un fiestón de similar estilo en el Obelisco; y ahora, de manera inesperada, Mauricio montó su espectáculo para incidir en los votantes a través de la mediación de la buena acogida de los líderes mundiales.

No habrá cambiado nada, pero por unos pesos y un puchero bebé, ha mejorado la alicaída imagen presidencial. No tengo dudas. Somos querendones.

En síntesis y hasta la tarde del sábado, lo mejor, hasta ahora, estuvo a cargo de los militantes de izquierda que hicieron todo bien sin romper nada; y por el otro lado estuvo a cargo de los contratados para la escenografía, los efectos especiales y los bailes en el Teatro Colón. Aplauso para ambos y también para el gobierno que lo organizó.

¿Pero qué queda para la Argentina hasta ahora?

Comencemos por el objetivo de atraer inversiones que pareciera haber sido una de las consecuencias del mega evento.

“La Nación” relata un almuerzo con 2500 periodistas a los que la Agencia de Inversiones y Comercio Internacional (Aaici) presentó los rubros que el PRO considera emblemáticos y prioritarios: gas y petróleo, energía renovable, agronegocios, infraestructura, minería y turismo".

Esta es una definición estratégica, del actual gobierno, sobre las fuentes del desarrollo argentino. Podríamos llamarlo “el ideal del país primario”.

Esto es sencillamente espantoso como visión de la Argentina necesaria y posible. Vergüenza ajena. Pero además es una elegía al comercio libre que la reunión del G20, felizmente, ha soslayado.

Decir “país primario” es procurar un retraso cambiario y una baja de aranceles, es asegurarse la provisión de industria a bajo precio e intercambiarla por naturaleza con poco trabajo, al menos en cantidad.

Es sencillamente ignorar la pobreza y la exclusión presente del 30 por ciento de la población y cerrar los ojos ante el inevitable del 50 por ciento que nos esperan desocupados, empobrecidos o marginalizados en la próxima década.

Juan B. Justo, que seguramente si viviera llevaría el pañuelo verde atado al cuello y predicaría la ideología de genero en las escuelas primarias, predicaba a principios de siglo XX que importar industria mejor y barata de procedencia europea, sería lo mejor para la clase obrera. Socialista el hombre.

Y Carlos Pellegrini, del Partido Autonomista Nacional, conservador el hombre, sostenía entonces “sin industria no hay Nación”.

Desde entonce la polémica cambia de nombres y de adherezos, pero la cuestión sigue siendo la misma: construir la Nación es generar trabajo productivo y capaz de ser de valor para que pueda ser consumido en todo el mundo.

Esa reunión bien PRO, predicó “queremos ser un país primario”, difundánlo por el mundo: somos sólo naturaleza que requiere ser explotada. Gracias por venir.

Algunos empresarios, de esos rubros elegidos por la Agencia oficial, señalaron en la reunion las prioridades “empresariales”: reducir los costos tributarios, laborales y logísticos y entrenar la fuerza laboral en esas áreas. De inversiones ni hablar.

De la conversación con Donald Trump surgió el anuncio del financiamiento para un corredor vial y obras de infraestructura vinculadas a la energía. Es decir, un punto consistente con los ejes de subdesarrollo a los que apuesta el gobierno. De producir para exportar con alto valor agregado ni hablar.El enojo del líder americano surge del esquema de Macri de asociación privilegiada con China que señala, por otra parte, la insólita continuidad de la estrategia de política internacional que fuera diseñada por Cristina Kirchner. Lo cierto es que las centrales nucleares chinas y rusa deberán esperar.

Hay que recordarlo: lo más importante de esta reunión con el líder chino es la continuidad de la política de CFK marcada, en su momento, por la necesidad o desesperación, por conseguir financiamiento externo que el mundo occidental le negaba. Los famosos swap que Macri ha multiplicado por dos.

Mauricio, en materia internacional, es la continuidad de Cristina. En febrero de 2015 Cristina y Xi Jinping, en Beijing, firmaron 15 acuerdos bilaterales que preveían, entre otras cosas, la construcción de dos reactores nucleares. Estos acuerdos se sumaron a los 20 de julio de 2014 firmados en Buenos Aires. Cristina firmó el “Fortalecimiento de la Asociación Estratégica Integral” Macri dijo "Creen que se plantea la necesidad de elegir entre uno y otro (USA y China) no es así. Nunca Argentina estuvo más conectada más al mundo que ahora, con nuestra restructuración”. El hombre ignoró que, en lo principal, ha seguido el camino de su eterna adversaria. Esto pone en claro que la principal pelea es por el protagonismo no por las ideas. En esas coinciden.

Macri firmó con el líder chino el Plan de Acción Conjunta 2019-2023 que contiene las discutibles represas Condor Cliff y La Barrancosa, la estación de energía fotovoltaica "Cauchari", proyectos ferroviarios como el de 1200 kms de vías para el San Martín, etc. Nada de desarrollo industrial.

Y además convenios para la exportación de cerezasde carne ovina y caprina, comercio electrónico, de servicios;la creación de un Fondo de hasta US$ 1.000 millones para financiar "Capital de Trabajo" , otro para la compra de porotos y aceite de soja.

Lo notable de esta vocación común del kirchnerismo y el PRO por la complementariedad con la economía china, es que el proceso industrial forzado de China comenzó hace 40 años. Exactamente cuando comenzaba nuestro proceso de desindustrialización forzada, a base de retraso cambiario y endeudamiento para financiar el déficit.

La diferencia a favor de Macri versus Cristina es que CFK nos compremetía a dos centrales nucleares – caras y hoy innecesarias – y gracias a Trump, Macri no las firmó: mucha deuda para un país sin caja.

La declaración del G20 no incluyó que entre los objetivos de la OMC se incluyera el impulso al “desarrollo nacional”, ausencia que es un punto a favor del libre comercio. No se trata de “naciones” sino de “comercio”, es decir, empresas.

Como sabemos la política internacional es indisociable de la política nacional. ¿Es acaso esto lo único en que Mauricio imita a Cristina? No. No.

Recordemos, la política social –es decir la manera en que el Estado trata el problema de la pobreza del 30 por ciento de la población– es la misma, por cierto mejor y mas honesta, que la que desarrolló CFK. Se trata de mantener la calma pero no resolver el problema que es la creación de empleo.

Es que la política internacional, que implica la construcción de la captura de empleo en el mundo global, determina los niveles de empleo y por lo tanto, determina los limites de la política de lucha contra la pobreza cuyo origen es el desempleo.

La asociación estratégica con China, que ofrece inversiones y que instala condicionalidades, en los términos que han firmado Cristina y Mauricio no contribuye al empleo y a las exportaciones con valor agregado. Es decir, contribuye a mantener los niveles de pobreza y exclusión

Es la doble pinza. De un lado los que necesitan que seamos primarios, China por excelencia, y del otro la mentalidad herodiana que no puede soñar con una Argentina industrial, incluyente, desarrollada. No es la cultura nacional. Es la misma desgracia de tener dirigentes políticos formados en la dirigencia del fútbol. Fácil de entender.

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