Fabiola, la “otra” primera dama

Por: Tatiana Raicevic


“No le llega ni a los talones”, “es una grasa”, “Juliana nos hacía quedar bien en el mundo”, “no tiene hijos”, “¿es primera dama si no está casada?”, “la concubina del presidente”, “cambiamos un Mercedes por un fitito”, y así hasta el cansancio. 

Las cosas que tenemos que leer y escuchar sobre la Primera Dama argentina demuestran que el camino a la deconstrucción y a la igualdad de género es largo y sinuoso y estamos lejísimos de la meta, pero también evidencia que el termómetro de odio de clase no se movió un ápice.

¿Qué les pasa con Fabiola?, esa es la pregunta base. ¿Por qué el ensañamiento? ¿Es solo una cuestión política? ¿O va más allá? ¿No tendrá que ver con la imagen de mujer que representa? Creo que la respuesta va más por ese lado. 

Aunque muchos y muchas lo nieguen o minimicen, aún cuesta mucho “aceptar” a las mujeres que se corren un poco (sí, un poco) de lo que deberíamos ser. A saber, profesionales sí pero no referentes, mujeres empoderadas sí pero hasta la puerta de nuestras casas, mujeres que priorizan su carrera sí pero hasta que tenemos hijos/as y una familia. Hay que reconocer que estos prejuicios (o prejuicios a mitad de camino) son moneda corriente entre nosotros/as. 

La imagen de mujer que “gusta” y que aceptamos todos/as sin chistar es la de independiente y autónoma pero dedicada a la familia (hasta es bien considerado que posponga su crecimiento profesional -por decisión propia, obvio- para dedicarse a sus hijos/as en sus primeros años de vida).
Eso es lo que representaba la exprimera dama Juliana Awada al asegurar que había decidido “acompañar” a su marido en su carrera política y por eso se había alejado de sus funciones dentro de la empresa que ella había hecho exitosa. ¿Una cuestión de marketing? Puede ser, después del odio que la figura de la ahora vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner había despertado en gran parte de la sociedad, no era recomendable otra mujer “fuerte” en el horizonte. No fue la única, María Eugenia Vidal optó por lo mismo: una leona, una madre que lucha contra las mafias, una luchadora pero de bajo perfil, etcétera, etcétera, etcétera. 

Fabiola no es eso. No es mejor, ni peor, pero no representa eso. Y molesta. Molesta porque es un poco “incómodo” que no tenga hijos/as, o que sea actriz, que no esté casada y, lo que es peor, que parezca que no le interesa estarlo. 

Otra de las cosas que no hemos logrado, a pesar de los grandes avances de los feminismos, es dejar de poner a la estética como el Dios de las mujeres, las exitosas y las no exitosas. Los puntos de comparación entre mujeres no tienen nada que ver con los que se utilizan para los varones. Acá, el enfrentamiento no se relaciona con el intelecto, o con sus credenciales, o con su trayectoria, lo que comparamos cuando hablamos de mujeres en el rol de primera dama (y en casi todos, para qué engañarnos) se relaciona más con cuestiones como la ropa que usan, el color de pelo, la gesticulación, el peinado, el maquillaje y cuán bien se camufla en sus actividades diarias para no opacar a su marido. Hasta Michelle Obama, la más admirada de todas las primeras damas, respetaba esto último. El eterno dogma de lo público y lo privado: la mujer en la esfera de lo privado, el varón en la pública. Eso, todavía, no puede mezclarse del todo. 

Y, aparentemente, para muchos, Fabiola sale perdiendo en todos los items. ¿Según quiénes sale perdiendo?, sería una pregunta más que legítima. 

¿Quiénes son los y las que critican lo que Fabiola representa? ¿Qué hubiera pasado si ella ejerciera el rol de primera dama en un gobierno no peronista? ¿Habría diferencia? Quizás un poco, sí. Pero en lo fundamental, puede que no.

La familia ensamblada de Alberto Fernández y Fabiola Yañez está muy lejos de parecerse a una familia “tipo” (como si siguieran existiendo). Por el contrario, son lo más parecido al tipo de familia que nos rodea desde varias décadas (ya deberíamos haberlo aceptado: esa familia somos la mayoría). El tema es que la posibilidad de que el presidente tenga una red vincular más tradicional (leáse acá, que esté casado con Fabiola y su hijo no sea drag queen) genera tranquilidad. La tranquilidad de que todo sigue siendo como debería ser: la familia, el trabajo, la estabilidad. No más vorágine, las cosas en su lugar. Ya que en casa no lo podemos tener, que nos lo muestre la tele. El eterno aspiracional de la clase media. 

Los cambios de paradigmas generan resistencias, muchas y de muchos frentes, quizás sería bueno empezar a ensayar el no quedarnos con lo superficial de eso que nos incomoda. 

Una amiga me dijo que hubiera estado bueno (y que hasta le hubiera servido mucho) que Juliana Awada saliera públicamente a bancar a Fabiola. ¿Por sororidad? No, porque ser primera dama es un trabajo de mucha exposición que no debe ser fácil de llevar a cabo exitosamente. Y para demostrar que la idea de ese cargo ya no es la de “decorar” al primer mandatario de turno sino que se está refuncionalizando y adaptando al contexto, como todo en estos tiempos. Falta un montón, quizás ni siquiera sea Fabiola la que rompa con esto en el corto plazo pero sí es claro que estamos en camino. 

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