Exhaustos

Si nos supimos acomodar y adaptar tan rápido a las nuevas condiciones que la pandemia impuso es porque ellas no eran tan nuevas.

Uno de los estados de ánimo y de cuerpo que más se escucha en la actualidad es el del cansancio. Tanto cuando salimos a la calle como en nuestros intercambios profesionales, personales y familiares; basta preguntarle a alguien cómo está y dejarlo hablar, escuchar, para que aparezca: “cansado”, “agotada”, “quemado”, “no doy más”. Estudiantes, trabajadores, desempleados, jóvenes y viejos: hoy parece haber, extendida a lo largo del tejido social, una sensación de cansancio generalizado.

Sería impreciso e inadecuado atribuir esta prevalencia del cansancio en nuestra época a la pandemia: ya antes de ella, bajo distintos anglicismos (“estrés”, “síndrome de burn out”, etcétera), el cansancio parecía ser un correlato necesario de nuestro modo de vida y de producción. Si, como señala Mark Fisher, el aburrimiento era el afecto dominante en la época fordista, los afectos que parecen prevalecer en el capitalismo tardío son la depresión y la ansiedad: “Los neoliberales ofrecían emociones e imprevisibilidad, pero el lado negativo de estas nuevas condiciones fluidas es la ansiedad perpetua. La ansiedad es el estado emocional que se correlaciona con la precariedad (económica, social, existencial) que los gobiernos neoliberales han normalizado” (K-PUNK, vol 2, p. 418).

Este estado de ansiedad perpetua y generalizada, continuada desde la esfera del trabajo a todos los aspectos de nuestras vidas, no podía menos que llevar a la extensión del cansancio entre las personas, bombardeadas y excitadas permanentemente por estímulos constantes. Desde esta perspectiva, la “revolución permanente” a la que nos empuja el neoliberalismo como modo de vida tiene como correlato un estado de agotamiento permanente.

La pandemia, lejos de volvernos mejores, vino a hacer “lo mismo pero más rápido” (tal como supo prometer ese exponente local del neoliberalismo, Mauricio Macri, en su campaña para una reelección que perdió lapidariamente). El desdibujamiento de las fronteras entre el trabajo y el ocio, la invasión de los hogares por el trabajo (real, aunque su medio sea virtual), la no existencia de horarios laborales y límites a nuestro tiempo de trabajo eran todas cuestiones preexistentes, inherentes al capitalismo tardío, que la pandemia profundizó y extendió. Si nos supimos acomodar y adaptar tan rápido a las nuevas condiciones que la pandemia impuso es porque ellas no eran tan nuevas.

El saldo de esta extensión del “american way of life” es el imperio de esa sensación de agotamiento generalizado. Poblaciones empobrecidas económica, psíquica y físicamente, vidas precarizadas y confinadas en una lucha constante por la supervivencia, encierro en un ritmo imposible de sostener, cuyas consecuencias son mucho más devastadoras que las medidas de confinamiento dispuestas para hacer frente a la pandemia (medidas inexistentes, en la práctica, hace rato).

Tal vez pueda sostenerse la hipótesis de que, entre otros factores y condiciones, es este el suelo en el cual florecen tanto el empobrecimiento del debate público como las teorías conspirativas, la estupidez y, quizás, el neofascismo. Grandes masas de personas agotadas e hiperestimuladas a la vez, constantemente excitadas a la par que psíquica y físicamente asfixiadas.


Las “nuevas” derechas han sido hábiles en promover y aprovechar este estado generalizado de agotamiento. 


Así, en nuestro país, han podido pasar de decir sin ningún tipo de pudor que una vacuna era veneno a reclamar por la demora en la llegada de esas mismas vacunas; de reclamar que primero se vacunen los funcionarios a denunciar a esos mismos funcionarios vacunados como “privilegiados”. O bien afirmar que la educación debe ser prioridad a la vez que se reduce el presupuesto destinado a esta, promover el eslogan “primero la escuela” a la par que de modo sistemático y planificado se brindan condiciones de trabajo precarias a los docentes, volviendo así agotador (e imposible) el debate público.

Han sido especialmente hábiles, en el aprovechamiento de este empobrecimiento afectivo generalizado, para estimular a los ciudadanos a odiar a docentes y a trabajadores de la salud. Han utilizado a la salud mental como argumento para oponerse a las medidas de confinamiento, para luego perseguir y repudiar la vacunación de trabajadores de la salud mental. Han puesto a los trabajadores a competir con y a odiar a otros trabajadores y, sobre todo, han sido peculiarmente eficaces para estimular a los trabajadores a reclamar medidas contrarias a sus intereses.

En pocas palabras, las derechas han logrado utilizar y aprovechar nuestro cansancio para promover un modo de vida que no puede más que extenderlo, profundizarlo y perpetuarlo. Me pregunto si, en el campo nacional y popular, sabremos transformar ese agotamiento generalizado en un deseo de modificar y mejorar nuestras condiciones de vida. Para eso me parece una condición previa indispensable que logremos localizar la causa de este cansancio, nombrarlo, cernirlo, combatirlo para, así, dejar de reproducirlo.


Sobre el autor: Darío Charaf es psicoanalista y docente.

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