Estados Unidos: la ola que no fue

Por: Hernán Madera

“Blue Wave” (ola azul, por el color del partido demócrata) era lo que habían pronosticado para este martes de elecciones los medios más progresistas como CNN y MSNBC. Neoyorquinos y californianos, furiosamente antiTrump, se autoconvencieron de que eso era lo que iba a suceder.

No pasó. La ola azul se chocó con el fuerte crecimiento de la economía (4%, es como si Argentina creciera al 10%) y -otra vez- con el electorado blanco movilizado.

La supuesta ola azul se debería haber reflejado en el estado más codiciado, el que te da o te quita la presidencia desde hace décadas: Florida. Y los demócratas perdieron tanto la gobernación como la senaduría que estaba en disputa allí.

Pero, aun así, estuvieron cerca (demasiado cerca), por ejemplo, en las absolutamente republicanas Texas y Arizona (esta última todavía en disputa). ¿Por qué? Porque la matemática a largo plazo beneficia al partido de Clinton y Obama: crecen las minorías en esos estados y las familias jóvenes son cada vez más progresistas. Otro ejemplo que beneficia a los demócratas: los electores de Florida decidieron devolverles a los presos el derecho a votar, y, como todos sabemos, la mayor parte de quienes están en cárceles en Estados Unidos son negros o hispanos.

El camino que siguen Texas y Arizona puede ser el mismo que siguió California a fines de los años ochenta, cuando comenzó a girar hacia los demócratas. Los hispanos superaron a los blancos demográficamente, las ciudades de la costa se volvieron cada vez más progresistas y así se llegó al punto actual: los republicanos californianos son un grupo pequeñito, hay una super mayoría demócrata en la legislatura y prácticamente no hay chances que esto cambie. Y si eso pasó en el estado de Ronald Reagan, en Texas también puede suceder. Los intentos tardíos y desesperados en los noventa de los republicanos en California por detener esta tendencia (como prohibirles cualquier servicio público a los inmigrantes) son similares a la infame práctica delvotersuppression actual: el intento deliberado de la que las minorías, y especialmente los negros, no puedan votar por problemas técnicos, de espera en las filas de votación o de horarios (se vota en un día laboral).

¿Con qué están reemplazando esos votos los republicanos? La estrategia es volverse sobre los estados industriales en decadencia que solían ser sólidamente azules como Michigan, Minnesota, Wisconsin y seducirlos con el fin de los tratados de libre comercio y la renegociación del NAFTA. Y está funcionando. Esto demuestra que hay un nuevo reordenamiento del mapa político.

Los republicanos no solo lograron quedarse con el Senado, sino que aumentaron su mayoría. La regla mantenida por décadas de que se necesita 60% de los votos en esa cámara para aprobar una ley (y no solo la mitad más uno) murió en la presidencia de Obama. O sea que los republicanos se hacen con el control de todos los nombramientos judiciales y especialmente con el de nuevos integrantes de la Corte Suprema. Allí hoy la mayoría conservadora es 5 a 4. Además, la jueza más de izquierda del tribunal (la única que votó a favor de Argentina en el juicio buitre), Ruth Ginsburg, tiene 85 años. Se especula que será la próxima vacante. Sería un golpe enorme para los liberales, y uno que se tardarían décadas en deshacer.

Al igual que todas las elecciones desde 1976 (excepto una sola vez), el oficialismo perdió la cámara baja en la elección de medio término. Se cumplió la regla. Y la perdió feo. Entraron al Congreso muchos del ala izquierda del partido demócrata. Avanzaron las mujeres, los gays, los musulmanes, los pueblos originarios. Y del otro lado, el electorado blanco mayor de 50 años también salió a votar con fuerza y logró que la ola azul no lo moje. Por ahora.

Con este resultado, los republicanos no abandonarán al presidente Donald Trump, pero tampoco habrá por dos años más leyes antiinmigrantes u otras que sigan desmantelando la reforma de salud de Obama.

Es un empate. Otro empate. Entre los que quieren ir contra Rusia y los que prefieren ir contra China. Entre el populismo conservador y el internacionalismo progresista. Pero, sobre todo, entre los blancos (resueltos a no dejarse tapar, nunca jamás, por ninguna ola progre) y del otro lado todas las otras minorías y sus aliados de izquierda.

Dentro del partido demócrata deberán decidir si siguen culpando a Rusia y Facebook de haber perdido estados tradicionalmente fieles o si aceptan que su política de apertura comercial olvidó a esas regiones golpeadas por las importaciones chinas y mexicanas.

El partido republicano supo ceder porque quiere ganar y gobernar: no hubo aumento de la edad jubilatoria ni quita de fondos a los programas de salud para mayores de 65 años, tampoco apertura comercial y el déficit fiscal se disparó. La pelota está ahora en el bando demócrata: ¿sale a pelear únicamente Florida para ganarla por un pelo y que eso le dé la Presidencia, o acepta parte de la agenda proteccionista y fiscalmente irresponsable de Donald Trump y recupera sus estados industriales?

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