Estados Unidos e Irán: las tácticas de los gestos y los discursos

Por: Ignacio Rullansky

Donald Trump introdujo una cultura de seguridad cuyo principio clave sostiene que la desarticulación de los conflictos geopolíticos debe seguir una lógica económica. “Engrandecer a América de nuevo” requiere austeridad. En vez de solventar guerras, se intentaría “doblegar” al enemigo con la imposición de sanciones económicas. Este es el primer factor disuasivo contra gestos de un gobierno u organización vistos como amenazas: la presencia militar devino un refuerzo secundario.

Es decir, las sanciones representan una invitación a calcular los costos y beneficios derivados de una acción: son una advertencia o disuasión. Se habla de una “guerra” comercial entre EE.UU. y China y, hasta hace poco incluso asolaba la inminencia de una guerra atómica con Corea del Norte. Esto se evanesció tras la Cumbre de Singapur de 2018. No es que la tensión se erradicara, pero sí se redujo a un punto incomparable con la trascendencia del #WWIII. Alegando que los mecanismos de cooperación del acuerdo nuclear de 2015 entre el G5+1 e Irán eran insuficientes para monitorear las presuntas violaciones de este país, Trump retiró a EE.UU. del acuerdo en 2018: el último fin de semana, Teherán también se retiró.

Mientras, la sociedad iraní sufre una crisis económica agravada por las sanciones, el congelamiento de activos financieros y ruptura de acuerdos con firmas iraníes y la progresiva devaluación de su moneda. En pleno malestar, el financiamiento del apoyo iraní a Assad en Siria fue visto por distintos actores como excesivo, sobre todo por sectores que buscan expansión de libertades, pero también la oposición de derecha: conservadores, ultra religiosos y el seno del Líder Supremo, Alí Jamenei, incluida la Guardia Revolucionaria.

Los sucesos de los últimos días hacen surgir interrogantes. Reparemos en las masivas procesiones del pueblo iraní en despedida a Soleimani. Una posible consecuencia de su muerte sea la traducción de la movilización popular contra Rouhani, su política económica, y por el status de derechos, un apoyo a los sectores que obstruyen la expansión de estos derechos y pregonan respuestas más agresivas que los ataques contra las bases en Iraq. ¿Se reforzará la oposición a Rouhani por derecha?

Recordemos que los aliados de Irán tampoco están en forma para acompañar enfrentamientos directos con Estados Unidos y aliados como Israel y Arabia Saudita. Los gobiernos de estos últimos países llamaron a la calma mientras que Hezbolá afirmó el compromiso de luchar. Empero, Líbano enfrenta una crisis de legitimidad política y malestar económico que justifica preguntar: ¿es este apoyo simbólico o existe tal disposición bélica?

Alcanzamos otro punto crucial: la economía de los gestos, es decir, la táctica subyacente a la transmisión de ciertos enunciados. Me refiero a los clamores de venganza de Jamenei y a los de Trump y a la variable coyuntural. Michael Moore, documentalista norteamericano, lo expresó en una carta abierta al Líder Supremo, pidiendo tiempo hasta que las urnas se “encarguen” de Trump: EE.UU. podría moderar su posición relativamente pronto.

Jamenei demostró que los hechos no ameritaban la espera: había que expresar una respuesta. ¿Cuál fue su táctica? Puede tratarse de la imposición de nuevos límites entre Washington y Teherán, que supieron entenderse en la lucha contra ISIS; una vez que éste fue doblegado es decir, como amenaza, se volvió “controlable”, los aliados circunstanciales volvieron a la desconfianza.

Eso no solo debe adjudicarse a la irascibilidad de Trump, cuyas intervenciones en redes sociales revelan algo más: cómo concibe a la seguridad. En breve, se establece que existe algo que debe ser protegido de la acción de alguien más. En este caso, la prospección de un ataque a la embajada ponía en peligro vidas americanas.

Cuando en abril de 2018, Estados Unidos, Francia y Reino Unido atacaron puntos estratégicos del presidente Assad en Siria, aliado de Irán, se trató de un acto punitivo, disuasivo, por el uso de armas químicas contra grupos rebeldes y población civil. Este operativo no implicó mayores hostilidades: sirvió para trazar un límite, sino, se habría recurrido a la amenaza de sanciones económicas. Es más, en 2019, los Estrechos de Gibraltar y de Ormuz fueron el escenario de recíprocas retenciones de embarcaciones petroleras entre Occidente e Irán: agresiones a escala reducida a blancos económicos. Los recientes incidentes en la embajada de EE.UU. en Iraq dieron pie a otro tipo de gesto disuasorio: excepcional, ya no económico. Fruto de la muerte de Soleimani, el gobierno iraní respondió con la fuerza. Aunque no produjo baja alguna, el dilema de la seguridad resurge: se ataca para estar seguro y eso genera una mayor inseguridad.

Esta semana, el parlamento iraquí votó en una resolución no vinculante la expulsión de las tropas americanas. Trump amenazó con imponer sanciones y el primer ministro, Abdel Abdul Mahdi, desistió. La retirada de EE.UU. de Siria expuso a los kurdos que vencieron a Daesh a ataques de Turquía: quizás esto contemplan quienes celebran en Iraq que el Secretario de Defensa Mark Esper refrendara a Abdul Mahdi. Es posible que Trump y Jamenei manifiesten un mensaje distinto acorde al público que se dirigen, pero sus mensajes expresan cierta contundencia.

Así como Trump afirmó que el ejército estadounidense tenía en la mira cerca de 52 blancos en Irán, incluyendo edificios y recintos considerados patrimonio histórico, es decir, cuya destrucción significaría un crimen de guerra, la Secretaría de Estado se ocupó de disminuir la tensión separadamente.

Los ataques iraníes contra las bases de Erbil y al-Assad en Iraq no causaron bajas, según transmitieron autoridades americanas, iraquíes y británicas. No obstante, los medios iraníes comunicaron que había habido cerca de 80 muertos, cifra contundente como para que Jamenei destacara el “bofetazo” devuelto. Es cierto: también señaló que el gesto era insuficiente y que la presencia de este país en la región debía concluir definitivamente.

¿La respuesta de Trump? Más sanciones económicas. Quizás esto indique que no habrá nuevos ataques: aunque el discurso pueda presentar una victoria o restitución del honor a un público específico, otros gestos pueden no corresponder a enunciados iracundos.

La economía global fue afectada. Ni la Unión Europea, ni China y Rusia, ni el Consejo de Cooperación del Golfo están interesados en perjudicarse. Si la perspectiva de guerra representa un costo para las potencias, quizás esto incida en un enfriamiento del conflicto. Según Trump, el cálculo de costos y beneficios debería bastar para que Rouhani desista de futuras agresiones, y de su agenda nuclear. Habrá que ver qué sectores se imponen en Irán e Iraq y atender a cómo poblaciones divididas y en plenas crisis, ensayan una posición novedosa.

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