Espectros dependentistas

¿Por qué nuestros países, en el marco del sistema capitalista, no pueden desarrollarse como lo hacen los países centrales? se pregunta Diego Giller en su nuevo libro, Espectros dependentistas. Variaciones sobre la “Teoría de la dependencia” y los marxismos latinoamericanos.


La pandemia del coronavirus ha vuelto a mostrar, pero esta vez con más crudeza que nunca, algo que todos y todas ya sabíamos: vivimos en un mundo globalizado, hiper-globalizado. Un mundo conectado comunicacionalmente, pero también económica, política y culturalmente. Sin embargo, eso que hasta hace apenas un par de meses resultaba digno de ser enaltecido, elogiado, alabado, se transformó, en las pandémicas circunstancias, en lo contrario. Parece que ahora sí comenzamos a sospechar que tanta velocidad y tanta hiperconectividad a nivel mundial no es algo necesariamente virtuoso, toda vez que asistimos al dramático espectáculo de un virus que acecha y se propaga con la misma velocidad que lo hace una noticia sobre algo que sucede a miles y miles de kilómetros de distancia. Parece que ahora sí alcanzamos a percibir las implicancias de la palabra viralización: ya no nos asiste sólo para referenciar un meme o una fakenews, sino también para aludir a un microscópico y amenazante virus.

¿La pandemia del coronavirus está dejando al rey globalización sin corona? Es demasiado temprano para responderlo. Pero lo que es seguro es que las medidas de protección que muchos países han tomado, y que han redundado, por ejemplo, en el cierre de fronteras, no están haciendo otra cosa que poner en jaque, aunque más no sea por unos instantes, a las pretensiones globalizadoras –que jamás son sinónimo de igualdad– del sistema capitalista. Más en el fondo, podríamos imaginar que lo que está emergiendo es un cuestionamiento a la dependencia. Podríamos imaginar, entonces, el surgimiento de un pensamiento que reflexiona sobre los efectos nocivos de la dependencia extrema que tienen los países entre sí, y que siempre es mucho más grande, más fuerte y más feroz en las economías más pobres. Digámoslo rápido: son los países periféricos, subdesarrollados, o como se les dice hoy, eufemísticamente, en vías de desarrollo, los que dependen de (los que están sometidos a) los países del centro del sistema mundial, de los países desarrollados.

Y si esto es así, entonces habrá que volver sobre esa palabrita, la palabrita “dependencia”. Hace poco más de medio siglo surgió en América Latina una corriente de pensamiento que se conoció como Teoría de la dependencia, y que lo que buscaba era investigar y conocer, para intentar transformar, las razones por las cuales los países de nuestro continente son dependientes de los países centrales. ¿Por qué nuestros países, en el marco del sistema capitalista, no pueden desarrollarse como lo hacen los países centrales? ¿Por qué no pueden tomar decisiones políticas y económicas autónomas, sin depender de los designios de los países poderosos? ¿Por qué no les está permitido constituir una teoría, una filosofía y una sociología propia, que no sea mera copia de la que se produce en el centro del mundo? Algo de todo eso se intenta pensar en Espectros dependentistas. Variaciones sobre la “Teoría de la dependencia” y los marxismos latinoamericanos, libro que acaba de ser publicado por Ediciones UNGS, y del que me gustaría compartir algunos fragmentos.




Espectros dependentistas: fragmentos escogidos por el autor


Fantasmas. Toda época tiene sus fantasmas. Y también, viceversa: todo fantasma tiene su época. Y si no la tiene, la busca. Hasta encontrarla. Porque los espectros, esos seres misteriosos, inquietantes, juguetones, que no están ni del todo vivos ni del todo muertos porque fueron mal sepultados, que están presentes pero ausentes –o ausentes pero presentes–, asedian, acechan, persiguen, aconsejan, advierten. Van a la caza de una conjura, al encuentro de un conspirador que crea poder decir: “Allí están, esas son las voces que andábamos buscando para descifrar nuestro presente y resolver nuestros enigmas”.

Escrituras dependentistas. (…) Este libro trata de una conjura: la conjura de los espectros dependentistas. Llamamos dependentistas a ese cúmulo de reflexiones y libros forjados en torno al significante “dependencia”. Escritos encendidos, militantes, latinoamericanos, fraguados por intelectuales de izquierdas durante su exilio en Chile, entre el golpe de Estado de 1964 en Brasil y el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en 1973. Conocidos bajo el célebre pero inexacto nombre de “teoría de la dependencia”, fueron concebidos con el objetivo de invertir aquello que los sustantivaba: la dependencia tenía que devenir independencia. La revolución socialista, con la experiencia cubana como “efecto demostración”, trazaba el camino hacia la liberación. Santo y seña de toda una generación, la revolución fue la palabra de pase para arribar a un mundo sin explotadores ni explotados.

(…) En el cruce de las décadas del sesenta y setenta, las escrituras dependentistas llegaron a ser un boom teórico-político. Mucho de lo que en ese entonces se escribía y pensaba debía pasar por allí. Como si fuese un mandato. Incluso, su irrupción lograba revertir, tal vez como nunca antes, el flujo de las relaciones teóricas entre centro y periferia. Fue así que los investigadores progresistas del centro del sistema mundial se vieron interpelados por estos avances, teniendo que reconocer que unos “periféricos” y “subdesarrollados” latinoamericanos también podían producir teoría. Y que esa teoría podía ser marxista.

(…) Este libro se interesa por recobrar la historia de esas intensas aventuras político-intelectuales que en Chile llevaron el nombre de “teoría de la dependencia” (…) Esa preocupación se traduce en la búsqueda de sus antecedentes y condiciones de emergencia, de sus protagonistas, escritos y conceptos, de sus debates y polémicas. En descubrir sus tramas. En soltar los secretos de esas aventuras que serán finalmente deglutidas por el conservadurismo de esa misma tierra chilena en la que se originaron, pero también se convierte en una preocupación por comprender las razones que forzaron su apresurada y súbita desaparición.

Desarrollo y dependencia. (…) el subdesarrollo dejaba ser pensado como “falta de desarrollo” (dos Santos, 2002), como un problema técnico (Terán, 2013) o como el resultado del fracaso de la industrialización por sustitución de importaciones (…) antes que un estadio atrasado y anterior al capitalismo, el subdesarrollo y la dependencia comenzaron a ser analizados como una consecuencia de este sistema económico. La interdisciplina, el método histórico-estructural y la teoría marxista se ofrecieron como los nuevos canales para la formulación de una nueva perspectiva teórico-política en la que desarrollo y dependencia aparecían constitutivamente anudados, conformando dos caras de una misma moneda.

El boom de la dependencia. (…) Fue así que la teoría del desarrollo empezó a verse desplazada por una serie de estudios que hicieron foco en su contraparte: el subdesarrollo y la dependencia. Popularizada como “Teoría de la dependencia”, se trató menos de una doctrina cerrada y unitaria que de un conjunto amplio y diverso de investigaciones animadas por intelectuales de disimiles trayectorias, disciplinas y proveniencias geográfico-culturales. Pero a pesar de esa diversidad, el punto de partida parecía ser el mismo: explicar por qué la dependencia persistía incluso cuando había crecimiento e industrialización. La piedra estaba lanzada. Faltaba construir un concepto (…) Fue Aníbal Quijano uno de los que con mayor claridad expuso la centralidad alcanzada por la nueva categoría: “la problemática total del desarrollo histórico de nuestras sociedades está afectada radicalmente por el hecho de la dependencia. Esto no es un dato externo de referencia, sino un elemento fundamental en la explicación de nuestra historia” (Quijano, 2014: 84).

(…) Rápidamente, el “boom” de la dependencia comenzó a hacer ruido más allá de los confines chilenos. Casos como los de Brasil, México y Venezuela, por citar algunos de sus polos latinoamericanos más dinámicos, mostraban que las investigaciones dependentistas ganaban adeptos y crecían en cantidad y calidad. Y en ese concierto de explosiones, las fronteras continentales también empezaron a ser dinamitadas.

(…) a partir de las investigaciones dependentistas las corrientes progresistas de los países centrales se vieron obligadas a admitir no sólo que unos “periféricos” y “atrasados” latinoamericanos podían producir teoría, sino que algo se podía apre(h)ender de ellos y de ella. Pero también nos obligó a despintar el “retrato del colonizado”, cuyos contornos estaba trazando por esos mismos años el tunecino Albert Memmi (1969), para empezar a aceptar que nosotros también podíamos pensar como latinoamericanos. Y es que, como señaló Marini, la “Teoría de la dependencia” había logrado invertir “el sentido de las relaciones entre la región y los grandes centros capitalistas, [y] hacer que, en lugar de centro receptor, el pensamiento latinoamericano pasara a influir sobre las corrientes progresistas de Europa y de los Estados Unidos: basta citar, en este sentido, a autores como Amin, Sweezy, Wallerstein, Poulantzas, Arrighi, Magdoff, Touraine” (Marini, 2012c: 116).

Intelectualidad y política. (…) Con todo, las preocupaciones de los teóricos de la dependencia rebasaban los muros estrictamente académicos. Al respecto, Cueva subraya que “están además altamente politizadas y en un interesante vaivén dialéctico contribuyen, a su turno, a dar asidero científico a las tesis de las diversas organizaciones políticas” (Cueva, 1987: 177). (…) La simbiosis entre intelectualidad y política, entre teoría y revolución, hizo que las investigaciones excedieran lo meramente académico y se instalen en revistas culturales, movimientos políticos y sociales, instituciones estatales, literatura y periodismo (Beigel, 2006).

(…) ¿Acaso alguien podría demostrar hoy que el subdesarrollo y la dependencia son problemas ya superados por el capitalismo periférico? Es cierto que sus morfologías han cambiado, pero no menos cierto es que, en lo esencial, los nuestros siguen siendo países periféricos, dependientes y subdesarrollados. Por eso, en lugar de seguir consintiendo su denegación, tal vez resulte más interesante volver a preguntarse por las condiciones de la dependencia hoy. No estamos dispuestos a desperdiciar todo ese arsenal crítico que es parte de nuestro saber acumulado. Y no lo decimos como mero capricho. Por el contrario, es esta oscura y peligrosa época la que reclama una conjura dependentista. Es ella la que desentierra viejas preguntas. Es ella la que nos las devuelve a nuestro presente. (…) Son las mutaciones del capitalismo actual las que reclaman una relectura y una transformación de esas herramientas analíticas con las que se interpretaban los años de la segunda posguerra. Y muy particularmente, de la categoría de dependencia.

La conjura dependentista. (…) Frente a la conjura “antipopulista” de los conservadurismos contemporáneos, proponemos una conjura dependentista. (…) Se trata, entonces, de convocar a los espectros de la dependencia para hallar en su jerga alguna palabra que sea capaz de ayudarnos a resistir la “lengua única” y, al mismo tiempo, recrear una nueva. Se trata de intentar extraer de su universo aquellas herramientas teóricas que sirvan para pensarnos y repensarnos. Se trata de repensar con ellos la dependencia mediática, judicial, política y de género.

(…) Recobrar las vibraciones del pasado, recoger sus restos, visitar sus fantasmas, ¿no es acaso la tarea del tiempo-ahora?


Sobre el autor: 

Diego Giller es sociólogo y doctor en Ciencias Sociales. Trabaja como investigador en el Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento y en el Centro Cultural de la Cooperación. Es autor del libro René Zavaleta Mercado. Una revolución contra Bolívar (Ediciones UNGS, 2016) y compilador de 7 ensayos sobre socialismo y nación (incursiones mariateguianas) (Caterva, 2018) y René Zavaleta Mercado. Pensamiento crítico y marxismo abigarrado (Quimantú, 2016), este último en co-autoría con Hernán Ouviña. Además, ha escrito artículos en diversas revistas de ciencias sociales.

El lápiz verde