¿Es posible gestionar (en forma estable) el neoliberalismo sudamericano?

Por: Mariano Fraschini


A partir del acuerdo con el FMI, el gobierno de Mauricio Macri profundizará de manera veloz y menos “gradual” el ajuste económico ya en curso desde finales de 2015. La receta económica ortodoxa llevada adelante por la administración Cambiemos tendrá a partir de ahora un nuevo capítulo, más en línea con los ajustes clásicos que demandan el achicamiento del déficit fiscal, mayor apertura comercial, liberalización del dólar, registro de la emisión monetaria y un control estricto del pago  (o repago) de las deudas contraídas. Nada nuevo bajo el sol traerá aparejado el “nuevo” FMI, y estará en el gobierno calibrar políticamente las demandas del organismo para poder arribar a 2019 sin grandes desequilibrios sociales y económicos. La pregunta, en este marco, es la que encabeza estas líneas: la gestión presidencial de las políticas económicas neoliberales ¿pueden lograr estabilidad política y social en nuestra región?

Nuestro país ha pasado por dos grandes experiencias neoliberales con antelación a la macrista. La primera de ellas ocurrió durante la dictadura cívico- militar de 1976- 1983 y pudo establecerse (y estabilizarse) a partir del terror y la represión. El modelo económico llevado adelante desde la cartera económica por los grupos más concentrados del poder pudo llevarse adelante, sin embargo, no sólo por la represión efectiva y amenazante, sino por las condiciones económicas políticas y sociales en las que se encontraba el país. El contexto que precede la instalación de gobierno de facto  descansa en el shock económico del “Rodrigazo” de junio de 1975, donde se desequilibraron todos los índices macroeconómicos, una debilidad crónica del gobierno de Isabel Perón, sostenida sólo por los sindicatos y jaqueada en forma permanente por los grupos ilegales de izquierda y derecha y un contexto social que combinaba movilización y retraimiento. En estas condiciones fue posible entonces  llevar a cabo un conjunto de medidas de neto corte neoliberal (novedosas para la etapa, recordemos que los campeones de este modelo se instalan con posterioridad, Thatcher en 1979 y Reagan en 1980)  en un contexto marcado por el “agotamiento” de las políticas mercado internistas de las décadas precedentes. Es decir, a pesar de que las condiciones materiales distaban de ser las de una pobreza extrema y la de una desigualdad social agobiante, estos “desequilibrios económicos” (alta inflación, recesión e ingobernabilidad) sumados a la amenaza del “terrorismo” en todas sus vertientes, sirvió de base para la “vuelta de página” que implicaban estas políticas de cuño anti estatista.  

El contexto de asunción de Carlos Menem en 1989 estuvo marcado por un proceso de hiperinflación, ingobernabilidad, y de agotamiento de un modelo, como el alfonsinista, que nunca se terminó de desplegar, ni mostrar sus contenidos. La “cirugía sin anestesia” llevada adelante por el gobierno menemista abrazó el ideario neoliberal en todos sus resortes (FMI, Banco Mundial, Plan Brady, privatizaciones, apertura económica, desregulación económica, financiera, del mercado laboral, de la provisión de servicios públicos, etc.) y en todas sus bases ideológicas (individualismo, glorificación de la libertad del mercado,  anti política, anti sindical, resumidas en el “sálvese quien pueda”). La implementación completa y acelerada del neoliberalismo menemista fue producto de un contexto que demandaba estabilidad económica “a cualquier precio” y autoridad política para llevarla adelante. Fue justamente uno de los partidos populares quien se hizo cargo de la empresa, y llevó las recetas neoliberales al punto culmine de convertirse en el “mejor alumno” del FMI. La continuidad de este esquema económico en manos de la alianza entre la UCR y el Frepaso permitió observar que el neoliberalismo jugó sus fichas a convertirse en el modelo hegemónico trascendiendo las fronteras partidarias.  Los sucesos de diciembre de 2001 marcaron los límites económicos, políticos y sociales de su implementación, y dieron paso a un nuevo esquema de intervención estatal desde el mismo año 2002.

El tercer neoliberalismo surge, a diferencia de las dos experiencias anteriores, sin crisis terminales a la vista. A pesar de los necesarios ajustes a una economía que crecía en forma diminuta, las condiciones económicas, políticas y sociales se encontraban muy lejos, en perspectiva comparada, de las de 1976 y 1989. Desde allí que se hacía necesario, por lo tanto, que las mismas existieran para poder acelerar el esquema. Lo novedoso, en ese marco, es que fue justamente a partir del inicio de la administración Cambiemos es que estas condiciones pudieron materializarse. Para ser claros en este punto, el propio gobierno (por acción u omisión)) fue el causante de las condiciones de urgencia económica que dio lugar a la aceleración del ajuste estructural.  La “necesaria” crisis que, como en el 76 y el 89, generaron las condiciones de la reestructuración económica no se encontraban cuando Macri recibía los atributos de Pinedo, desde allí que se había imperioso generarlas para parir un escenario de crisis. El ajuste económico en la producción y el consumo de 2016 y la “corrida cambiaria” del mes pasado, fueron los escalones “necesarios” para subir este nuevo piso hacia un ajuste estructural liso y llano, que tira por los aires al “gradualismo” otrora tesoro de la estabilidad política.

Entonces, volviendo al inicio del texto, y de la pregunta que lo inaugura ¿es posible gestionar y estabilizar estos modelos?  Empezando por la experiencia argentina debemos indicar que sí. Pero debemos advertir que las experiencias precedentes a la actual tuvieron los recursos institucionales, sociales, financieros partidarios, de apoyo popular – ciudadano necesario para mantener un relativo “veranito económico” que alivió las cargas sociales que fabrican estas políticas (más pobreza, desigualdad y desempleo) en los sectores medios y bajos. El “deme dos” de la dictadura y el “voto cuota” del menemismo configuran los años de relativa “bonanza” y consumo al que dieron lugar los neoliberalismos en los 70 y 90. A diferencia de estas experiencias, el neoliberalismo actual sólo ha traído penurias a una buena parte de la sociedad argentina. A pesar de ello, ha logrado ganar elecciones evitando hablar del presente y haciendo pie en el pasado, al que llamó exitosamente a superar. Sin embargo, desde hace dos años y medio no ha podido generar un “círculo virtuoso” que le permita hablar de las “bondades” del presente. Su discurso ha pivoteado en torno de los “costos”, del “gradualismo”, del “ajuste” sin poder traducir esas carencias “transitorias” en bondades “permanentes”, como sí lograron convertir desde el discurso los neoliberalismos precedentes.

La llegada del FMI con los costos que no se disimulan en el mensaje oficial viene a reforzar el círculo del ajuste, sin promesas de buenaventuras a futuro. Allí radica una de las grandes diferencias entre las experiencias anteriores y la actual.  El presente es un neoliberalismo sin “buenas noticias”, que sólo demanda achicamiento del consumo, del salario y de las expectativas. Este sería el costado más novedoso de la tercera experiencia neoliberal en nuestro país.  ¿Es posible ganar elecciones en forma permanente sin “activos positivos” a mostrar? ¿Es factible una gestión política estable cuando son los costos el programa político a ofrecer a la sociedad? Todo es posible en la política argentina. En los estudios de opinión pública y en “la calle” se olfatea que las condiciones de estabilidad política surcarán por arenas movedizas. La gestión cotidiana del ajuste requiere recursos de poder aceitados y una cuota enorme de destreza política para no evitar hundirse en situaciones embarazosas en lo social y lo político.

¿Y qué ofrece, en cuanto a neoliberalismos estables, la experiencia regional? Los casos emblemáticos son los de Perú, Colombia y Chile. A pesar de que en este último país, los gobiernos de la Concertación han inyectado beneficios sociales al programa de ajuste heredado de la dictadura pinochetista, los resortes fundamentales del modelo no han sido tocados. Los casos de Perú y Colombia configuran los paradigmas neoliberales en la región. En ambos países, y durante las décadas en que se iniciaron esos esquemas económicos, el factor “guerrillero” estuvo  presente y operó con un fuerza disciplinadora. Los liderazgos que lo llevaron a cabo (Uribe en Colombia y Fujimori en Perú) atizaron con el peligro “subversivo” las condiciones para llevar adelante su programa reformista. Es cierto que en ambas sociedades los niveles de bloqueo o resistencia social se presentan como de menor intensidad, pero no deja de ser llamativo que para poner en marcha los esquemas económicos neoliberales se torna imprescindible la existencia de un “factor exógeno” de riesgo, sea esta la “hiperinflación”, “la amenaza subversiva” o “el caos económico”, para asegurar su efectividad. Sin embargo, en el resto de Sudamérica no ha resultado sencillo consolidar el modelo neoliberal. En Venezuela, Bolivia y Ecuador el mismo ha sido resistido, y es agitado como un fantasma por los gobiernos chavistas y evistas; en Ecuador le ha servido a Lenin Moreno para ganar la elección. A pesar de la salida anticipada de Dilma Rousseff, la cual aplicó políticas neoliberales en su última (y breve) gestión, durante más de 15 años Brasil se ha opuesto al regreso del neoliberalismo cardozista y uno de sus primeros representante (Collor de Melo) sufrió un impeachment a dos años de iniciar su gobierno. El caso uruguayo configura otro ejemplo de las dificultades del neoliberalismo por retornar al gobierno: con el de Tabaré Vázquez el Frente Amplio alcanzará 15 años consecutivos de gestión pública. Asimismo, como dijimos en notas anteriores, el combo neoliberalismo, caso de corrupción y minoría parlamentaria resulta ser un triangulo nefasto para los presidentes neoliberales. Las salidas anticipadas en  contextos de caos económico, político y social del mencionado Collor de Brasil, de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Abdalá Bucarán en Ecuador, Fernando De la Rúa en Argentina, Sánchez de Losada en Bolivia y el reciente Pedro Kuczynski, así lo atestiguan. Un denominador común de todos estos episodios es la evidencia de lo complejo que resulta gobernar con estabilidad política los neoliberalismos regionales.

Para concluir, ¿es posible dar una respuesta al interrogante inicial? Aunque la evidencia empírica muestra que los neoliberalismos son muy difíciles de gestionar, la política es dinámica, y nada podemos decir a priori. Sin embargo, los neoliberalismo “exitosos” requirieron como condición necesaria y suficiente de liderazgos presidenciales con altos grados de habilidad, pericia y capacidad de gestión. Con seguridad, más de quinientos años atrás se hablaría de virtu política para resumir esa capacidad gubernamental de torear a los deseos de la fortuna.

La fortuna hoy comienza a ser un lastre difícil de sobrellevar para la gestión de gobierno. No obstante, aún continúa en sus manos poder domarla con habilidad política. En principio, a diferencia de los neoliberalismos estables, esta experiencia carece de ese “factor exógeno” que señalábamos en forma precedente para unificar apoyos en torno al programa de ajuste. El gobierno de Cambiemos logró crear la crisis necesaria para llevar adelante la reestructuración económica a una mayor velocidad. Lo que aún resta por dilucidar es sí el momento de la bonanza llegará o no. Sin este “veranito económico” y en condiciones sociales de deterioro permanente, la habilidad presidencial será decisiva para estabilizar el sistema político.


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