Eppur si muove

Por: Martín Astarita

La política tiene sus propias leyes. En efecto, los cientistas políticos encuentran en la historia regularidades que ofician de guía para comprender el presente y de algún modo, anticipar el futuro. “Todo el que se encuentre a la cabeza de un Estado deberá considerar los tiempos contrarios que se le pueden venir encima y qué hombres necesitará en los tiempos adversos”, postuló Maquiavelo para la Italia del quattrocento, sobre la base de su profundo conocimiento de la historia de Roma, sin imaginar jamás que su máxima se pudiese transformar 500 años después en un sabio consejo para los Presidentes argentinos.

Nuestro país ha sido terreno fértil para el surgimiento de leyes políticas con gran poder explicativo. Durante cuatro décadas, por ejemplo, rigió una suerte de ley de hierro en la política electoral argentina, la invencibilidad del peronismo en elecciones libres y competitivas. El triunfo de Alfonsín en 1983 mostró, a su vez, la inconveniencia para quienes hacen política de aferrarse dogmáticamente a este tipo de leyes, cuya materia prima es el accionar humano y por ende, no son inmutables como -hasta cierto punto- las que imperan en el ámbito de los fenómenos naturales.

¿Cómo anticiparse al quiebre de una ley? ¿De qué manera se puede percibir la novedad dentro de la inercia que trae el pasado? ¿En qué proporciones se combinan la continuidad y el cambio en el presente para construir los escenarios futuros? Tal vez lo más difícil en la política es intuir cuándo lo que funcionó hasta entonces perdió sentido y se hace necesario cambiar. Se abre el espacio para el verdadero artista de la política, el que en base a una mezcla de virtud y fortuna, se anticipa al resto para dar con la tecla justa de lo que pide el momento.

Los actores políticos suelen recaer en comportamientos inerciales, confiados en que la estrategia exitosa del pasado conservará indemne su eficacia en el futuro. Le pasó al kirchnerismo. Cuando perdió las legislativas de 2013 en la provincia de Buenos Aires, muchos utilizaron la experiencia de 2009 para matizar los posibles efectos adversos decara a los comicios presidenciales de 2015. “El FPV sigue siendo la fuerza más votada a nivel nacional”; “Esto ya pasó en 2009 y dos años después CFK arrasó con el 54%”; “Hay un núcleo duro cercano al 30% que en las presidenciales se estira hasta el 40 para ganar en primera vuelta”, fueron algunas de las tranquilizadoras y finalmente erróneas explicaciones que se dieron en aquel entonces.

En cierta forma, las fuerzas políticas dominantes imponen en cada etapa sus propias leyes al resto del sistema político. Así como Alfonsín mandó al archivo de la historia la máxima sobre la invencibilidad del peronismo, el macrismo busca hacer lo propio con la sentencia de que solo los gobiernos peronistas terminan sus mandatos. Para lograrlo, se aferra a una ley o estrategia que le da resultados desde hace más de una década: la polarización con el kirchnerismo.

Esa estrategia le sirvió primero para consolidarse en la Ciudad (en pleno predominio k) y luego para llegar a la Presidencia en 2015 y ratificar el rumbo en 2017. No por nada, el peor momento de Macri en la presidencia comenzó el día después de ganarle las elecciones intermedias a Cristina. Le quedó demasiado grande el escenario cuando tuvo que ocuparlo casi en soledad.

Por elección o a falta de otras opciones, todo indica que el oficialismo reincidirá en 2019 en la estrategia dela polarización. De las encuestas que muestran a Macri y CFK encabezando laspreferencias electorales podría derivarse que la “grieta” continúa siendo el eje rector de la política argentina, lo que validaría, a su vez, la estrategia confrontativa asumida por el macrismo.

Creemos, sin embargo, que en estos últimos meses pasaron cosas que, tal vez imperceptiblemente, han ido conmoviendo los cimientos de la llamada grieta.En ese sentido, la caída en las encuestas de Macri debe ser leída como el declive de la grieta como eje ordenador de la política argentina, o al menos,que se ha resignificado: es un indicador de que buena parte de los ciudadanos,más allá de lo que pueda ocurrir en el otro polo -si CFK se presenta o no, por ejemplo- pasaron a evaluar a Macri por sí mismo -ya no en comparación con el pasado- y proyectan no votarlo.

El punto fundamental de este proceso podría explicarse por otra de las leyes que suele regir en la política argentina: la centralidad del Presidente. Alrededor suyo gira el resto de los planetas. En otras palabras, quien gana y quien pierde las elecciones es el Presidente. El kirchnerismo perdió en 2015. Si no cambia a tiempo, el que puede perder en 2019 es Macri.

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