Enojados, no.

Por: Carlos Leyba

El Presidente, lanzado a la campaña 2019, está interpretando otro papel radicalmente diferente del que lo llevo a la presidencia.

Ahora es un hombre enojado, que quiere imponer su visión encantada de la realidad, ante el atónito desconcierto de la inmensa mayoría de los ciudadanos que sufren cotidianamente el fracaso de esta gestión que, si bien heredó el desastre del kirchnerismo, ha tenido el talento para multiplicarlo.   

El Índice de Confianza del Consumidor (UTDT) está un 20 por ciento por debajo del nivel de marzo de 2018. Niveles similares a los principios de 2003. El Índice de Confianza en el Gobierno (UTDT) cayó 10 por ciento en marzo y confirma la caída que caracteriza a toda la gestión Macri, con algunas pocas excepciones. Y las expectativas de inflación para el año, medidas por la UTDT, están en 40 por ciento.

Está enojado porque sabe, no puede negarlo a pesar de las versiones de Marcos Peña y el gurú comercial Duran Barba, que todo está mal y que la sociedad – salvo los amigos y partidarios – lo sabe y lo sufre.

El dejó de ser el que era. No mas globos. No mas bailecito. No mas derecho a decirlo a su “amigo” y competidor electoral “en que te has convertido Daniel”. No.

Antes de ahora, en los días felices del triunfo, en 2015 hablaba de tres prioridades, pobreza cero, unidad de los argentinos y combate a la droga.

Pedía que lo juzguemos por la disminución de la pobreza.

Auguraba un gesto “de otra mejilla” para terminar con la grieta.

Y sugería que el combate contra la droga tendría que incluir, para citar los extremos, la investigación de las maniobras financieras así como la militante protección de los niños sometidos al paco, como también la de las fronteras y la lucha contra las bandas organizadas en el interior del territorio.

Señalaba que había por delante un camino despejado para lograr esas prioridades.

A tal punto de despejado que, nos decían, no tenía sentido recordar la herencia del kirchnerismo para no desanimar ni a los propios – que podrían asustarse – ni a ajenos que podrían dudar en venir.

No hicieron un inventario. En el mejor lenguaje del mecánico improvisado nos decían “déjame a mi”, con esa soberbia chiquita de la ignorancia que, tres años y meses después, han demostrado de manera palmaria.

La pobreza ha crecido, la grieta se ha ampliado y si bien se han hecho muchas cosas en la lucha contra la droga, hasta Elisa Carrio ha mencionado la teatralidad de algunas acciones que parecen destinadas a desviar la atención de la Ministra a cargo.

Mauricio creía que su presencia era necesaria (una estupenda idea de sí mismo) y suficiente (una idea patética de su imagen).

Quien acaba de ponerlo en claro es, nada mas y nada menos que su primer Ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay. Cuesta creerlo pero lo dijo.

Fue a los 34 minutos de comenzada su entrevista con Alejandro Fantino. Según Prat un elemento clave del programa de gobierno PRO era celebrar, en la tercera semana de enero de 2016, un “Gran Acuerdo Nacional” con empresarios y trabajadores, como es obvio, para “desindexar” las presiones inflacionarias.

Cuando se proponía hacerlo, Marcos Peña – ¡mi Dios, cuándo no! – le dijo “no lo vamos a hacer, no vamos a compartir el poder del Presidente, ahora que tiene su máximo poder”. Muchas cosas terribles.

La primera ¿por qué se quedó Prat Gay si el Acuerdo era esencial, como los hechos lo demostraron?

La segunda, ¿cuando el poder es mínimo, quién va a querer compartirlo?

El razonamiento de Peña naufraga y pone en evidencia el deseo íntimo de no compartir el poder, de no acordar, de no procurar la “unión de los argentinos”, pre requisito para poder encarar la lucha contra los dos flagelos sociales que nos atormentan, la pobreza y el avance gigantesco de la droga. 

Es que Mauricio creía que su llegada garantizaba la “lluvia de inversiones”. Y pensaba – así lo aclararon – que si se desnudaban los problemas reales de la economía, que eran monumentales en diciembre de 2015, temía que esa lluvia podría no ocurrir.

Detrás de este diagnóstico estaba la creencia insólita en que los probables inversores habrían de ignorar lo que cualquier análisis de los datos básicos de la economía, aún con el maquillaje primitivo del kirchnerismo, ponía en evidencia.

Esas dos convicciones, el “déjame a mi” de la lucha contra la inflación y el “no lo digas” que no se van a enterar, pone en evidencia lo que, tempranamente, el politólogo Luis Tonelli sintetizó de manera mas que generosa como “sobreestimación de la capacidad y subestimación de la realidad”. Es lo que ha terminado caracterizando a esta gestión.

Según Macri para resolver los problemas de la herencia kirchnerista, además de las inversiones que estaban llegando, se contaba con el mejor equipo de los últimos 50 años. Y además los problemas, como los de la inflación, para Mauricio en campaña, eran una pavada. Dijo a miles de televidentes en el programa de Mirtha Legrand “terminar con los problemas de la inflación es de las cosas más simples que tengo que hacer”: es fantástico ver la cara de asombro de su señora que, sensatamente, no hacia el más mínimo gesto de aceptación.

Ahora se terminó el optimismo, las inversiones no llegan, la inflación anual hace 19 meses que aumenta, la bomba de las Lebac ha sido sustituida por la bomba futura de las Leliq y el mercado cambiario local a cada rato insinúa una reacción más que peligrosa.

Todos lo sabemos: tenemos el riesgo que una marea de pesos multiplicados por la generosidad de las tasas de interés quiera convertirse en dólares. Frente a esa inquietud la única arma disponible, en el acuerdo FMI, es la tasa de interés que no apaga el fuego sino que, paradójicamente, lo aumenta a futuro. Y en subsidio la venta de dólares, la ingeniería de dólares del Tesoro para convertirlos en pesos para financiar sus gastos, es una gota de agua si las bolas de fuego se encienden en un escenario que se calienta a medida que se aproxima el proceso electoral y el riesgo de decisiones que recuerden tiempos pasados previos a un gran cambio: Plan Bonex, Cavallo; Corralito, Plan Remes.

Dejémoslo ahí. Hay elementos, además de los estrictamente monetarios y cambiarios, que soplan en dirección negativa.

Primero, la desconfianza social es lo que las encuestas citadas muestran. Ese es un terreno negativo fértil.

Segundo, el impacto de tasas de inflación que no amainan y que se presumen que en este mes de marzo han sido iguales o mayores, que las de febrero y que, naturalmente, le pegan al dólar de la economía real. Cuidado.

Tercero, una economía que no repunta, que se va aplastando y en la que el desempleo se ha convertido en una amenaza que antes no estaba.

Cuarto, un escenario electoral en el que la continuidad de los que están está muy discutida.

Quinto, un escenario electoral en el que lo que está por venir es de una gigantesca incertidumbre: si juega Cristina, la oposición se divide, y nadie sabe cual de las dos versiones de la oposición llega al balotaje, si la CFK o la versión light del peronismo, y según cuál llegue, el resultado del balotaje puede ser uno o todo lo contrario.

En ese marco la expresión “desensillar hasta que aclare” es el consejo del viejo Vizcacha. Parate.

En ese marco el Presidente ha inaugurado el perfil del peleador. Y encontró un discurso que crítica a los opositores y que justificaría, supuestamente, su enfoque.

Dice “no se puede hablar de crecer sin lograr primero la estabilidad”.

Como todos recordamos el PRO sostenía que “la confianza” generaba automáticamente la estabilidad y el crecimiento. Y dado que Mauricio y el “mejor equipo de los últimos 50 años” lo que daban era confianza, entonces, tendríamos la lluvia de inversiones para crecer y la estabilidad para brindarle al crecimiento el medio apto para su desarrollo.

El primer fracaso ha sido la pérdida de la confianza. El gobierno no la tiene. Basta mirar las encuestas citadas más arriba.

Pero en segundo lugar, tampoco tiene el crecimiento. Los años de Macri son de crecimiento cero. Nulo. De retraso económico.

Y además de un proceso inflacionario continuado.

Sin presente y con un futuro frágil, el PRO se sostiene en un porcentaje importante de ciudadanos, básicamente, por el terror que le produce la sola presencia de la oposición más numerosa: el kirchnerismo interpretado por CFK.

La grieta es, para el electorado fiel a Macri, un foso que la separa del terror o lo que se repite sin cesar, el miedo a ser Venezuela.

De esto se deduce que sin confianza, sin crecimiento y sin estabilidad, la única manera de mantener fieles a los fieles PRO es agitar el fantasma de CFK.

En el laboratorio de Duran y Peña apareció un dato sorprendente. Puede ser que Cristina se baje de la candidatura y se resguarde en los fueros. Con ellos no irá presa. Y la composición del Senado, presente y futura, tienen alta probabilidad de continuar la doctrina Pichetto. Por otra parte CFK puede volver a ser Senadora por Buenos Aires o por Santa Cruz, cuando venza este mandato y así. Por otra parte, ninguna causa estará firme hasta que la Corte no la resuelva; y eso implica, tal vez, 15 años, entre dimes y diretes, sin contar los casos que empiojan como los D` Alessio o las complicaciones de la causa Cuadernos que siendo todo cierto – como dudarlo – tiene una factura complicada como lo son, por ejemplo, empresarios que debiendo estar citados nadie se explica como ni siquiera lo han sido.

Cualquiera sea la suerte CFK bien puede no ser candidata y en ese caso, lo dicen todos, Macri pierde con una larga lista de candidatos.

Los adversarios peronistas de Cristina o los que no son adversarios, los que se alían con ella o aquellos que dicen que no lo harían. Cualquiera de ellos, con una buena campaña, le ganan en segunda vuelta, siempre y cuando tengan un discurso lógico, razonable y creíble.

Nada fácil, en esta Argentina, ser lógico, razonable y creíble, pero es lo mínimo que se le puede pedir a alguien que quiera ser Presidente.

Dicho esto pasemos, entonces, a analizar el estado del debate político tal cual lo plantea el Presidente. Es decir el modo en que el “campeón” le pide que suba al ring al que pretenda ser su oponente. Veamos lo lógico, lo razonable, lo creíble.

Mauricio acusa a la oposición de mentir toda vez que critica la política del gobierno por las consecuencias recesivas de lo que, él sostiene, es su plan de estabilización. Aclaración: este no es un plan de estabilización. A pesar que el Presidente cree que sí. En rigor por el carácter secuencial de sus medidas es, en realidad, un plan de desestabilización. Pero es otra discusión. Dejémoslo ahí.

El Presidente cree tener un plan de estabilización, de combate a la inflación, como condición previa al crecimiento.

Supone que una vez que derrote a la inflación, el crecimiento llegará.

Recordemos que la economía argentina hace 10 años que no crece.

Y recordemos que, hasta ahora, el gobierno de Macri ha acelerado la inflación.

Por ahora, eliminando la creación de moneda, no ha logrado frenar el alza de los precios. Pero, sostiene, eso llegará como consecuencia de que estamos eliminando el déficit primario. No obstante está creciendo el déficit financiero.

Pero supongamos que, al término de su gobierno, el déficit primario habrá concluido. En ese caso con emisión cero, déficit primario cero, se habrán producido todos los supuestos de la lógica estabilizadora del PRO.

¿Pero no habrá más motivos para la presión inflacionaria? ¿Se mantendrán las retenciones a todas las exportaciones?¿Se mantendrán las paritarias libres y sin tope?¿Cuál será la política tributaria, cambiaria y de ingresos?¿Cómo saber que son compatibles con la estabilidad y con las condiciones para crecer?¿Cuáles las políticas para el crecimiento?

El enojo de Macri consiste en que “se dice” que hay que crecer. Y él sostiene que no se puede crecer sin estabilidad. Pero la estabilidad no la logró y el crecimiento tampoco porque, para él, es una consecuencia de la estabilidad.

Mauricio acusa a la oposición en general de demandar el crecimiento antes de la estabilidad o de decir que primero hay que crecer para luego lograr la estabilidad. Carlos Melconian recordaba este sábado en el programa de Marcelo Bonelli que la planilla Excel de G.Lopetegui y M. Quintana, los segundos de Peña, sostenía que creciendo al 3 por ciento se lograba el superávit fiscal y en consecuencia, la estabilidad. Una planilla Excel. Según Melconian también el PRO, como dice Macri que ahora lo hace la oposición, apostó a crecer para lograr la estabilidad.

El crecimiento no ocurrió, la estabilidad tampoco.

Y con las políticas FMI de “estabilización” tampoco se logró la estabilidad y se reventó la economía. ¿Feliz coincidencia?

Es que cuando una economía hace 10 años que no crece y lleva 10 años de inflación imbatible, con crecimiento colosal del peso del sector publico sobre el PBI y con una tendencia dominante al déficit fiscal y al déficit de comercio exterior, lo que tiene es un colosal problema político que se transforma en un drama económico que es la expulsión del 30 por ciento de sus habitantes a la pobreza.

En estanflación sistémica no funcionan aisladas ni las políticas keynesianas, son inflacionarias, ni las políticas ortodoxas, son recesivas. La solución es por arriba.

Necesitamos un Acuerdo de las fuerzas políticas – que cubra el 90 por ciento del electorado posible – de las organizaciones obreras – que cubra el 70 por ciento de las personas agremiadas y en especial las del sector público – de las organizaciones sociales que están fuera del trabajo formal – de la mayor parte de ellas - de las organizaciones empresarias – de todas las grandes empresas y de la mayor parte de las Pymes – y de la mayor parte de los centros académicos vinculados a la economía, para formular un programa que tenga como centro la eliminación de la pobreza, el incremento de la productividad, el incremento de las exportaciones, el incremento de las inversiones, la congelación del empleo público y la transformación del existente.

Sin ese acuerdo no hay no estabilización ni crecimiento posibles.

Y ese acuerdo no se puede hacer con gente enojada y mentirosa. Hay que estar bien, sereno y decir toda la verdad.

Porque acordar es poner juntos los corazones, concertar es hacer común una verdad, consensuar es tener un sentido, una dirección, en común, y pactar es comprometerse a ceder.

Como decía JJ Ortega y Gasset, un proyecto sugestivo de vida en común. No se acuerda, no se concierta, no se consensua, no se pacta, no se tiene vida en común con una grieta.

Gobernar, deberían saberlo gobierno y oposición, es hacer Nación y eso es incompatible con el sostén y el crecimiento de la grieta.

No habrá ni estabilidad ni crecimiento mientras la grieta nos gobierne. Enojados, No. 

Diarios Argentinos