En Siria no hay sorpresas

Por: Claudio Heidanowski

Cerca de las 22 horas del 13 de abril, hora Argentina, el ataque anunciado a viva voz por el Presidente Donald Trump mediante Twitter y tras una semana de deliberaciones, se concretó. Sin solicitar autorización al Congreso, en un discurso dirigido a los EE.UU. Trump comunicó que junto a sus aliados, Reino Unido y Francia, lanzarían “una operación militar coordinada” en respuesta a los sucesos en Douma, para disuadir a Damasco de detener la fabricación y el uso de armas químicas. Poco más de una hora más tarde, desde el Pentágono se anunciaba el cumplimiento de los objetivos programados, aclarando que no había planes para otras intervenciones. Más o menos en el mismo horario era puesto al aire en el Reino Unido un mensaje grabado de la Primer Ministro británica Theresa May, informando del ataque y en el que afirmaba que no estaba entre los objetivos “intervenir en una guerra civil o realizar un cambio de régimen”. Desde el otro lado, Rusia y Siria iniciaban una campaña mediática destacando las defensas áreas sirias y asegurando haber derrotado la incursión occidental, sin asumir la destrucción de puntos claves relacionados con la producción de armas químicas.                          

Para comprender el inicio de todo esto es necesario remontarse 7 años atrás, a 2011. La “Primavera Árabe” surgió como lo que parecía ser una “ola” de intentos de establecer democracias liberales en distintos países de Oriente Medio y Siria no sería la excepción. Fue así que comenzaron a desarrollarse una serie de protestas contra el presidente Bashar-al Assad. Este oftalmólogo educado en Londres, gobierna Siria desde el año 2000, y llegó al poder tras un referéndum luego de la muerte de su padre, Hafez al-Assad (quien diera un golpe de estado en 1970) convirtiéndose así en el primer “sucesor dinástico” de una república árabe. La represión violenta a los manifestantes, la radicalización de parte de la sociedad civil y el alzamiento de algunos sectores de las fuerzas armadas, fue el puntapié inicial de lo que hoy conocemos como “Guerra Civil Siria”, un conflicto que ya lleva medio millón de muertos, alrededor de 75.000 desaparecidos, y que tiene a más de la mitad de la población en carácter de “refugiado” convirtiendo este movimiento poblacional en uno de los más impresionantes de la historia.

El conflicto hoy por hoy no es fácil de analizar. Como suele señalar Ezequiel Kopel, autor de “La disputa por el control de Oriente Medio”, no es nada sencillo encontrar “buenos” y “malos” en la que es, junto con Yemen, una de las mayores catástrofes humanitarias de la actualidad. Es que son tantos los involucrados que es imposible englobar a todos dentro de alguno de los “bandos” que se suelen separar para intentar describir la situación y prácticamente ninguno puede afirmar que actuó durante los últimos 7 años en absoluto cumplimiento del Derecho Internacional. Además del Estado Sirio, tomaron (y toman) parte y con distintos intereses, Estados Unidos, Rusia (cuya única base naval al Mediterráneo se encuentra en el puerto sirio de Tartus); las clásicas potencias coloniales de la región Reino Unido y Francia; Turquía en guerra con los kurdos sirios a los que considera una extensión del PKK; los kurdos, que apoyados por EE.UU. fueron los que pusieron las botas sobre el terreno contra ISIS y que recientemente sufrieron la invasión turca; el propio ISIS, que en una guerra total conquistó una parte importante del territorio sirio así como de Irak hasta la intervención rusa; Irán y Arabia Saudita, en otro de los escenarios de la “guerra fría a escala” que desarrollan por la supremacía en Oriente Medio; Israel, intentando frenar el avance iraní, Hezbollah, apoyado por Irán; distintos grupos sunitas y chiitas; Al Qaeda, enfrentada a ISIS; Irak; y otros estados árabes que formaron parte de la “Coalición” que llevó adelante la guerra contra el Estado Islámico como Jordania y Bahréin. De hecho, son 13 los países que han llevado adelante bombardeos en territorios sirios durante los últimos años, incluyendo, además de los nombrados, a  miembros de la OTAN como Canadá y Holanda.

En este laberinto en la que se ha convertido Siria, ¿es la novedad la causa del bombardeo estadounidense? Para nada. Los memoriosos podrán recordar que hace casi un año exacto, el 4 de abril de 2017, Estados Unidos realizaba un bombardeo contra el gobierno de Assad en represalia por la aparente utilización de armas químicas, en condiciones muy similares a las actuales (de los que Assad pareció salir fortalecido). Hay que señalar que la utilización de armas químicas, tras el espanto de la Primera Guerra Mundial, se encuentra prohibida desde el Protocolo de Ginebra de 1925 y que fuera ampliado por la Convención de Armas Químicas de 1992. Es que en realidad, según Human Rights Watch y otras fuentes, hubo al menos 85 ataques químicos en territorio sirio desde 2013, varios atribuibles al gobierno de Assad, unos pocos realizados por ISIS y un número importante sin autores identificables.

Por otro lado, la intervención militar del día de ayer, es claramente una violación al Derecho Internacional, como señalaron altas autoridades rusas durante la madrugada argentina. Las idas y vueltas en las reuniones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas minaron la posibilidad de encontrar una solución pacífica a lo ocurrido en Douma. En la sesión del día 10 de abril las negociaciones llegaron a un punto muerto. La Federación Rusa decidió vetar una resolución sobre la cuestión a la vez qué presentó un proyecto propio que fue vetado por Francia, Reino Unido y Estados Unidos. El gobierno de Putin, sin embargo, ha dejado en claro que su derecho a veto será utilizado las veces que sea necesario para proteger los intereses de su aliado en la región, lo que deja en una situación bastante compleja al organismo. Este escenario, cabe destacar, es muy similar a la posición que adopta EE.UU. respecto a su protegido, Israel, en la cuestión palestina.

Si bien la situación respecto al avance militar del conflicto cambió radicalmente tras la puesta en acción de las fuerzas armadas rusas que aplastaron a ISIS, éstas se extralimitaron, atacando a otros grupos rebeldes opositores a Assad y volcando la balanza a favor del gobierno sirio con la recuperación de Alepo. Pero, a comienzos de este año, se produjo un recrudecimiento de la guerra. Tras la carga de las fuerzas sirias sobre Guta Oriental, que causó numerosas víctimas civiles, y que provocó otro bombardeo estadounidense contra posiciones leales a Damasco, la situación volvió a salirse de control hasta el punto de llegar al incidente de Douma en el que hubo decenas de muertos.

Joyce Karam, periodista libanesa, señalaba anoche que Robert Ford, el último embajador de EE.UU. en Siria, le comentaba que la intención era golpear al gobierno sirio más duro que en 2017, pero no lo suficiente como para amenazar la continuidad de Assad en el poder. Esta es la línea roja para Rusia. El gobierno de Putin, más allá de la retórica para consumo interno, al momento sólo ha realizado enérgicos comunicados. Por lo pronto, y viendo los limitados movimientos realizados, sólo queda continuar observando cómo se desarrollarán los acontecimientos, en un desastre humanitario en el que parece no haber nada nuevo en el horizonte. Mañana seguirán muriendo civiles sirios. Igual que ayer.

El lápiz verde