En guerra con las farsas y las vanidades


Conocí a Flavio Lo Presti en 2014, cuando publicó Recuerdos de Córdoba, su primer libro, y decidí hacerle una entrevista vía mail. Hasta entonces se había ganado la fama de crítico malo con sus notas en La Voz del Interior, título equívoco que en realidad venía a evidenciar la escasez de crítica o la creciente tendencia errada de confundir y yuxtaponer la crítica con la publicidad.  Era una época en la que florecía con facilidad algo a lo que ahora, por desgracia, estamos acostumbrados: la inmediatez con la que se adjudica el éxito o algún consenso sospechoso, cuya temática muchas veces suele estar en sintonía con alguna tendencia ideológica de moda, y siempre aceitado por la gran maquinaria de promoción de las redes sociales. Así fue como se enfrentó y le bajó el pulgar al canon velozmente construido sobre la novela El viento que arrasa de Selva Almada, por citar un ejemplo.

 

Sin embargo, el coraje y la honestidad de Lo Presti van mucho más allá de la crítica con la que se ganó el respeto (o el odio) de algunos escritores. En sus libros, el autor se mide así mismo con la misma vara implacable que aplica sobre sus personajes y situaciones diversas (a veces reales a veces ficticias o una mezcla de ambas,no importa) y esta capacidad inusual de evaluar y evaluarse  frente a un espejo que no devuelve halagos,en un mundo donde las almas se dirigen en sentido inverso y miran por encima del hombro o no se cuestionan nunca lo que hacen, despertó en mi cierto cariño y admiración. Alguna vez dije que era nuestro David Foster Wallace y él, por supuesto, desestimó semejante adulación.

 

Si bien Recuerdos de Córdoba está catalogado como libro de crónicas, Yo escribo mucho peor como ensayo y Los veranos como cuentos, igual que el último y más reciente titulado Los nombres,  Lo Presti creó un estilo particular. Como si se tratara de una pieza arquitectónica que se erige sobre ciertos ejes, casi siempre combina anécdotas de su vida (periodística, familiar o amorosa) con apuntes sobre escritores que investigó o conoció de cerca, obras que leyó o lo obsesionan y situaciones que somete a un escaneo puntilloso y sarcástico.

 

El libro Los nombres está separado en dos partes: “La vida” y “La literatura”, aunque esta separación es un intento de desglosar algo que evidentemente Lo Presti nunca logra del todo. “La vida” vendría a contar historias donde el narrador es un personaje sólido, tanto o  más neurótico que el resto de los personajes. La literatura y los libros son cosas secundarias que adornan, como si -de a ratos- Lo Presti quisiera exponer la historia del personaje detrás del proyecto de escritor.

En “La Literatura” Lo Presti se asume escritor y algunos personajes también, pero la vida de escritor no es tan color de rosa como se pretende en las publicaciones de Instagram. El reconocimiento se hace desear mucho más de lo esperado o no llega nunca. Se consigue a través de mecanismos burocráticos que nadie se atreve a cuestionar, más allá de si es justo o existe mérito que lo avale. Aparece sorpresivamente, cuando la resignación ya se comió al personaje, o vale mucho menos de lo que se creía. Incluso, ese deseo de reconocimiento desarrolla toda una serie de enrosques y fantasmas, como si se tratara de  una capa de piel que se transporta a todas partes.

 

“Siempre me interesó pensar la literatura como un registro de la incomodidad. Me gustan los libros y las películas y las series que tratan sobre gente que la pasa mal en todos lados”, dijo Lo Presti cuando le consultaron sobre su último libro de cuentos, y es una frase representativa. No obstante, sus personajes también saben disfrutar, pero lo hacen sin la carga de protocolos, de una forma más auténtica.

 

En María al protagonista le cuesta mucho asumir su deseo por una chica bastante “freak”, más allá de las diferencias de clase que los separan. “Yo me enamoraba de las mujeres, y un poco (digamos que a un nivel en que la palabra amor era un exceso) me había enamorado de María, de su alta idea de sí misma, de su forma enroscada de hablar, aunque mi respeto por lo que Javier representaba me vedara acercarme abiertamente. Tenía que reírme de ella, no podía no decirle Virus, no podía no compartir ese acoso secreto.”

 

En Elisa participa uno del elenco estable en los libros del autor. Si bien Lo Presti asume que ya se había acostumbrado a los rebusques estrafalarios de su padre para sobrevivir y al recordarlos hasta le resultan simpáticos, el malestar y la ansiedad se apoderan de él cuando se entera de una actividad nueva que lo relaciona a una mujer desconocida apodada “la Renga”. “El tema de la Renga resultó un poco más enredado de lo que había imaginado. Mi viejo necesitaba una changa más para completar sus ingresos, y salía con esta mujer a hacer de remis trucho desde hacía unos meses. (…) La relación con la mujer, además, no era del todo clara. Eran algo así como amigos, algo muy extraño en un hombre sin amigos como mi viejo. No podía preguntar lo obvio porque me daba vergüenza, incluso hablando con mi hermano.”

 

Roberto recrea el plantel de excentricidades que suelen asistir a un taller de escritura, donde muchas veces lo que hay, además de ganas de escribir, es una gran necesidad de construir vínculos y ser querido. Detrás del personaje soberbio y pesado de Roberto, que ostenta tener una sabiduría inaudita, varias propiedades a su nombre y se codea con un circuito selecto de artistas de Córdoba, hay un hombre muy solo, con aspecto desaliñado, cuyo trabajo real se desarrolla en una oficina recóndita de un edificio estatal y está obsesionado con Beatriz, una rubia que también asiste al curso que dicta Lo Presti. “Mi relación con la escritura no había sido distinta que la que tenía Roberto, una especie de simulacro destinado a inflar la existencia”.

 

En Tamara el protagonista despliega su bronca contra la hipocresía cotidiana, pero también se hace cargo de algunas contradicciones propias. Tamara es una compañera de trabajo en un centro educativo. Es de esas personas que ejercen el autobombo al extremo de la ridiculez y necesitan siempre dejar en claro que todo lo que hacen tiene un imperativo moral incuestionable. El personaje de Lo Presti es un escritor que ya tiene un par de cosas publicadas y espera con ansias el reconocimiento de sus compañeros, especialmente de Tamara, pero al mismo tiempo siente un profundo rechazo, imposible de ocultar, y eso lo mantiene al margen del grupo laboral. “Casi sin ninguna timidez, empezó a aparecer en el grupo de Whatsapp de los empleados del Centro publicitando logros modestísimos con un énfasis “digno de mejores causas”, como solían decir antes. (…) -ORGULLO de vera nuestros pibes ejercer la CREATIVIDAD y entregarse al placer del juego y la poesía. -Escribió así, con mayúsculas y todo, acompañando el envío de las fotos.”

 

Por último, en César, Lo Presti desarrolla una vez más su relación de amor – odio, amor - envidia o amor - misterio con la obra y la figura siempre esquiva del escritor César Aira. Si en su famosa crónica Darth Aira deja en claro lo difícil que resulta un encuentro con él, en este relato onírico lo enfrenta y le reclama por qué le dijo a otro escritor  - y no a él mismo-  que le habían gustado sus libros.

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