En el fútbol nadie muere

"No dejemos que la derrota afecte nuestro respeto por el deporte y por el equipo. Nos vemos más tarde, porque la vida continúa...”, sostuvo el colombiano Andrés Escobar, sin imaginar que esas palabras no eran otra cosa que el preludio de su asesinato.


I

 

De pronto, con la prepotencia de un relámpago rajando el cielo, la tragedia irrumpe en el estacionamiento de la discoteca El Indio. Suenan seis disparos, e inmediatamente luego, el ruido de dos camionetas arrancando a todo motor.

Alarmadas, las personas que salen de la disco para ver lo ocurrido se encuentran de frente con el terror mismo: dentro de un Honda Civic, embebido en sangre, un cuerpo cosido a balazos que apenas si respira. Lo trasladan a un hospital, pero es inútil: se necesita de un milagro para mantenerlo con vida. Al amanecer del 2 de julio de 1994, las radios de Colombia anuncian el asesinato de Andrés Escobar.

Luego, con el devenir de la investigación judicial, se descubriría que a cada tiro lo acompañó la frase “gol en contra, gol en contra, gol en contra...”.

 

II


Pase de Valderrama a Rincón, toque a Leonel Álvarez, devolución a Valderrama, pase gol al Tren Valencia. La pelota, una serpiente embobada con el sonido de la flauta, danza de pie a pie con parsimoniosa armonía. En el Infierno de Barranquilla, Colombia le pega un baile de telenovela —colombiana— a la Argentina, le arrebata el primer puesto en el grupo de clasificación para el Mundial 94’ y de paso, da por tierra con el invicto de 33 partidos que ostentaban los dirigidos por el Coco Basile. Pero la victoria tiene un quiste: hace muy poco que la selección de Colombia que se sienta en la mesa del fútbol de primer nivel (hasta ese momento sólo ha disputado el Mundial del ‘62 y del ‘90) y la Argentina es potencia: campeona y subcampeona de los dos últimos mundiales y ganadora de la Copa América ‘91 y ‘93. La superioridad colombiana ante tamaño monstruo futbolístico fue tan absoluta que el 2 a 1 conseguido sabe a café aguado. La sensación es que se perdió la oportunidad de golear. 

Ningún problema. Menos de un mes después, Colombia destroza 5 a 0 a la Argentina en cancha de River y escribe el capítulo más encumbrado de su historia futbolística. Hostilmente soberbios al comienzo del partido, todos los espectadores —Maradona en la platea incluido— se rinden ante el gran juego desplegado por la selección de Pacho Maturana y la despiden con una ovación.

Es la primera vez en mucho tiempo que Colombia deja de ser noticia por la violencia brutal que desangra al país, por los carteles narcos y sus vínculos con la política y la policía, por las constantes muertes… Ahora el fútbol, además de Cien años de soledad y el café, también es motivo de orgullo nacional.

En Colombia llaman parricidio a esa monumental goleada. Alrededor de cincuenta años atrás muchas de las figuras argentinas de la época —Di Stéfano, Pedernera, Pipo Rossi y otras más— habían ido a jerarquizar a la liga de ese país atraídas por los suculentos contratos que les ofrecieron millonarios colombianos decididos a fundar una liga local paralela. Casi cinco décadas después —y para regocijo de Freud— Colombia mataba a su papá futbolístico.

Los jugadores colombianos arriban al Mundial de Estados Unidos con el título de campeón impuesto de antemano. Convertidos en celebridades, imaginan sus fotos con la copa en la mano y la medalla en el pecho reproducidas en las tapas de diarios y revistas del globo entero. Pero su paso por el torneo será tan convulsionado como los aciagos tiempos que se viven en su tierra. En el debut, Rumania les aplica un golpe demoledor. Como a los boxeadores que les cuentan hasta ocho para saber si pueden continuar el combate, el 3 a 1 en contra los deja abombados.

El 22 de junio, contra Estados Unidos en el Estadio Rose Bowl de Los Ángeles, Colombia sale a jugarse la clasificación a los octavos de final. Los colombianos se muestran inquietos, como deseosos de empezar de una buena vez el encuentro y sacarse del cuerpo la tensión. Lo que nadie sabe, es que la previa fue trágicamente angustiante. La cabeza de Valderrama y compañía es un Maelström de actos de indisciplina, nervios y amenazas de muerte.

Mientras suena el himno, el Tino Asprilla mira para todos lados: tiene terror de que en algún sector de la tribuna haya un francotirador dispuesto a atentar contra su vida o la de alguno de sus compañeros.


III


"Oiga, Maturana, escuche bien y anote. Para el miércoles ante Estados Unidos saque a Barrabás Gómez y ponga en su lugar al Pitufo De Ávila. Si no lo hace, es hombre muerto".

Maturana queda congelado. La amenaza se reproduce en un VHS llegado un rato antes a la habitación que comparte con Bolillo Gómez, su ayudante y hermano del futbolista cuestionado. El técnico se agarra la cabeza, no puede despegar la vista de la pantalla. Las lágrimas no tardan en llegar. El día anterior tuvieron que contarle al Chonto Herrera, lateral derecho del equipo, que su hermano se mató en un accidente de tránsito. Y ahora, esto. Su espíritu se termina de derrumbar. Y atrás del suyo, el del resto de la selección.

Faltan apenas horas para enfrentar a Estados Unidos y la solitaria bala de plata que le queda a Colombia tiene que acertar en pleno corazón de su rival: cualquier resultado que no sea una victoria lo elimina del torneo.

Es real que Barrabás Gómez no dió pie con bola en el partido anterior, pero la situación es mucho más profunda y dramática. 

Los distintos carteles narcos —el de Medellín y el de Cali los más— son propietarios de los pases de muchos futbolistas y quieren promocionarlos en el Mundial para así venderlos al fútbol europeo. Y si no son ellos, el ultimátum pudo venir de las casas de juego profesionales: los sindicatos de apuestas en Colombia y la Unión Americana han puesto en la mesa millones de dólares. Una derrota colombiana puede ocasionar un descalabro catastrófico.

Maturana decide renunciar y no dirigir el partido. Lo convencen de continuar, pero baja al vestuario demacrado, la cara estragada de lágrimas y angustia. Le comunica a Gómez que no juega y le hace ver el video con la amenaza al resto del plantel. 

Las piernas de los futbolistas se convierten en plomo.

Para peor, el ambiente ya viene caldeado de antes: la concentración es más un lugar de visitas y relajo que de descanso; y algunos jugadores no están contentos con ser suplentes. A eso, se le suma que la expectativa de sus compatriotas respecto al desempeño del equipo es enorme. Y la consecuente presión, abismal. Tampoco la magia augura nada bueno: el brujo al que Freddy Rincón acude le advirtió que si se esfuerza mucho en el partido contra Estados Unidos, puede llegar a fracturarse. Le conviene no arriesgar, total, su selección ya está sentenciada.

En los primeros momentos del partido los colombianos aprietan y llegan con peligro varias veces al área estadounidense. Dentro de la cancha parece no trasladarse lo que acontece afuera de ella. 

Es en el minuto trece cuando comienza el primer acto de la tragedia que se consumará diez días después y a más de cuatro mil kilómetros del lugar de inicio. Freddy Rincón entrega mal un pase en el medio y Estados Unidos sale impulsado al contraataque. John Harkes lleva la pelota por la banda izquierda y tira un centro al área. Andrés Escobar intenta despejarlo, pero la buena fortuna le ha soltado la mano para siempre: el rechazo sale disparado directo hacia el medio del arco colombiano. Oscar Córdoba quiere volver sobre sus pasos para atajarla. Imposible: el torso se le va hacia un lado y las piernas hacia el otro. Queda arqueado, como si le hubiesen clavado una lanza en la espalda.

Gol en contra.  

Escobar se levanta del pasto y la expresión de su cara ya predice el brutal costo que deberá pagar por su error. Colombia tira la toalla. Estados Unidos vence 2 a 1 y la elimina del torneo. La victoria 2 a 0 contra Suiza en el tercer partido no alcanza ni el consuelo de un paliativo.

Colombia se marcha del Mundial con mucha pena y nada de la gloria que fue a conquistar. En vistas de lo ocurrido después, no será nada tan grave.


IV


A Andrés Escobar lo llaman El Caballero de la Cancha. Es uno de esos zagueros de galera y bastón, y fuera del terreno de juego, un señor. Pilar indiscutible del Atlético Nacional de Medellín campeón de la Copa Libertadores de 1989 dirigido por Maturana —y financiado por Pablo Escobar—, y titular de la selección colombiana en los mundiales del ‘90 y ‘94. Su nivel lo lleva a firmar un pre contrato con el Milan: el equipo italiano lo ha elegido como reemplazante de Franco Baresi, emblema del club y la azzurra. 

Escobar ama el fútbol, considera que “este deporte ilustra la estrecha relación entre la vida y el juego. En el fútbol, a diferencia de las corridas de toros, no hay muerte. En el fútbol nadie muere, no se mata a nadie. Se trata más de divertirse, se trata de disfrutar”.

El error en la derrota contra Estados Unidos lo tiene angustiado, por eso —la noche en que lo matarán— sale con unos amigos a una discoteca para intentar distenderse. Aunque el grueso de sus compatriotas lo sigue queriendo y respetando, algunos consideran que a causa de su yerro perdieron millones de dólares.

Te queremos felicitar por el gol en contra”.

Andrés Escobar no reacciona a la burla de los dos tipos de la mesa vecina y sigue conversando con sus amigos. Mantiene el carácter frío y templado que lo distingue en el campo de juego.

Señor gol en contra”.

Las burlas y las risas continúan. Cuando en un momento se levanta para ir al baño, uno de los hostigadores le toca el culo: “hoy te pusiste bien los calzoncillos”, le dice, en referencia a una publicidad de ropa interior que el defensor protagonizó. Escobar exige respeto. Sus amigos le sugieren irse. Él decide quedarse.

La noche continúa tranquila, hasta que en el estacionamiento, ya dentro de su Honda Civic, vuelve a cruzarse con los tipos esos. Uno de ellos mete el brazo por la ventanilla del auto y para molestarlo sube el volumen de la radio. Escobar vuelve a reclamar tranquilidad y respeto. 

Que va, sos un negro hijueputa como Asprilla”.

Es ahí cuando Andrés Escobar no tolera más faltas de respeto y contesta con un insulto.

Usted no sabe con quién se está metiendo”, le responde uno de los acosadores. Automáticamente, un hombre se baja de una camioneta que se encuentra en el lugar y acribilla a Escobar de seis balazos. Cada uno acompañado del infame comentario “gol en contra”.

Después, los dos tipos se escapan en una camioneta, y quien disparó, en otra.


V


Los provocadores son los hermanos Juan Santiago y Pedro David Gallón Henao, narcotraficantes paramilitares que apenas meses atrás han tenido un papel preponderante en la operación que terminó con la vida de Pablo Escobar Gaviria. El que disparó a Andrés Escobar fue Humberto Muñoz, su chofer —en esa época, eufemismo de custodio—. 

En pocas horas la noticia del asesinato se multiplica por toda Colombia y los hermanos Gallón Henao intentan urdir un plan que los absuelva. Primero abandonan una de las camionetas en una cañada. Después, golpean con un palo la cara y el torso de Muñoz, y le atan las muñecas con una soga, así quedan las marcas en la piel. El chofer se presenta a hacer la denuncia del robo del vehículo: su historia no termina de convencer. Basta un día de investigación para descubrir el engaño. Los Gallón Henao obligan a Muñoz a hacerse cargo del asesinato en solitario. Muñoz confiesa, imperturbable: “estaba dormido en el carro cuando escuché una discusión entre mi patrón y un hombre que estaba en el carro. Cumpliendo con mi deber, me bajé de la camioneta y disparé sobre el tipo. Juro que no sabía que era Andrés Escobar”.

Lo condenan a cuarenta y tres años de cárcel pero cumple menos de doce. Agradecidos, los hermanos Gallón Henao hacen que sus días de preso sean bien cómodos. El día que las autoridades van a buscarlo a la celda para liberarlo, no está ahí: se encuentra visitando a su madre enferma.

En la Fiscalía, varios miembros de Los 12 del Patíbulo, narcotraficantes cuyos crímenes en 1993 fueron condonados por su colaboración en la lucha contra el Cartel de Medellín,  testifican a favor de los Gallón Henao. Los hermanos no solo tienen dinero: también poder y amigos en el Estado.

Terminan siendo procesados como encubridores del homicidio. Pasan muy poco tiempo en la cárcel. Durante la siguiente década siguen amasando poder y fortuna, y se transforman en piezas claves para que el Chapo Guzmán expanda sus negociados por Sudamérica.


VI


El asesinato de Andrés Escobar causó un profundo dolor en Colombia. A su funeral acudieron alrededor de 120000 personas, entre ellas, el presidente César Gaviria Trujillo. Cuatro días antes que lo mataran, Escobar escribió una columna en el diario El Tiempo. En el final, pedía lo siguiente: “por favor, no dejemos que la derrota afecte nuestro respeto por el deporte y por el equipo. Nos vemos más tarde, porque la vida continúa...”.

Diarios Argentinos