Embarazo a plazo fijo (con relato de parto)

Por: Lorena Ribot

Un año más, una semana más para detenernos a pensar, cuál es el lugar que el parto y el nacimiento tienen en nuestra sociedad, en nuestros saberes culturales, en nuestro inconsciente colectivo y en nuestros dogmas.

Una semana más para ponernos a pensar en cómo mejorar el entorno de este proceso natural y propio de la naturaleza femenina, y también en cuáles son aquellas cosas que incomodan, hacen sentir mal, dan miedo, o crean preocupación.

El embarazo podría ser un momento más en la historia humana, un momento cargado de intensidad y de grandes emociones, un momento de la intimidad de una mujer, un compañero o compañera, que se desarrolla en un entorno socio familiar.  

Pero paradójicamente ocurre que se ha naturalizado la idea de que el embarazo, la única manera que tiene la especie de no extinguirse, debe ser expuesto a la rigurosa observación de una ciencia que en parte hace uso de sus conocimientos pero, como diría mi abuela, borra con el codo lo que escribe con la mano.

¿Por qué esta afirmación?

Porque muchas de las prácticas que ejerce habitualmente la medicina hegemónica, provocan un contexto de estrés y de ansiedad, que condicionan desfavorablemente la evolución del embarazo y muy particularmente el proceso del parto. 

Nueve meses, diez lunas ¿40 semanas?

Cuando estamos embarazadas y estamos llegando a la semana 36, 37, muchas de nosotras comenzamos a recibir los ultimátums médicos que nos dicen: “te espero hasta la 41” mencionando el tema TIEMPO, como si el embarazo fuera un plazo fijo que vence en un determinado momento.

 “Si a la 40 no parís, vemos si te hago una inducción” o “ahora no se espera tanto, porque hay muchos riesgos” o “podés tener un parto vaginal después de una cesárea, pero si parís antes de la semana 40”… (acá pondría el emoticón que se agarra la cabeza con las manitas).

Los comentarios del entorno de esa madre embarazada no se quedan atrás, se hacen eco de este paradigma; por ejemplo, la vecina  que nos dice: “que no se te vaya a pasar como le pasó a mi prima” o “¿de cuánto estás? ¿De 38? ¡Ya estás!, ¡a ver si nace esta noche!”

El tema TIEMPO, fecha de parto (probable), es el gran tema, el determinante, como si las mujeres hubiéramos nacido con un cronómetro que cuenta en reversa y que cuando está llegando a “la fecha límite” pudiéramos explotar como una bomba peligrosa.

Lo cierto es que todas estas sentencias, mensajes explícitos y los implícitos que se desprenden de los explícitos, a las madres nos afectan, y nos afectan mucho.

Cuando una mujer está lista para soltar a su cría y animarla a salir de su útero perfecto, su cueva, su santuario, necesita algunas condiciones para que estos mecanismos provistos por la naturaleza, por la fisiología humana, por el saber de la especie, se pongan en funcionamiento. 

Necesita estar segura, confiada, y no estar pensando en que las cosas podrían salir mal, en que podría morir ella o su bebé (¡esto es lo que se infiere cuando nos asustan con la fecha!), necesita saber que su cuerpo va a darle las señales y va a reaccionar para ponerse de parto.

Necesita sacar el foco puesto en el afuera, en la atención médica, en los otros y centrarse en su poder de mujer capaz, entendiendo este término, como esa habilidad natural para enfrentar un proceso que viene impregnado en la memoria celular de cada una de las mujeres, porque somos mamíferas, parimos, hacemos esto para reproducir a la especie.

Necesita que no la amenacen, que no la condicionen, porque estas actitudes que en su gran mayoría provienen de los propios profesionales de la salud que deberían estar al servicio, pendientes y disponibles, generan altos niveles de estrés, de adrenalina, de hormonas que compiten con la liberación de oxitocina, la hormona del parto, la hormona tímida, la hormona del amor.

No podemos parir con miedo, el miedo, la amenaza, inhiben el proceso.

Lo loco es estos conceptos no provienen del gurú Maharashi (¡grande Charly!)… son conceptos de la ciencia.

No se puede creer que se desoigan estos saberes concretos y que se esté atento a los datos que hablan de enfermedad, riesgo, de daño…. ¿Paradojas?

En la Semana Mundial del Parto Respetado 2017, nuestra meta es la de concientizar y dar visibilidad a la consigna “¿40 semanas? El parto y el nacimiento tienen el tiempo justo, no el programado” por tanto, esta vez, hablamos de fechas, de semanas, de tiempo, de apuro y a veces, de conveniencias….

Como siempre el eje es el respeto: el de los tiempos y razones de la fisiología, que siempre son los de las necesidades de la madre y del bebé que está naciendo, no hay otras razones para el parto.

Como siempre estamos resignificando los roles establecidos por esta última parte de la historia de la humanidad en la que se ha corrido el eje y en donde la madre y su bebé, no ocupan el centro de la escena, ya que las razones del ejercicio de las prácticas médicas han copado el terreno.

Esto está mal, esto no es ni natural, ni es mejor, ni es en pos de nada bueno para la maternidad, ni para una humanidad saludable.

Cada embarazo tiene una singularidad que merece ser respetada, tiene sus razones y tiene sus tiempos necesarios.

La maternidad es un hecho de la vida privada, íntima, sexual, del área de las decisiones personales, de la familia, del entorno amoroso.

Nuestra, la maternidad es nuestra.

Les dejo un relato de libro Relatos Paridos, cada nacimiento es una historia (Ribot- Hasperué-Sosa), y la invitación a la 43° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde estaremos compartiendo una mesa de debate acerca del buen nacer.

Feliz semana mundial del Parto y Nacimiento Respetados.


“Poder parir”

“Abril, se gestaba mi tercera hija...

Durante todo este embarazo fui consciente de que quería parir por mis propios medios, que quería que mi hija naciera porque yo la podía parir y trabajé… trabajé mes a mes, en el vínculo con mi obstetra, que si bien me infundía confianza, era un médico formado en el paradigma hegemónico, donde lo habitual era que ellos “nos hicieran el parto”. 

Así que, en cada consulta prenatal, además del peso, la presión y los latidos cardíacos, se generaba el momento de la charla donde yo le decía lo que había leído, lo que quería para ese momento y lo que no estaba dispuesta a “dejarme hacer” Y mientras tanto, iba yo misma preparándome para atravesar ese momento como creía que iba a necesitar.

Siempre pensé que parir acostada era un modelo de sometimiento patriarcal, que era una manera de hacernos sentir “pacientes”, necesitadas, sumisas, que la exposición de mis genitales ante la mirada médica pública era una forma de pronunciar este mandato cultural, de cosificar a las mujeres durante ese proceso vital, sexual, cargado de potencia, que es el parir a un hijo.

Siempre creí que mi cuerpo es un templo de sabiduría y que tiene un lenguaje propio que hay que escuchar y entender, es por eso que toda mi energía estaba puesta en protegerlo y promover el mejor escenario para su expresión.

Quería parir vertical, que no me acostaran, quería evitar la episiotomía que hasta el momento era una rutina en el 100% de los partos, quería que no me pusieran sueros con ninguna de las “ayuditas” de variados orígenes que también eran lo habitual para el momento (año 1992), quería que no me condicionaran la libertad de movimiento, quería estar acompañada, quería que mi hermano filmara el parto (es decir, quería estar doblemente acompañada!!!)

Pasadas las 41 semanas de gestación (como todas mis hijas), Abril se asomaba… muy tranquilamente, contracción tras contracción, sin ningún apuro. A pesar de ser la tercera y que la expectativa era la de que iba a ser un parto rápido, no fue así, se tomó su tiempo para colocarse, para descender, mientras mi cuerpo se iba abriendo, con conciencia, con escucha, con contemplación, recuerdo que mi mente iba reconociendo cada momento y aceptando cada tramo con placer y con dolor, con tranquilidad y mucha confianza que estaba asentada en la sensación de que era respetada, que el entorno (médico, hospital), estaban a mi servicio dejando que todo fluyera.

Caminar, subir y bajar escaleras mientras las contracciones lo permitían, jugar a la batalla naval con mi esposo, hablar con la embarazada que estaba en la cama de al lado del hospital, ir al baño, quedarme en el inodoro largos ratos, volver a caminar, ir y venir, como una danza, mi necesidad de movimiento no había sido sólo una fantasía: era REAL, el registro de las contracciones se suavizaba, y mi confianza se construía en cada pausa y en cada hora que pasaba.

Rompí la bolsa de aguas sentada en la cama del hospital, llamé a la enfermera, llegó el obstetra, “nos vamos sala de parto”, bien, vamos, “yo camino” (no me van a poner en ninguna silla de ruedas), ascensor, piso de maternidad, llegamos a la sala donde me estaba esperando el anhelado sillón de partos que ante mi insistencia el obstetra había rescatado del desuso (ya que estaba siempre armado como camilla de partos, en una sala secundaria del hospital).

Me siento, acomodo mis piernas y entre el dolor inmenso de las contracciones de parto, sonrío por la sensación de que pude rescatar mi trono perdido: estoy allí, cómoda, potente, siento cómo mi hija se va clavando entre mis caderas, siento su descenso, mi marido está al lado, mi hermano está con la cámara registrando el momento más sublime, mi médico tranquilo me dice: “cuando tengas ganas...” y se corre y observa.

Pujo, laaaargo… tomo aire y pujo , y otra vez tomo aire…

Chequean los latidos, “está todo perfecto” … pausa, dolor atrás, en la cintura, sólo ahí, otra contracción, no hay dolor, hay fuerza, FOCO…. 

 “¿Sale?” pregunto, “sí, sí dale que sale”, sigo pujando, redonda, hacia abajo, siento todo, milímetro tras milímetro, es un tránsito, va hacia adelante, no se detiene…

De repente, un ardor como alrededor de la vagina, me doy cuenta que es hasta ahí, que mi periné se estira, ahhhh!!! … Despacio entonces, pero sigo, porque tengo ganas de pujar, quiero que salga, y sigo, sigo… hasta que se suelta... ahhh!! 

Esa sensación de emerger, me libera el estómago, cierro los ojos, y SIENTO, SÓLO SIENTO, NO DUELE, el parto no duele…

Risas, suspiros, abrazos, felicidad.

Mi corazón late fuerte y rápido, la respiración acompaña el momento de adrenalina, de potencia, de poder… poder parir, como es la naturaleza, nuestra naturaleza mamífera, natural y humana.

Y Abril tranquila, muy tranquila, con los ojos abiertos, mirándonos, pestañeando, abriendo la boca y chupando la teta por primera vez a los 15 minutos de nacida. Nos fuimos a la habitación y compartimos su llegada con sus hermanas unos minutos después.

Su tío (mi hermano), fue testigo del nacimiento, sosteniendo la cámara que permitió eternizar ese momento.

Mis hijas mayores pudieron ver nacer a su hermanita casi como si hubieran estado a mi lado. Todo para ellas fue muy normal y muy real. La vida misma.”


*Escritora – Doula- Especialista en Gimnasia para Embarazadas – Integrante de Vos Podés, Asociación por los Derechos del Parto, el Nacimiento y la Crianza – Coordinadora de Relacahupan Provincia de Buenos Aires- Argentina.

El lápiz verde