El test de Judas

OPINIÓN. Ahora que Pablo ya no está, pienso que el “test de Judas” era una hermosa parodia sobre las afinidades; pero como parodia era mucho mejor que el sistema policial del polígrafo, aunque dudo si a la altura del “peronómetro” (esa estrafalaria máquina imaginaria justicialista que mide los grados de lealtad y pureza peroncha).

“Solo hay epicúreos, unos toscos y otros finos. Cristo fue el más fino;

esa es la única diferencia que puedo deducir entre los hombres.

Cada cual actúa según su naturaleza, es decir, hace lo que le gusta. 

¿No es así, Insobornable? ¿Es cruel pisarte así los tacones de los zapatos?”

Dantón a Robespierre, en La muerte de Dantón

George Buchner


Mi amigo, el poeta platense Pablo Ohde, escribió antes de morir el Test de Judas (Pablo Ohde, Obra Completa, Edit. Paradiso, 2013). Un poema que me ha servido para reflexionar acerca de ciertas afinidades electivas o rupturas inevitables. La amistad literaria, la comunidad política. La traición.



Dice mi amigo: (…) Para saber quién es quién/ Se toma un amigo al azar/ Y se le pide/ Que levante un puño en alto/ Que levante la voz en alto/ Y en alto grite/ “PRESENTE”/ Si lo hace/ Y los muebles empiezan a temblar/ Bien/ Eso está bien/ Invítalo a tu casa/ Y que beba a la salud de cualquier cosa/ Pero/ Si la voz se le quiebra/ El brazo se le dobla/ O de su garganta brota el silbido de un jilguero/ Ignóralo/ Nunca va a pelear por lo suyo/ Nunca va a hacer una revolución/ Ni nunca va a tener los cojones/ Para acatar o impartir una orden/ Se va a esconder/ Y tarde o temprano/ Te va a traicionar…  

Conocí a Pablo a través de amigos en común, fue allá por el 2008. Era una lectura de poesía organizada por el grupo La Grieta de La Plata. Seríamos alrededor de siete poetas. El único que recitaba de memoria y no leía lo suyo fue Ohde, quien prefirió recitar el “Sordomuda” de Jorge Boccanera. La impresión que me causó el sujeto estaba basada en lo presuntuoso: tiene poemas propios, pero no los lee, prefiere recitar lo ajeno... y finalizaba su intervención con unos versos de María Elena Walsh, vociferados en versión heavy metal.

Recuerdo que bebimos bastante esa noche, y terminé llevando a Ohde a su casa. Antes de bajar del auto me recitó su test de Judas, entonces –obnubilado- supe que toda la tertulia había sido una operación invisible de la que muchos habíamos sido víctimas. También me di cuenta de que iba a terminar siendo su primer editor.

Ahora que Pablo ya no está, pienso que el “test de Judas” era una hermosa parodia sobre las afinidades; pero como parodia era mucho mejor que el sistema policial del polígrafo, aunque dudo si a la altura del “peronómetro” (esa estrafalaria máquina imaginaria justicialista que mide los grados de lealtad y pureza peroncha). Lo importante es que estaba hecha de la percepción misma. Pura intuición poética, sin vueltas ni tecnicismos.

Como una máquina de la verdad: la búsqueda de una empatía, el lazo inmediato que dé tranquilidad sin dar a conocer sus efectos-afectos a nadie. A los que pasaron la prueba. Los que nos gustan, sin más vueltas, y punto. El test de unos extraños detectives salvajes para otros más salvajes detectives.

¿Cuántos resisten el test de Ohde? ¿Se podría armar una antología de poesía con ese único criterio? ¿Un libro o un canon de voces con la vibración que reclamaba mi amigo antes de morir? Pasar el test. Y ser como la voz grabada de Maiakovski que hoy circula por internet y te sacude todos los costados del cuerpo y te pone los pelos de gallina. O como decía el poeta chileno Vicente Huidobro: “Poeta, no debes cantar a la lluvia, debes hacer llover”. Los poetas de la vibración, de la transformación, de la lealtad entre sí.

Hace mucho que pienso en las políticas de la amistad como políticas de los otros. En tiempos del virus del odio, la vacuna de la fraternidad. ¿Qué es la amistad sino una comunidad de creencias inconfesable; encuentros, cruces, pertenencias, destinos comunes y relación de las pasiones alegres? Pero también pacto de respeto, disenso y diferencia. Entrega desinteresada. Donación. Sacrificio por el otro. Comunión horizontal. Lazo y creencia en ese lazo. Sin dominio. La fidelidad ante los demás.

Yo sé de algún político que quiso reclutar a Ohde... Puesto que el test de Judas era una tentación, mejor tener al poeta de tu lado… La tentación de armar un equipo de ministros. Todo un gabinete bajo el estricto control de mi amigo Ohde. La tentación de la comunidad confesable, basada en ese exclusivo test poético: tú sí, tú no, tú sí…

Pero mejor evitar caer en esas tentaciones y mantener el test en el campo del arte o en absoluto silencio (inconfesable) si –acaso– se le echa mano para otro campo de maniobras, o corre el riesgo de caer en manos viles. Nunca se sabe.

Cuando repito la palabra inconfesable, claro que pienso en Franz Kafka o en Maurice Blanchot, y en un tipo de comunidad de desprendimiento que no se puede decir que existe. No es una secta. No es un grupo de conjurados o iniciados. Solo tantea palabras fantasmas que le son comunes y se repiten en los sueños de esos miembros que no saben de su pertenencia a esa comunidad latente de amigos; pero que durante la noche son los demonios que se encuentran y se toman la mano para repetir mantras de un pasado que detectaron o transfiguraron en alegorías de ángeles que ahora hablan del futuro que va a suceder. 

¿En esa comunidad inconfesable, existe todavía algo así como una generación literaria que comparte obsesiones, corpus, evocaciones, epígonos? ¿O, parafraseando a Marx, la tradición de todas las generaciones muertas -a esta altura- no oprime como pesadilla el cerebro de los vivos? La palabra “generación” funciona como bolsa de gatos demasiado estrecha (¿comunidad de amigos?), o es un corte bastante sangriento, entre los que sí y los que no (el test). Como toda antología, como todo canon, como toda selección, admite una operación quirúrgica. Un criterio para los que salen y entran.

Basta con saber si se trata de una secuencia. Saber a quiénes estamos leyendo, y luego descubrir que estábamos escribiendo o participando –entre todos– del cadáver exquisito de esa comunidad fundante de lectura/escritura. Y quizás ya estaba en el ambiente, en el aire que respirábamos; y era inconsciente, pero necesitaba que alguno lo dijera de una vez, y otro lo repitiera; para después descubrir que todos lo habíamos dicho; y así todos y todas habíamos pasado el test de mi –irredento– amigo poeta.

A modo de homenaje, dejo aquí el libro de Ohde, “Panteo”, que publicamos juntos allá por el año 2009: https://elniniorizoma.wordpress.com/2019/10/02/pdf-libro-panteo-de-pablo-ohde/


Sobre el autor: Julián Axat es poeta y abogado.

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