El té más dulce, la marraqueta más crujiente

Fútbol, política e historia: el triángulo con el que cada sábado Jorge Castro nos deleita con sus relatos.


I


El 4 de septiembre de 1970 Salvador Allende asume la presidencia de Chile al mando de Unidad Popular, coalición de fuerzas políticas de izquierda que viene a impulsar un tránsito democrático y no violento hacia el socialismo. Al día siguiente, su colega estadounidense Richard Nixon le firmó el acta de defunción: “no vamos a permitir que un país como Chile se haga comunista por la irresponsabilidad de su pueblo. Vamos a  hacer aullar de dolor a su economía”. Su secuaz Henry Kissinger, Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, se frota las manos: si de algo se encargará en un futuro cercano, será de acogotar a los países del Cono Sur hasta arrancarles el último estertor de democracia.

Las políticas llevadas a cabo por el gobierno de la Unidad Popular incluyen la expropiación de hectáreas, control del comercio exterior, aumento de sueldos y una mejor redistribución del ingreso. Se promulgan reformas sanitarias, sociales y educativas, y, después de años de lucha, se nacionaliza el cobre, mineral que representa tres cuartas partes de las exportaciones del país.   

Es entonces cuando comienza un ataque por todos los frentes contra el gobierno chileno. Desde afuera se lo ahoga económicamente. Los millones de la CIA distribuidos en los sindicatos compran las voluntades necesarias para que los camiones dejen de circular. Desde adentro, el ejército, sectores burgueses y grupos fascistas conspiran abiertamente contra la democracia. Se multiplican los sabotajes y el desabastecimiento. Producto de sucesivas huelgas y paros, el precio del cobre cae a niveles ínfimos. Las filas de humildes en los barrios aguardando por un litro de aceite o un kilo de pan son cada vez más numerosas.

Y justo cuando Chile se encuentra a punto de estallar, Allende encuentra en el fútbol un aliado al que nunca imaginó. Uno que no podrá evitar el desastre, pero al menos, retrasarlo un puñado de meses.


II


Colo-Colo toma su nombre de un jefe amerindio del siglo XVI que planeó la derrota de los españoles: ese homenaje a su herencia mapuche lo marcó. Siempre ha sido el equipo de los humildes, los desarrapados, de esos que cuentan hasta la última moneda y se cuelgan de los micros para poder viajar a verlo. Se dice que cuando el Cacique gana el té es más dulce y la marraqueta más crujiente.

En 1973 le toca disputar la Copa Libertadores, y en el ambiente reina un aura especial. Colo-Colo cuenta con un plantel de calidad —a Caszely, el número nueve, meses atrás intentó incorporarlo el Santos para que fuese el reemplazante de Pelé— que afronta con valentía un torneo que a los equipos chilenos siempre les fue sido esquivo. Además, muchos de sus jugadores tiene un gran compromiso con la realidad política y social del país. Durante la competición, serán recibidos por Allende en varias oportunidades.

En la primera ronda titubea de visitante, pero de local le mete cinco en fila a Unión Española, Emelec y El Nacional. Cada noche de Copa, el Estadio Nacional comprime alrededor de ochenta mil almas congregadas al calor de ser testigos del equipo que consigue aliviarles la existencia. Nada les impide llegar a la cancha: si circulan micros, todo es mucho más fácil, y si hay paro de transporte, se peregrinan los kilómetros necesarios desde el centro de Santiago o los suburbios.

Cada victoria del Colo-Colo se convierte en un respiro para La Moneda. Las celebraciones comienzan en las calles y terminan de madrugada en los bares, tomando cerveza y comiendo papas fritas con ajo. Por más que en los cuarteles se pregunten cuándo derrocarán a Allende y los medios masivos ya tengan listos los titulares sobre su caída, la fatal cuenta regresiva debe suspenderse ante esas demostraciones de alegría multitudinaria.

Con la segunda fase del torneo llega el momento cúlmine del equipo: pasa a la historia por ser el primer conjunto chileno en ganar en el Partenón sudamericano: el Maracaná. La victoria 2 a 1 contra el Botafogo despeja cualquier duda sobre la calidad y carácter del equipo y lo posiciona como favorito a llevarse la copa. Pese a la derrota en Asunción contra Cerro Porteño, una goleada de local contra el equipo paraguayo y un empate en la misma condición contra el Botafogo lo clasifican a la final del torneo. Ahí lo espera Independiente, el último campeón.

Un empate 1 a 1 en Avellaneda y otro 0 a 0 en el Estadio Nacional llevan la definición a un tercer  partido en otro templo del fútbol, el Centenario de Montevideo. Los noventa minutos vuelven a terminar empatados, y en el alargue, un gol de Giachello sentencia por 2 a 1 la final a favor de Independiente, otorgándole el bicampeonato de América.

Como un domingo triste, al derrumbe del sueño del Colo-Colo lo sigue el del gobierno de Unidad Popular. El 11 de septiembre las Fuerzas Armadas toman las calles y La Moneda es bombardeada con Salvador Allende ahí dentro.  

Ni él ni la democracia sobreviven.

Con Pinochet a la cabeza se instaura un régimen de desapariciones, torturas, muertes y la implementación del neoliberalismo en la región.  

El Colo-Colo del 73’ es recordado con más cariño, incluso, que el del 91’, que sí sale campeón de la Copa Libertadores. Tal vez, la razón más contundente provenga en boca de Caszely, su goleador y figura: “tu estabas aplaudiendo algo que era tuyo, el que metía goles podía ser yo o podía ser un tipo de la calle”.

Diarios Argentinos