El sueño de Agamenón

A propósito de la reciente publicación de la “Obra Reunida” de Horacio Castillo (Ensenada 1934- La Plata 2010).

Solo me precio de haber escrito algunos versos

Por los cuales mis conciudadanos me consagraron

Este lugar apartado, cerca de una gruta

Donde los muchachos vienen subrepticiamente a amar

y arrancan de tanto en tanto una letra de mi nombre

Horacio Castillo


A mediados de la década del 90, la escritora platense Ana Emilia Lahitte publicó una antología de poesía que tituló “Cinco poetas capitales” (Ballina-Castillo-Mux-Oteriño-Preler). Una suerte de cánon de las voces poéticas masculinas inevitables de la capital bonaerense. El libro se editó por Vinciguerra y tuvo una gran tirada gracias a la extraña filantropía de la empresa EDELAP, por entonces recién desembarcada en el orden provincial, gracias a las privatizaciones del Menemismo, y a la difusión que en el ámbito cultural logró alcanzar.  

El libro llegó a mis manos una de aquellas tardes en que asistía al taller “Los Albañiles”, cuando junto a lxs poetas Patricia Coto, Diego y Alicia Vallejo, Jorge Piñeiro y Moisés Sánchez Franco, visitamos a Lahitte en su casa de calle 53 entre 10 y 11. Durante el encuentro nos obsequió a cada uno un ejemplar, conminándonos a conocer a cada uno de sus antologados, como si ella oficiara de gran madre de la poesía local. 

Fue así como hice caso a Lahitte y salí en búsqueda de los poetas capitales. Los encuentros se fueron dando de a poco y con los años. A Osvaldo Ballina, lo conocí una tarde en el Pasaje Dardo Rocha (allí trabajaba), donde tomamos café, y después repetimos el encuentro con intercambio de libros, o en alguna presentación en la casa López Merino.

Con Néstor Mux nos hicimos muy amigos; siempre de la mano del poeta citybellino José María Pallaoro, intermediario de tertulias y proyectos como libros de la talita dorada. Con ambos aunamos épicas y sueños, hasta el día de hoy.  A esta altura Néstor es para mí como un guía poético espiritual (me reservo, otro día hablaré en extenso de él).

No tuve la suerte de conocer a Felipe Oteriño. Ni llegué a conocer a Horacio Preler (falleció en 2015). Pero siempre los admiré como poetas. Con el tiempo fui juntando sus libros, hasta completar mi biblioteca.



A Horacio Castillo lo conocí una tarde a la salida de la Fiscalía de Estado, lugar donde trabajaba como abogado en alguna de sus oficinas; pero donde –en realidad– estaba escondido el poeta (es una ley: en toda enorme burocracia siempre hay oculto un enorme artista).

Recuerdo que pensé (y se lo dije) que ese lugar se me hacía similar a la Aseguradora del Reino de Bohemia, donde también trabajó, alguna vez, el jurista checo Franz Kafka. Castillo se rió, seguro porque ese comentario –a esa altura– era demasiado trillado para él, o porque los poetas abogados suelen utilizar el derecho para financiar sus sensibilidades.

Lo cierto es que lo había llamado por teléfono de parte de Lahitte, me había presentado como un joven aspirante poeta y estudiante de derecho, seguidor de sus versos. En definitiva, que yo era alguien que andaba necesitando a un Rilke para ser aconsejado sobre los arcanos de la poesía... Entonces él, con muchísima amabilidad, me citó a un encuentro.

Fue a media mañana, un día de semana en las escalinatas de la Fiscalía de 1 y 60. Ahí estaba el poeta capital Horacio Castillo, engominado y de traje solemne, fumando un cigarro. Me dijo que a punto de jubilarse o ya jubilado, eso no lo entendí bien o ahora no lo recuerdo. Nos sentamos en un barsucho de mala muerte sobre la avenida 1, donde servían un café con gusto a sobaco, y estuvimos una hora departiendo sobre el Parnaso. En realidad era él quien hablaba. Yo escuchaba obnubilado.

Horacio Castillo era un tipo demasiado culto. Preciso en las formas. Conjugaba el silencio y la palabra como un catedrático. Citaba de memoria versos propios y ajenos. Aludía a cierto imaginismo de la obra de Homero (por ese entonces escribía un libro que giraba en torno a la mitología griega y que se publicaría años después bajo el titulo “Los gatos de la acrópolis”).

Recuerdo que hablaba de poesía universal, de Odysséas Elýtis (a quien había traducido), de Vicente Aleixandre (a quien había conocido en España) y de Saint John Perse (el más grande poeta francés del siglo XX, según su parecer). De los argentos, refería a Roberto Themis Speroni,  Ricardo Molinari y Alberto Girri. En definitiva, escritores a quienes, por entonces yo apenas había leído y, a quienes me invitaba a profundizar si algún día quería ser poeta.

En algún momento de la conversación le mencioné mi poema favorito. En realidad todo lo que había leído de Castillo, eran ese puñado de versos de aquella antología de Lahitte. El poema refería a la estatua del gran Bernini y se titulaba: “Anquises sobre los hombros”. Entonces me cortó en seco y lo recitó de memoria:

Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre/ sobre los hombros. / Débiles aún, su peso nos impide la marcha, /pero luego se vuelve cada vez más liviano, /hasta que un día deja de sentirse /y advertimos que ha muerto. /Entonces lo abandonamos para siempre /en un recodo del camino /y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

Nunca más volví a cruzarme a Horacio Castillo (falleció el 5 de julio de 2010). Ni creo que él alguna vez se haya acordado de esa pequeñísima circunstancia de su vida. La sensación que tengo de aquel encuentro a fines del año 1995, es para mí imborrable.  Me ayuda a pensar la obra de un poeta que, con el tiempo, pude ir leyendo con mayor detenimiento, pero que recién ahora estoy en condiciones de comprender mejor. 

Pero traigo aquí estos recuerdos, a propósito de la dificultad que tuve de ir reuniendo toda su obra. Recién hace no más de diez años, gracias a la gentileza de Martín Morgante, hijo de su última esposa y por entonces mi colega docente del Colegio Nacional de La Plata, pude acceder a la totalidad de sus libros; y al ensayo de Gustavo Martínez Astorino, que me ayudó a comprender la complejidad de su poesía (Alegoría y tardo-modernidad, una lectura alegórica de la poesía de Horacio Castillo, Dunken, 2005). No quiero dejar de señalar aquí la publicación de “La casa del ahorcado”, compendio de la obra hasta 1999 (editorial Colihue) que lleva un extenso prólogo de Pablo Anadón y que también nos brinda claves para adentrarnos en la poesía de este gran poeta.

Pero por suerte, esta deuda acaba de ser saldada a partir de la edición definitiva de la “Obra reunida" de Horacio Castillo, a cargo de la editorial municipal “La Comuna Ediciones” dirigida por el escritor y periodista Facundo Báñez.

Ahora sí; la "Obra reunida" de Horacio Castillo (colección Biblioteca Platense), incluye todos sus libros de poesía: Descripción (1971, era inhallable), Materia Acre (1974), Tuerto rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), Música de la víctima (2003) y Mandala (2005). A los que debe agregarse Colectánea (2010), reunión de ensayos y artículos periodísticos. El libro incluye además un retrato íntimo trazado por el poeta Rafael Felipe Oteriño y una extensa entrevista que Augusto Munaro le realizó a Castillo entre los años 2008 y 2010.

Esta reciente noticia, coincide con ese deseo de “opus” (cerrado, ordenado, depurado y total) que  es en Castillo una constante, y que  –recién ahora de forma póstuma– puede verse realizado. De hecho este deseo se evidencia en la necesidad de lento cincelamiento a partir de la exclusión de lo fragmentario, lo episódico, lo meramente coyuntural; y hasta incluso lo excesivamente epigonal (me refiero a la propia decisión del poeta de dejar afuera de su obra su primer libro Descripción).

La totalidad como sublimación y representación de un arquetipo oculto, que solo la poesía (gnosis poética) puede descifrar (Mandala).  Pues como dice Esteban Nicotra: “Toda su poesía es un itinerario gnoseológico y poético que no ha esquivado la mirada de los abismos existenciales o sociales, dejándose acompañar por el amor de la vida, cópula, transmutación y parición del alma desde la cima del dolor y la desesperanza, hasta el verso que grita el sí, de la sangre sin principio ni fin” (Horacio castillo, Por un poco más de luz, Obra poética, 1974/2005. Edit. Brujas, 2005)

Y entonces no dejo de pensar en el sueño de Agamenón. En la estatua de Bernini. Y lo recuerdo a Castillo recitando su poema “Anquises sobre los hombros” en aquel bar de mala muerte de calle 1, a la salida de la Fiscalía de Estado, en un apacible mediodía de 1995. Y de golpe vienen a mí los poetas de las nuevas generaciones que lo sucedieron y son, en cierta forma, cercanos.

Porque la palabra “generación” tiene en Castillo una connotación Orteguiana (“como la generación de los árboles, así la de los hombres” Ob. CompPág. 354, “Generación: Animales de carne y hueso, con un poco de luz irremediable en los ojos”, Ob. Comp. pág. 31).  Pienso en algunos de ellos, comenzando por su propio hijo, el también poeta y psicoanalista Horacio Castillo. Pienso en César Cantoni (que en su homenaje armó los “Cuadernos orquestados”); en Horacio Fiebelkorn; en Norma Etcheverry; en Sandra Cornejo; en Gustavo Caso Rosendi; en Diego Roel. Solo por mencionar a algunos del orden local que fueron marcados por su influencia.

Celebro la publicación de su Obra completa. Celebro que todo el artefacto de este grandísimo poeta esté ahora, por fin todo junto, tal como era su sueño. Pues la voz de Horacio Castillo ha sido fundamental para la poesía Argentina y merecía este homenaje.


Sobre el autor: Julián Axat es poeta y abogado.

 

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