El silencio de los victoriosos: sectores populares en la Independencia

OPINIÓN. la Independencia fue un proceso único de crisis del Estado, las instituciones, el orden social; por eso sigue vigente el concepto de “Revolución” para denominarla.


 “¿Qué nos subleva? Una serie de fuerzas […] Con ellas transformamos lo inmóvil en movimiento. Las insurrecciones ocurren como gestos. Las sublevaciones no llegan nunca sin pensamientos […]cuando la energía del rechazo se apodera del espacio entero; gestos intensos, cuando los cuerpos saben decir “¡no! Georges Didi-Huberman. Sublevaciones

  • “Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra. Y como a cada generación que vivió antes que nosotros, nos ha sido dada una flaca fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos. No se debe despachar esta exigencia a la ligera.”
  • Walter Benjamin. Tesis de Filosofía de la Historia

 



Lo que nos contaron y lo que no nos contaron los textos escolares

La idea de que en 1810 estaban dadas las condiciones para la instalación de la Argentina como estado-nación, es uno de nuestros mitos originales. Los libros escolares nos enseñaban que los patriotas se reunieron en el Cabildo, el 25 de Mayo de 1810, para asistir al “Nacimiento de la Patria”, pero si la Patria no había nacido… ¿de qué Patria serían patriotas? Lo cierto es que a vuelta de página el Cabildo desaparecía y cambiaba por los mapitas que calcábamos y pintábamos prolijamente: la Revolución era un trazado colorido sobre un mapa, algunas batallas y algunos gloriosos generales.

Pero a despecho de lápices y figuritas, “la Revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde” como dice Castelli en la novela de Andrés Rivera. Cataclismo americano, se llevó puesto un régimen colonial y un sistema de dominación, cuya lógica sucumbió en la hoguera de la Guerra de Independencia. Muy lejos de los acicalados héroes de brillantes uniformes, los combatientes, mujeres y hombres de las clases populares, dirimieron cuerpo a cuerpo, en los campos, los pueblos y en cada calle de las ciudades, una contienda preñada de significados muy diferentes.

La frustración de los “Padres de la Patria”, las referencias al “Saturno devorando a su hijo”, los generales en sus laberintos o la revolución eternamente soñada (1), son imágenes tan grabadas en la historia, como en el bronce de los héroes, esos mismos, que alejados de las batallas, murieron pobres, enjuiciados, exiliados, asesinados por sus propios compañeros. Sus estatuas ¿serán resarcimiento suficiente para el desencanto de sus proyectos?

Pero ¿y qué hay de aquellos que anónimos y cotidianos sostuvieron las guerras en sus diversos frentes? ¿Qué decir de los abigarrados conjuntos de luchadores que perdieron todo, hasta su pluralidad, en pos de estereotipos: el gaucho, el indio, el héroe anónimo? ¿qué decir del desconocimiento de las mujeres guerreras?: la otra mitad del compromiso asumido.

No debería llamarnos la atención que –sin desmerecer esfuerzos y contribuciones de muchos que hoy tienen estatua- quienes cargaron con la parte más pesada de las revoluciones modernas no sean los homenajeados. Y los que comprometen en la actualidad su cotidianidad, su carne y su sangre en la lucha para enfrentar un presente tenebroso ¿podrán entrar a la Historia? ¿o quedarán esperando, en el mismo umbral que los héroes silenciados del pasado?



La dominación estallada

Por fuera de los manuales escolares, la Independencia fue un proceso único de crisis del Estado, las instituciones, el orden social; por eso sigue vigente el concepto de “Revolución” para denominarla. La insurrección popular –resalta Gabriel Di Meglio estalla en la primera década del siglo XIX, en episodios, sin una coordinación, a lo largo de la geografía continental, en función de lo que podríamos denominar injurias a los sujetos subalternos o como las llama el autor, “realidades populares comunes”: la explotación, la inferioridad racial, la desigualdad jurídica, la lejanía de la esfera de las decisiones” agregaríamos nosotros, que tejidas sobre esa urdimbre de inequidades, las diversas opresiones sobre la condición femenina, fueron también un acicate a la hora de la rebelión.

Conciencia y cultura política, no solo pueblan los escritos de los intelectuales que pugnan por dirigir y orientar –con éxito dispar- el torbellino revolucionario, sino que también encontramos otros discursos, quizá más sencillos y desarticulados, construidos en las trincheras, que, con diferentes formulaciones y contenidos, son el sustento de una constelación de organizaciones militares. Nuevamente aquí se estrellan las páginas escolares que nos hablan de un único ejército de la Nación ¿de qué Nación sería? Los ejércitos revolucionarios, surgidos de la injuria y la oportunidad, integrados por hombres y mujeres del pueblo, se instituyeron como sujetos políticos colectivos autónomos, que plantan sus reclamos en el centro de la escena, y con estas banderas se lanzan a la guerra y la sostienen con sus propios cuerpos, sus bienes y familias.

La fuerza de esta movilización es la que lleva preguntarse por las distintas Revoluciones dentro de la Independencia, como lo hace Sara Mata. Los sectores populares tienen una conciencia propia, y se integran en los proyectos ilustrados, a partir de la presión por el cumplimiento de sus aspiraciones. Así logran por momentos el ejercicio práctico de muchas de ellas, a partir de su participación en los ejércitos, pero también imponen formas democráticas de elegir dirigentes. También logran desarrollar una propaganda política a través de  elencos variopintos de “intelectuales populares”-caudillos, curas, pensadores diversos, poetas, publicaciones, rumores, fiestas cívicas, púlpitos, etc.

Así se entrelazan como sustrato de reflexión las penurias compartidas de la guerra, las nuevas prácticas de solidaridad y conflicto devenidas de la organización militar, las experiencias de autonomía política, social y económica, el reordenamiento de los criterios de prestigio, los elementos de reaseguramiento frente al peligro, etc. En definitiva, un estado de deliberación y ensayo, una experimentación política en la cual los sectores populares pudieron apreciar cuánto avanzaban y cuánto retrocedían en sus intereses y en plasmar sus voluntades.

A la destrucción del Estado Colonial le siguió un vertiginoso proceso de ensayo, construcción, reconstrucción, imitación e impugnación de formas de gobierno y autoridad.

Las disputas entre los poderosos por hacerse del dominio político y económico han sido extensamente estudiadas, las conocemos como las guerras civiles, la anarquía o las luchas entre unitarios y federales. Por el contrario, poco conocidas o al menos erróneamente conceptualizadas, encontramos a las múltiples luchas por proyectos políticos y sociales de los sujetos oprimidos.



Las pinturas sobre la gesta revolucionaria, muestra al pueblo siempre de telón de fondo, comparsa de los héroes que se destacan en el primer plano. Las mayorías aparecen como un sujeto homogéneo, anómico y manipulable: “Las clases bajas fueron incorporadas a algunos eventos políticos y usadas como tumultas para derrotar a los contra-revolucionarios y a las facciones rivales”, afirma John Lynch.  Y así se desconoce la pluralidad de grupos de combatientes, que aprovecharon tanto la crisis del sistema de dominación, como el carácter indispensable de su actuación como fuerza militar -y por ende política- para expresarse e incluso llegar a plasmar durante algún tiempo, sus propios proyectos político-sociales alternativos.

Los diversos programas de la Patria 

Desde el punto de vista de clase, gran parte de los rebeldes eran campesinos, a quienes la situación bélica –y eventuales puesta en práctica de proyectos democratizadores- permitió experimentar grados de autonomía impensables en la etapa colonial, como la excepción del pago de arrendamientos a los milicianos o el acceso a la tierra “de balde” como se decía en esa época. La práctica más avanzada de esta aspiración generalizada fue el proyecto de Artigas y la experiencia en Salta y Jujuy. En la primera, se hace efectiva una reforma legal -el Reglamento de Tierras de 1815- que en su aplicación se profundiza y extiende hacia sectores que desbordan el proyecto inicial. En el Norte, bajo una legalidad más precaria, los gauchos –integrantes de los escuadrones que despliegan la guerra de guerrillas- “[…] dejaron de pagar arriendos, de prestar servicios personales y de conchabarse como peones y ocuparon tierras en las principales propiedades rurales ….”

Junto a estas concreciones están las más silenciadas aún, las experiencias de autonomía productiva de los pueblos indios y la radicalidad y persistencia de su participación revolucionaria.

Sin embargo, en la medida en que el programa principal de la Independencia se iba concluyendo, estos sectores y sus reclamos, fueron quedando fuera de los límites de la revolución y empezaron a ser criminalizados y reprimidos, a la vez que se articulaba un discurso de la victoria que los dejaba fuera de ella.

  • En este sentido es que hablamos de diferentes proyectos de Patria, que fueron suprimidos por la Historia Oficial bajo la acusación de conductas criminales, anarquistas o contrarias al orden. Esta operación discursiva, tan actual por otra parte, logró sepultar en el olvido la entidad del profundo cuestionamiento a la estructura social colonial en retirada, pero también al lugar que, tempranamente se avizoraba, tenía destinada la República a quienes fueran los sostenes principales de la victoria
  • Entendemos que estos programas esbozaron caminos alternativos de transición, que llevaban a un resultado diferente al que triunfó al final del proceso. La Historia Nacional, confeccionada con el diario de la mañana siguiente, postuló que el resultado (estado nación, oligárquico, capitalista) era el único posible. Pero en la lisa superficie del bronce, algunas justificaciones se opacan. La brutal operación de deslegitimación de dichos sucesos en el momento en que ocurrían, y su extirpación posterior del relato histórico, es un silencio a voces que demanda una escucha más atenta de cara a reponer lo que dejaron caer los manuales y lo que hoy se nos plantea día a día: quiénes son los verdaderos héroes.



(1) Referimos a la Pintura de Goya a la que frecuentemente se acude como imagen de la Revolución de Independencia en España y en América y a las novelas de Gabriel García Márquez y Andrés Rivera: El General en su Laberinto y La Revolución es un sueño eterno.

 

Sobre la Autora.

Gabriela Gresores. Es Docente e investigadora de la Carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales Universidad Nacional de Jujuy. Coautora del libro EL DEBATE PERMANENTE.



Diarios Argentinos