El secreto de mi ira o zapatero a tus zapatos


Desde luego, se trata de Rusia. ¿De qué otra cosa podría ocuparme yo, cumpliendo el 60 aniversario de mi romance con aquel inquietante, ignoto, peligroso y atávico país comunista que intenta aviesamente quedarse con todo el mundo?

Dije romance y no es una tontería. Yo me casé en Moscú y con Silvia nos convertimos en la primera pareja argentina en hacerlo. Por media hora… porque luego, ahí mismo, en el Palacio de los Casamientos de Krasnie Vorota, se casaron Stella y Víctor. Celebramos la fiesta conjunta en la “stolóvaia” (el comedor) dela residencia estudiantil.

Cursé historia y por supuesto “subversiva”ya que lo hice en la Facultad de Historia y Filología de la Universidad de la Amistad de los Pueblos “Patrice Lumumba”.Aprendí lógica y economía, los etruscos y los íberos. Los“ludditas” y las hilanderas del Primero de Mayo. Supe por boca del profesor Vinográdov, de la magia otomana y la simpleza imperial china. Yuri Zubritski (hablador en quechua) nos enseñaba los incas y me explicaba Bolivar y San Martín. Me sumergí en Tolstoi y Evtushenko. Shubálov nos condujo por un Leningrado que recién restañaba sus horrendas heridas bélicas. Zoia Fedótovna me permitió hablar en ruso a los seis meses. Tuve prácticas arqueológicas, bibliológicas y museológicas. El asombroso Nésturj me presentó en su museo paleontológico el australopitecus…

Es curioso pero ninguno de mis rigurosos profesores venía a clases con su Kaláshnikov. Por el contrario, me enseñaron a pensar por mí mismo, a buscar las causas y consecuencias de cada hecho, de cada acción, de cada tendencia.

Por mí mismo. 

Mal que les pese a los malévolos detractores de esa maravillosa realidad.

¡Pobres imbéciles! La “Lumumba” se cansó de formar grandes especialistas. Profesionales de mérito en todos sus países. Lumbreras. Quienes se confundieron y pensaron que era una forja de guerrilleros fueron naturalmente extrañados y huyeron antes de llegar a los grados superiores de estudio. Ni hablar de los que cursaron en la Universidad Estatal de Moscú, o en la del entonces Leningrado, o en los durísimos institutos sectoriales de la Academia de Ciencias. ¡Tenías que cursar en ruso, querido, y nadie podía hablarte en otro idioma! 

Los argentinos que concurrimos en aquellos dorados años también nos convertimos en especialistas de alto nivel. Sólo que ninguno fue reconocido como tal en nuestra querida Patria. Cuando lográbamos trabajar como tales fueron empleos temporales, subrepticios, solapados, sin descubrir nuestra formación.“Vos quedate por ahí, no te asomes demasiado y decime cómo y qué hacer”, fue el símbolo de nuestra furtiva laboriosidad.

Los casi quinientos profesionales de alto vuelo capotaron en sus intentos de homologar títulos o lograr el reconocimiento de sus niveles. Cardiólogos, ingenieros, físicos“comunes” o “atómicos”, músicos, agrónomos, oftalmólogos, cineastas, arquitectos, historiadores, psicólogos… Diluidos en guardias clandestinas de hospitales, refugiados en tableros generosos y ocultos, haciendo gráficos en escritorios agrarios, vendiendo cosméticos… Como decía un gran amigo mío, “Argentina… ¡qué país generoso!”

Muchos de nosotros triunfaron en otros países.Llegaron a ser ministros o personalidades en Naciones Unidas.Créanlo. No voy a mencionarlos por su nombres porque todavía me dura el reflejo de precaución por las persecuciones sufridas durante las dictaduras o durante gobiernos constitucionales. Nosotros también tenemos nuestros mártires.

Y así estamos, mientras las relaciones con Rusia las manejan egresadas del MTI, abogados de bufetes internacionales, dudosos consejeros políticos, incipientes embajadores que vienen a descubrir que Rusia es “un país grande,con once husos horarios” (¡sic!) o que piden si alguien habla inglés para comunicarse. O que confunden Moscú con San Petersburgo…¡Bah! Nada nuevo. Les ahorro el tiempo y no me pongo a contar anécdotas aunque créanme, algunas serían harto jocosas si no fueran trágicas.

Eso, digo, lo de las relaciones, cuando hay alguien que las atienda. Nuestra primorosa mansión diplomática en Bolsháia Ordynka ha permanecido deshabitada durante largos períodos de nuestra común y más que centenaria historia binacional. Me consta personalmente porque ha sido el hombro donde se recostaron a llorar muchos habitantes del Palacio en Smolénskaia, la sede del ministerio de Relaciones Exteriores ruso.

Así que, obviamente, nadie habla ruso en esa casita. Ni tampoco por este lado… Los que hablan ruso, estudiaron allá, conocen cada recoveco de la Madrecita Rusia, como dije, se dedican al arte de la supervivencia. ¡Especialistas que, por ejemplo, fueron adscriptos al “Gamaleia”! ¡Que crearon el famoso“ILA”, el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de Rusia!

Pero está bien, no voy a darle más impulso ami iracundia. 

Sí, estimada/os amiga/os… Mientras no hay diplomático ruso acreditado en la Argentina que no hable el español,en la Embajada Argentina en Moscú… mejor ni hablar…

Entonces, ¿qué es lo que le estamos“exigiendo” a la autocrática y amenazante Rusia? ¿De qué debe arrepentirse ese Kremlin criminal y artero? Lo más acertado sería exigirle que no se haga esperanzas con nosotros. “Lasciati ognisperanzi”, decía Dante al ingreso del infierno. Larga lista frustrada de propuestas y proyectos presentados por Moscú adorna esas puertas. Energía atómica, biotecnología, centrales hidroeléctricas, ferrocarriles, tecnología de alimentos,farmacéutica, industria petroquímica, puertos y vías navegables,bancos, gas y petróleo… 

Sí, claro, me dirán que son todos enunciados producto de mi afiebrada imaginación y de mi inclaudicable pertenencia al KGB (entre paréntesis, ese Comité de Seguridad Estatal no existe más desde la desaparición de la Unión Soviética hace 30 años). Todo se me atribuirá a mi desembozada actividad prorrusa…

Lamento desengañar a quien así piensa y actúa: todo lo dicho está expuesto, firmado y refrendado en documentos oficiales binacionales como, por ejemplo, el Acuerdo de Asociación Estratégica suscripto en 2015 por los presidentes Cristina Fernández de Kirchner y Vladímir Putin. Todo. Punto por punto. Proyecto por proyecto. Empresa por empresa. No conozco demasiado la documentación internacional de nuestro país con el resto del mundo, pero no deben ser demasiados los acuerdos de este detalladísimo tipo que están vigentes.

Debido a nuestra estructural ignorancia y a nuestra descomunal pedantería, cíclicamente hay que volver a explicar a los de turno cómo son estos acuerdos, pedirles que renueven su vigencia, rogar que alguien se ocupe de ello. En la mayoría de los casos, sin resultado alguno. Como por ejemplo el convenio sobre semen para inseminación artificial. O el renovadísimo protocolo de entendimiento entre el BICE y el ROSEXIMBANK,especialmente armado como marco para el despliegue del comercio entre ambos países, cuya primera redacción y traducción corrió por mi cuenta en… ¡noviembre de 2012!

¡¡Entre la Argentina y Rusia existe un “Tratado de Tratados”, dada la gran profusión de acuerdos suscriptos por los dos países!! Uno mira ese “Tratado de Tratados”y es simplemente una lista de tratados sobre los tópicos más diversos firmados a lo largo de nuestra reciente historia. Sin importar qué gobierno lo hizo.

No me refiero a los firmados desde 1885, cuando el bueno de Alexandr Iónin, enviado de Rusia al Brasil, logró que el emperador Alexandr III, un gigante empeñado en modernizar el imperio, acordara el establecimiento de relaciones con la Argentina.Ni tampoco a los firmados luego de la primera guerra mundial, que permitió el funcionamiento de Iuzhamtorg, la primera empresa soviética que vendía a la Argentina insumos para la industria petrolera y compraba carnes y cueros, destruida como corresponde por la dictadura de Uriburu. 

Ni siquiera me refiero a los firmados durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, visionario que restableció en 1946 las relaciones diplomáticas con la URSS y generó los primeros grandes negocios entre ambos países. Para los que no lo saben, Perón mantuvo una relación epistolar con Iósif Vissariónovich Stalin la que permitió, entre otras cosas, que en 1949 el mundo evitara la guerra atómica. Cuando quieran, hablamos sobre ese tema.

Comencemos, por favor, desde 1974 cuando, otra vez, cómo no!, Perón aplica su enorme pragmatismo a la acción política y envía al entonces ministro de Economía, José Ber Gelbard, a Moscú. El viejo zorro firma allí la creación de la Comisión Intergubernamental de cooperación económico-técnica,encargada de fijar los lineamientos de las relaciones económicas, y además convenios para la provisión de equipos petroleros y de transporte, para la colocación de carnes y cereales, para el diseño y construcción de centrales como la de Salto Grande, de interacción bancaria, etc.

Por oposición comparo. En China, nuestro embajador es Sabino Vaca Narvaja, quien además de hablar mandarín es quizá el más grande conocedor y relacionista con Beijing. A lo largo de los más de 135 años de relacionamiento con Rusia, sólo Leopoldo “Polo” Bravo, de preclara memoria, fue el único embajador que hablaba en ruso. “Polo” fue un favorito de Stalin y gran amigo de Andréi Gromyko, el eterno canciller soviético. Él inició la dinastía Bravo al frente de la Embajada Argentina en Rusia: lo siguieron su hermano Federico Saturnino y su hijo, Leopoldo “Polito” Bravo. “Polo” Bravo fue el único embajador al que Stalin le regaló una “dacha” (casa de fin de semana) en los suburbios aristocráticos de Moscú. Esa sigue siendo la “dacha”de nuestra Embajada, a la vera del río Moscú. Una placa a su entrada confirma la historia.

Mucho hablamos de la necesidad de recolocar la Argentina en el mundo luego de los cuatro espantosos años del macrismo. Durante los cuales la relación con Rusia sufrió de una manera especial. Salvo por el roce que da la propia función pública,no tenemos especialistas en Rusia en nuestra Cancillería, o en el Ministerio de Economía o en la propia Presidencia. Nada nuevo, por supuesto. Por desgracia, nada que los rusos y antes los soviéticos no lo sepan, lo toleren y lo asimilen… Sin embargo, siguen empeñados y tenaces pugnando por levantar las relaciones argentino-rusas a los niveles que corresponde.

Hace unos diez años, en el despacho del director del “ILA”, mi amigo el profesor Vladímir Davydov, gran economista y amante de la Argentina, fue propuesta la acción inicial para incorporar nuestro país a los BRICS. La idea era promover la creación de los BRICSA… Davydov es referente del Kremlin tanto para América Latina como para los BRICS y su proposición no era casual. Fuimos testigos de ella el entonces gran embajador argentino Juan Carlos Kreckler y mi querido amigo Mario Burkun, fantástico economista y exembajador en Polonia.

En mayo de 2015 logramos enviar a Mario a una reunión cumbre de comités nacionales BRICS en Moscú, aunque claro que en forma particular y por expresa invitación de los rusos.

Pese a múltiple transmisión de esa proposición a las correspondientes instancias oficiales, nunca nadie reaccionó en el Palacio San Martín, ni en Balcarce 50. Me temo que, antes que nada, por razones de ignorancia y de desconocimiento de la realidad internacional. De desconexión con el nuevo mundo multipolar y de incomprensión del inevitable papel que está llamada a jugar allí la Argentina.

¡Vamos! Desde aquí hago un público desafío a quien sea y perdón por mi soberbia. Lo que en la edad media se conocía como “la prueba de Dios”. Los candidatos atravesaban descalzos un piso de brasas o llevaban en sus manos un hierro candente. El que no resultaba quemado era el bendecido por Dios. Anunciemos, pues, el “juicio de Dios”. Un concurso público para ocuparse del cumplimiento de los acuerdos argentino-rusos y del progreso de nuestras relaciones. La única condición para tomar el hierro candente que sea el manejo del idioma y… conocer dónde queda Moscú…

Sólo así, creo, se calmaría mi ira. 

Diarios Argentinos