El sacerdocio de la verdad

OPINIÓN.

Por: Hernando Kleimans

Respondo a la pregunta que me hace féisbuc cada vez que lo abro: "¿En qué estás pensando?"…

Antes que nada, ¡qué lindo es pensar! Habría que inducir a algunos de los que pululan en el periodismo a que, previo a cometer crímenes informativos, ejerciten esa acción, si es que tienen con qué hacerlo. Dije pululan porque no sé si estos “supermediáticos” que tanto cacarean sobre la libertad irrestricta de prensa tienen capacidad periodística acreditada.

Y había que bancarse la parada si uno era, realmente, periodista. Porque esta profesión, estimada/os lectora/es, es maravillosa pero es tremendamente exigente. Por eso es que siempre estamos yéndonos de ella, pero nunca la abandonamos. Algunos, medio en broma medio con resignación, la hemos calificado como “un sacerdocio”. No te perdona, a la larga, que cometas el delito de falsedad. O que arrugues. O que te prestes a la calumnia. Muchos son nuestros amados compañeros que entregaron su vida por eso. Y algunos no lo hicieron. No diré nombres pero al que le caiga el sayo…: 24 de marzo de 1976, dos de la madrugada, TELAM… Algunos de los que estábamos ahí ya estaban listos para entregarse. Otros, en cambio, sabían lo que les esperaba y no mosquearon. Pusieron el pecho. Adivinen ustedes quiénes se convirtieron en estrellas de los grandes medios. No diré nombres… Los que estamos en este menester sabemos perfectamente de quiénes hablamos…

En mis años mozos, además de sacar el carnet profesional que te lo daba el Gobierno luego de dos años seguidos de ejercer la profesión (alguno debe acordarse todavía, supongo), tenías que pasar por toda una escala de trabajo. El Oso Deméstico, en TELAM, nos sentaba ante la Olivetti y, según tecleabas, te daba el pase. Rabino, cuando llegó de AP a TELAM, descalificó a un jefe de Interior que no sabía leer la cinta de teletipo (¡andá a preguntarle a alguno de estos chichipíos qué es una teletipo y qué es una cinta!).

En la calle, que era nuestra principal escuela de periodismo, competíamos con fieras. Brynzek, Guareschi, Magda, “Chamuyo” Conti, Villarroel (el padre), el innombrable…, el Gordo Cardozo, Oberdán…, mi queridísimo Negro Sánchez. También pudimos formar en esa misma horma, luego, algunos pesos pesados, como Carpenita, la Negra Vargas, la otra querida Negrita Claudia, Cianca, en fin… Todos ellos, los primeros y los segundos, con diploma de laburante confirmado por la suprema autoridad, la calle. Y con una cédula de identidad que, como requisito legal, confesaba que el portador “sí sabe leer y escribir”…

Ahora, si hablamos de conductor de programa radial o televisivo, quienes llegaban eran los que tenían que llegar: Antonio Carrizo, Magdalena Ruiz Guiñazú, Héctor Larrea, Fernando Bravo, Liliana López Foresi, Tato Bores, Mónica Gutiérrez… en fin. Ninguno de todos los nombrados era otra cosa que profesional. Todos sabíamos cómo pensábamos y qué queríamos, pero antes que nada, había que respetar a rajatablas las reglas de la profesión: no mentir, no presuponer, buscar la verdad, no ser el protagonista sino el cronista de la historia.

En “Hora24”, a la medianoche de ATC donde nos habían confinado por encabezar la resistencia periodística a la “Semana Santa” de Rico, las notas no duraban más de 30 segundos. En cámara el único que aparecía era José Luis Jacobo, un recién llegadito, serio y de negros bigotes, que se despedía con un original “buena noche”. Y punto. Fue el noticiero mejor informado y más requerido de aquel ATC… No había figuritas.

Digo, tenías que acreditar realmente que sabías de qué se trataba la cosa. Y, como había ley, vos no podías dar por cierta ninguna acusación, aunque el tipo estuviera en cana. Te cazaban los patrones del área, como el Oso, o Rabino, o Clavel, o el Negro Torres, o Tato, o Laíno, o Timerman, o Clur, o el “Gallego” y el primer shot en el tujes te mandaba al último rincón de la cuadra, si es que sobrevivías.

Recién mi queridísimo AAAASSSHHH recordó a Daniel Pliner, otro que se nos fue. A ver, quien lo “sufrió” en Perfil, que diga cómo eran las normas de redacción que él impuso.

Y ahora aparece este delincuente menor insultando y vomitando groserías AL AIRE (no importa a quién ni qué) y resulta que tiene todo el derecho a utilizar un espacio que pagamos todos para constituir un delito penado por la ley. O la heredera, con algunos escandaletes encima, que tiene la indecencia de predecir la interrupción del orden democrático. Así que, claro, hay que defenderlos invocando la libertad de prensa, el derecho irrestricto a opinar, la ley y las buenas costumbres. ¡Minga! Ya está bueno. Lo que hay que defender  es el derecho de la gente a recibir información cierta y fehaciente, y no carroña.

Me molesta un poco que el párvulo Viale sea el hijo de Mauro, antiguo compañero de la canaleta (te voy a dar el móvil, Mauro, quedate tranquilo… Él seguro que se acuerda). Ser el hijo de… como siempre, no da chapa de capaz, autorizado, inteligente y astuto. Mis hijos también fueron a verme a los medios donde yo trabajé e incluso uno de ellos hasta le propuso a Liliana que lo esperara unos años para casarse con él. Lamentablemente, Lili no lo esperó… Quizá fue por eso que ninguno de mis hijos se hizo periodista. Decía que me molesta porque yo que el padre, comienzo a explicarle lo que le falta para llegar antes de ser opinólogo. Y eso que el padre también tuvo que remar. ¡Já! Me acordé de cómo llamaban a los que estaban allá abajo y tenían que cubrir el puerto, policiales, el tiempo, información general, vestuario, guardias… ¡”remeros”!

Las ácidas crónicas de Jorge Llistosella, los maravillosos textos del “Pingüino” Serra, las coberturas policiales de Norma Vega, las polémicas notas políticas del “Mono” Paredes, las columnas deportivas de Dante Panzeri o de Eduardo Rafael… Son hermosas, únicas e irrebatibles tanto por su intrínseco valor literario como por su honestidad periodística. Sí, sí, seguro. Me van a recriminar que sólo hablo del pasado. Bueno, uno también enseña en la escuela la vida de San Martín, Moreno o Belgrano. Son ejemplos y así como los pequeños deben aprender la historia, quienes practican el periodismo deben aprender de esos maestros.

El recuerdo y la valía de los grandes arriba citados no es este caso. No recuerdo ningún éxito periodístico de estos esperpentos. ¡Bah!, de ellos no recuerdo ningún texto, ni crónica, ni nota… Estos, como decía el Turquito Sdrech,”ni siquiera hacen con la Olivetti lo que se hace cuando pasás al lado de piano: tocás una tecla”. Tampoco tienen la enjundia castiza y el buen decir del inolvidable José Luis Álvarez Fermosel (“pancartas y octavillas”, ¿te acordás Norma?..) Ni siquiera la bonhomía y el savor faire del viejo Vattuone, decano de los periodistas parlamentarios en alpargatas y ¡sin corbata!, que me recomendó la mejor panadería de Buenos Aires… Las crónicas parlamentarias de Vattuone, dictadas al teléfono, tenían algo de la síntesis chejoviana, desechando la hojarasca política y sacando a luz las entrañas del poder.

Recuerdo la dura cobertura de la vista de la CIDH (averigüen qué es, les hará bien) en 1979, cuando con el Gordo Cardozo, Oberdán y el Tata “posábamos” para los fotógrafos de la SIDE en la puerta del edificio de Avenida de Mayo al 600, creo, o acompañábamos la misión a inspecciones sorpresas en centros clandestinos. No recuerdo algo más liviano de parte de estos paladines de la independencia de prensa, digamos algún amago de defensa de nuestros amados desaparecidos, de la propia Miriam, ni que Dios permita…

Entonces, tiene razón la Lewin –a quien conocí en Moscú como cronista del 13 cubriendo la caída de la URSS- cuando dice que esa basura debe desaparecer. No tengo nada en contra de un periodismo político, de oposición, contradictorio, denunciante, etc. Para ilustración de estos pequeños delincuentes mediáticos, eso es lo que lográbamos hacer en “La Opinión” de Reconquista a mediados de los 70. Ahora, que vengan estos vagabundos a querer impartir doctrina periodística, me parece un poco fuera de lugar.

A fuer de parecer nostálgico y pecar de antigualla, ¡qué bueno sería volver al viejo Estatuto del Periodista, que establecía categorías y escalafones para esta fantástica profesión! Reportero, cronista, redactor, redactor especial, columnista, prosecretario de redacción, secretario de redacción, jefe de redacción…  Y al todavía más olvidado carnet de periodista profesional (al que guardo junto con mis diplomas académicos). Ley 12.908. Matrícula Nacional de Periodistas. Claro que, para acceder a él, había que saber, como decía Luis Más, “leer y escribir”…

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