El Partido Justicialista (y la realidad) Nacional

Por: Federico Aranda

En una conferencia de prensa realizada la semana pasada, el devenido interventor del Partido Justicialista (PJ),  Luis Barrionuevo, realizó una serie de anuncios que a la luz de la naturaleza de su figura (y de quienes lo secundaban en la mesa) carecen de todo sentido. Más allá de la nula interpelación que las palabras de Barrionuevo causan en el universo peronista, con excepción del sector minoritario que lo acompaña, su autodefinido rol de “soldado de la Justicia” deberá esperar para efectivizarse en forma definitiva.

El martes último, la jueza federal María Servini de Cubría aceptó la apelación presentada por José Luis Gioja a su resolución de la semana pasada, con la cual se intervino el PJ designando a  Barrionuevo. De esta forma, la decisión corresponde ahora a la Cámara Nacional Electoral a cargo de los jueces Alberto Ricardo Dalla Via y Santiago Hernán Corcuera.

Como era previsible, la disposición de Servini de intervenir el PJ impactó de lleno en el mundo político y sus ecos siguen retumbando. Los comentarios sobre la maniobra judicial, más precisamente sobre lo que la resolución tenía de política antes que de jurídica, atravesaron todo el arco político opositor. Desde diferentes sectores, incluso ajenos a la estructura partidaria, se observaron gestos de solidaridad para con las autoridades desplazadas y críticas destinadas tanto al poder judicial como al gobierno de Cambiemos.

Por supuesto esa no fue la postura unánime. Algunos dirigentes del peronismo dieron el visto bueno a la intervención, como el caso del gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey. Otros optaron por un llamativo silencio, como el de la senadora Cristina Fernández.

Quizás fue como consecuencia de este último hecho que se produjo una situación a la que estábamos desacostumbrados. Ante la ausencia de una línea discursiva clara dispensada por quien ejerce la conducción (o la jefatura) del espacio político en el que se congregan los militantes (o soldados) kirchneristas, las lecturas y los comentarios sobre la intervención del PJ demandaron un resucitado esfuerzo de interpretación crítica propia del contexto político actual.

En estas situaciones, aquella idea de que la única verdad es la realidad demuestra su problema esencial: la única forma que tenemos de mirar esa realidad es por medio de claves interpretativas que incorporamos y utilizamos de forma más o menos consciente.

La práctica del ejercicio interpretativo consciente por el conjunto de los miembros de una organización política es un elemento fundamental que debe darse en su justa medida. En uno de los perjudiciales extremos, si cada militante interpreta y actúa desconectado de los demás y de forma independiente respecto a su dirigencia la organización misma se desintegra. Sin unidad de concepción, se vuelve imposible la unidad de acción.

En el otro polo, si el ejercicio interpretativo se vuelve casi nulo y nos limitamos a repetir consignas y cumplir directivas, la organización misma se anquilosa. Los riesgos de esta situación van desde la imposibilidad de la dirigencia de percibir a tiempo demandas que recorren las bases al grave escenario de desorientación que puede producirse ante la pérdida del faro que nos señale el rumbo. O incluso peor, la incapacidad de percibir si la luz que vemos en vez de llevarnos a puerto seguro nos está guiando hacia las rocas.

Entonces, si en su exceso este ejercicio degenera en la inorganicidad, en su insuficiencia deriva en una rigidez perjudicial para el éxito político a largo plazo.

Aunque la frase no aplica de forma universal, puede decirse que la práctica hace al maestro. Por lo que el mejor método con el que las organizaciones cuentan para garantizarse un nivel saludable de capacidad crítica de sus miembros es la continua promoción de espacios para que esta se desarrolle. Las carencias de una agrupación en este sentido no deben adjudicarse a características personales de quienes integran sus bases sino a responsabilidades de sus dirigentes.

Cuando al interior de una organización la práctica del pensamiento propio se ejercita de forma regular, inevitablemente su volumen político aumenta, lo que al largo plazo se traduce en mejores posibilidades de acumulación de poder. Perón era consciente de esto . Néstor Kirchner también .

A su vez, los espacios reales de discusión promueven intercambios a través de los cuales nos apropiamos de ideas que nos eran ajenas (y tal vez previamente no compartidas) al mismo tiempo que aportamos argumentos que van a condicionar la visión futura de nuestros interlocutores. Sostenida temporalmente, esta dinámica favorece que las claves interpretativas utilizadas por los integrantes de una organización, los lentes a través de los cuales se lee la realidad, se asemejen. Traducido en la práctica política, esto implica que frente a un hecho concreto que se analiza, la unidad de concepción de los individuos que integran una agrupación no descansará (exclusivamente) en la línea política que “baja” la conducción sino en un conjunto de ideas y opiniones compartidas por las bases. Esto facilita y vuelve más efectiva la acción.

Simultáneamente se produce un empoderamiento de esa base. Esta ya no dependerá únicamente de que su dirigencia le muestre la verdad revelada para adquirir conciencia sobre sus intereses o sobre los elementos en juego en determinada coyuntura. Este punto particular adquiere una importancia trascendental en un contexto donde las operaciones mediáticas se especializan en cambiarnos los ejes de discusión, o dicho en criollo, en lograr que el árbol nos tape el bosque.

Pero volvamos al disparador de esta nota y analicemos brevemente las repercusiones de la intervención judicial a la luz de los elementos que estamos mencionando.

Es claro que la escandalosa intromisión de la jueza Servini de Cubría en la vida interna del PJ constituye un claro retroceso en nuestros indicadores de calidad democrática. No sólo porque la judicialización de la política genera un deterioro de las instituciones republicanas, sino también por dos características que no pueden obviarse en este caso concreto: el lugar que hoy ocupa el peronismo como fuerza opositora nacional y los manifiestos vínculos políticos de Luis Barrionuevo, con la gestión que encabeza Mauricio Macri.

Frente a estos acontecimientos, y sin una postura política clara por parte de CFK, las interpretaciones políticas que emergieron en las bases del kirchnerismo cobraron los tintes más variados.

La intención de esta nota no es hacer un racconto de las diversas opiniones esgrimidas, lo que además obligaría a extendernos más allá de los límites autoimpuestos. No obstante, sí busca suministrar algunos datos que neutralice una idea que no sólo se construye sobre presupuestos incorrectos sino que además resulta contraria a los propios intereses de quienes hoy se colocan en las antípodas del macrismo y anhelan el triunfo de una alternativa en 2019.

En sus distintas formulaciones esta idea extrapola la situación del PJ de la provincia de Buenos Aires, específicamente de la última elección legislativa, al resto del país. Con diferentes metáforas (el sello de goma, la cáscara vacía) hace alusión a la supuesta pérdida de representatividad de partido, negándole su significación para la cristalización de identidades políticas y reduciéndolo a la función de maquinaria electoral, en todo caso, reemplazable.

Mencionemos algunas cuestiones que deben ser consideradas al respecto.

Empecemos analizando la distribución de votos en la provincia de Buenos Aires y en resto de las provincias que componen nuestro país . Para tener una base comparable, tomaremos la categoría de diputados nacionales .

En octubre de 2017 la lista de Cambiemos en territorio bonaerense obtuvo 3.896.150 votos (42,18%) imponiéndose sobre la lista de Unidad Ciudadana que alcanzó los 3.348.210 (36.25%). La lista presentada por el Partido Justicialista, desplazada a un cuarto lugar, reunió 481.533 voluntades (5,21%).

Circunscribir la mirada al caso de Buenos Aires no justifica la intervención, pero por lo menos invitaría a discutir sus argumentos. Más allá de la miopía que no tiene en cuenta cual fue el rol de la estructura tradicional del peronismo bonaerense puesta al servicio de Unidad Ciudadana por los “barones del conurbano” (a los que tanto se les pega y de los que tanto se espera cuando los números son ajustados), si el escenario de la provincia de Buenos Aires fuera extensible al resto las provincias el panorama claramente sería otro. A aquellos que frente a la intervención del PJ optan por mirar para otro lado se les podría criticar la lealtad pero no el pragmatismo.

Ahora, quitándonos el velo unitario, el panorama que se nos presenta es radicalmente distinto.

Sumando los resultados del resto de las provincias, se emitieron un total de 15.091.574 votos afirmativos. De ese total, las distintas listas provinciales presentadas por Cambiemos lograron 6.265.903 votos (un 41,51% del total). Mientras que las distintas listas integradas, con mayor o menor centralidad, por los PJ de las diferentes provincias sumaron 5.113.599 votos (un 33.88%). Las diferentes listas de Unidad Ciudadana presentadas en las provincias sumaron 459.949 votos (3,04%).

Para finalizar con los números, si se toman los resultados de todas las provincias juntas, sobre un total de 24.329.184 de votos afirmativos Cambiemos se queda con 10.162.053 (41,76% del total) mientras que el conjunto de las listas de Unidad Ciudadana, del PJ y del Frente Renovador, alcanzan los 10.196.672 votos (41.91%).

Por supuesto que el arte de la política no se resume en contar votos, agrupar voluntades y sumar de nuevo. La complejidad de la relación de representación permite la existencia de múltiples escenarios posibles condicionados por una diversidad de factores.

Como señala Juan Carlos Torre , los conflictos actuales del peronismo pueden leerse como el impacto retardado de la fragmentación social que derivó en la crisis de 2001, y que durante los doce años de gobierno kirchnerista en parte fue neutralizada por la acción estatal.

En el contexto actual, estos elementos dispersos solo pueden conjugarse con la construcción de un discurso “que sepa colocarse por encima de los contrastes objetivos y logre articular el común denominador de una tradición o identidad política compartida”.

Los resultados electorales expuestos sintéticamente en las líneas anteriores nos sirven de base para pensar el rol del peronismo como amalgama que aporte a la acumulación política, y del Partido Justicialista Nacional como instancia institucional que permita organizar esa heterogeneidad.

Podemos objetar, sumándonos a la opinión de Ricardo Rouvier , la forma en la que el partido funcionó hasta la fecha y las oportunidades de fortalecimiento perdidas. Sin embargo, en los tiempos actuales, y frente a la consolidación de Cambiemos a nivel nacional, no existe una gran variedad de alternativas que permita separar el destino de la oposición del futuro del Partido Justicialista.

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