El peronismo ¿ya fue? (La reelección ¿ya está?)

Por: Mariano Fraschini

Desde la llegada de la Alianza Cambiemos al Gobierno, y con más fuerza luego de la victoria electoral del oficialismo en octubre del año pasado, se viene insistiendo con una pregunta-deseo: el peronismo ¿ya fue? Acto seguido, las respuestas en abanico van desde “es imposible que el peronismo se vuelva a unir, debido a sus muchas diferencias internas”, hasta “un peronismo dividido y atomizado le asegura al macrismo gobernar tranquilamente hasta 2023”. El denominador común de estas réplicas reside en congelar la dinámica política a una coyuntura específica, en subestimar las fortalezas (y resistencias) del movimiento fundado por Juan Domingo Perón hace más de setenta años y la de sobreestimar las potencialidades del oficialismo. Ambas lógicas, en general habituales en los análisis vertiginosos de la opinión pública (y acompañados muchas veces por intelectuales progresistas), pasan por alto que es justamente el peronismo, desde el retorno de la democracia en 1983, el único partido que pudo culminar sus mandatos en los tiempos establecidos y el que ha renacido luego de dos derrotas electorales (1983 y 1999). En el mismo sentido, a pesar de que el peronismo aún logra dominar recursos de poder institucionales esenciales, como son la mayoría de los Gobiernos provinciales, la Cámara de Senadores y la mayoría de las intendencias del país, el apuro por presentar el certificado de defunción del justicialismo continua siendo, para un conjunto de analistas y políticos, un deseo desde tiempos inmemoriales.

¿Qué significa este apresuramiento por liquidar al mayor partido a nivel nacional? ¿De qué nos habla específicamente? Con un peronismo dividido hasta la atomización, ¿se diluye algo más que una opción partidaria? Si el peronismo “ya fue”, ¿por qué al Gobierno aún le preocupan sus líderes y sus estrategias políticas? ¿Qué sucedió entre la victoria electoral de octubre y esta coyuntura de principios de marzo? ¿Bailarán el mismo tango la pretendida liquidación del peronismo y la fortaleza o debilidad del presidente? ¿Dependerán uno de la otra?  

Desde la aprobación de la reforma jubilatoria en el Congreso y, en particular, desde el inicio de este año, la administración Cambiemos ha sufrido un deterioro importante en la consideración pública. Distintos sondeos y encuestas nos hablan de que una caída de la imagen del Gobierno superior al 15%. La tendencia “a la baja” de la popularidad del presidente es menor, pero aun así es superior al 10%. Sin lugar a dudas, los índices de popularidad son un activo determinante para las estrategias políticas de este Gobierno. No solo por el lugar preponderante que Cambiemos le da, sino también por el esfuerzo que sus líderes en marketing le imprimen desde su llegada a la Rosada. Asimismo, la popularidad es uno de los recursos de poder más importante para los dirigentes que no provienen del universo del peronismo. Mauricio Macri, al igual que Raúl Alfonsín y Fernando De la Rúa, es un dirigente que llegó al Gobierno sin abundantes recursos de poder institucional, sindical, federal y de movilización popular. La popularidad, en ese marco, se convierte en un recurso indispensable que, cuando escasea, deviene en un dolor de cabeza para cualquier presidente argentino. Desde allí que una baja sensible en ella logra generar un conjunto de dinámicas que pueden resultar determinantes para la suerte de un Poder Ejecutivo no peronista.    

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué es tan esencial ese recurso para los presidentes no peronistas? Y ligado a lo anterior, ¿por qué un Gobierno (y una oposición) peronista no depende de este recurso de poder?

Como dijimos unas líneas arriba, el peronismo controla abundantes recursos de poder (RP). En primer lugar, los RP institucionales que se reflejan en: a) una compacta mayoría legislativa (“casi hegemónica” en la Cámara de Senadores y de primera minoría en Diputados) y b) un importante conjunto de ejecutivos provinciales y locales, ya que el peronismo suele gobernar, en el peor de los casos, más de la mitad de las provincias y la mayoría de los municipios del país. En segundo lugar, posee una importante cantidad de recursos sociales, como son el dominio de los sindicatos y de la mayor parte de los movimientos sociales, lo que implica contar con una llamativa capacidad de movilización para alterar el juego político en su favor. Por último, el justicialismo ostenta, como explicitamos al comienzo, el RP de apoyo popular ciudadano que se asienta sobre todo en su capacidad electoral. A pesar de haber perdido a nivel nacional las últimas dos elecciones, el piso electoral con que cuenta el peronismo en sus diferentes variantes resulta ser superior al 35% de los votos.

La suma de estos recursos de poder, le asegura a un presidente peronista una estabilidad política que le permite nadar sin sobresaltos hacia el final de su mandato o hacia su propia reelección. En forma inversa, un presidente no peronista, al carecer de estos RP, apuesta con mayor fuerza a no caer en los “índices de popularidad”. A pesar de ser Macri un presidente distinto a sus antecesores radicales, no solo porque logró triunfar en la estratégica Provincia de Buenos Aires, contar con el apoyo de la clase empresarial y dominar los cuatro bancos más importantes del país (recursos financieros), se sitúa, en cuanto a recursos institucionales y sociales, en un lugar similar a los ejecutivos no justicialistas. De ese modo, la posición política institucional para un primer mandatario no proveniente del peronismo siempre es más débil que la de uno proveniente de esas filas. Desde allí que para un presidente no peronista resulte vital mantener importantes niveles de adhesión pública para compensar los recursos de poder de los que carece desde el inicio de su gestión. En ese sentido, un mandatario “popular”, con importante apoyo en la opinión pública, no solo se fortalece en su posición política institucional, sino también se muestra poderoso hacia la oposición política justicialista. Hasta diciembre del año pasado, eso pareció ser el esquema en que se manejó Macri. A partir del descenso de su popularidad y de los índices de aprobación de su Gobierno, su posición política se debilitó ante la opinión pública y con ello las posibilidades de fragmentar el espacio opositor peronista.

En ese contexto, desde principios de 2018 se alzan las voces a favor de la “unidad del peronismo”, y los encuentros públicos y privados entre dirigentes de esas filas son la materialización (y la consecuencia) de las nuevas dinámicas políticas adversas al Gobierno nacional. La melodía de la unidad del justicialismo suena al compás de las anemias gubernamentales, mientras se apaga cuando se fortalece la figura presidencial. En este contexto, entonces, el volumen de la unidad avanza cuando los compañeros “olfatean” la debilidad presidencial. El “episodio Triaca”, el aumento de los índices inflacionarios a finales del año pasado que obligó al cambio de “meta” y que para el mes de febrero se prevén superiores al 3%, los “tarifazos” que se están recibiendo en los hogares generaron un incipiente malhumor social que permiten aventurar que no será un camino apacible para el primer mandatario volver rápidamente a los niveles de apoyo de los meses ulteriores.

Entonces, ahora de nuevo, ¿el peronismo ya fue? Situar la lente en las posibilidades matemáticas de atomizar o extinguir al peronismo resulta una buena estrategia para dejar de observar lo verdaderamente importante: los recursos de poder del liderazgo presidencial argentino. El ubicar la mirada en los recursos que ostenta (o deja de ostentar) el primer mandatario y, por ende, su posición política institucional resulta ser la mejor pericia para comprender la dinámica política nacional y sus posibilidades de concreción. Las últimas decisiones y posturas políticas del presidente en torno al “episodio Chocobar”, el amago por “arancelar” la atención sanitaria para los inmigrantes y la postura en contra de la despenalización del aborto son la evidencia empírica de que el Gobierno decidió, como estrategia unitaria, conservar su núcleo más duro a expensas de la moderación. A pesar de las ondas de “amor y paz” del 1M, el Gobierno volvió luego a su lógica “confrontativa” contra los mapuches, las cámaras industriales y los sindicatos opositores con la intención de proteger su “electorado fiel”, en un contexto económico difícil y sin proyecciones alentadoras en el corto plazo.

¿Significa esto que el Gobierno se encuentra en problemas estructurales y que esté debilitado de tal forma que su horizonte hacia 2019 sea el de una derrota? En política es muy difícil arriesgar un desenlace. La dinámica que se despliega entre el Gobierno, la oposición y la sociedad se caracteriza, justamente, por la incertidumbre. Sin embargo, las campanas de alarma suenan en la administración Cambiemos. La posibilidad de revertir esta tendencia descendente siempre está presente y la destreza gubernamental para adquirir y conservar recursos de poder también. El contexto socioeconómico será la llave maestra en los próximos meses para observar si el elenco gobernante mantiene una cierta legitimidad en su programa de ajuste estructural o si el quiebre de las expectativas que aún conserva el macrismo se evaporan al compás de los efectos del ajuste económico.

¿Ya fue el peronismo, entonces? Mucho dependerá de la eficacia económica y política gubernamental. Si la tendencia persiste, y el primer mandatario desciende aún más en sus niveles de apoyo popular, es muy probable que el peronismo tenga más incentivos para acelerar coincidencias conceptuales y electorales. Desde siempre, la debilidad de un presidente no peronista se convierte en el terreno más fértil para resolver los desacuerdos justicialistas. Los años 1987 y 2001 son ejemplos concretos de esta afirmación. Como una moneda, los adversos y reversos se condicionan y se retroalimentan, cuando uno se fortalece, el otro tiende a debilitarse y viceversa. Eso sí, hoy a más de un año y medio de las presidenciales, la moneda está en el aire.  

Diarios Argentinos